La Torre, el Arca y el Faro

Alejandro González Acosta
(UNAM)

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“En el principio era el Verbo”

 

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El arca

Es tal el poder de la Palabra, que en un texto fundamental como La Biblia, todo comienza a partir de ella. El Verbo —que es, más que acción, la posibilidad de ella, pues deviene potencia— es el origen y motor de todo, causa efectiva y suficiente para mover el universo y separar cielos, mares y tierras: es la Fuerza en su estado más puro.

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-1-OtroLunes42Después de crearlo todo, el terrible dios vengativo del Pentateuco, el impronunciable Yahveh, se hartó de soportar las canalladas e impiedades de los seres que Él mismo había formado “a su imagen y semejanza”, y después de infundirles el “soplo divino” en su amasado barro constitutivo, decidió suprimírselo y acabar con todos de una vez, enviando un diluvio universal que duró cuarenta días con sus cuarenta noches e inundó todo el planeta. Sin embargo, conmovido por la piedad de Noé, el único hombre virtuoso sobre la tierra, decidió eximirlo del tremendo castigo, y le ordenó construir un arca, para que al menos pudieran sobrevivir él y su familia a la implacable pena impuesta al resto de la Humanidad, y así lograra volver a empezar de nuevo su obra frustrada, en una necesaria redición, corregida y aumentada. También lo bendijo a él y su descendencia por toda la eternidad, pero hasta hoy desconocemos en qué idioma se comunicaron.

Centurias después, un descendiente de este Noé, Moisés, construiría otra Arca, pero ésta llamada de la Alianza, más pequeña pero con materiales más ricos, para guardar las Tablas de la Ley—el primer escrito que se menciona en La Biblia, lo cual también supone el origen divino de la escritura a partir del Decálogo, y por tanto tiene la doble condición de ser un texto ético y jurídico— entregadas directamente por Jehová en la cumbre del Monte Sinaí. Ambas arcas, la del Diluvio y la de la Alianza, sirvieron para conservar algo precioso, ya fueran las vidas de unos seres humanos, o los primeros textos —y hasta la fecha, únicos—escritos por el mismo dedo divino destellante de fuego. Mas no sabemos en qué lengua estaban escritos estos mandatos.

 

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La torre

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-2-OtroLunes42Tiempo después, según la tradición bíblica, el mismo dios vengativo del Antiguo Testamento, para castigar la impenitente soberbia de los hombres, quienes —no purificados aún ni con el Diluvio Universal— pretendieron alcanzar Su Reino, que le pertenecía con exclusividad, infundió en ellos “la confusión de las lenguas”, y así impidió que alcanzara su objetivo aquella insolente Torre que levantaban en Babel. De tal modo, que a partir de entonces, cuando se quiere señalar el desorden y la anarquía, suele mencionarse esa columna babélica como su origen y símbolo.

Sin embargo, creo que todo esto quizá fue una mala idea de Dios, pues en lugar de empobrecer, enriqueció notablemente la naciente Humanidad, dándole un acento diferenciador a cada comunidad. Le ocurrió algo parecido cuando quiso maldecir “al hombre y a la mujer” —a nuestros padres originales Adán y Eva, expulsados del Paraíso por comer aquella “Fruta prohibida” del “Árbol del Conocimiento”— para “ganar el pan con el sudor de su frente”, es decir, condenarlos a trabajar, cuando es precisamente éste el más dignificante y honroso empeño de la raza humana.

Al querer confundirlos en Babel, lo que hizo fue dotarlos de un rostro, precisar sus perfiles, enaltecer su espíritu, hacerlos, ahora sí, más humanos. Por eso, según esa tradición, en el planeta hoy se hablan centenares de lenguas y dialectos, y no sólo el hebreo, de manera admirable y estimulante. Todos los empeños que se han intentado para unificar en uno solo esa multiplicidad de idiomas, como el esperanto, han fracasado, porque resultan contrarios a la esencia de la misma condición humana, que aspira a la diferencia y se realiza en la diversidad. Las personas no sólo piensan y hablan, sino sienten en una lengua, y tan íntima e irrenunciable es ésta, que terminan por llamarla lengua materna, es decir, se bebe con la leche que nos da vida desde el propio seno nutricio.

 

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El faro

Ruinas de la ciudad de Alejandría.

Ruinas de la ciudad de Alejandría.

Mucho tiempo después de estos sucesos envueltos por la fábula, ya en épocas históricas, es decir, donde la escritura —invento de Cadmos, un escriba—había fijado la memoria de los hechos pasados, un Faraón pero no de sangre egipcia sino griega, antiguo general de Alejandro de Macedonia, concibió la idea antes nunca considerada de reunir en un sitio especial la suma de los saberes del mundo conocido para que se pudieran consultar: Ptolomeo I Sóster, ordenó levantar en el delta del divino río Nilo el Faro de Alejandría, y a su lado, la Biblioteca que le daría más fama y orgullo. Que ésta se encontrara adjunta a aquél indicaba que las luces de la ciencia y la sabiduría guiaban al mundo, y esparcían los conocimientos mucho más allá del horizonte mediterráneo. Un faro que no guía hacia un destino, carece de su medular razón de ser; una biblioteca que no difunde su tesoro, pierde su esencia: así pues, el faro y la biblioteca, una junto al otro, se complementan y alcanzan su plena realización. Ptolomeo era un faraón sabio.

