Entre ciegos. Donde los tuertos son reyes.

Félix J. Fojo

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La literatura de Occidente, como el amor, nació ciega.

Sí, porque el invidente Homero (alrededor del siglo VIII ANE) fue, sin la menor duda, el padre de la literatura occidental, una literatura que tiene su basamento, y su referente todavía actual,  en la composición poética épica, ¿y quién sino Homero da a luz y domina plenamente esa narración épica con dos obras inigualables: la Ilíada y la Odisea?

¡Ah, que no existió el aeda llamado Homero, o que fueron varios poetas “homéricos” los que sucesivamente recogieron tales historias de la oralidad y compusieron esos dos monumentos literarios! ¿Importa eso en realidad hoy? Lo dudo. Si se descubriera una prueba de que esas dos obras gigantescas de nuestra literatura fueron escritas por algún (o algunos) otro me atrevería a afirmar que nada cambiaría y Homero seguiría siendo, para siempre, el reconocido autor indiscutido, aunque solo sea por lo que nos dice la letra de una sabia canción: que la costumbre es más fuerte que el amor.

Tiresias aparece ante Odiseo durante el sacrificio, Heinrich Füssli 1780 - 1785.

Tiresias aparece ante Odiseo durante el sacrificio, Heinrich Füssli
1780 – 1785.

El ciego Tiresias, el adivino tebano que aparece como personaje en la Odisea, no es un escritor ni literato en el sentido estricto de la palabra, pero lo invitamos a este artículo precisamente por la riqueza narrativa de las variadas causas posibles de su ceguera: Haber visto desnuda a la diosa Atenea mientras se bañaba en pelotas en la fuente Hipocrene se cita como causa, o, más interesante aún, el haberse entrometido, poniéndose de parte de la teoría machista del dios Zeus, en una docta discusión sobre grados del placer sexual entre la diosa Hera y el ya citado Zeus, interrupción no solicitada que llevó a la ofendida Hera, protofeminista agresiva, a cegarlo en un rapto incontrolable de ira. Zeus, buena gente al fin y al cabo (con sus protegidos), no pudo devolverle la vista (Hera también tenía poder, y parece que bastante) pero le concedió al metiche Tiresias los dones de la adivinación y de la larga vida para consolarlo de su malograda  visión.

Como quiera que sea, Tiresias no fue un artista (en el sentido actual del término) pero es uno de los personajes literarios más citados y recreados entre los clásicos, los postclásicos y los actuales: Homero, por supuesto, Eurípides, Sófocles, Esquilo, Calímaco, Teócrito, Séneca, Ovidio, Dante Alighieri, Publio Estacio, Luciano de Samosata, San Albano, John Milton, Pierre Corneille, Voltaire, John Dryden, Tennyson, Swinburne, Guillaume Apollinaire, T.S. Eliot, Leopoldo Marechal, Jean Cocteau, Lawrence Durrell, W.H. Auden, Carol Ann Duffy, Robert Graves, Bertolt Brecht, Fugard, Haruki Murakami, Jeffrey Eugenides, Antón Arrufat, Valerio Massimo Manfredi, Pier Paolo Pasolini, Woody Allen y unos cuantos más han utilizado al ciego tebano como personaje de sus novelas, cuentos, ensayos, poemas, obras teatrales y guiones cinematográficos, sin olvidar, y esto lo hace aun más atrayente hoy, que Tiresias, andrógino y muy dado a cambiar de sexo y refocilarse en los dos lados del espectro, es también un referente muy precoz de la poética LGBT.

Ya que mencionamos a Sófocles, debemos referirnos entonces a su personaje estrella, Edipo, que se roba el show en tres de sus más famosas obras: “Edipo Rey”, “Edipo en Colono” y “Antígona”. Pues bien, Edipo no nació ciego sino que él mismo se arrancó los ojos con el bronce de la hebilla del cinturón de Yocasta, casualmente su esposa y al mismo tiempo su madre (Sigmund Freud y su famoso complejo dixit), en fin, toda una tragedia de amor y muerte… griega.

Pero volvamos a los seres de carne y hueso.

