Entiendo que para poder valorar de modo más certero la presencia y participación de Heredia en el naciente Estado de México, asunto al que se dedica este estudio, puede ser útil recapitular algunos datos sobre esa entidad.
Origen del Estado de México
El Valle de Toluca, colindante con la Cuenca (mal llamada “valle”) de México1, es asiento de antiguas culturas de raíces otomíes y fue, desde el virreinato, y su cabecera fue una vecina de la metrópoli novohispana con una creciente importancia económica, política, militar y cultural.
Poblado por sucesivas oleadas de pueblos nahuas –toltecas, otomíes, mazahuas, matlatzincas y chichimecas, entre otros2– formó parte del Reino de Méjico, hasta que en 1786 fue nombrada como Intendencia de Méjico, donde vivían en una coexistencia compleja y difícil pero bastante funcional, tanto “repúblicas de indios” como “cabildos de españoles” –o sus descendientes criollos- regidos por leyes especiales que eran el legado de los pactos originarios con los sucesivos monarcas reinantes de la casa de Austria, y que luego fueron recibidos y transformados por la nueva dinastía de los Borbones, hasta que Carlos III aplicó sus famosas “Reformas”3.
Los límites de esta Intendencia se correspondían aproximadamente con los de la Arquidiócesis de México, y llegaban hasta las lejanas costas del Pacífico, comprendiendo un dilatado territorio que incluía el importante puerto de Acapulco, lugar estratégico en el comercio virreinal y mundial, pues era “la puerta al Asia” desde temprana fecha del siglo XVI y hasta muy cercana la Independencia (1821)4.
Con la Independencia, fue primero Provincia (bajo Agustín I, por breve tiempo, así consignado en el Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano, 1822), y luego ya como un Estado separado de la Capital. Los antecedentes de este proceso evolutivo se ubican desde las Cortes de Cádiz (1810), que le reconocieron a las regiones españolas (incluidas las de ultramar) la representatividad en su cuerpo legislativo, creando los Ayuntamientos, y se consolidó con la promulgación de la Constitución gaditana (1812), la cual les otorgó personalidad jurídica plena. Los fundamentos para ello se encontraban, por una parte, en la misma convocatoria de 1808 para las Cortes.
Al ser ásperamente desplazado el Príncipe de Asturias, luego Fernando VII, por José I (1808), los constituyentes gaditanos percibieron ilustradamente, muy imbuidos del espíritu imperante en la época, que la soberanía regresaba a su fuente originaria, es decir, al Pueblo como el verdadero Soberano y sus representantes, y por ello al proclamar su Constitución (1812) en la Isla del León, reconocieron que se restablecía el antiguo concepto del ayuntamiento español lo cual involucraba a todas las regiones del dominio, y al asumirse como un “Parlamento Imperial”, de hecho –facto– y por derecho –jure– adquirían completa, bastante y suficiente representación legislativa.
Este mismo razonamiento es retomado por José María Morelos y Pavón, auténtico Padre del Estado Mexicano, como se le ha llamado, más sagaz, sensato, político y prudente que Miguel Hidalgo y Costilla, cuando en el quinto apartado de los “Sentimientos de la Nación” –verdadera protoconstitución independentista-reafirma que “la soberanía dimana directamente del pueblo”, y en el séptimo, abunda que “el Supremo Congreso constará de cinco vocales nombrados por los representantes de las provincias”; esta directriz programática es fundamental en el establecimiento, desarrollo y resultado del “Congreso de Apatzingán”, y el documento fundacional que de él emana, imbuido de un espíritu más francés (enciclopedista) que gaditano (liberal ilustrado).
Pero también es interesante advertir cómo, sobre el mismo desenvolvimiento de los sucesos, a través del recorrido ideológico, geopolítico y programático, la visión de los patriotas se va ajustando a la realidad y las circunstancias, con un sentido pragmático, aún desde las mismas denominaciones de sus órganos de gobierno, reduciendo –y también consolidando- su campo de acción geográfica: desde la “Suprema Junta Gubernativa de América” (todo un continente), se pasa al “Acto Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional” (una porción continental), que luego se traduce en el “Congreso del Anáhuac” (una región de la meseta central mexicana, aunque por extensión en ocasiones se identificaba con todo México), para derivar finalmente en el “Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana”5: en la medida que se reduce y ajusta, la revolución se torna más sensata y posible. Es importante, creo, reseñar lo anterior, para apreciar mejor la complejidad del escenario donde al poco tiempo de obtenida la independencia, se sumergirá Heredia, y el reto que supondrá para él enfrentar una realidad sumamente diversa: esta será su “prueba de fuego”.