 

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Nuestra arca, nuestro faro, nuestra torre

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-4-OtroLunes42En esta línea del tiempo antes reseñada de modo tan sucinto, se encuentran vinculados así el Arca, la Torre y el Faro, que pueden condensarse por su esencia de protección, diversidad y difusión, en nuestra Biblioteca Nacional de México, en su arca sanctorum que es el Fondo Reservado, y muy especialmente en su Sala Mexicana —no casualmente revestida con maderas preciosas procedentes de todas las regiones del país, como una enorme barca— donde no sólo se concentran, cuidan y protegen los tesoros impresos y escritos del saber lingüístico universal, sino se estudian con aplicación ferviente y promueven con generoso talante, dispersando sus saberes por este ancho y ajeno mundo.

Cuando después de atravesar ese tubo que conocemos como “El Túnel del Tiempo”, el visitante de la Biblioteca Nacional de México arriba al Patio de Sor Juana Inés de la Cruz, se encuentra con la monumental pirámide metálica invertida, equilibrada artificiosamente sobre una esfera, como en un colosal ballet, que lo recibe y anuncia el Fondo Reservado; desde su tope brota agua que la baña y vuelve a sumergirse en la tierra, en un ciclo permanente y eterno, un símbolo de ofrecimiento, fecundación y nutrición constante, que avisa y compromete.

 

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La Gramática de Nebrija

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-6-OtroLunes42A finales del siglo XV quizá el país mejor preparado en Europa para una empresa no sólo de conquista sino de evangelización y dispersión cultural, era España. En la península ibérica, con diversa fortuna, habían no sólo convivido sino interactuado durante ocho siglos al menos tres grandes culturas: la cristiana(de resistencia y con franco impulso de avance), la musulmana (un tiempo victoriosa y hegemónica pero ya en repliegue) y la que se acomodaba a las dos anteriores, la polimórfica judía. Mientras las dos primeras luchaban, la tercera lucraba y prosperaba.

En 1492 se producen tres grandes hechos históricos muy conocidos: la Toma de Granada por los Reyes Católicos, el Descubrimiento de América por Cristóbal Colón, y la Expulsión de los Judíos; sin embargo, hay un cuarto hecho que no por menos difundido deja de ser tan importante como los otros tres: se publica la Gramática castellana. Su autor fue Antonio Martínez de Cava y Xarava (Lebrija, Sevilla, 1441 – Alcalá de Henares, 1522), nombre del que sería más conocido como Antonio de Lebrija o Nebrija, pues el lugar de origen era muy importante en esos tiempos feudales, y tomó el suyo del pueblo donde nació y al cual le dio gloria, según era lo usual en la época, e hicieron, por ejemplo, Erasmo de Rotterdam y Tomás de Aquino.

Una de las muchas cosas sabias que dijo Nebrija en su Gramática—primera obra de estudio sobre una lengua romance, aparecida justo en el momento cuando más se necesitaba, y que por supuesto fue un rotundo fracaso editorial al brotar de las prensas salmantinas— fue que “siempre la lengua fue compañera del Imperio”; sin embargo, poco años después no resultó totalmente exacta esta afirmación: para empezar, la lengua del Emperador, ya en ese momento Carlos V, era el flamenco con algo de alemán y muy poco de español. Pero por otra parte, tampoco fue así para el caso americano. En Europa, España reprodujo muy levemente a Roma, imponiendo su gobierno pero aceptando los idiomas de sus regiones; pero en América su modelo fue más el de Grecia, quizá sin estar muy consciente de ello, trasladando una cultura y asimilando las existentes. Sólo así se explica la asombrosa capacidad de los evangelizadores españoles que vinieron al continente no sólo para dispersar la enseñanza de su religión, sino desplazar una cultura vencida por otra vencedora (como se hacía entonces, desde mucho antes y se sigue haciendo) para lo cual resultaba indispensable el conocimiento y manejo de sus lenguas originales. En Europa, España era simplemente conquistadora; en América, además era colonizadora y civilizadora. En el origen de la formidable labor lexicográfica y lingüística de los evangelizadores en América se encuentra sin duda esta Gramática nebrisense como su referente inmediato y facilitador.