Cuenta la leyenda que Demócrito de Abdera (460-370 ANE), el filósofo y matemático griego que se reía habitualmente y con sarcasmo de las locuras del mundo, se extrajo los ojos con sus propios dedos para que la visión de las cosas no estorbara sus profundas y sesudas tormentas de pensamiento. Se dice también, aunque sin pruebas, que cuando se sintió viejo (lo era, sin dudas) se quitó la vida para no sufrir más los avatares de la senescencia. No nos ha quedado mucho, solo fragmentos dispersos y comentarios posteriores de otros autores acerca de sus trabajos matemáticos, físicos y filosóficos, pero si nos guiamos por su leyenda podemos pensar que Demócrito era un sabio un tanto reidor pero bastante masoquista, quizás demasiado para nuestro gusto.

Ulises ciega a Polifemo, Pellegrino Tibaldi 1554.

Ulises ciega a Polifemo,
Pellegrino Tibaldi
1554.

Hablando de ciegos. Polifemo, el cíclope, tenía un solo ojo en el medio de la frente, hecho que no nos autoriza a decir que era tuerto pues poseer un único órgano del sentido de la vista era su condición natural, digamos que fisiológica. El pérfido fue Ulises (Odiseo) que lo cegó con una estaca mientras el poderoso monstruo dormía la borrachera producida por el áspero vino que el propio Ulises le había suministrado. Por cierto, más pérfido aun fue el ateniense Eurípides (c480-406 ANE), que escribió toda una comedia satírica (“El cíclope”) para filtrar al público el rumor de que Polifemo, tan grande y fuerte, era homosexual. Como se ve, el pobre Polifemo no tenía suerte con sus supuestos amigos.

Por cierto, el cineasta francés Georges Jean Meliés (1861-1938) clavaría no una estaca, sino un precoz misil (una bala hueca de cañón en realidad) en el ojo derecho de la Luna en su película de 1902 “Viaje a la Luna”. La cinta, pirateada por los técnicos de Thomas Edison, se vendió muy bien en los Estados Unidos pero el bueno de Meliés no recibió ni un centavo por la misma. Después, en 1929, vendría “Un perro andaluz”, la peliculita ─16 minutos─ muda de Buñuel y Dalí con su archifamosa escena del globo del ojo cortado por una navaja. ¿Fue un feliz experimento surrealista o un intento fílmico de molestar a Lorca, en ese momento enemistado con Buñuel (Lorca dijo más de una vez que esa “mierdecilla” del perro andaluz era una malévola pulla hacia él)? Vaya usted a saber. Ah, pregunto, ¿usted ha visto la película completa? Si la respuesta es no, no se preocupe, “Un perro andaluz” es como “El Capital” de Marx, que todo el mundo habla de él pero casi nadie lo ha leído completo.

Volviendo a los orígenes. Podría decirse que el Viejo Testamento tuvo algo que ver también con el nacimiento de la literatura occidental pero la realidad es que el Dios iracundo de la vieja Biblia no gustaba de los ciegos. Una prueba: en Levítico 21:17-24 Dios deja muy claro a Moisés (para que se lo transmita a Aarón) que nadie que tenga defectos físicos ─e incluye a toda la descendencia de los discapacitados─ se acercará a su altar para ofrecer su pan; ni ciego, ni cojo, ni desfigurado ni deforme, es más, ni jorobado ni enano, ni que tenga nube en el ojo, ni sarna, ni erupción ni testículo dañado, y añade, ni que tenga quebradura de pie ni rotura de mano. Cualquier parecido con las normas de selección física de un SS puede ser pura coincidencia.

Habrá que esperar hasta el Nuevo Testamento, esa Biblia más amable y compasiva, para que Cristo, en lugar de repudiarlos, sane milagrosamente a los ciegos. Lo hizo, en diferentes ocasiones, por lo menos con cuatro de ellos. De esos cuatro invidentes solo ha quedado para la posteridad el nombre de  uno solo: Bartimeo, el de Jericó. Quizás resulte interesante señalar que este mismo milagro, la recuperación de la visión de Bartimeo, también se describe en el Corán.

Petroglifos de Tanum, Suecia (Edad del Bronce). ¿Wodanaz, el "ancestro" de Odín?