El poeta cubano llega a la Ciudad de México el 15 de septiembre de 1825,procedente de Nueva York a través del puerto veracruzano de Alvarado, en su segunda estancia (la primera fue más juvenil, apenas cuatro años antes, pero cuántos sucesos le han ocurrido en tan poco tiempo), y casi definitiva (sólo interrumpida por un breve viaje a Cuba para ver a su madre, hermanas y amigos),cuando todavía viven y actúan políticamente muchos de los protagonistas de la etapa inmediata anterior, con todo lo que ello supone. Se tropieza con un panorama convulso, proteico y complejo: el país se encuentra buscando su propia definición y trazando titubeante los primeros rasgos de lo que será su perfil posterior, en medio de tanteos y errores.
Apenas el año anterior, el Congreso –después de la fugaz aventura imperial de Agustín I- había proclamado la primera Constitución del país ya independizado- adoptando una forma de república federal, que aún no es –ni lo será por demasiado tiempo- totalmente aceptada, y resulta para muchos sólo tolerada. De esa misma fuente brota la partida de nacimiento del Estado de Méjico (Diciembre de 1823), y luego la de bautismo (2 de Marzo de 1824), al instalarse la Legislatura Constituyente del Estado que sustituye a la Diputación Provincial Provisional, pero también se le segregó (el 11 de Abril de 1826) la Ciudad de México (hasta entonces su cabecera natural, , donde convivía penosamente con los “Supremos Poderes”), y se le conminó a “buscar casa propia”, la cual provisionalmente se estableció primero en Texcoco –experimento que duró apenas cuatro meses, pero que dio tiempo al menos para proclamar su primera Constitución como Estado el 14 de Febrero de 1827 (la cual consideraba originalmente, como contrapesos del poder estatal, los municipios libres y asimismo los jurados populares), antes de trasladarse a la sureña ciudad de San Agustín de las Cuevas, donde uno de los primeros actos de gobierno fue rebautizarla con su nombre originario de Tlalpam, para acentuar sus raíces autóctonas.
Heredia llega, pues, a un territorio muy antiguo con profundas y diversificadas raíces ancestrales, pero dotado apenas de una estructura recién estrenada: de tal suerte, para bien o para mal, todo está por hacer y debe poner manos a la obra inmediatamente, entregándose por completo y multiplicándose hasta la extenuación, en una actividad febril, que concluye por despertar envidias, suspicacias y hasta temores, lo cual le ocasiona al término su decepción y probablemente su mortal enfermedad final. No faltará quien primero en voz baja, y luego más destempladamente, le eche en cara de nuevo su condición de extranjero y parvenú. Sin embargo, su llegada fue triunfal: tiene apenas 21 años y ya viene rodeado por la aureola de un mártir juvenil por la libertad, goza del apoyo personal y público del Presidente Guadalupe Victoria, quien le extendió un pasaporte incluso antes de verlo, y le concede de inmediato un nombramiento mediano pero honroso (Oficial Clase Quinta en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en atención a los varios idiomas que domina) y lo hace vivir en el propio Palacio Nacional; vende en menos de una semana todos los ejemplares de la edición de sus Poesías que acababa de imprimir en Nueva York, los principales periódicos publican en sitio preferente sus poemas y le dan la bienvenida con encendidos términos; para colmar su dicha, termina su primer año recibiendo la aclamación estruendosa al estrenar su tragedia en cinco actos Sila, en el Teatro de Méjico, un día tan significativo como el 12 de diciembre de 1825: tiene de su lado hasta la Virgen de Guadalupe. Todo le sonríe promisoriamente al joven Heredia, pero muy pronto su fortuna se nublaría.
Sin meditarlo mucho ni conocerlos bien, se había asociado demasiado precipitadamente con dos italianos, Claudio Linatti y Florencio Galli, para continuar la empresa de la revista El Iris, pero en poco tiempo, espantado, se separa de ellos, al advertir que ambos tienen una decidida intención para intervenir en la política nacional más allá de su condición de extranjeros. Previsoramente, hace público su distanciamiento de esa sociedad cultural y mercantil, para evitar cualquier percance.