 

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La Historia de Acosta y los franciscanos

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-7-OtroLunes42Cuando en 1492 se produce el ¿descubrimiento? ¿encuentro? ¿encontronazo? ¿invasión? ¿reconocimiento mutuo? de dos -¿sólo dos?- mundos, además de alcanzar su íntegra completitud, el orbe —en realidad, el “mundo nuevo” fue todo el planeta, por fin entero y consciente de su propia grandeza, a partir de ese preciso momento— se amplió no sólo geográfica y espacialmente, sino espiritual y lingüísticamente: los europeos llegados a estas tierras toparon con una asombrosa diversidad de lenguas, totalmente desconocidas y muy diferentes entre ellas, lo cual propició que un erudito religioso como José de Acosta (1540 – 1600) intentara encontrar una explicación teológica al enigma que suponía ese continente interpuesto sorprendentemente entre Europa y Asia, el cual terminó por conocerse como “América”: nació así con la injusta equivocación de su bautizo, que debió ser, en todo caso, por su “descubridor”, “Colombia”. Sin haberlo esperado ni previsto, se “les apareció” una enorme cuarta parte del planeta. Y había que acomodarla.

Acosta, en su dilatada trayectoria como misionero jesuita en España y América, llegó a la pequeña población de Juli (actualmente Bolivia), en las orillas del remoto Lago Titicaca, donde estableció un colegio destinado, entre otros asuntos, al estudio de las lenguas autóctonas de la región, el aymara y el quechua; quizá fue éste el más austral de los establecimientos culturales del mundo en el siglo XVI. Activo participante del III Concilio Limense, convocado por Santo Toribio de Mogrovejo, promovió la preparación de un catecismo en lenguas originarias, que cumpliera lo preceptuado por el Concilio Tridentino, relativo al tema De la Propaganda Fide; es decir, la Fe había que expandirla como una misión de origen divino, pero también como parte del compromisivo legado recibido al concederle el Papa Alejandro VI a los monarcas españoles la propiedad material de los nuevos territorios descubiertos y la espiritual de sus pobladores, quienes habían sido  encomendados a los Reyes Católicos (como “sus señores naturales”), desde las llamadas Bulas alejandrinas (selladas entre mayo y septiembre de 1493; la primera de ellas es la más conocida: Inter caetera…,) y el resultante Tratado de Tordesillas (firmado el 7 de junio de 1494, después de meses de negociaciones), entre Fernando V de Aragón e Isabel I de Castilla, por una parte, y de la otra Juan II de Portugal.

Para lograr esto, primero había que apropiarse de la lengua, y luego promoverla. Su instructivo De procuranda indorum salute, se convirtió en un “manual de misionología” seguido por muchos religiosos evangelizadores durante su época. Entre 1586 y 1587, Acosta pasó casi un año en la Nueva España, de camino hacia España, donde finalmente publicaría De natura Novi Orbis (1589) y poco después, su Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590), que es uno de los primeros intentos totalizadores por tratar de entender, asumir, interpretar y proyectar la nueva realidad que supone la existencia de un “mundo diferente”, casi un siglo después del Descubrimiento. Quizá fue necesario ese tiempo para asimilar, acopiar y madurar toda la información acumulada en ese intermedio, con la saludable distancia de los sucesos heroicos de la conquista. Debe aceptarse que el contacto directo con el gran taller evangelizador novohispano, en plena ebullición desde su foco del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, impresionó profundamente al teólogo jesuita.

En México, desde muy temprana fecha, habían arribado las sucesivas “barcadas franciscanas”, con los febriles seguidores del “seráfico padre”, impuestos medularmente de su misión para convertir a los indígenas, con el propósito de no obligarlos por la fuerza, sino persuadirlos con la dulzura de las palabras, y aliviándolos de sus dolores y miserias, a partir de la autoridad que confería el ejemplo propio de humildad y pobreza. Según las crónicas de la época, los indígenas no salían de su asombro al ver los orgullosos y feroces conquistadores vencedores, forrados de acero en sus relucientes armaduras, y cubiertas las cabezas con cascos adornados por plumas multicolores, doblando las rodillas y postrándose ante esos harapientos y descalzos misioneros, vestidos apenas con raídos hábitos, sucios por el polvo de los caminos. Por eso cuando los veían decían la misma palabra, “motolinía”, que en su lengua era “pobre”, y se la apropió como su nombre y blasón el fervoroso Fray Toribio de Benavente, que ya después se hacía llamar sólo como “El Motolínía”, “el pobre entre pobres”. Esa fue, sin dudas, la primera gran lección franciscana.

Siguiendo el ejemplo del primer misionero, Jesús, y su docena de discípulos, los apóstoles, los franciscanos encabezados por Fray Martín de Valencia y sus once compañeros (intencionalmente eludieron no ser doce para no pecar de involuntaria soberbia, comparándose con su Maestro), se juntaron primero en Santa María de la Alhambra en Granada, de allí partieron a La Rábida, embarcaron en San Lúcar de Barrameda, cerca de Sevilla, y después de pasar por Puerto Rico y La Española, llegaron a Veracruz, de donde ascendieron a través de calores y fríos, hasta arribar a la aliada Tlaxcala, que fue su sitio no sólo de reposo, sino de organización, y hasta la lengua les fue propicia para sus propósitos: Tlaxcallan se traducía como “tierra del pan”, y asombrosamente lo mismo significaba en hebreo Belén (Betléhem: “casa del pan”);así pues, ¿dónde mejor nacería el mensaje de Jesús en estas tierras, que en el otro Belem, la Tlaxcala hermanada por la lucha y la Fe?