Petroglifos de Tanum, Suecia (Edad del Bronce). ¿Wodanaz, el “ancestro” de Odín?

Odín, el padre de los dioses nórdicos, se caracterizaba por su valor a toda prueba en la batalla, por su pronta y desenfrenada ira, por sus muchos nombres (Wotan, Wodan, Woda, Waidavut, Lug el tuerto de los celtas, Grimnir, Gunnarr, Oski, Omi, Vakr, Ofnir, Fiolnir, Herian, Valfoor y decenas más) y por ser tuerto del ojo izquierdo. La pérdida voluntaria de ese ojo zurdo tiene su historia: Odín se hizo pasar por el caminante Vegtamr y pidió de beber junto al brocal de un pozo misterioso y profundo que cuidaba el semidios Mímir. Este último le dijo al caminante que solo podía permitirle tomar el agua de la sabiduría si sacrificaba su ojo izquierdo. Odín no lo dudó ni un segundo y aceptó, solo para descubrir, mientras bebía con ansias el transparente líquido del pozo, que tanto el ser humano como los dioses sufrían atrozmente y no eran casi nunca felices, que la tierra que pisamos era en realidad un desolado valle de lágrimas y que el cielo, el Valhala, no lo era menos, pero que los sabios, como lo sería él, Odín, de ahora en adelante, podían ayudar, si se lo proponían, a ponerle algún remedio a todo eso.

¿Valía la pena sacrificar un ojo para aprender lo que nos es tan evidente? Parece que sí porque Odín nunca, que se sepa, se quejó de su sacrificio, igual que Santa Lutgarda, la santa católica ciega que tampoco era cargante ni quejica, salvo, quizás, en la defensa de su fe y de su pureza espiritual… y física.

Muy bien eso de estar con seres divinos, pero bajemos a la tierra por un rato.

No es extraño que los militares, además de batallas, pierdan alguna parte de su cuerpo. Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro el Grande, era tuerto, Anibal Barca, el mejor general cartaginés y azote de los romanos (los derrotó en Sagunto y en Cannas), también. El general romano Quinto Sertorio, apodado el tuerto, venció a Sila, a Metelo y a Pompeyo, y lo hubiera seguido haciendo con todos los demás ─estaba en muy buena forma este hombre─ de no haberse topado con la envidia de uno de sus lugartenientes más cercanos, que lo envenenó, y no solo a él sino a su guardia personal al completo He ahí una prueba de que todo lo que sube termina por caer.

Tuerto fue también el feroz condottiero y reconocido mecenas de las artes Federico de Montefeltro, Duque de Urbino. Perdió su ojo derecho en un torneo (se entretenía en eso cuando no había una buena guerra a la mano) y para no perder la visión periférica, tan necesaria en la batalla, se hizo cercenar el puente de la nariz. Ni que decir lo mal que debe haber lucido el Duque sin un ojo y solo con media nariz, pero esas son manías de los guerreros que los hombres de pluma no comprenden.

Lord Nelson, el héroe de Trafalgar, donde venció y murió al mismo tiempo, y el Conde ruso Gregorio Alexandrovitch Potemkin, asesor y amante de Catalina de Rusia también eran tuertos, pero a ninguno de los dos se le pasó por la cabeza cortarse un pedazo de nariz. El caso de Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Eboli y Duquesa de Pastrana, confidente y amiga cercana, muy cercana, de Felipe II, y amante también de las artes y las intrigas palaciegas, es ilustrativo de hasta donde llegaban algunas mujeres de temple en aquella época, pues perdió uno de sus ojos, o sea, se quedó tuerta, practicando esgrima con los militares del séquito del Emperador, aunque… aunque algunos chismosos de la época decían que la Princesa tenía el ojo en su lugar, solo que cubierto de una nube blanca. Ese detalle hizo pensar, siglos después, al profesor Gregorio Marañón que Ana de Mendoza podía haber padecido realmente de un leucoma sifilítico, pero no nos dejemos impresionar demasiado por los diagnósticos médicos, que las leyendas son siempre más atractivas.

