Un gran libro de consulta

Sobre Blasones y apellidos, de Fernando Muñoz Altea

Alejandro González Acosta

 

Blasones y apellidos
Fernando Muñoz Altea
F-Muñoz Altea, 2015

Fernando-Munoz-Altea-OtroLunes42La Genealogía y la Heráldica son hoy dos útiles ciencias auxiliares para el estudio de la Historia, alejadas de un propósito discriminatorio y exclusivista: en la actualidad constituyen herramientas para conocer mejor los procesos de establecimiento, formación y desarrollo de redes sociales a través de lazos  familiares, económicos y políticos que influyen en la vida nacional de varios modos.

Al disolverse o desmembrarse el antiguo Imperio Romano, Carlomagno estableció un modelo de organización política y social que representó el nuevo orden feudal y creó las dignidades nobiliarias con un claro sentido geográfico y militar: dicho de modo general y muy resumido para poder simplificar, las nuevas regiones o provincias, eran regidas por los duques, las ciudades y comarcas por condes, y las poblaciones de la frontera por marqueses, y sobre todos ellos, en lo más alto de la pirámide política, el rey o emperador (quien recibía su autoridad directamente del mismo Dios, el Monarca Supremo al que sólo debía rendir cuentas), rodeado por sus familiares o príncipes. De esta constitución carolingia emanaron las dignidades que sucesivamente se adoptaron en cada una de las antiguas fracciones que constituyeron el Imperio Romano de Occidente, para la germinal formación de los Estados Nacionales europeos posteriormente.

En México, junto con el dominio español, vinieron las instituciones que ya existían en la península ibérica y se estableció un sistema de clases, estamentos y castas como nueva forma de organización política y social. En los archivos y bibliotecas de todo el país se conservan numerosas piezas que dan testimonio de esa etapa histórica, la cual se prolonga hasta 1824, ya con un México independiente que se había iniciado como fugaz Imperio, cuando se jura la primera Constitución de la República Federal, consolidada después en la Constitución liberal de 1857 durante la presidencia de Ignacio Comonfort, donde se declaran totalmente abolidos los títulos de nobleza, las dignidades honorarias, y los fueros y prebendas de distintos estamentos, pues prevalece el criterio igualitario republicano.

En la América española, fueron tres los principales territorios (no los únicos, por supuesto)  donde prosperaron más los títulos nobiliarios: los dos grandes Virreinatos de la Nueva España y del Perú (también en buena medida, el de la Nueva Granada, un poco más tarde), por su gran importancia económica y su extensión, y en la entonces Capitanía General de la Isla de Cuba, donde se prolongó por más tiempo la presencia española (desde 1492 a 1898). Como resultado de lo anterior, hasta sus independencias respectivas, en Perú existieron 127 títulos nobiliarios; en México 103, y en Cuba, 1041.

Actualmente en Perú las leyes vigentes no prohíben –pero tampoco alientan- el empleo de los títulos de nobleza tradicionales y hasta existe un Club donde se reúnen habitualmente muchos de los aristócratas limeños: el Club de la Unión (fundado el 10 de octubre de 1868, precisamente el mismo día cuando comenzaba la primera guerra por la independencia de Cuba en el ingenio de “La Demajagüa”), que ocupa actualmente un sitio privilegiado en la antigua capital virreinal, muy cerca del Palacio Nacional. La nómina de títulos nobiliarios peruanos se ha incrementado recientemente con el marquesado a título personal (por una vida) otorgado por Juan Carlos I a Mario Vargas Llosa. En México, por el contrario, su uso público está expresamente prohibido y puede acarrear diversas penas, desde la pérdida de la nacionalidad hasta la confiscación de bienes. Aunque esto, como muchas otras situaciones, es muy relativo2.