De esas maravillosas ocurrencias está repleta la historia de la conquista y la colonización de México; en este caso, por coincidencia lingüística, como una suerte de oportuna predestinación. Allí en Tlaxcala empezaron a escuchar a los indígenas con mayor detenimiento, tratando de distinguir unos sonidos de otros, tomando apuntes; y buscaron  ayudantes nativos que les sirvieran como asistentes auditivos (en realidad, a pesar de su buena voluntad, a sus duros oídos castellanos se les escapaban muchos matices e inflexiones, y habían sonidos que les resultaban imposibles de imitar, como esa diabólica combinación tl), repitiéndoles con cuidado cada vocablo para transcribirlo. En las lenguas americanas aprendieron que no siempre “se habla y se lee como se escribe” según decía Nebrija, sino que cada caso presentaba sus características propias, como aún continúa siendo en la confusa diversidad e imprecisión del uso de la x, j y ch en el náhuatl actual. Allí empezaron los grandes descubrimientos lingüísticos por el método del tanteo y el error: fue una forja de obreros de los idiomas, quienes lograron una rica cosecha de diccionarios y vocabularios. Quizá esta resultó la primera gran revolución lingüística del mundo, pues ni Roma pretendió tanto: los legionarios imponían el latín, pero no aprendían las lenguas conquistadas.

La conquista de México fue en el principio un asunto lingüístico de responsabilidad compartida, cuatripartita, pues las primeras comunicaciones se forjaron sobre cuatro interlocutores1: en los extremos de la cadena, un español (castellano) y un mexicano (náhuatl), pero en medio una tabasqueña (Malintzin) que hablaba maya y náhuatl, y un español (Jerónimo de Aguilar) que hablaba maya. De tal suerte que el principal eslabón para que se comunicaran entre todos, fue el maya, la lengua de un pueblo que había tenido su apogeo varios siglos antes, y sólo dejó —antes de descubrirse más tarde sus ciudades ocultas en la selva— una lengua de jeroglíficos que hoy continúa asombrando. Esas sesiones inaugurales fueron lo que hoy se conoce —y se paga muy bien— como “traducción simultánea”; pero más que traductores, se convirtieron en “intérpretes”, transmitiendo un sentido, más que simples palabras.

 

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Equívocos lingüísticos

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-8-OtroLunes42Cuando dos culturas se encuentran, pueden ocurrir chispas sorprendentes. Al desembarcar en la costa de Gibara los marinos colombinos Rodrigo de Jerez (natural de Ayamonte, en Huelva) y Luis de Torres (enigmático judío converso y políglota), según anota “El Almirante” en su Diario de navegación el martes 6 de noviembre de 1492, llegaron con la noticia de haber encontrado una planta asombrosa: relataron cómo los indígenas la quemaban en una hoguera y absorbían el humo por una suerte de cánula bifurcada en un extremo, u horquilla. Cuando por señas les preguntaron qué era aquello, respondieron “tabac” y así se le quedó el nombre a la planta de tabaco… Con la pequeña circunstancia que los indios se referían a la horquilla, pues la planta se llamaba en su lengua “cohíba”. El equívoco ha perdurado hasta hoy2.

Luego, en 1517, los primeros españoles que llegaron a las costas de la península habitada por los mayas y que ellos conocían como Mayab (lugar de los mayas), preguntaron a unos aborígenes que intrigados merodeaban por allí, cómo se llamaba aquella tierra, y les respondieron algo así como “Yucatán”, que ellos dieron por bueno era el nombre solicitado, aunque la traducción —discrepante en al menos tres versiones— significaba “no los entendemos”3.

Pero estos errores de comunicación no ocurrieron sólo entre los españoles, sino también en otros rincones del mundo. Según una extendida leyenda, cuando los ingleses llegaron a lo que llamarían Australia, preguntaron a un aborigen sobre esos extraños animales de largas colas que saltaban por todas partes, llevando en sus bolsas ventrales o marsupios a sus hijos, y les respondieron “Kan Ghu Ru”: lo cual tradujeron por “canguro” hasta hoy, como anotó el puntual explorador James Cook en su Diario el 4 de agosto de 1770, aunque según algunos significaba “no sabemos, no somos de aquí”.

 

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Nativos, indígenas, oriundos y aborígenes:

alejandro-gonzalez-acosta-punto-mira-9-OtroLunes42Como en el origen de todo está el Verbo, el ya mencionado José de Acosta procuró ubicar esa inesperadamente encontrada cuarta parte del mundo, nacida ante el asombro y el estupor, en la historia ya conocida, es decir, la del relato bíblico. Después de consultar con detenimiento los textos bíblicos llegó a la conclusión que los indios americanos eran, todos, descendientes “de Neptuno —Nephthuim—, hijo de Misraim, nieto de Cam y biznieto de Noé”, punto que después retoma Carlos de Sigüenza y Góngora para su Theatro de virtudes políticas (1680), y luego utiliza José Ignacio Borunda con su Predicación del Apóstol Santiago en la América Septentrional. Clave general de interpretación de jeroglíficos mexicanos (1790), y llega en tiempos ya ilustrados hasta el explosivo sermón de Fray Servando Teresa de Mier el 12 de diciembre de 1794 en la Capilla del Pocito, que tan funestas consecuencias le atrajo.

