Entre lo venidero y lo sucedido

Sobre el poemario Deudas contraídas, de Ana Rossetti

Jorge de Arco

Deudas contraídas
Ana Rossetti
La Bella Varsovia. Madrid, 2016

 

Ana-Rosetti-OtroLunes42Tras la publicación en 2008 de Llenar tu nombre, Ana Rossetti da a la luz, Deudas contraídas, un poemario atrevido y combativo, donde la poeta gaditana manifiesta su descontento y su desacuerdo con el entorno que rodea su vital cotidianeidad.

Desde la cita de la autora norteamericana Ella Wheeler Wilcox, que sirve como pórtico al libro, “El pecado del silencio cuando se debe protestar convierte a los hombres en cobardes”, se adivina la voz de un sujeto lírico que denuncia los valores que nos han sido arrebatados y hurtados: “En primera fila; detrás la barrera, presencio el holocausto o la catástrofe. Las voces de la tragedia chillan a través de mí (…) Lo que está frente a mí no es sino la visión virtual de un mundo extraño; y yo no soy sino un clamor más que se une al coro de farsantes. O de ingenuos”, escribe Ana Rossetti en el poema titulado “Efectos personales”.

Y así, su decir va doliéndose desde lo más hondo de su conciencia, al mismo tiempo que un deseo de íntima autenticidad pretende atemperar el desconsuelo de un corazón que camina a la intemperie: “Ningún mapa es seguro en este incesante sobresalto, No hay respuesta correcta para ningún enigma. No hay sortilegio para romper el hechizo. No hay solución ni milagro para los estragos del miedo y la ignominia. El desaliento y la perseverancia disputan su carroña”.

En su Moral a Nicómaco, Aristóteles se detenía ampliamente en el concepto de la bondad y de la equidad. Y lo hacía, además, refiriendo un proverbio del poeta griego Teognis: “Todas las virtudes se encuentran en el seno de la justicia”. Y desde esa misma y justa perspectiva, que debería obligar al ser humano a promover y esparcir sus mejores cualidades morales, reclama Ana Rossetti  un compromiso duradero, una responsabilidad firme que sirva para recomponer una sociedad que parece haber dejado de mirar de frente, víctima, al cabo, de la desidia y el desconsuelo: “Sequémonos las lágrimas, contengamos los labios, la angustia será derrotada, la incertidumbre se esclarecerá como un sueño cumplido. Ahuyentemos la pesadilla. Despertémonos”.

Pero antes de que ese sueño se convierta en consciente realidad, hay que permanecer vigilante, no dejar que el ímpetu se convierta en mero relámpago, ni regresar a los espejos del plácido acomodo, del egoísmo; y exigir -exigirse- que cada cual se alce, y salga de su indolencia y grite con eco sostenido su realidad.  Y que lo común, se convierta en cómplice lucha por la felicidad, “entre lo venidero que requiere ser encontrado y lo sucedido que requiere ser resuelto”.

En esta ocasión, Ana Rossetti se ha valido de un acentuada narratividad y de un decir que, en su mayoría, gira sobre una cuidada e hímnica prosa que adereza sabiamente con tintes de templado y descalzo cromatismo. Son poemas, en suma, certeros y vehementes, que no esquivan nuestra condición efímera y elegíaca. Además, la honestidad de su discurso radica en la certeza de quien sigue creyendo en el poder mirífico de la palabra y de quien sigue apostando por un mensaje que derrama amor y rabia, residencia y huida, adiós y certidumbre:

“Por eso, atrévete a cambiar la estructura/ del mundo/ y donde dices temor di esperanza/ porque las lágrimas también son de alegría./ Porque la sangre también es nacimiento./ Porque la belleza también es sobrecogedora/ y el amor un potente estallido,/ Por eso, atrévete./ Apacigua tu mente,/ ilumina tus ojos,/ imagina justicia,/ imagina consuelo,/ imagina bondad”.