Desde las directrices de Ignacio López Rayón expresadas en sus Elementos constitucionales (abril de 1812) y los Sentimientos de la nación expuestos por José María Morelos y Pavón el 14 de septiembre de 1813, y ya con la primera Constitución republicana federal del 4 de octubre de 1824, cuando implícitamente –en la parte dogmática no se describe el concepto de ciudadano3– se suspendieron los títulos de nobleza, en México se evidencia una firme y sostenida posición de defensa de la igualdad entre las personas, la cual se condensa en el Artículo 12 de la Constitución de 18574, donde ya se define claramente desde su inicio que es una “República democrática, representativa [y] popular”, en la cual no tienen cabida los títulos heredados ni serían concedidos otros nuevos que no fueran por voluntad popular y debido a méritos y servicios individuales.  Y en la actualmente vigente, promulgada en 1917, se repite ese Artículo 12 de la anterior y se le agrega el 37, Sección B, donde se advierte que “el uso de títulos que impliquen sumisión o sujeción a un gobierno extranjero, es causal de la pérdida de la ciudadanía”, y puede llegar hasta la incautación de los bienes.

La propia historia nacional explica y argumenta esta severidad. Con dos proyectos imperiales5 en su biografía como país independiente, México es, como herencia de un pasado de tres siglos virreinales, por otra parte, el asiento de muchos linajes provenientes de las principales casas de la nobleza  española y europea en general.  El atento y desprejuiciado estudio de estos temas permitirá desvanecer esa anticuada, inexacta y falsa imagen de que la conquista y colonización americana fue realizada sólo por “presidiarios, delincuentes, advenedizos y segundones”, pues en realidad “pasaron a Indias” algunos miembros de familias importantes en España, como los Henríquez, Álvarez de Toledo, de la Cerda, Manrique de Lara, Portugal, Portocarrero, Carvajal, Alburquerque (De la Cueva)6 y los Mariscales de Castilla, entre otros.

En realidad, las relaciones genealógicas tienen un pasado muy lejano en el tiempo. Pueden encontrarse desde el Antiguo Testamento, cuando se consignan los descendientes de Adán en el Libro del Génesis (1:5:1 – 1:5:32), o en el Censo de Israel que aparece en Números (4:1:1 – 4:1:46) y también en el Nuevo Testamento, en el Evangelio de Lucas (3: 23 – 28), donde se enlistan 75 generaciones desde Adán hasta Jesús. Entre los romanos también fue un tema recurrente y alcanzó presencia hasta en la literatura, como La Eneida, donde Virgilio elabora una cadena de sucesiones que convierten a la Casa Juliana en la descendiente, y por tanto heredera, de la antigua casa real de Ilión, la gloriosa Troya, para cumplir la profecía de un glorioso renacimiento. Así, pues, tanto el Patriarca Moisés (presunto autor del Pentateuco), como el Apóstol Lucas y el propio aeda Publio Virgilio Marón, fueron de algún modo genealogistas, lo cual prueba la antigüedad del oficio.

Pero también estos intereses se han prestado a través de la historia para la confección de genealogías apócrifas, falsos linajes, estirpes fraudulentas y otras argucias que forman lo que Guillermo Tovar calificaba irónicamente como “genealogía-ficción”, lo cual ha originado también enconadas disputas, según podrá verse a continuación.

En ocasiones el interés genealógico –que respaldaba motivos materiales muy concretos y palpables, más allá de vanidades y lisonjas- llegó a extremos sumamente airados: para responder la injuria sufrida por un sobrino al haber demorado o dilatado su pretensión de ser confirmado como Caballero de Santiago, el Cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla (1508-1566), Obispo de Burgos y más tarde Arzobispo de Valencia, dirigió al rey Felipe II un memorial “en que se ven las horribles manchas con que la mayor parte de las Casas de España están contaminadas…”, que fue impreso muchos años después con el título conocido como Tizón de la nobleza española7, pues aunque en copias manuscritas venales causó gran escándalo en su época, y vino a convertirse en el contraste del Luzero de la nobleza española, de Pedro Jerónimo de Aponte8, del cual, sin embargo, tomaba mucha información.  Mendoza entregó directamente al rey Felipe II el memorial manuscrito alrededor de 1560, muy molesto porque el Consejo de Órdenes Militares había entorpecido la aprobación del Hábito de la Orden de Santiago a su sobrino Don Francisco Hurtado de Mendoza, hijo del Conde de Chinchón, pues existían dudas sobre su “pureza de sangre”, es decir, se sospechaba que estaba contaminada con algo de moro o judío. Este manuscrito, leído por el rey, fue de inmediato sometido a secreto y no fue hasta mucho tiempo después que se publicó, ya en el siglo XIX. En el mismo contrastaba los informes y documentos reunidos por Pedro Jerónimo de Aponte en su muy consultado archivo, conocido como el Luzero de la nobleza española. Aunque algunos han visto en el término “tizón” un antónimo de “lucero”, también puede asociarse con el de “blasón”, es decir, hay blasones que son de carbón.