Sin embargo, el libro de Acosta significó un importante salto científico en la interpretación del origen y las características de los americanos. Con una sorprendente actitud casi positivista (aplicando el empleo de hipótesis contrastadas) insospechable para la época—supone un paso entre Asia y América mucho antes de conocerse el Estrecho de Bering— es digno de admiración, lo cual explica su rápido y sostenido éxito editorial, con sus numerosas reediciones y traducciones por toda Europa. Era posiblemente en su momento el mejor acercamiento realista a todo lo americano, aunque también pagara tributo a su época y al estado de los conocimientos, procedente de una Europa que apenas estaba emergiendo de las penumbras medievales.

En este punto valga la reflexión que las palabras nos juegan bromas y deparan sorpresas. Demasiado habituados a utilizarlas sin reparar en la íntima constitución de ellas, en ocasiones perdemos de vista su esencia y los matices que se desprenden de las mismas. Cuando hablamos de los “indígenas” y los “aborígenes”, olvidamos que todos, absolutamente todos los seres humanos, somos indígenas y aborígenes de alguna parte. Con el término aborigen resulta bastante claro: ab origen, es decir, desde el origen o inicio, y no se presta a mayor discusión. En el caso de indígena es un poco más complejo, pero suficientemente explícito, pues es “relativo a una población originaria del territorio que habita”, y resulta próximo al concepto de “oriundo” —originario del lugar— pero difiere de “nativo”, que se dedica al nacido en un lugar pero no necesariamente procedente de un linaje no indígena del mismo. En sentido estricto, como lo empleamos más comúnmente hoy, indígena se corresponde con una etnia y por tanto con alguna cultura tradicional, y de hecho aplica para aquellas comunidades que han resistido el empuje de la llamada “civilización occidental”, la cual proviene, como inmediato legado latino y romano, de una etnia aborigen de la Toscana y luego expandidos al Lacio y la Umbría, originarios de una tribu conocida como los etruscos, a los cuales se fueron añadiendo ingredientes culturales diversos de otros indígenas como celtas, germanos, fenicios, griegos, egipcios, godos, árabes…

México exhibe con orgullo una antigua y sólida tradición escrituraria: desde los tlahuiloque que conservaron la memoria de sus comunidades mediante sus hábiles trazos pictográficos, y un sistema complejo de escritura muy anteriores a la conquista española, y después la más antigua cultura impresora continuada en las Américas. Cuando aquellos puritanos embarcados en el Mayflower apenas descendían en la roca de Plymouth, en México —entonces Nueva España— ya había una secular tradición de impresores y editores como Juan Pablo de Brescia, Antonio Espinoza, Enrico Martínez, Pedro y Melchor Ocharte, Jerónimo y Pedro Balli, entre varios más; ya funcionaba la Real y Pontificia Universidad (Real Cédula 21 de septiembre de 1551; Inicio de cursos: 25 de enero de 1553) y existía un comercio —prueba irrefutable de una demanda— de libros con un próspero mercado, aunque estuviera acotado por un poder receloso y atento.

 

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El pecado de Landa

La quema de los códices mayas según Diego Rivera.

La quema de los códices mayas según Diego Rivera.

A pesar que ocurrieron verdaderos desastres por causas humanas, peores que las naturales, que mutilaron y casi anularon el legado cultural —como un celoso Fray Diego de Landa que siendo Obispo del Yucatán ordenó reunir todos los códices mayas y “purificarlos” con el fuego salvador en una pira iconoclasta— también debe reconocerse que por otro lado, aún el mismo Landa —arrepentido después de su barbarie “purificadora”, o ya más atemperado— y otros religiosos convencidos de su misión evangelizadora, se convirtieron en los más decididos y denodados defensores y estudiosos de esa cultura, la cual  no desapareció ni se esfumó, sino continuó indomable expresando una pertenencia de “el aquí y el ahora”, cimentada en “el allá y el antes”, encabezados por Fray Bernardino de Sahagún a quien en frase feliz Don Miguel León-Portilla bautizó como “el primer antropólogo mexicano”. De todo hubo en la Viña del Señor, pues. Un severo impartidor de justicia en España, Vasco Vázquez de Quiroga  y Alonso de la Cárcel, milagrosamente transmutado por las gentes buenas, dulces y sencillas en estado virginal de sus neófitos, se convierte en el prodigio de un “Tata Vasco”, el cual, sino estamos atentos a cómo hoy se refieren a él los indígenas purépechas y tarascos de Michoacán, parece que está en la habitación próxima dispuesto a absolvernos de nuestros pecados y enseñarnos algún oficio útil, y no fallecido hace casi 500 años.

