Un ciprés en Granada, un cedro en Líbano,
un ahuehuete en México:

Sonetos de Luis Maldonado Venegas

Alejandro González Acosta

Sonetos evangélicos y otros versos de vida y esperanza
Luis Maldonado Venegas
Las Ánimas, Xalapa, 2016

 

 

Luis-Maldonado--librario-poesia-1-OtroLunes42En lo más alto de la colina roja que le da nombre a la Alhambra, en la Granada donde está comprobado irá a cantar el último ruiseñor despidiéndose del mundo, en un rincón de los jardines del Generalife regados con el agua helada de la Sierra Nevada, hay un patio, y en él, un ciprés venerable, llamado “de la Sultana” porque según dice la leyenda allí escondió la traidora Fátima sus amores culpables con el capitán Abencerraje.

Junto a él, un pequeño banco de mármol y enfrente una lápida, donde se narra la charla que en ese mismo lugar, sostuvieron el embajador veneciano ante la corte de los Reyes Católicos, Andrea Navaghiero, y el joven poeta castellano Juan Boscán. El primero le hablaba al segundo de los ritmos y rimas “al itálico modo”, persuadiéndolo de adoptarlos para suavizar el ronco acento del verso castizo y lo convenció; de ahí salieron ese día, jocundos y animosos, bajando a firme paso la Cuesta de Gomérez y entre ellos iba, del brazo de ambos, una joven dama: La Nueva Poesía Española, y de la mano de ella un niñote llamado Soneto.

Luis-Maldonado--librario-poesia-2-OtroLunes42De ahí mismo, de la Alhambra asombrosa que no cansa de aturdir con su belleza al viajero y el residente, con el espléndido telón de fondo del Albaycín, salió lloroso el último rey moro de la dinastía nazarí, Boabdil “El Zoigoibí” -“El Desventuradito”- y allá en el horizonte camino a Málaga para embarcarse hacia la ciudad de Fez en Marruecos y luego –dicen algunos- hacia Constantinopla, se volvió desde el sitio que hoy se conoce como “El suspiro del Moro”, y miró por última vez la ciudad que por más de 200 años habían gobernado sus antepasados, y entonces una amarga lágrima corrió por sus oscuras mejillas. La madre, la sultana Aixa, implacable, le echó en cara: “Llora como mujer lo que no defendiste como hombre”. Hembra terrible, sin dudas. Dicen algunos que, muy triste, fue a parar hasta el Líbano, recordando bajo los cedros opulentos los gráciles cipreses granadinos con sus corteses penachos.

Pero todo lo anterior es la leyenda tejida dos siglos después de los hechos. Y es falsa, entre otras cosas, por el argumento irrebatible de que ninguna madre musulmana sería tan terrible con un hijo, y de seguro lo “apapachó” y le sirvió de consuelo y apoyo.

De esa estirpe de guerreros y poetas viene la familia Granada-Venegas, que fueron reyes de Granada y luego, Alcaides perpetuos de la Alhambra, en nombre de los que vinieron a ser sus propietarios hasta 1921, la genovesa familia Grimaldi, que hoy reina en Mónaco.

Luego entonces, el mexicano Luis Maldonado Venegas, poeta de vocación y político por afición, de madre libanesa mecida en cuna hecha de los mismos cedros que levantaron el Templo de Salomón en Jerusalén, quizá sintió el llamado urgente de la sangre secretamente heredada, cuando le brotó desde muy joven el reto del soneto, ese metro “en el itálico modo” sobre el que departieron a la sombra del ciprés granadino de su remota bisabuela, el veneciano y el castellano. Y sintió seguramente el aroma de los cedros libaneses de donde proviene su matria, a donde fueron a parar, después de Fez, algunos de sus antepasados en su peregrinar mediterráneo. Puede que sí o puede que no: si non e vero, e ben trovato.

Maldonado Venegas asume el reto lanzado por esa eterna dama demandante de nombre Violante que importunó al buen Lope, y se anima a romper lanzas con los 14 versos –endecasílabos u octosílabos- de su empresa. Forma sus tropas, precedidas por una infantería de romances octosílabos, y luego despliega las escuadras de su caballería ligera –en octosílabos- y en legión poderosa la caballería pesada de sus endecasílabos.

Sorprende Luis Maldonado: aunque México es una tierra de antigua solera sonetera, desde Cervantes de Salazar, Gutierre de Cetina y Luis Sandoval y Zapata – qué decir de Sor Juana- el soneto de asunto religioso y trascendente más cercano suma nombres como la voz potente del Usumacinta, el tabasqueño torrentoso Carlos Pellicer y Cámara –hijo de Deifila, “amada de Dios”- y del padre Manuel Ponce Zavala, el michoacano de dulce hablar. Todos ellos hicieron posible desde temprana fecha que il dolce stil novo petrarquista obtuviera pronta carta de vecindad en este “mexicano domicilio”. Pero Maldonado resulta especial en esa pléyade. Si Pellicer fue luchador del pueblo y Senador de la  República, y Ponce, callado sacerdote pero dedicado apóstol en su empresa de rescate “Pro Arte Sacro”, Maldonado desborda los límites y es proteico animador de instituciones, activo parlamentario, servidor público y funcionario cumplido, pero detrás de todas estas máscaras se revela y se rebela la estampa, silueta y esencia de un poeta.