Como la antigua Universidad Real y Pontificia sólo existe de nombre y por el edificio ruinoso que todavía ocupa, aparece la primera de las entidades que procurarán sustituirla y hacer avanzar los estudios entonces paralizados y estancados: el Instituto Nacional de Ciencias, Literatura y Artes de México, que elige a Heredia –por recomendación directa de su amigo Andrés Quintana Roo6– como Socio Honorario el 28 de marzo de 1826, antes de ser establecido formalmente el 2 de abril7. Es el preciso momento de fundación de las nuevas instituciones nacionales, y de esta suerte –aunque recién llegado- es tanto el prestigio que lo precede, que resulta nombrado sin dilación ni objeciones. Pero en muy poco tiempo, a pesar de su halo de poeta perseguido por la causa de la libertad, comenzarán a dirigirle los dardos de los críticos que lo colocan bajo sospecha. Se hace demasiado visible y peca de incauto e ingenuo. Algo puede haber influido también para ello su juvenil impetuosidad romántica, su carácter desbordado y en ocasiones hasta impertinente8, por resultar demasiado expansivo.
Reside sucesivamente en tres ciudades del entonces Estado de México: Cuernavaca (como Juez de Paz transitorio), en Tlalpan, antiguo San Agustín de las Cuevas (como funcionario –Miembro de la Audiencia- e impulsor de proyectos educativos y culturales), y en Toluca como parlamentario y jurisconsulto. Desconozco si en algún momento fue a Texcoco, siquiera en una visita breve por su cercanía (fue la primera capital del Estado y donde se promulgó su Constitución original), aunque no resultaría raro que al menos hubiera pasado por allí, pues era una parte del antiguo camino que venía desde Puebla, Xalapa y Veracruz9.
Debe tenerse muy presente que el naciente Estado (1823), desprendido de la antigua Intendencia y Arquidiócesis de México, era un amplísimo espacio con más de 100 mil kilómetros cuadrados, del cual después se irán separando varios pedazos para formar los estados de Guerrero (27 de octubre de 1849), Hidalgo 16 de enero de 1869) y Morelos (17 de abril de 1869). Era entonces, además, un territorio complejo y diverso que unía lo mismo las fértiles praderas del Valle de Cuernavaca, que las áridas montañas de Chilpancingo; las gélidas cumbres de Toluca, y los ardientes rincones de Acapulco, y donde habitaba una población compleja y disímil, de varias etnias, con usos y costumbres muy diferentes y arraigados entre ellas, y en las cuales predominaba el sentido tribal y caudillesco sobre una conciencia republicana de honesto y desprendido interés por el bien común. La ruta hacia Acapulco, transitada pero apenas evangelizada ni nunca realmente colonizada, era sólo un agreste e inhóspito territorio de paso, sin auténticos asentamientos civilizatorios. En 1803, en la Intendencia de Méjico se registraron 1,245 “repúblicas de indios” y 45 “alcaldías mayores” (de criollos), y en 1821 contaba con 202 ayuntamientos constitucionales. Era urgente y vital legislar adecuadamente para semejante tamaño y complejidad.
De hecho, este enorme Estado de México abrazaba, por no declarar llanamente que rodeaba-con una preocupante posición estratégica privilegiada que prácticamente la convertía en su rehén- a la Ciudad de México, “residencia de los Supremos Poderes”… Quizá en esta progresiva desmembración de territorios prevaleció una razón militar y estratégica de sagaz geopolítica, sobre otros argumentos y consideraciones.
Y ahí, en ese escenario complejo y en condiciones de ebullición germinal, se sumerge Heredia, una vez más en su vida de incesantes tumbos y tropiezos pero jamás inmóvil, dispuesto a corresponder honrada y dignamente con la gratitud del servicio el beneficio del asilo y la adopción, pero que nunca es completa por mucho que lo pretenda e intente. No faltarán tampoco las voces que cuando más inspirado y entregado esté a su labor patriótica, le recuerden, en voz baja o a gritos, su condición de extranjero.
El poeta llega al antiguo San Agustín de las Cuevas, que había recuperado su nombre original prehispánico de Tlalpam, después de un frustrado intento por ser Juez de Distrito en Veracruz y una fugaz estancia de poco más de un año en Cuernavaca (como Juez de Paz, un cargo muy menor).