Hombres con una fe sólida, sin fisuras ni vacilaciones, que llevaban sus esfuerzos denodadamente al plano de la acción, distanciándose de lo contemplativo y adoratorio, los misioneros evangelizadores fueron además lingüistas por imperativa necesidad. Resucitaron aquel antiguo “donde lenguas” que se les concedió a los fundadores del cristianismo, cuando en la celebración del Pentecostés se colocó el Espíritu Santo como pequeña llama sobre sus cabezas, para señalarlos como “pescadores de hombres”, otorgándoles el don carismático de la glosolalia, la posibilidad de hacerse entender por todos, según se narra en los Hechos de los Apóstoles (2, 1-40), y ya se mencionaba en los textos de Tertuliano y Orígenes en los siglos II y III de nuestra era. Habían recibido el obsequio del Paráclito –el gran confortador- directamente de su Maestro, el Cristo resucitado en su triunfo sobre la materia. Se había anulado así, para ellos, la antigua maldición de Babel.

Los herederos de esos apóstoles, calzados con sencillas y toscas sandalias, y en algunos casos, completamente descalzos, transitaron arriba y abajo por todo un continente con desplazamientos que nos asombran cada día más, acostumbrados como estamos ahora por la tecnología a trasladarnos velozmente, sin molestias ni dolores, con relativa seguridad y certidumbre de caminos y distancias. Ellos caminaban sin saber bien a dónde  ni cuánto. Al mismo tiempo que bautizaban hasta la extenuación (casos hubo donde sus asistentes debieron sostenerles los brazos en alto, ya cansados, de quienes exhaustos impartían el bautismo y la eucaristía, con verdadero despliegue de condiciones atléticas), se dieron ocasión además para reunir, consultar, elaborar, difundir y aplicar esas “sorprendentes gramáticas” y esos “maravillosos vocabularios”, como los llamó con toda justicia un lingüista señero como Juan M. Lope Blanch4.

Lo que primero fue necesidad, y luego vocación, se convirtió finalmente en profesión: ya con el siglo XIX, con las escuelas positivistas y antropológicas en ciernes, los eruditos se convirtieron primero en filólogos y más tarde en lingüistas propiamente dichos, y así se prolongan hasta la actualidad, donde no desdeñan emplear métodos novedosos de la más avanzada y asombrosa tecnología.

El valioso y enorme legado que nos transmitieron empezó apenas a calcularse ya en el siglo XIX, con catálogos como los de Joaquín García Icazbalceta5, Nicolás León6, el cubano Conde de la Viñaza7, o la oportuna obra de la mancuerna formada por los bibliotecarios Juan Gualberto López-Valdemoro y de Quesada, Conde de las Navas, y Manuel Remón Zarco del Valle y Espinosa de los Monteros8.

El Instituto de Investigaciones Bibliográficas ha sido uno de los recintos donde las lenguas indígenas han logrado una atención más sostenida y precisa. Desde su origen como Biblioteca Nacional, en 1867, y más tarde su ampliación como Instituto adscrito a la Universidad Nacional, el conjunto de sus fondos sobre el tema se ha ido incrementando incesantemente. Cuando se constituyó, resguardó los fondos conventuales donde se habían no sólo acumulado, sino muchas veces gestado esas importantes obras. El Convento Grande de San Francisco, heredero del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, es uno de sus primeros y más significativos acervos, a los cuales se fueron agregando los de otras antiguas instituciones. La propia biblioteca de la antigua Universidad de México, heredera a su vez de los colegios y conventos jesuitas como los de La Profesa, San Pedro, San Pablo y San Ildefonso (recibidos al distribuirse las “Temporalidades de la Compañía de Jesús” en 1767), también nutrieron sus fondos. Durante casi un siglo medio desde su fundación, la Biblioteca ha sido el repositorio natural de las piezas que se han agregado por compra, canje, donación o expropiación; de tal suerte que hoy, junto con la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia –ambas tienen un origen común, como hijas del Museo Nacional de México cuando todavía se encontraba en su ubicación inicial del Palacio Nacional- no ha cesado de crecer este acervo, a pesar de lo mucho que lamentablemente se dispersó durante décadas de descuido y otras urgencias nacionales, que permitieron que grandes colecciones privadas pasaran a instituciones extranjeras. Actualmente, junto con sus instituciones afines como el Archivo General de la Nación y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, es un centro muy apreciado por los estudiosos de las lenguas aborígenes en México, al mismo tiempo que custodia, en plano de igualdad, valiosos ejemplares de otras lenguas como el latín, el griego, el hebreo y diversas lenguas modernas, que forman en su conjunto el impresionante concierto de las distintas voces de la raza humana universal, que se dan cita y encuentran espacio propicio en sus estantes.

Veinte años separan los valiosos aportes de Roberto Moreno de los Arcos9 e Irma Contreras García10 para dar cuenta de la extraordinaria riqueza que sobre las lenguas indígenas conserva la Biblioteca Nacional de México. Ambos revisaron entre 1966 y 1986, el rico acervo patrimonial atesorado, y sus esfuerzos, sumados, demuestran la estimulante diversidad de su fondo bibliográfico sobre el tema lingüístico, el cual ha sido consultado, revisado, enriquecido y difundido como manifestación práctica y útil de las tres funciones sustantivas asignadas a su custodio, la Universidad Nacional, para investigar, enseñar y difundir los conocimientos que constituyen nuestra herencia cultural, y la memoria —en este caso específico histórico-lingüística— de la Nación.

