La Cosa Cubana o el Sistema Político Cubano.

Dos aproximaciones iniciales.

José Gabriel Barrenechea

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Desde hace algunos meses en su sección La Esquina, de la Mesa Redonda, Reinaldo Taladrid se dedica a seguir lo que él llama “La Cosa”. O sea, a comentar el desarrollo de la presente contienda electoral en los EE.UU.

Dados los fines y el espíritu con que se estableció hace ya 3 lustros la Mesa Redonda, nos queda claro que los motivos de esta cobertura no se agotan ni mucho menos en el aparente interés por informar a las audiencias cubanas acerca de esta sui generis campaña, en que los 2 más importantes partidos americanos, demócrata y republicano, buscan nominar e imponer a su candidato a la presidencia. El popular periodista, célebre en la Isla por su habitual invitación a qué saquemos nuestras propias conclusiones, lo que en último término pretende con sus comentarios es desacreditar ante el televidente cubano el sistema político de aquel país. Y de paso todo el modelo político fundado sobre una tradición que comienza en la politeia aristotélica, y que no alcanzara su madurez sino en la modernidad, gracias a las innovaciones de, entre otros muchos, Montesquieu y Madison: La poliarquía moderna o estado democrático de derecho.

Mas como no se pueden sacar conclusiones válidas al analizar solo uno de los modelos en disputa, hemos decidido aquí emprender la misma tarea que Taladrid; solo que con respecto al que él pretende defender mediante el siempre popular recurso de desprestigiar al alternativo. Nos dedicaremos, en consecuencia, a diseccionar el modelo político cubano actual. Al decir de Taladrid, a la Cosa, pero a la Cosa Cubana.

¿Es la república de Cuba parlamentaria o presidencialista?

Si usted comenzara a leer la Constitución vigente a partir de su capítulo X no le cabrán dudas de que la República de Cuba es una democracia parlamentaria casi pura.

El Parlamento Cubano (Asamblea Nacional del Poder Popular) está dominado completamente por el Partido Comunista de Cuba.

El Parlamento Cubano (Asamblea Nacional del Poder Popular) está dominado completamente por el Partido Comunista de Cuba.

La Asamblea Nacional del Poder Popular, parlamento unicameral, es el órgano supremo del poder del estado, que representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo (art 69), y que es además el único órgano con potestad constituyente y legislativa en la República (art 70). Por su parte, entre sus atribuciones están la de revocar en todo o en parte los decretos-leyes que haya dictado la institución que juega el papel de poder ejecutivo, el Consejo de Estado; órgano que representa a la Asamblea entre uno y otro de sus periodos de sesiones. Atribución la cual, por cierto que curiosa e inexplicablemente, se explicita con las mismas palabras en dos incisos (ch y r) de un mismo artículo (75).

No obstante, el que en la práctica diaria se le dé jerarquía de Ley a los decretos-leyes del Consejo de Estado, cuando la Constitución es clara en establecer que la Asamblea Nacional es el único órgano con potestad constituyente y legislativa en la República. O el que la Asamblea Nacional no haya hecho uso en sus 40 años de existencia de su derecho a revocar los decretos-leyes del Consejo de Estado, si se oponen a la Ley o a la Constitución. Todo ello pone en duda la seriedad de lo estatuido en cuanto a ordenamiento del estado, y nos lleva necesariamente a coincidir con Walter Mondelo, cuando en Constitución, regla de reconocimiento y valores jurídicos en el derecho cubano, afirma que la actual Carta Magna cubana no es “usada regularmente como criterio para identificar el derecho válido y para fundamentar el deber de obediencia a sus normas”, ni aun al más alto nivel estatal.