El Cardenal Mendoza gozaba de una sólida reputación y fue celebradísimo en su época por su erudición y prendas morales. En su epitafio, el poeta Francisco Macedo lo comparó con Cicerón, por su elocuencia; con Virgilio, por su poesía, y con Aristóteles por su sabiduría, las cuales no eran palabras menores, y en su momento se le calificó como “El Pico de Oro”. Tenía, pues,  sobrados méritos para respaldar sus afirmaciones. El escándalo, de boca en boca, salpicó a los linajes considerados más ilustres de España y a las casas más celebres de la nobleza hispana.

Siempre, desde que el hombre existe con la conciencia de serlo, le ha preocupado conocer sus orígenes y a partir de esto se ha tejido una red de intereses familiares, sociales, jurídicos y económicos. De esta suerte, la perpetuación de la especie “adquirió apellidos”, para diferenciar un grupo de otro y de algún modo, conservar cierta “pureza genética” al mismo tiempo que la integridad de su patrimonio material. La protección de la gens es el primer paso para la defensa de la tribu y luego de la nación.

En México existe una antigua tradición de estudiosos de la genealogía y la heráldica proveniente del virreinato, pero ésta se prolonga y fortalece en la época  republicana: recordemos que los escudos Nacional y de los diferentes Estados constitutivos de la Federación organizada de la República Mexicana, responden –o deberían responder al menos-   a los preceptos y requerimientos de estas disciplinas.

Alejandro Mayagoitia, en el documentado “Prólogo” que abre la obra Blasones y apellidos, de Fernando Muñoz Altea, incluye varias referencias de los primeros genealogistas en la Nueva España de los cuales tenemos noticias hasta ahora: los novohispanos Melchor Velásquez de la Cadena y Baltasar Dorantes de Carranza (quienes fueron conocidos muy posteriormente, por el empeño de sus editores mexicanos Francisco A. de Icaza9, José María de Ágreda y Sánchez y Mariano González Leal10), y menciona sus hallazgos de un “Rey de Armas jurado en la Ciudad de México”, Roque Cerón Zapata (activo alrededor de 1734), y el Capitán poblano Antonio Fernández Lechuga (de mediados del siglo XVII).

A los anteriores podría agregarse la Corona mexicana o Historia de los nueve Moctezumas, del jesuita Pedro Diego Luis de Moctezuma, que aunque finalizada en 1686, fue editado apenas en 191411. Un caso similar también para considerar sería la Crónica mexicáyotl, de Fernando (o Hernando) Alvarado Tezozómoc12, editada por primera vez en 1949. La circunstancia de que no fueran impresas no impedía que fueran consultadas por el reducido grupo de interesados y estudiosos.

La tradición de genealogistas en México, a pesar de las inhibiciones legales, transcurre con diversa fortuna durante le época republicana y llega hasta la actualidad. En 1902 comienza a publicarse la Historia genealógica de las familias más antiguas de México, de Ricardo Ortega Pérez-Gallardo, quien contaba entonces apenas con  39 años de edad y supuso un enorme esfuerzo de investigación, que a pesar de sus lunares y deficiencias, sigue siendo una obra de consulta necesaria13.

Los estudios y ediciones del ya citado Francisco A. de Icaza, Francisco del Paso y Troncoso14, Joaquín García Icazbalceta, Vicente de Paula Andrade15, José María de Ágreda y Sánchez16, Pablo Martínez del Río y Vinent, Jorge Ignacio Rubio Mañé17, Jorge Gurría Lacroix, Ernesto Lemoine, Edmundo O’Gorman18, Manuel Romero de Terreros y Vinent, y varios más, aunque no directamente referidos en ocasiones a la disciplinas mencionadas, fueron consolidando las bases científicas y documentales para la investigación genealógica y heráldica en México, en algunos casos por intereses personales.