El cirujano francés y pirata a tiempo parcial, Exquemelin, cuenta en su libro “Piratas de América” (1678) que el bucanero que perdía un ojo en la batalla recibía, por esa ley ética no escrita pero si muy respetada de la delincuencia organizada, 500 pesos plata o un esclavo, a elegir. El que perdía los dos ojos, aunque recibía bastante más, en realidad la pasaba muy mal pues un ciego, a diferencia de un tuerto, es una carga muy pesada para hombres que viven siempre a salto de mata (¿de buque, no?) y sobre las armas.

Todo el mundo menciona el “Y sin embargo se mueve” de Galileo Galilei (1564-1642) pero pocos saben que la prisión y el proceso posterior lo llevaron a perder la visión, que así de bonachona e inteligente era la Inquisición.  El científico e inventor de la telegrafía sin hilos, Guglielmo Marconi (1874-1937), perdió un ojo en un accidente de automóvil en 1912, pero eso solo fue un paréntesis para él pues continuó infatigablemente su carrera de ingeniero y empresario (dicen que Marconi apreciaba más el dinero que la niña de sus ojos) hasta el final de su vida.

Pero volvamos a la literatura y a las bellas artes.

José Rivera, Ciego con su Lazarillo.

José Rivera, Ciego con su Lazarillo.

El ciego, el primer amo y supuesto maestro del Lazarillo de Tormes, le enseña a este, un niño,  las peores y más bajas artes a pescozones, palos y matándolo de hambre. Un invidente cruel y repelente que viene a recordarnos que la compasión y la discapacidad no siempre juegan juntas, y si no lo creen pregunten a Enrico Dandolo, un señor ciego pero de mano muy muy dura que fue el 42avo Dogo de Venecia.

El autor de “Os Lusiadas”, Luis Vaz de Camoens (c1524-1580), aunque lo tenía en su lugar, no veía de un ojo. John Milton (1608-1674), el gran poeta inglés, no solo perdió el Paraiso (como señala muy atinadamente el ensayista Manuel Pereira) sino que también perdió la vista de tanto escribir a la luz de un candil. Benito Pérez Galdós (1843-1920), después de incluir decenas de personajes ciegos en sus novelas, terminó siéndolo. James Joyce (1882-1941), el autor de “Dublineses”, “Retrato del artista adolescente”, “Finnegans Wake” y la archimencionada (y bastante menos leida) “Ulysses” padeció toda su vida de los ojos y terminó prácticamente ciego. Joyce utilizaba un parche negro para proteger de la luz y el aire su ojo más deteriorado lo que le daba una bastante feroz pinta de pirata. Pero no, no lo era. Tampoco era pirata, pero si invidente, el escritor y periodista español Alejandro Sawa Martinez (1862-1909), un buen escritor bastante olvidado hoy. “Pippi CalzasLargas” es, entre otros de sus muchos y muy repetidamente publicados libros, un clásico de la escritora sueca Astrid Lindgren (1907-2002), quizás, a pesar de ser técnicamente ciega, la escritora infantil más publicada del siglo XX.

El francés Louis Braille (1809-1852) no solo inventó el sistema de lectura que ha permitido a tantos invidentes, el mismo entre ellos, tener acceso a la cultura sino que también fue un músico notable. El caso de la sordociega Helen Keller (1880-1968) es muy ilustrativo de la relación que tenemos los sanos (llamémonos así para hacer esto sencillo) con las personas ciegas. Aunque fue una escritora y activista política fecunda, de la Keller solo interesaba al público lo relacionado con su discapacidad. Así fue siempre y eventualmente así siempre será, excepto que algún otro misterio atrape al lector, como Max Carrados, el detective ciego creado por Ernest Bramah, cuyas novelas, según George Orwell, eran de las pocas que podían leerse dos o tres veces.

¿Y qué hay de Borges, nuestro gran Premio Nobel que nunca fue?

Pues el argentino Jorge Luis Borges y Acevedo (1899-1986) es uno de esos intelectuales (pocas veces una palabra ha sido mejor empleada) que no se agota. Treinta años lleva de muerto y ─como Gardel─ cada vez Borges escribe mejor, nos dice más, nos enseña algo nuevo, nos muestra otra faceta, nos asombra.