Si los primeros religiosos misioneros resultaron lingüistas por necesidad, los ilustrados novohispanos que los sucedieron lo fueron por curiosidad intelectual y amor a una noción naciente de patria: asumieron como deber patriótico desentrañar aquellas pictografías y glifos heredados de un remoto pasado, pero que a cada momento podía hacer una sorpresiva irrupción en el presente, como cuando “aparecieron” aquellas monumentales y  asombrosas “dos piedras” en medio de la ciudad, olvidadas en un subsuelo que al mismo tiempo las protegió de los furores iconoclastas y las entregó oportunamente como parte del mismo desarrollo urbano: cuando emergieron la Coatlicue y el Calendario, se reavivó el interés un tanto adormecido por ese enigmático pasado prehispánico, tantas veces satanizado. Pero los “anticuarios” —es decir, los amantes de lo antiguo y venerable— aplicaron sus saberes y muchas veces por deducción e inferencia, pudieron avanzar en el conocimiento de esos restos que hablaban de un pasado grande y terrible, que de alguna forma se había hecho parte de la identidad nacional, a pesar de las mutilaciones y prohibiciones: a la larga, la piedra pudo más que la tea. Con la ventaja, además, que según señalan hasta reciente fecha autores como Rubén Bonifaz Nuño, que lo conservado sobre esas moles graníticas era prácticamente inmune a las alteraciones, y muy difícil de acomodar a los móviles  predominantes, mucho más fieles que los testimonios escritos, donde mediaban por una parte el posible temor de los informantes, y por la otra la inclinación de acomodar la sustancia del informe a los intereses o ideas propios del copista o interrogador. La epigrafía, pues, se asumió también como una fuente poderosa y fiable para la investigación de las lenguas de los antiguos pobladores.

El sitio del estudio de las lenguas pasó de la celda conventual, al gabinete del erudito y más tarde, contemporáneamente, al laboratorio del investigador: se trasladó de lo sagrado religioso, a lo sagrado republicano y científico propio de la modernidad. Y este tránsito quedó jalonado por las huellas que cada generación dejó de sus búsquedas y saberes en libros o manuscritos, los cuales  constituyen hoy uno de los más grandes tesoros de la Nación, porque en ellos, se cuenta la historia de cómo fuimos aprendiendo a conocer al semejante, buscando lo que nos unía y limando lo que nos separaba, para ir construyendo, y componiendo entre todos, el formidable concierto de una cultura diversa en sí misma por sus elementos constitutivos, compleja por la misma disparidad de esas fuentes, pero intensamente vital y asombrosamente dúctil para formar ideas, darle cuerpo al pensamiento y voz a la mente; y por ello esos documentos son las partiduras de esa magna sinfonía que hoy se escucha con deleite en plazas y mercados, pero también en las aulas universitarias y en los hogares de distinto  bienestar, donde se mezcla, amasa y hornea ese pan cotidiano de la cultura, a través de una de sus más auténticas y definidoras expresiones: la lengua de todos.

Actualmente se suman en una forma poderosa los antiguos componentes de esta historia ejemplar que procuramos reseñar con estas páginas: aquella Arca salvadora del origen de los tiempos, hoy es la Sala Mexicana, “panal de rica miel” bibliográfica, donde se conservan las joyas más valiosas de nuestra memoria histórica, y ostenta como blasón el nombre de un Noé universitario, Don Ernesto de la Torre y Villar, Santo Varón de los Libros; la Torre donde se resguardan todas las lenguas que han enriquecido a la nación, fruto de muchas generaciones de aplicados estudiosos, desde los pioneros misioneros franciscanos hasta los modernos lingüistas, es el Fondo Reservado; y el Faro desde donde se dispersa la luz concentrada en el espejo cóncavo del pensamiento y la reflexión, es el útero materno de la Biblioteca Nacional de México (1867) engarzada desde 1929 en nuestra Casa Mayor mediante el Instituto de Investigaciones Bibliográficas (1967), que hoy continúa empeñada en cumplir día a día su compromiso con la memoria nacional, siendo la voz de una raza por la que nos habla el espíritu. O, para expresarlo con mayor justicia, las diversas voces de muchas razas que nos comunican sus vitales espíritus.

 Arca, Torre y Faro hoy son parte indisoluble de esta Universidad Nacional Autónoma de México, que honra su nombre con la obra de cada uno de sus mejores hijos: Argonautas del saber, Mirmidones de la cultura, Pochtecas del conocimiento, Tlamatinime de la ciencia, Tlacuihloque armados de potentes y modernas computadoras, Amautas renovados, todos cantores de un inmenso coro polifónico a través de los siglos.