Todavía se sabe poco sobre las dos breves estancias –muy próximas- de Heredia en Cuernavaca, y deben revisarse con cuidado los archivos municipales que allí se conserven, donde quizá pudieran encontrarse sus huellas documentales. Algunas pueden hallarse, por haber desempeñado allí un puesto como modesto Juez de Paz, después de su frustrado intento para ocupar una plaza mejor en Veracruz; esta le fue disputada por su condición de extranjero, a pesar de contar con la calificación adecuada, y en ese momento, el apoyo y favor del poderoso Antonio López de Santa Anna, quien apreciaba y utilizaba sus talentos, y al cual profesaba su simpatía, tan incondicional y sincera que, según confiesa el mismo Heredia, dormía en el umbral de su aposento para protegerlo de conspiraciones y atentados. Regresa a esta ciudad, con su mismo empleo original, cuando culmina su estancia en Tlalpan, antes de partir definitivamente hacia Toluca.
El Tlalpan de José María Heredia
Quizá una de las etapas menos estudiadas de la presencia de Heredia en México, sea la referida a su residencia en el antiguo San Agustín de las Cuevas.
Todavía hoy Tlalpan guarda, algo ocultos tímidamente entre la exuberancia de la vida moderna y la especulación inmobiliaria, algunos recuerdos que persisten neciamente desde la época cuando Heredia residió allí. A pesar de las profundas transformaciones sufridas en la localidad, el trazado de las calles, sustantivamente, es más o menos el mismo de entonces.
El Tlalpan de aquella época, capital del Estado de México, al que llegaba Heredia, por supuesto no es el de actualidad, pero tampoco su contraste es tan radicalmente diferente como el que se observa entre otras antiguas localidades, hoy ya sumergidas amórficamente en la megápolis. Muchos de los edificios representativos de la zona ya estaban, otros aparecieron después y algunos existentes se esfumaron por la piqueta demoledora y la buldócer arrasadora.
Entre los que ya se encontraban y hoy vemos aún, podemos mencionar la Parroquia de San Agustín de Hipona10, la llamada “Casa Chata” (según la tradición, residencia campestre de los Inquisidores de México), la conocida popularmente como “Huertas del Virrey Mendoza”11, la Hacienda de San Agustín de las Cuevas –visita ocasional de Antonio López de Santa Anna- quien también en otras oportunidades “favorecía con su presencia” la cercana Hacienda de Vivanco, ahora ocupada por una entidad financiera12, la residencia campestre y huerta del Conde de San Miguel de Regla13, la “Casa de la Moneda”14,feudo originalmente de Lorenzo de Zavala (que en ese momento era el Gobernador), la entonces recientemente remozada Capilla del Calvario en las Fuentes Brotantes (ante la cual se extendía la planicie –desde hace tiempo ahora ocupada por una conocida cadena de almacenes- donde se desarrollaba una de las secciones de la famosa Feria de San Agustín, según se aprecia en algunos grabados de Thomas Egerton), y el pequeño Oratorio de Amaxalco, de finales del siglo XVIII con un nítido perfil “tequitqui”15, en el jardín de lo que fue la hacienda de igual nombre, transformada hoy en un condominio habitacional. El resto de la pequeña y espaciada población, era ocupado por numerosas huertas y pequeñas fincas rurales y de recreo, las cuales brindaban los ingredientes para un plato que ya comenzaba a hacerse popular en la zona: el caldo tlalpeño.
Por las urgencias del momento fundacional, Tlalpan se convierte en capital antes de ser ciudad: el Gobierno estatal se establece oficialmente allí desde el 15 de junio de 1827 hasta el 14 de agosto de 1830, pero su urbe conditio es promulgada apenas el 27 de septiembre de 182716.
Pero Heredia no pudo ver el encantador zócalo local según se encuentra hoy, ni el Edificio Delegacional o el Mercado de la Paz adosado, porque serían construidos en los últimos años del Porfiriato, y en el caso de la sede política, por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, aprovechando la suave colina que lo realza naturalmente sobre la plancha de la plazuela; ni tampoco el Panteón (originalmente llamado “del 5 de Mayo” y luego rebautizado hasta la actualidad como “20 de Noviembre”), pues fue inaugurado en 1875; aunque seguramente en algún momento se cobijó en los amplios “Portales” aún sobrevivientes y paseó, a falta de zócalo, por el precario mercado popular que ocupaba el centro de la población, según se observa en uno de los cuatro grabados que sobre San Agustín dibujó poco tiempo después Casimiro Castro para su álbum México y sus alrededores, y donde arribaba, causando revuelo y algarabía, el servicio de carruajes que hacían su primera reposta desde México, en su camino hacia Cuernavaca (otros sitios para el recambio de cabalgaduras eran Topilejo, Tres Marías y Parres, cuando iniciaba el descenso hacia el valle), con los chiquillos alborotados y los perros ladradores, compitiendo en producir el único ruido que perturbaba la típica calma silenciosa de la zona, defensora de un antiguo lema que apenas hoy se ha convertido en levemente irónico: “Tlalpan, lugar de paz”.