Pero… ¿por qué Borges, un hombre del siglo XX, se quedó ciego tan irremediablemente?

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986).

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986).

Como médico he intentado encontrar el diagnóstico de la relativamente precoz (a los 55 años de edad perdió completamente la vista pero su enfermedad venía caminando desde hacía tiempo) invidencia del escritor y no me ha sido fácil. Que existe un sustrato genético es indudable pues tanto por la rama paterna ─su propio padre era ciego─ como por la materna ─su abuela y su bisabuelo lo fueron─ la ceguera constituía una maldición familiar. Se ha hablado por algunos de glaucoma pero me llama la atención la irreversibilidad del caso de Borges, que tenía acceso (aunque Borges nunca fue un hombre adinerado) a muy buenos oftalmólogos especialistas. También se ha mencionado un golpe, recibido de niño, en la cabeza, pero eso dejaría fuera el indudable factor genético y la progresión de la ceguera. En fin, que el diagnóstico preciso se nos escapa por el momento.

Copio textualmente de Manuel Pereira (su breve y muy interesante ensayo, “Oftalmicultura”, me ha sido de mucha utilidad para enhebrar estas cuartillas) este párrafo: “El misterio se incrementa cuando a Borges lo nombran director de la Biblioteca Nacional, pues asume un cargo ostentado veintiséis años atrás por Paul Groussac, otro invidente que, a su vez, había heredado ese mismo sillón de José Mármol, quien también perdió la vista. ¡Durante más de un siglo, tres gigantes gestionaron novecientos mil volúmenes sin poderlos leer!  Parece un cuento salido de la pluma de otro ciego argentino, Ernesto Sábato, quien escribió tanto sobre bastones blancos ─”El túnel”(1948), “Informe sobre ciegos”(1961)─ que sus pesadillas le merecieron un epígono: Saramago con su “Ensayo sobre la ceguera”(1995)”. Para que intentar decirlo yo si este párrafo lo resume todo admirablemente.

¿Se acuerdan los cubanos ya mayorcitos de Nikolai Ostrovsky (1904-1936), aquel hombre joven, ciego y muy flaco que escribió en su breve y turbulenta vida una sola novela ─”Así se templó el acero”─, obra que quisieron convertir en la Cuba de los años sesenta en un ícono del realismo socialista y un acicate para la acción. ¿De verdad se acuerdan?

Los músicos y vocalistas ciegos han sido muchos y hay razones que pertenecen a la neurofisiología compensatoria para explicarlo. De la canadiense Terry Kelly al norteamericano Ray Charles, del italiano Andrea Bocelli al boricuanorteamericano José Feliciano, del maestro español Joaquín Rodrigo al organista alemán Helmut Walcha, quizás el mejor intérprete de Bach al órgano, o el italiano Francesco Landini, el genio invidente de la música medieval. Y los grandes jazzistas y cantantes de blues y góspel: W.C. Handy, Art Tatum, The blind boys of Alabama, Al Hibbler, Lennie Tristano, Paul Peña, Gary Davis, Clarence Carter, Diane Schuur, Willie Johnson, George Shearing y Jeff Healey, sin olvidar al maestro Stevie Wonder. !Dios, qué piquete!

De los nuestros, Arsenio Rodriguez (1911-1970), llamado el ciego maravilloso. Por cierto, el autor de “La vida es sueño”, “Fuego en el 23” y “Bruca maniguá”, que quedó ciego para siempre cuando una mula le pateó la cabeza de niño, no se llamaba Arsenio Rodriguez sino Ignacio de Loyola Rodriguez y Scull. “En las tinieblas” era un tema obligado y muy adecuado a la ceguera del cantante de boleros José Tejedor (1922-1991) pero no fue el único tema que hizo famoso en Cuba y en otros países latinoamericanos. Y el pianista Frank Emilio Flynn (1921-2001), una de esas manos privilegiadas sobre el teclado ─lo vi tocar personalmente y era una fiesta para los sentidos─ y una de esas influencias positivas en la música cubana que a veces se pasan por alto o se olvidan.