Una primera mirada muy superficial a la Constitución nos hace ver que existe, aunque sin ser el esencial ni mucho menos, un impedimento a que la Asamblea pudiera hacer uso de la atribución referida en los incisos ch y r del artículo 75: el temporal. Y es que la Asamblea solo se reúne dos veces al año, y en total nunca más allá de los 8 días. Con lo que resulta en la práctica imposible no ya que pueda decidir sobre la constitucionalidad de las leyes, decretos-leyes, decretos y demás disposiciones generales (art 75, inciso c), dictados por el Consejo de Estado o demás órganos del estado y del gobierno durante su larguísimo periodo de receso (más del 97 % del año), sino incluso conocer, evaluar y adoptar las decisiones pertinentes sobre los informes de rendición de cuenta que le presenten el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, el Tribunal Supremo Popular, la Fiscalía General de la República y hasta las 15 Asambleas Provinciales del Poder Popular (art 75, inciso q), o discutir y aprobar el presupuesto del estado (art 75, inciso e)…

La importancia de su escasez crónica es tal que ya no únicamente ante el Consejo de Estado la Asamblea se ve despojada de las atribuciones y funciones que la Constitución le estatuye. Incluso las Asambleas Provinciales, o aun Municipales del Poder Popular, suelen atribuirse poderes que la Asamblea, por falta de tiempo, no puede ejercer. Un buen ejemplo es su facultad única en la República para establecer y modificar la división político-administrativa (art 75, inciso j), que al menos en el caso de la reconfiguración vigente de los límites territoriales entre los municipios villaclareños de Santa Clara, Encrucijada y Cifuentes no ha sido respetada, y que ya va para cuatro años de establecida sin que la Asamblea haya conocido de ella, y legislado en consecuencia.

Raúl Castro, presidente electo "a dedo" por su hermano Fidel; decisión "ratificada" unánimemente por el parlamento.

Raúl Castro, presidente electo “a dedo” por su hermano Fidel; decisión “ratificada” unánimemente por el parlamento.

Otro más serio impedimento a que la Asamblea pueda llegar a ser lo que la Constitución establece, el órgano supremo del poder del estado, lo es la evidente incongruencia y ambigüedad en la asignación de funciones en su propio texto.

Según la letra de la Constitución cubana el Consejo de Estado, que representa a la Asamblea entre uno y otro de sus periodos de sesiones, y que en teoría solo ejecuta sus acuerdos, tiene carácter colegiado (art 89). Sin embargo, solo un poco más adelante la misma Constitución le asigna a uno de sus integrantes, su Presidente, una cantidad tan inusitada de atribuciones que en realidad no solo lo pone muy por encima de todos los demás miembros del Consejo de Estado, sino aun de la propia Asamblea (art 93). Al menos si tenemos en cuenta las muchas trabas y limitaciones, no solo temporales, sino sobre todo las que crea el particular mecanismo de elección de sus miembros (que no cabe discutir aquí), que se anteponen ante la posibilidad de la Asamblea para ejercer realmente las atribuciones que le asigna la Superley vigente.

Al menos en el papel la Constitución cubana de 1976 pertenece a la familia de constituciones parlamentarias que se dieron los países del bloque comunista este-europeo, y es semejante a la soviética del 7 de octubre de 1977. No obstante la tal semejanza no es más que aparente. Si la soviética define un régimen parlamentario, la cubana, por su parte, prefigura uno presidencialista, e incluso hasta en no poca medida cabe decir que monárquico.

Y es que si en la soviética su artículo 121 define las atribuciones del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, y el 131 los límites de las atribuciones del Consejo de Ministros, falta en cambio ese larguísimo, semejante al 91 de la nuestra del 76, o el aun un tanto más largo 93 de la de 1992, en que se establecen con esmero los muchos poderes del equivalente cubano del Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS: el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Al respecto es bueno recordar lo que en cierta ocasión Julio Fernández Bulté escribió: “la Constitución de 1976 nos aproximó, funcional y estructuralmente, a los países socialistas de Europa del Este y nos separó en cierta medida de nuestras tradiciones presidencialistas”. En la práctica, tras leer el artículo 93 de la Constitución vigente, y comparar con la letra de nuestras anteriores constituciones presidencialistas (la de 1901) o con la de las democracias populares este-europeas, no se entiende de dónde el profesor Bulté extrajo tan festinada conclusión. La realidad es que lo que en una redacción muy ambigua define la Constitución cubana vigente es más bien un estado monárquico; y no “en cierta medida”, sino en una inusitada. Un estado monárquico que incluso se aproxima más al de Luis XIV que al de Jorge III, y en el que la Asamblea Nacional se asemeja más a unos parlamentos provinciales del ancien régime que a cualquiera de los parlamentos ingleses del siglo XVIII.