Muchos de estos aportes genealógicos y heráldicos elaborados con el necesario rigor académico y la seriedad investigativa, han sido aprovechados por un género especial del periodismo nacional: los cronistas sociales. A ellos han acudido, por ejemplo, Enrique Castillo Pesado, Nicolás Sánchez Osorio y aquel recordado periodista que con el seudónimo de “El Duque de Otranto” sostuvo una divertida columna en el periódico Excelsior titulada “Los 300 y algunos más”19, Carlos González López-Negrete, miembro de una distinguida familia de historiadores.

En este empeño han participado notables investigadores de la Biblioteca Nacional de México, como fueron Guillermo S. Fernández de Recas, Agustín Millares Carló y José Ignacio Mantecón.

Guillermo S. Fernández de Recas (1894-1965), quien fuera Director Interino de la Biblioteca Nacional, fue un prolífico genealogista. Entre muchos títulos pertinentes, reclaman ser mencionados al menos: Descendencia de Bernal Díaz del Castillo en Nueva España (1539-1940) (1946); Índice de las armas erradas en las genealogías de Ortega y Pérez Gallardo (1956); Aspirantes americanos a cargos del Santo Oficio. Sus genealogías ascendentes (1956); Cacicazgos y nobiliarios indígenas de la Nueva España (1961) y Mayorazgos de la Nueva España (1965).

Entre lo mucho que hizo el polígrafo –archivero, filólogo, latinista, paleógrafo, medievalista, diplomático20– Agustín Millares Carló (1893-1980) durante sus dos décadas de intensa vida en México, hasta 1959 cuando se trasladó a Venezuela, al menos se deben mencionar relacionadas con la investigación genealógica su Ensayo de una bibliografía de bibliografías mexicanas (1943); Índices y extractos de los Protocolos del Archivo de Notarías de México, Distrito Federal ( Tomo I: 1524-1528 (1945) y Tomo II: 1536-1538 y 1551-1553 (1946) (ambos en colaboración con José Ignacio Mantecón); Repertorios bibliográficos de los archivos mexicanos y de los europeos y norteamericanos de interés para la historia de México (1959); Cuatro estudios biobibliográficos mexicanos: Francisco Cervantes Salazar, Fray Agustín Dávila Padilla, Juan José de Eguiara y Eguren y José Mariano Beristáin y Souza (1986, póstumo) y su valiosa actualización de la Bibliografía mexicana del siglo XVI (1886) de Joaquín García Icazbalceta, que apareció primero en 1954 y como una nueva edición en 1981. Antes y después de su estancia mexicana publicó dos obras de inestimable valor para el trabajo de los investigadores, como fueron su Paleografía española (1929) y su Álbum de paleografía hispanoamericana de los siglos XVI y XVII (1975), que son instrumentos fundamentales para el empeño de interpretación de los documentos antiguos.

José Ignacio Mantecón Navasal (1902-1982) es un caso asombroso de precocidad y productividad intelectual. Ya era profesor ayudante de la Universidad de Zaragoza a los 19 años; a los 22 se doctoró en Derecho en la Universidad Central de Madrid y obtuvo por concurso de oposición el ingreso en el prestigioso y muy exclusivo Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos de España. Entre los 24 y 27 años dirigió la Sección “América del Norte” del Archivo General de Indias en Sevilla. Y por ser, fue hasta Presidente del Club Betis de Fútbol (1932). A los 34 fundó las Milicias Aragonesas y a los 35 fue nombrado Gobernador General de Aragón en medio de la Guerra Civil. Sin embargo, este combativo y notabilísimo actor de su tiempo, en México se dedicó con similar pasión a la bibliografía, la paleografía y la biblioteconomía. La Biblioteca Nacional de México –hoy parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, así como la Hemeroteca Nacional- se privilegió de tenerlo entre sus investigadores, y fue quien catalogó los fondos de los siglos XVI y XVII, de tal suerte que hasta el presente continuamos beneficiándonos de su trabajo heroico, lo mismo en el ex-templo de San Agustín (sede original de la BNM), con similar coraje que en las Batallas de la Sierra de Guadarrama y del Río Jura. Colaborador muy cercano de Millares Carló, tan próximo a él por distintos motivos, dejó entre otros trabajos propios relacionados con el tema, por ejemplo, la edición de la Información de méritos y servicios de Alonso García Bravo, alarife que trazó la Ciudad de México (1956), con una Introducción de Manuel Toussaint; y seleccionó y editó de Carlos María de Bustamante, Tres estudios sobre Don José María Morelos y Pavón (1963), con una Nota de presentación de Manuel Alcalá.