Además de la Iglesia y Convento de San Agustín, con su hermosa huerta y su amplísimo atrio que todavía era sitio de enterramiento “en sagrado”, la otra edificación notable de la población según las crónicas- era la que ocupaba toda la manzana donde hoy en parte se levanta la Universidad Pontificia de México17, más otras casas y comercios. En el grabado de Egerton con la romería de la Feria de San Agustín vista desde el promontorio del Calvario en Fuentes Brotantes, se aprecia a la derecha la mole de un gran edificio que muy probablemente fuera este Hospicio.
La historia exhaustiva y definitiva de esa construcción no se ha hecho aún, pero ya se cuenta con varios estudios que apuntan a ello. Y debiera hacerse porque gran parte de la historia de Tlalpan ha transcurrido en ese cuadro formado por las calles que hoy se conocen como Congreso de la Unión, Triunfo de la Libertad, Guadalupe Victoria y Benito Juárez18. Originalmente, el predio era una amplia huerta –con una extensión superficial de 15,120 varas cuadradas-ubicada sobre un terreno en suave declive que se deslizaba por el costado de una colina, ocupada por algunas casas y otras edificaciones, pertenecientes a doña Beatriz de Miranda, viuda de don Andrés Rodríguez de Miranda, rica hacendada descendiente de uno de los primeros conquistadores, quien alrededor de 1580 -a instancias de su sobrino fray Bartolomé de Miranda- la legó para Hospital de los frailes de San Antonio de los Padres Dieguinos de las Filipinas (rama descalza de la orden de San Francisco) y Hospicio de los Misioneros de Asia en San Agustín de las Cuevas, inscrito en la Provincia religiosa franciscana de San Gregorio de las Islas Filipinas, asentados en Tlalpan19), para preparar y fortalecer, en el caso del viaje de ida, o curar y restablecer, en la ocasión del regreso, a los evangelizadores que realizaban el camino al Asia por medio de la llamada ruta del “Galeón de Manila” (mal conocido como la “Nao de China”).
Al establecerse la capital del Estado del 15 de junio de 1827 al 14 de agosto de 1830, el gobernador Lorenzo de Zavala (quien conocía muy bien la localidad pues ya contaba con una propiedad allí), dictó desde el 18 de marzo de 1827 la expropiación del inmenso predio, donde se habían ido levantando varias edificaciones alrededor de la principal, para establecer la sede de los poderes ejecutivo y legislativo. Es precisamente en ese edificio y sus alrededores, donde Heredia pasa más tiempo durante su estancia tlalpense, pues en él se concentraban sus actividades laborales y quizá hasta su residencia. Sólo quedan unas pocas ruinas que no pueden dar idea de la grandeza de la instalación, pero fue en su momento el centro no sólo político del Estado20, sino además su principal foco cultural y educativo: en una amplia fracción del predio se fincó el 3 de marzo de 1828 el Instituto Literario21, por iniciativa directa del doctor José María Luis Mora (según algunos historiadores, en una casona de dos plantas edificada para los Condes de Regla por el célebre arquitecto Ignacio de Castera Obiedo y Peralta22) en la cual colaboraron también Carlos María Bustamante y Lorenzo de Zavala, abrió sus puertas con una matrícula de34023 alumnos, y su primer director fue un religioso, fray José de Jesús Villapadierna, asistido por José María Alcántara, hasta que se clausura el 29 de agosto de 1830 para su traslado a Toluca; incluía, además, un museo formado con las piezas arqueológicas encontradas en los alrededores, poblados originalmente por la antigua civilización cuicuilca (algunas de ellas hoy en el Museo Nacional de Antropología e Historia, como un excepcional teponaztle de madera muy bien conservado), una biblioteca anexa –formada en gran parte, con los libros incautados a los religiosos, además de donaciones de particulares y los comprados especialmente en Europa con una partida aprobada por Lorenzo de Zavala para ese fin- y una imprenta, que seguramente fue la de Juan Matute y González, más tarde conocida como Imprenta del Gobierno, donde se imprimió la primera etapa de la revista Miscelánea, y que luego se traslada a Toluca.