En esencia la Constitución puede hacer grandes declaraciones en cuanto al poder de la Asamblea. Pero en la práctica la enorme cantidad de poder efectivo que acumula en manos del Presidente del Consejo de Estado, a la par de las trabas y limitaciones que establecen ella y todo el ordenamiento legal al ejercicio de las atribuciones que le estatuye, convierten en papel mojado tan grandilocuentes declaraciones. Y ello se explica en razones históricas: La Carta de 1976, y todas sus modificaciones posteriores, han sido redactadas con el solo fin de disimular tras formas institucionales al poder autocrático que impera en el país desde el golpe de estado de mediados de julio de 1959.

La Constitución de 1976 fue concebida por una comisión designada a dedo por la alta jerarquía del antecedente del partido, el PURC, en 1964, y que más tarde, en 1974, fue traspasada al gobierno sin ninguna ceremonia y con solo una minúscula nota en la prensa oficial. Dicha comisión, de más está decirlo, estuvo siempre bajo la más completa supervisión de Fidel y Raúl Castro, y fue encabezada por un viejo estalinista de la más pura cepa: el camarada Blas Roca. Este texto constitucional fue finalmente sometido a plebiscito en un ambiente dominado por el más absoluto control ciudadano por el poder, a través de sus organizaciones paraestatales (CDR, CTC, FMC…), y de sus órganos de represión civil y política (Seguridad del Estado). Aunque es cierto que se permitió cierto debate de aspectos secundarios e insignificantes, en ningún momento se pudo cuestionar lo medular de esta Carta. Esto último equivalía de hecho a un delito de traición a la Patria.

Al respecto resulta sumamente locuaz el siguiente fragmento tomado del libro Comentarios a la Constitución Socialista, del “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista” (según lo define la nota del editor en la contraportada), profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución (93 de la actual) es un justo homenaje a su persona.”

No cabe dudar: La “República de Cuba”, incluso legalmente, es tan monarquía como la Korea de los Kim. ¡Dios y las leyes supra-históricas guarden a su futura majestad, Castro III!

 

Miguel Díaz Canel es el hombre que, también "a dedo", parece haber sido designado por Raúl Castro para sustituirlo en 2018.

Miguel Díaz Canel es el hombre que, también “a dedo”, parece haber sido designado por Raúl Castro para sustituirlo en 2018.

Una concepción medieval de la Soberanía.

Según declara la Constitución en la República de Cuba la soberanía reside en el pueblo, del cual dimana todo el poder del estado (art 3). No obstante, también establece un poco más allá que el partido comunista es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista (art 5).

La incoherencia entre lo planteado en ambos artículos es evidente, pero no privativa de la Constitución Cubana de 1976. Puede encontrársela en el texto de todas las constituciones comunistas, o lo que es lo mismo, de todas las que se aceptan herederas del proceso político que llevara a la proclamación de la constitución rusa de julio de 1918. En esta sus redactores, los legisladores de la Comisión Especial del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, encabezada por Vladimir I. Lenin, tuvieron muy en cuenta la segunda de las Diez Tesis sobre el Poder Soviético de este, redactada cual a propósito en marzo anterior, y que dice así: “Agrupación de la parte más dinámica, activa y consciente de las clases oprimidas, de su vanguardia, la cual debe educar a toda la población trabajadora, sin excepción, a que participe por su cuenta en el gobierno del país en la práctica, y no en teoría.”