Bibliografía

CONTRERAS GARCÍA, Irma, Bibliografía sobre la castellanización de los grupos indígenas de la República Mexicana, México, UNAM-IIB, 2 vols. 1985 y 1986.

DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Verdadera historia de la conquista de la Nueva España, México/Ciudad Real, Miguel Ángel Porrúa Editor-Universidad de Castilla-La Mancha, 2001. 3 vols.

GARCÍA ICAZBALCETA, Joaquín, Bibliografía mexicana del siglo XVI, Revisada por Agustín Millares Carlo. México, Fondo de Cultura Económica, 1954.

LEÓN, Nicolás, Bibliografía mexicana del siglo XVIII. México, Imprenta de Francisco Díaz de León, 1902-1905, 5 vols.

LOPE BLANCH, Juan M., “De historiografía lingüística mexicana”, De historiografía lingüística e historia de las lenguas. Coordinadores: Ignacio Guzmán Betancourt, Pilar Máynez y Ascensión H. de León-Portilla. México, Siglo XXI Editores - UNAM - Instituto de Investigaciones Filológicas, 2004.

MORENO DE LOS ARCOS, Roberto, “Guía de las obras en lenguas indígenas existentes en la Biblioteca Nacional”. Boletín de la Biblioteca Nacional, México, 2ª época, t. 17, Nºs 1-2, enero-junio de 1966, pp. 23-210.

MUÑOZ Y MANZANO, Cipriano, Bibliografía española de lenguas indígenas de América. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1892. XXVIII, 428 pp. y de la Biblioteca histórica de la filología castellana (Madrid, 1893).

REMÓN Y ZARCO DEL VALLE y Espinosa de los Monteros, Manuel y Juan Gualberto López Valdemoro y de Quesada, Conde de Navas, Lenguas de América. XXI Manuscritos de vocabularios y gramáticas de la Colección de la Real Biblioteca de España. Fondo “José Celestino Mutis”. Edición: Antonio Graiño. Madrid, Imprenta Clásica Española, 1914.

SANTACILIA, Pedro, Lecciones orales sobre la Historia de Cuba, pronunciadas en el Ateneo Democrático Cubano de Nueva York, Nueva Orleans, Imprenta de Luis Eduardo del Cristo, 1859. 240 pp.

Notas del artículo

  1. Bernal Díaz del Castillo en su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España, menciona un traductor anterior, “el indio Melchor”, del que después no se sabe nada más.
  2. El cubano-mexicano Pedro Santacilia, yerno y secretario de Benito Juárez (quien, entre cosas, además de Presidente, fue torcedor de tabaco), lo narra así en sus Lecciones orales sobre la Historia de Cuba, de 1859, pronunciadas en el Ateneo Democrático Cubano de New York: “Pero lo que más hubo de llamar entonces la atención de los españoles, fue el uso de la planta cohíba, que fumaban los indios, colocándola en una especie de instrumento llamado tabaco, y cuyo uso era un vicio muy generalizado ya entre los naturales...”, p. 71.
  3. Una primera versión dice Má anaatik Ka t’ ann, que es: “no entiendo tu habla”. Otra, Uh yu ka t’ann: que es “oye cómo hablan”; y una tercera, Ci u t’ ann: “no entiendo”.
  4. “De historiografía lingüística mexicana”, De historiografía lingüística e historia de las lenguas. Coordinadores: Ignacio Guzmán Betancourt, Pilar Máynez y Ascensión H. de León-Portilla. México, Siglo XXI Editores - UNAM - Instituto de Investigaciones Filológicas, 2004.
  5. Bibliografía mexicana del siglo XVI. Revisada por Agustín Millares Carlo. México, 1954.
  6. Bibliografía mexicana del siglo XVIII. México, 1902-1905, 5 volúmenes.
  7. Cipriano Muñoz y Manzano (La Habana, 3 de octubre de 1862 – Biarritz, 1 de diciembre de 1933). Conde de la Viñaza Épila, Grande de España, Miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia, donde fue sustituido –Medalla 17- precisamente por Agustín Millares Carlo. Es el autor de la celebrada Bibliografía española de lenguas indígenas de América. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1892. XXVIII, 428 pp. y de la Biblioteca histórica de la filología castellana (Madrid, 1893). Don Rafael Montoro le dedicó un elogioso discurso en 1896 (Obras, La Habana, Cultural S.A., 1930. Tomo II: Conferencias y ensayos, pp. 413-417).
  8. Lenguas de América. XXI Manuscritos de vocabularios y gramáticas de la Colección de la Real Biblioteca de España. Fondo “José Celestino Mutis”. Edición: Antonio Graiño. Madrid, Imprenta Clásica Española, 1914.
  9. “Guía de las obras en lenguas indígenas existentes en la Biblioteca Nacional”. Boletín de la Biblioteca Nacional, México, 2ª época, t. 17, Nºs 1-2, enero-junio de 1966, pp. 23-210.
  10. Bibliografía sobre la castellanización de los grupos indígenas de la República Mexicana, México, UNAM-IIB, 2 vols. 1985 y 1986.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.