Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(XI)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Y aunque, como se verá más adelante, ya nos vamos acercando al final de esta serie, continuemos esta aventura.

Redacción de OtroLunes

 

Tras una serie de encuentros terapéutico-amorosos en los que el Doctor Amóribus alcanzaba curaciones bastante en entredicho, enamoramientos perniciosos y poca ganancia monetaria, nuestro paradójico héroe se enfrenta a un caso difícil, como todos, diría Borges: el de la polaca Korolenko, fanática de Chopin. El autor anuncia desde esta tribuna que este es el penúltimo capítulo de la fementida novela acogida con generosa paciencia por Otro lunes.

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La Korolenko había caído en  un estado de sumisión extraño pero consciente. El Doctor Amóribus la barnizó con  lengua y aliento hasta el punto de no retorno, y la volteó hasta situarla en decúbito lateral derecho, primero; y luego, en decúbito lateral izquierdo, para no dejar zona sin visitar, y en cuanto su cuerpo ofreció la parte coherente de su persona, de nuevo en decúbito dorsal, Amado se percató de que la Korolenko  tenía el rostro congestionado de los que llevan tres minutos de inmersión involuntaria, y que el vello aúreo de sus brazos habíase erizado y que el callo de su maxilar violinístico parecía un puercoespín a la defensiva. Amado, que se imaginaba sabio en asuntos de amores y otras enfermedades del alma y suponía conocer al dedillo los puntos de cocción de una hembra fogosa, conjeturó que era el momento de poner la mano justo a la entrada de la caverna de Galatea para ver si sacerdotes y escribas estaban dispuestos a aceptar la entrada del sumo sacerdote al templo.

La Koro accedió con un envión pélvico al avance y comenzó a hablar aceleradamente: “Puedes hacer conmigo lo que quieras, Príncipe Mishkin, pero no dejes de hablar: quiero respuestas, respuestas a los enigmas del universo: qué son los hoyos negros, por qué el tiempo avanza hacia adelante y no hacia atrás, por qué los planetas no se colapsan, por qué Dios, si existe, permite la existencia del mal, por qué los seres humanos se avergüenzan del placer, qué es la muerte y cómo debe afrontarse: quiero palabras, porque, como dice Heiddegger, la palabra es la casa del ser, y yo no soy yo si no me hablan cosas con sentido, y si no me das razones, campesino de Baviera, por lo menos debes hacer ruido, o cantar un aria de Rossini, para aturdir mi conciencia puritana, ortodoxa, mahometana.

Amado, que generalmente necesita alta concentración para tratar casos in extremis, no supo qué decir en el instante en que la Koro se hundió en el abismo del silencio, y hasta olvidó las líneas del poema, sorprendido por el estrépito de la parafernalia de la lengua de la Koro y su subsiguiente silencio. Él, poseedor de un alma esencial, no podía hacer bien dos cosas al mismo tiempo: o hablaba o caminaba, pero no las dos cosas concertadamente. El resultado fue que se le entorpeció la lengua y las manos se le engarrotaron y la escena toda comenzó a avanzar hacia el desastre. Salvó la situación el peón cuatro rey cambiemos de actividad: la Koro puso en la casetera una serie de arias italianas y se dejó flotar por territorios de ensueño, lo que le sirvió para demostrar nuevamente que en eso de la música, como en todo, era una apassionata. Cuando el silencio campeó de nuevo sobre las aguas quietas del recinto, la Koro lanzó un suspiro de doble densidad y exclamó ¡Gutten morgen, gutten sorgen! Exclamación con la que, sin duda, hubiera caído en La Gran Depresión de la que acaso ni Dios mismo la podría sacar, pero que corrigió a tiempo gracias a una cita de pie de partitura del Don Juan de Mozart, Forse un giorno il cielo ancora sentirá pietá di me! ¿Dónde escuché esa frase?, preguntóse el amoroso.

–Los polacos somos una nación católica, privilegiada por las alas de Dios -casi gritó la Korolenko.

Impostura ante la cual Amado no pudo menos que lanzar una carcajada mefistofélica, había que castigar de alguna manera tanto fingimiento, se dijo, y sin embargo, calculador como era en asuntos  de metros cuadrados de piel femenina conquistados y de difícil desollación, optó por la prudencia, madre de toda seducción y se ocupó de contemplar fotos que la Koro sacó de sus álbumes de terciopelo y oro. Pudo ver, pues, a la protagonista, al lado de su hermana. La dos lucían rizo alambicado en la frente y gestos de angustia acaso motivados por la amenaza de la cámara y los gritos de los padres intimándolas a posar para el futuro con la alta dignidad que corresponde a niñas decentes y cristianas, comme il faut.  En otra foto pudo ver a la Korolenko de adolescente, nimbada por la nieve de Varsovia, al pie del monumento a Chopin, luciendo las pieles que eran su debilidad, y la nariz poco común, que era su diferencia específica.

–El romanticismo es la esencia del pueblo polaco. Los polacos creen en tres cosas: Dios, la patria y el heroísmo. Por eso en Polonia abundan los suicidas, los ascetas y los grandes artistas. Polonia es un país musical, allí hasta el viento canta en pentagrama, los árboles, los bosques, los ríos componen sinfonías que los artistas se limitan a copiar. Los bebés maman el arte en la leche materna. Todo bebé polaco es un Mozart en potencia.

Extendió sobre la piel de oso blanco un gran mapa de Polonia, se tendió desnuda sobre él, recogió una pierna, lanzó los brazos hacia el infinito, acaso esperando que el infinito encarnara en un hombre y la hiciera dichosa.