jose-gabriel-barrenechea-EsteLunes-5-OtroLunes42La incoherencia entre una sociedad supuestamente establecida sobre el principio de soberanía popular, y al mismo tiempo necesitada de un grupo privilegiado que sea capaz de conducirla a la realización de ciertos fines, que van más allá de las necesidades cotidianas, del día a día, o del siglo a siglo, solo puede ser superada si se parte de suscribir un añejo complejo de creencias. Aquellas que sostienen que el pueblo por lo general no sabe lo que es mejor para él, a la vez de que por fortuna habrá siempre ciertos individuos con la suficiente penetración para saberlo, y con lo bastante buen corazón como para sacrificar sus vidas en la labor de guiar a ese pueblo, medio cegato, por el más corto y practicable camino hacia su bienestar.

Algo bastante poco creíble, dada la manifiesta incapacidad de todo ser pensante para situarse por completo en el lugar del otro, y la indiscutible verdad psicológica de que quienes suelen ser dados al sacrificio también suelen tener una concepción un tanto exagerada de sí mismos, que tarde o temprano los lleva, aun en contra de su voluntad e inadvertidamente, a pretender imponerle su particular visión del mundo a los demás.

Partamos de una distinción: A diferencia de la sociedad medieval, la moderna carece de fines supra-cotidianos (que vayan más allá de las necesidades cotidianas). Se organiza más que nada para permitir la resolución de los problemas concretos que se le presentan a los hombres en el día a día, o aun en el siglo a siglo (aunque reconozcámoslo, con mucha menos eficiencia en el segundo caso). Los resuelve en definitiva mediante un sistema poliárquico que permite el más amplio ejercicio de la soberanía hasta ahora concebible: El Estado de Derecho Democrático. Es esa ampliación radical de la soberanía, en la evolución moderna de la politeia aristotélica, la que permite sacar el mayor provecho que hasta el presente hayamos sido capaces de obtener de la diversidad humana, y de la consecuente pluralidad de soluciones que en potencia se encuentran al interior de cualquier sociedad humana real.

Una rápida ojeada nos permite ver que el sistema político cubano actual no es para nada moderno, sino medieval. Al poseer fines supra-cotidianos: la construcción de la Nueva Jerusalén, o la sociedad comunista, la sociedad cubana solo puede adoptar una concepción medieval de la soberanía. Como hemos visto, la Constitución de la República de Cuba establece la existencia de un grupo o casta privilegiada, el Partido, cuya función es guiar al pueblo hacia lo que Fidel Castro llamaba en sus epifanías discursivas El Porvenir Luminoso. De hecho la sociedad cubana tiende a organizarse de una manera harto similar a la de la sociedad medieval: El rebaño que debe ser guiado por los pastores y guardado por los perros se reproduce en la imagen cubana del pueblo que debe ser conducido por el Partido y protegido por la policía política (la ubicua y omnipotente Seguridad del Estado).

Esta concepción ancien régime de la soberanía es la que explica la escasa eficiencia del sistema político imperante en Cuba para resolver los problemas cotidianos que se les presentan a los cubanos: En la Cuba de Raúl es fácil lograr que todos nos temamos unos a los otros, u organizar desfiles, pero no cultivar papas o caña de azúcar.

 

¿Es marxista la concepción de la soberanía en la República de Cuba?

jose-gabriel-barrenechea-EsteLunes-6-OtroLunes42No obstante, y a pesar de los señalados orígenes del orden legal cubano en el primero de los establecidos tras el coup d’état leninista de 1917, debemos aclarar que al menos en esto de en quién reside en última instancia la soberanía, el sistema político cubano actual tiene muy poco que ver con el pensamiento de Carlos Marx. Contrario a lo que la labor de sus simplificadores posteriores nos han hecho creer, tal vez malintencionadamente, el discurso del fundador del llamado Socialismo Científico no partía de esos fines supra-cotidianos alcanzables por la voluntad, y de imposible coexistencia con el principio de soberanía popular plena. A diferencia de Lenin, Marx parte de la visión de unas fuerzas ciegas de la consensuación inconsciente (en esencia el mercado) que poco a poco habrán de transformarse, al final de los tiempos, en fuerzas de consensuación consciente (el ágora).