Más recientemente, otro estimado colega de nuestro Instituto –ahora felizmente acogido a su merecida jubilación- Ignacio González-Polo y Acosta, también ha contribuido con algunos útiles trabajos al impulso de estas ciencias auxiliares, como La estirpe y el linaje de José María Morelos (México, UNAM-IIB, 1997) y el Catálogo de libros de genealogía y heráldica en las bibliotecas públicas de la Ciudad de México (Sobretiro del Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM, Nº 12, enero-diciembre de 1975).

En la actualidad, los estudios genealógicos avanzan con paso firme y sólido: en la Universidad Nacional Autónoma de México se desarrolla el proyecto “Familias novohispanas. Un sistema de redes”, impulsado desde su inicio en el mes de abril de 2007 por José Ignacio Conde y Díaz Rubín y Javier Sanchiz-Ruiz, ambos prestigiados investigadores del Instituto de Investigaciones Históricas (uno de los más antiguos y reputados de esta Casa de Estudios), y a la sensible desaparición del primero, lo continúa el segundo, asistido por Víctor Romo de Vivar Gayol, del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán (desde octubre de 2013), y hoy agrupa un notable colectivo de investigadores dedicados a la disciplina, aplicando creativamente los instrumentos modernos de la más avanzada tecnología, como el extraordinario aporte de la Base de Datos GENEMEX, creada por Omar Soto Rodríguez, con la que se enriqueció el proyecto en el mes de enero de 2014. Ya han aparecido impresos dos gruesos volúmenes con sus resultados21, y se esperan otros próximamente, lo cual todos aplaudimos.

Mención aparte merece mi inolvidable amigo, el sabio Guillermo Tovar de Teresa, tan prematuramente partido “al reino donde yacen los muchos”, cuando más se esperaba de su prodigiosa inteligencia y pasmosa erudición. Su pasión por la historia nacional y su arte, lo condujo certeramente al estudio de sus propias raíces familiares y produjo notables aportes sobre la materia. Sus estudios sobre los Ramírez de Vargas o Luis Sandoval Zapata, lo llevaron a dos grandes obras de madurez donde aplicó a fondo sus conocimientos: el estudio sobre la poderosa familia de los Ribadeneyra en la Nueva España –Crónica de una familia entre dos mundos– y el formidable estudio sobre los Condes de Gustarredondo, ambos expuestos en las vitrinas de nuestra muestra bibliográfica y documental. Este último fue la prueba definitiva para rectificar una antigua injusticia histórica que se prolongó por 200 años: el 10 de noviembre de 2015, el mismo día exactamente dos años después del fallecimiento de Guillermo Tovar, en el Boletín Oficial del Estado español era publicado el Decreto donde con el consejo de la Diputación de la Grandeza Española y la aprobación de Su Majestad Felipe VI, firmado por el Ministro de Justicia, Don Rafael Catalá Polo, se extendía Real Carta de Sucesión como IV Conde de Gustarredondo a Rafael Tovar López Portillo, sobrino de Guillermo. Así, por parte de las autoridades españolas, se reconoció, reparó y restituyó un derecho conculcado por más de cien años a un ciudadano mexicano y su familia, cerrando honrosamente un capítulo oscuro.

Entre los que actualmente cultivan en México estas disciplinas merecen citarse Alejandro Mayagoitia22, Francisco Xavier de Castaños y Cañedo23, Isaac Luis Velázquez Morales24, Augusto Vallejo de Villa25, Fernando Chico Ponce de León26, Fernanda Olivera Belmar27 y Héctor Félix Aiscorbe28; algunos ya han publicado interesantes trabajos y otros se encuentran preparando estudios que constituirán aportes para dichas materias.