Aunque nada en Tlalpan recuerda el paso de Heredia por esa ciudad, en otras regiones de México sí se le recuerda. En la foto, la biblioteca pública municipal en Toluca.
En realidad, el inmueble, más que “expropiado” (lo cual hubiera implicado legalmente una indemnización, que nunca ocurrió) fue obtenido gratuitamente por la expulsión dictada contra los dieguinos24, lo cual permitió fortalecer las finanzas del naciente Estado, pues Zavala, en otras fracciones de la propiedad, arrendó locales y hasta estableció un taller de manufactura de tabaco. Esto marcó su destino posterior.25
Ciertamente, el Instituto constituyó no sólo el germen sino el núcleo expansivo de un sistema local de educación, donde se integraron además, como complementos, una Escuela Lancasteriana para varones, y una de aquellas famosas “Escuelas Amigas” sólo para niñas.
Al trasladar la capital del Estado para Toluca, también se movió el Instituto hacia la nueva sede y el antiguo pueblo de Tlalpan volvió a sumergirse en su sopor hedonista y pueblerino, privado de la vida cultural que al menos durante poco más de tres años disfrutó. Regresaba así a su antigua condición, como sitio de recreo y solaz, centro productor de alimentos y lugar propicio para el juego y el contrabando26, las fuentes principales de su habitual prosperidad.
Heredia obtiene -y pierde- varios empleos en México. En la memoria guarda dolorosamente su “calvario laboral”, que incluye la aspiración para ser Juez de Paz (o de Letras), posición muy modesta en el escalafón judicial, para la que lo indicaban su sólida preparación como jurista, y le ofrecía la oportunidad y el reposo necesarios para continuar su obra escrituraria, pero cada vez que se acerca a lo deseado, se le frustra: lo nombran Juez de Distrito en Veracruz (1827) y debido a los ataques de los maledicentes, termina por declinar finalmente; ese mismo año es designado como Juez de Letras en Cuernavaca, y por su recta y honrada actitud en contra del primer Decreto de Expulsión de los Españoles también lo pierde; además, violan su correspondencia y él se indigna, promoviendo una querella que agita aun más los ánimos en su contra. Apenas le permiten echar raíces en ninguna parte: finalmente en la entonces capital del Estado de México, San Agustín de las Cuevas, obtiene en 1828 un puesto de cierta importancia, como Fiscal de la Audiencia de México, que conserva hasta marzo de 1830, cuando de nuevo su integridad juega en su contra, por defender al Presidente Vicente Guerrero derrocado por el General Anastasio Bustamante. Parte brevemente de nuevo a Cuernavaca para reasumir su modesto cargo de Juez de Letras, pero ya para 1831 es nombrado Oidor Interno en la Audiencia de Toluca, y al mismo tiempo resulta seleccionado como Sinodal de Oficio para los exámenes de los pretendientes a recibirse de abogados en esa demarcación.
Emocionalmente afectado, llega a su destino toluquense después de haber lidiado con sus numerosos e incesantes detractores, recibiendo desgastes y heridas, en el mismo centro del poder político mexicano, la Ciudad de México, “sede los Poderes Supremos” y en Tlalpan. Arriba al nuevo horizonte –su renovada “tierra prometida”- con ilusiones un tanto ya más moderadas por la experiencia vivida durante esos años, donde ha tropezado y caído varias veces, y espera –lo necesita anímicamente con urgencia- un cambio de aires (no sólo ideales, sino reales), pues sus pulmones cansados así lo reclaman. Se encuentra animoso, pero ya advertido, con una cierta amargura acumulada. Al rechazo de algunos adversarios y detractores hostiles, él responde con su hastío, su desprecio y a la larga, con una creciente desesperanza por el país, llevado al abismo por quienes pretendían ser sus “guías” y “salvadores”. No es una apatía infundada, pues se cimienta en su cruel experiencia anterior. También es cierto que como le sucedió frecuentemente en su corta vida, no se encontraba en el mejor sitio ni en el mejor momento para que sus vivencias fueran diferentes: estas coincidencias fatales lo llevaron a hablar, más de una vez, con tristeza y estupor, de “la novela de mi vida”27. Su drama era, esencialmente, un problema de “timing”. Se va a Toluca como una etapa de renovación de su vida, donde pueda disfrutar de la calma propicia a su creación, rodeado por una familia amorosa y feliz: no logrará ni la una ni la otra.
Hoy en Tlalpan no hay una calle, una casa, ni una piedra siquiera, que recuerde su paso por el amable pueblito.