Quizá sea el soneto el molde poético donde mejor pueden aunarse el pensar y el sentir. Forma del amor cortesano por excelencia desde Petrarca, también ha sido la de la reflexión sabia y el pensamiento trascendente, lo mismo Sor Juana en el XVII, que el propio Iriarte en el XVIII, en su vertiente de arte menor octosílaba.

Asombra un poco, pero no demasiado, pues estamos en México, que un guerrero y legislador deje la pluma del debate, hecha con la cresta del águila, y empuñe la pluma del ala del cisne para hablar del amor y de la divinidad, y la de la cola del pavorreal para expresar la fugacidad de la vida. Esa tripartita condición hace a Maldonado un hombre que parece venir de otros tiempos, cuando los guerreros envueltos en armaduras descendían de sus corceles de batalla y empuñaban la péñola, otro Garcilaso de la Vega –ya el cantor del “dulce lamentar de dos pastores, Salicio juntamente y Nemoroso”, como el otro, su primo peruano mestizo, que adoptó por blasón el lema “con la pluma  y con la espada”- o como sus antepasados directos, los liberales mexicanos que lo mismo componían una oda, que redactaban de un tirón 10 artículos de la Constitución de 1857. Pero estamos ahora en la época del Internet, el Facebook y el Twitter y por esto aún asombra más esta nueva  irrupción acrónica de Maldonado en esa “República de las Letras” que otros llaman –monárquicamente- el “Reino de la Literatura”.

Maldonado no le torció el cuello al cisne y se inscribió resueltamente en las huestes rubendarianas, entonando exultante una “Marcha triunfal”, mientras piadosamente inquiere qué le pasó a la pobre princesa con su triste flor mustia y olvidada en un vaso de oro…

Sólo en México puede entenderse esa extraña combinación de quien, como Luis, se define “guadalupano y juarista”, epistemológicamente tan peregrina, pero no por ello menos efectiva y real.

Venciendo una suerte de pudor, Maldonado (reconocido historiador, político, estadista y filósofo) confiesa: “Nunca me propuse publicar mis propios ensayos poéticos impelidos por el impulso de la juventud y después de la vida, todos ellos, hijos de mi interioridad. Pero ahora, al estar próximo a cumplir 60 años, me atrevo a hacerlo  y a compartirlos abiertamente porque creo que, como queda expresado en algunos de los poemas contenidos en esta edición, considero que esta poesía no me pertenece, sino que es el reflejo de la vida de otros, de las enseñanzas y ejemplos que he recogido de seres próximos o distantes, cuyas trayectorias y pensamiento aleccionador se encuentran retratados en cada uno de estos intentos o aproximaciones del oficio poético”.

Maldonado Venegas pertenece por derecho propio a la antigua estirpe de los mexicanos que han actuado con igual denuedo en la política y la literatura, la cual proviene desde los preclaros liberales decimonónicos, y que en el siglo XX exhibe cumbres ejemplares como José Vasconcelos, Carlos Pellicer, Andrés Henestrosa, Jaime Sabines, Martín Luis Guzmán, Jaime Torres Bodet y Agustín Yáñez, entre varios más.

Príncipe moro o nabab azteca, Licurgo mexicano o trovador provenzal, hombre de Plutarco y pater familia, Maldonado siempre alcanza la nota exacta y directa que certera llega al unísono al corazón y la mente.

Un soneto (octosílabo) solo para la muestra y apenas como aperitivo:

El Cristo vivo

Yo creo en el Cristo vivo,
el que amó a cielo abierto;
el que predicó en el huerto
y el que lloró en el olivo.

El que caminó el desierto,
el que de cada cautivo
hizo un hombre positivo
y un espíritu liberto.

El que sanó al leproso,
y al ciego le hizo ver.
El Cristo bueno y glorioso,

en Él creo, en ese Ser
que no se encuentra en reposo,
y vive para vencer.

Sólo queda, ante él y ese asombroso obsequio que son sus Sonetos evangélicos y otros versos de vida y esperanza (lujosa y elegantemente recién editado por “Las Ánimas” de Xalapa), despojarse de un imaginario sombrero, bajo un arco triunfal donde se trencen ramas de cipreses, cedros y ahuehuetes, y barrer con sus plumas de mosquetero el suelo para decirle: “¡Salve, Poeta! Los que te  leen, agradecidos te saludan.”

 

Sonetos evangélicos y otros versos de vida y esperanza.
Textos introductorios de: Luis Barrera Flores, Antonio Chedraoui Tannous,
Juan Ramón de la Fuente, Paulina del Castillo López, Luis Ernesto Derbez,
Miguel Agustín Limón Macías, Guadalupe Loaeza, Eduardo Merlo Juárez,
Moisés Rosas Silva, Víctor Sánchez Espinoza y Julio Splinker Martínez.