–Por eso Polonia ha sido ocupada una y otra vez por los bárbaros: porque es una hembra generosa, sensual, apassionata, comme io.

El Doctor Móribus, que no soporta las actitudes grandilocuentes, quiso bajar a la Korolenko a la realidad. Fornicar con toda Polonia le parecía en extremo oneroso. Disfrutar de una hembra poseída por el espíritu de la historia se le antojaba de pésimo gusto. Lo suyo tenía una intención más humilde: hombre+mujer = buen y disfrutable enigma. Quería sí, una mujer, con su huequito rodeado de obstáculos, no un símbolo, una Altisadora en trance de poner los poderes del universo a bailar en torno a su cuerpo.

–Para mí la patria no significa nada –dijo Amado–: la patria es una forma de histeria colectiva, una imbecilidad inventada por los que carecen de motivaciones personales, de objetivos reales y concretos. Los nacionalistas y los localistas son entidades mediocres, que quieren salvarse tras el escudo de su ciudad, su país, su equipo.

–Lo que pasa es que tu espíritu animal te impide alcanzar alturas. Eres más serpiente que águila.

–Mira, koroboshka, la vida es corta y no hay razones para perder el tiempo en abstracciones. Si sacamos un mínimo común denominador de esta intriga estaremos ante la siguiente ecuación: hombre+mujer= posibilidades de gozo compartido.

–Ay –la Koro cambió su papel: el espíritu romántico la había abandonado y estaba tomando posesión de ella el duende del amor absoluto–: la verdad es que no puedo hacer el amor contigo porque estoy enamorada.

–¿El amor? ¡Bah! Otra insensatez, otra ficción, ganas de perder el tiempo. ¿Para eso me llamaste? Los bomberos podrían apagar tu fuego sin tanto desperdicio de palabras y de tiempo.

–No hay tiempo perdido, ya lo demostró Proust: todo el tiempo que parece perdido es parte de un tiempo mejor: el que nos proporciona el placer del recuerdo o la expectativa de la dicha posible.

–¡Tonterías! No hay que vivir para el recuerdo ni para aguardar paraísos que acaso no lleguen. Quien viva del pasado o para el futuro, jamás goza del presente, vive una vida siempre falsa, postiza, y es como el que prefiere manosearse mirando a las muchachas desde la ventana, en lugar de invitarlas a dar el paseo de sus vidas.

–Pues yo, tonterías o no, estoy profunda y fatalmente enamorada de un príncipe zapoteca a quien no me siento digna de amarrarle los huaraches. Vivo temblorosa a la espera de su llegada, como quien espera que Dios toque en cualquier instante a su puerta.

El amoroso bajó la cabeza. Aceptó la derrota de su dialéctica: sí, el amor existía, era una enfermedad grave y deleitosa, que padeció en alguna oportunidad –con Rana, con Margarita y con otra media docena de pacientes no historiadas, quizás– y le había dejado recidivas y resabios, una añeja sabiduría que no podía esgrimir ante la polaca.

–La verdad es que le temo al amor y sufro por falta de él. Siento que puede ser un monstruo succionante que me dejará sin tuétano, pero sospecho que sin él nada de lo que haga tendrá sentido.

–Lo que temes del amor es que te convierta en un ser común y corriente, que te baje las defensas, te abolle el autoaprecio y te lastime el narcisismo. Tienes la actitud del eterno observador, pero no quieres participar en nada. Estoy segura de que llegas a tu casa esta misma noche y apuntas en un cuadernito todo lo que hagamos y digamos. Así no se puede. Quien camina vida siempre con un espejo adelante, termina por vivir en la falsedad.

¿Qué decirle? La sabia Korolenko había desnudado a Amado haste dejarle los huesos de sus más ocultas intenciones y costumbres mondos y lirondos. Ni el más mísero buitre daría un ardite por sus despojos. Desde su lecho, como un río de leche y miel virgen, la Korolenko lo miraba. En sus ojos una chispa de inteligencia que Amado no había detallado antes, ocupado como estuvo en buscarle la incógnita que lo llevaría a la fuente del deleite.

El cuerpo de la Koro era una visión deslumbrante, un paisaje que partía en dos a Polonia y acaso también a la vida de Amado, que no encontraba el desagüe a esa situación.

A las doce de la noche, después de un larguísimo silencio, aplastado por los ojos de hierro forjado de la Korolenko, Amado de asimilar su enésimo fracaso. No había ironía posible, palabra alguna. Se trataba de una derrota nítida, pulida hasta el último extremo.

Antes de abrir la puerta preguntó:

–¿Sientes alivio de que me vaya?

El “sí” cayó como una guillotina. Amado echó a caminar por el sendero, entre bugamvilias, olores minuciosos, sonidos de grillos. Vio al vecino y propietario de la Quinta, un anciano calvo, asomado a un balcón: estaba soñando sin duda con un harén. No le preguntó de dónde venía ni le sonrió en complicidad. Él también soñaba con el cuerpo lácteo de la Korolenko y acaso los caprichos de una hembra semejante le abrieran la puerta una de sus noches de saudades. Amado montó en su bicicleta –trofeo acaso de un negocio pasado del que conjeturo se averguenza, pues no dejó registro– y se dejó rodar por la carretera rumbo a Veracruz. Tal vez el mar con sus olas aturdidas y las estrellas absolutamente inmutables lograran calmarlo, recuperarlo para sí.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.