Marx predice la llegada de la sociedad post-capitalista pero no se atreve a imaginar su ordenamiento, ya que con ello prejuiciaría a quienes en propiedad les toca consensuar tal orden. Para él el capitalismo tomará necesariamente una evolución que conducirá a la polarización casi absoluta de la sociedad en una minoría de burgueses y una absoluta mayoría de proletarios. Esto no puede desembocar más que en una revolución política y en el establecimiento de la sociedad post-capitalista. Es aquí que comienza el gran salto de lo que él llama el Reino de la Necesidad al de la Libertad, en que el absoluto imperio que sobre el destino de la Humanidad ejercen las leyes de la economía comienza a dejar paso al que desde el interior de la sociedad humana dictan los procesos de consensuación democrática.

Para Marx la sociedad humana es guiada hasta el capitalismo por el inconsciente juego de los intereses personales, traducidos sobre todo en intereses estamentales, y por la esencial precariedad de todas las sociedades pre-capitalistas, que las incapacita materialmente para asegurarle condiciones de vida dignas a toda la población posible, e incluso a toda la población realmente viva en cada instante de tiempo. El capitalismo crea las condiciones para superar ese reinado de leyes económicas sobre las que el hombre no tiene real control. En primer lugar trae tal aumento de la productividad que crea las condiciones para una sociedad en que todos los hombres, potenciales y reales, puedan vivir con dignidad y hasta en la abundancia. En segundo, por sus leyes intrínsecas conduce a la más arriba referida polarización extrema de la sociedad humana y al consiguiente triunfo de una sociedad nueva.

El socialismo es para Marx esa sociedad en que ya la economía no le dicta a los hombres sus leyes, sino a la inversa, mediante mecanismos de consensuación que ya están en ciernes, en potencia, en el modo de vida del proletario. Cuya principal virtud, por cierto, no es su pobreza, sino precisamente esa capacidad de consensuar el futuro humano que le deja su particular posición en el proceso productivo altamente tecnificado de la sociedad capitalista.

De hecho para Marx la pobreza más bien impide desarrollar la base cultural imprescindible al ejercicio consensual. Sus repetidas referencias negativas a lo que él llama lumpen proletariado, y hasta a la necesidad de eliminar a naciones y grupos retrógrados dentro de la sociedad europea (croatas, vascos, bretones), nos dejan bien claro que Marx no fue nunca un reivindicador de pobres y humillados, sino más bien un reformador temeroso de las masas que caen o persisten en estados de estancamiento cultural.

Para Marx es la consensuación consciente de sus problemas cotidianos, entre la absoluta mayoría de los proletarios en un inicio, entre todos los individuos poco después, la que necesariamente conducirá a la sociedad que él llama socialista a convertirse en comunista. Un punto de llegada que él tampoco se toma el atrevimiento de definir, y que muy bien podría identificarse con ese otro ideal utópico que en general subyace en el pensamiento de liberales y anarco-individualistas: La sociedad abierta, o aquella en que la conducta del individuo solo es definida por criterios personales; por sus imperativos morales.

Estatua en el Parque Lenin, La Habana.

Estatua en el Parque Lenin, La Habana.

Lenin, por su parte, en cuya infinitamente más basta visión antropológica se fundamenta el sistema político cubano actual, no es que no solo no comparta en el fondo la confianza de Marx en la capacidad del proletariado para construir el futuro. El caso es que en la Rusia de 1917 no cabe la identificación marxista de proletariado con pueblo. En el inmenso país donde Lenin y su partido de los cuatro gatos han pretendido iniciar una revolución “socialista”, tras hacerse con el poder mediante una afortunadísima jugada política, la clase obrera difícilmente alcanza a constituir el 2 o 3 % de la población total.