Alicia Alonso.

Alicia Alonso.

Viene al punto entonces mencionar a la señora Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, mundialmente conocida como Alicia Alonso, una de esas poquísimas “primas ballerinas assolutas” con que cuenta la mitología de la danza mundial. Créalo o no, nacida en 1921 y técnicamente ciega desde muy joven debido a varios desprendimientos de retina, Alicia sigue enseñando y dirigiendo, o por lo menos llevando con puño de hierro el ballet cubano. Otra víctima de los desprendimientos de retina fue el periodista y editor húngaro-norteamericano Joseph Pulitzer (1847-1911), el del famoso premio anual que tantos periodistas y escritores ambicionan y pocos logran.

Los personajes ciegos en el cine han sido muchos y eso merece un artículo aparte, pero recordemos de pasada “Luces de la ciudad” (1931), dirigida y actuada por Charles Chaplin con la maravillosa actuación de Virginia Cherrill en el papel de la florista ciega y “La Violetera” de José Padilla en la banda sonora. Y qué decir del teniente coronel ciego Frank Slade interpretado por Al Pacino en “Scent of a woman” (1992) del director norteamericano Martin Brest, o de la joven ciega de “Blink” interpretada por Madeleine Stowe, o las invidentes asesinadas de “Jennifer 8”. La lista es larga, muy larga y sustanciosa.

Mencionemos entonces a cuatro grandes del cine que eran tuertos: John Ford (“The iron horse”, “The lost patrol”, “La diligencia” y otras obras maestras), Raoul Walsh (“El ladrón de Bagdag”, “Murieron con las botas puestas”, “Los desnudos y los muertos” y varias decenas más), André de Toth (“Carson City”, “House of wax” y “Lawrence of Arabia” donde dirigió la segunda unidad y se le negó el crédito debido) y Fritz Lang (“El vampiro de Dusseldorf”, “El ministerio del miedo” y “Man hunt” entre otras). Pero hubo un quinto, Nicholas Ray (“Johnny Guitar”, “Rebelde sin causa” y “Rey de reyes”, además de otras grandes producciones) que, nadie sabe por qué, se hacía pasar por tuerto del ojo derecho. Se cuenta que algunas veces, cuando se le iba la mano en su abundante dosis diaria de alcohol, se ponía el parche negro en el ojo izquierdo. Cosas de Hollywood.

Pongamos punto final a este muy breve recorrido con algo más marcial.

Moshé Dayan (Degania Álef, Israel, 20 de mayo de 1915 — Tel Aviv, Israel, 16 de octubre de 1981).

Moshé Dayan (Degania Álef, Israel, 20 de mayo de 1915 — Tel Aviv, Israel, 16 de octubre de 1981).

Moshe Dayan (1915-1981, el vencedor de la Guerra de los Seis Días, hacía pública ostentación de su ojo tuerto al cubrirlo con un gran parche negro y reluciente, pero este hombre no solo fue militar, político y diplomático sino también arqueólogo y escritor. Aunque no era un religioso practicante, escribió en sus últimos años de vida (falleció tempranamente por un cáncer de colon), entre otros, un libro muy interesante e ilustrativo para los estudiosos del pasado bíblico del pueblo judío: “Living with the Bible. A warrior’s relationship with the land of his forebears”. El bien empleado reposo de un verdadero guerrero… culto.

Queda claro que la fuerza de voluntad y el ansia creativa pueden más que los contratiempos y las discapacidades, y a mí, por lo menos, me resulta evidente que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Dicho esto, y para despedirnos de este breve recorrido por un mundo de luminosas tinieblas, nada mejor que la inmortal cuarteta de Borges:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

Del Autor

Félix J.Fojo
La Habana, Cuba. Vive desde hace mucho tiempo entre San Juan de Puerto Rico y La Florida. Es médico, divulgador científico y un apasionado de la Historia y la política de los Estados Unidos. Publica habitualmente columnas de opinión en varios periódicos y revistas. Ha escrito novelas, libros infantiles y libros de divulgación científica y ha ganado varios premios internacionales. Es editor de la Revista Galenus, una de las revistas médicas más importantes de habla hispana.