Para el Lenin que se enfrenta a la realidad de una sociedad que para nada se parece a la que según Marx daría paso a la socialista, se necesita obligatoriamente una vanguardia que empuje a punta de pistola los esfuerzos “comunes” en la construcción ya no del reino de la Libertad, sino de la Voluntad. Y es bien sabido que la voluntad, al ser sacada de su necesario contexto moderador, la libertad, tiende naturalmente a caer en un inevitable proceso de contracción. La de todos no tarda en convertirse en la de una vanguardia, la de una minoría en la de unos pocos, si acaso en la de uno: En un final la de Lenin, después la de Stalin, Mao, Fidel Castro…

Porque el problema no radica solo en los porcientos. El necesario grado de sofisticación cultural imprescindible para establecer una sociedad consensual parece faltar no solo en el minúsculo proletariado ruso, sino en absolutamente todas las demás clases rusas, hasta las más occidentalizadas. Y por sobre todo, el primero que parece carecer de lo necesario para vivir en la sociedad post-capitalista presentida por Marx, el socialismo consensual, es nada menos que el mismísimo Vladimir Ilich.

La paradójica realidad es que los caminos autocráticos que en el siglo XX toma el mal llamado movimiento comunista, en no poca medida se explican en la imposibilidad que en la gran mayoría de las mentes, sobre todo cuando en la sociedad en cuestión todavía no se ha alcanzado el grado de sofisticación cultural necesario, encuentra el lograr aceptar que en los procesos de consensuación entre millones pueda el individuo ser efectivamente libre. O sea, que lo que llamamos comunismo en el siglo XX resulta ser como es por una traba individualista en determinadas mentes concretas, profundamente cargadas de rezagos culturales pre-capitalistas.

¿Cómo puede un individuo con la tendencia a la megalomanía de Lenin o Fidel Castro, con su procedencia social terrateniente o nobiliaria, entender aquella visión de Marx de que el reino de la Libertad no es otra cosa que la libertad de la sociedad humana para consensuar su futuro, de manera consciente, entre todos sus individuos? ¿Podrá un individuo semejante aceptar que su voto vale exactamente lo mismo que los de los demás millones de camaradas, cuando tantas ideas bullen en su cabeza, pero que de someterlas al escrutinio de los demás encontrarían por lo menos barreras temporales a su inmediata aplicación?

Pero sobre todo: ¿Cómo hacérselo entender a esa inmensa mayoría de individuos, no “aclimatados” por un capitalismo maduro, que ante la libertad moderna no responden en definitiva más que con la suspicacia y hasta con el miedo?

 

La respuesta a nuestra pregunta

La concepción leninista de la soberanía, y por lo tanto la cubana reflejada en su Constitución presente, a la larga no es otra que el regreso a la concepción platónica en que los soberanos absolutos son los reyes-filósofos a cargo del estado. Una más de las muchas reacciones retrógradas ante la Modernidad que se vivieron en el siglo XX, prima hermana de los fascismos y nazismos, pariente cercana de ciertos radicalismos islámicos que hoy se expanden a través de las redes sociales.

Nada tiene que ver semejante concepción exclusivista basada en la consagración del estado con el pensamiento radicalmente progresista del Gigante de Tréveris, alguien que más que eliminar al capitalismo buscaba superarlo mediante la sociedad consensual total: El Reino de la Libertad, la Sociedad Abierta… hacia el cual la Humanidad ha avanzado mucho desde los tiempos en que Engels escribiera La situación de la clase obrera en Inglaterra, por lo menos fuera de ese paraíso del capitalismo primigenio tan admirado por Raúl Castro: La China Comunista.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.