Fernando Muñoz Altea es hoy el patriarca de los estudios genealógicos y heráldicos en México y una de las personalidades más autorizadas en estas disciplinas en el espacio iberoamericano. Durante muchos años sostuvo la sección “Blasones” en el diario Excélsior, difundiendo entre sus abundantes  lectores (y respondiendo sus consultas personales), los diversos conocimientos acumulados durante sus constantes búsquedas e investigaciones en numerosos archivos y bibliotecas, no sólo de la República Mexicana, sino de varios países de Hispanoamérica y de España, así como de otros repositorios europeos y norteamericanos. Especialmente fructífera fue su etapa en el Archivo Histórico de Notarías de la Ciudad de México, donde a través de la consulta de los numerosos expedientes y legajos aportados por los escribanos novohispanos y mexicanos, pudo reunir una importante información relacionada con la formación y desarrollo de grupos sociales y económicos que marcaron el transcurrir histórico del país en diversos momentos.

Como resultado de una larga vida -90 años- dedicada al estudio de estos temas, Fernando Muñoz Altea ofrece ahora esta obra –en su tercera edición-  que es compendio, sumatoria y pináculo de esa pasión, pero también de su generosa entrega a su adoptada patria mexicana. Actualizada, corregida, ampliada y complementada con numerosos acápites y apéndices que la convierten en un instrumento de obligada consulta y útil referencia, las primeras 150 páginas del primer grueso volumen de los tres que la forman, son en sí mismas constitutivas de un libro sobre estas disciplinas.

Por una parte, incluye una amplia sección introductoria a la Heráldica, con el estudio de sus colores, los lemas, el glosario de los términos principales, la construcción de los escudos familiares y personales, la simbología y hasta el interesante añadido de la heráldica en los ex-libris y el caso especialísimo y muy poco conocido de la heráldica japonesa.

En cuanto al apartado de la genealogía, el autor incluye los llamados árboles de costado, los conceptos de hidalguía, caballero, limpieza de sangre, las instituciones nobiliarias en España (duque, marqués, conde, vizconde, barón y señor) y hasta una interesante genealogía de Jesucristo.

El resto lo ocupan la consignación de las diferentes Órdenes de Caballería, como las Militares (Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa), las Religiosas (Malta, San Jorge, del Santo Sepulcro), y la mexicana de Nuestra Señora de Guadalupe, así como diversos datos curiosos y pertinentes sobre estas agrupaciones.

Pero además, incluye apartados dedicados al sagrado recinto del Bosque de Chapultepec, las genealogías de Moctezuma II, Cristóbal Colón, Diego Velázquez, Hernán Cortés, Antonio de Mendoza y Agustín de Iturbide, y ofrece reflexiones acompañadas por datos muy interesantes sobre el origen del término “América”, así como detalles sobre la fundación del virreinato o los funerales de un virrey, los cuales nos dan idea de la pompa y la estratificación social de la época a través de un severo ceremonial.

Esta tercera y definitiva edición ofrece un importante instrumento de investigación para los interesados en la formación y funcionamiento de las redes sociales a través de los vínculos familiares, económicos y políticos, y por tanto es una obra de consulta útil y recomendable.

Entre los archivos consultados por el autor se encuentran –en México- el General de la Nación, el Histórico Militar de México, el Histórico de la Ciudad de México, el Histórico de Notarías, los distintos repositorios parroquiales y el Histórico del Arzobispado de México; en España, el Histórico Nacional Madrid, el General Militar de Segovia, el de la Real Chancillería de Valladolid; y entre las Bibliotecas mexicanas, la Nacional, la de la Ciudadela, y la propia del autor, formada durante muchos años de adquirir y conservar una colección especializada.

Aunque suelen ser entendidos como sinónimo de vanidad y de ociosidad, los títulos nobiliarios han sido ocupados muchas veces por personas notables a las que se les deben grandes servicios en sus comunidades y países: en México, por ejemplo, se le guarda grata y merecida memoria a José Justo Gómez de la Cortina, Conde de la Cortina y de Castro, quien fue uno de los principales defensores de la cultura en los finales del virreinato y principios del México independiente; igualmente Pedro Romero de Terreros, Conde de Santa María de Regla, el hombre más rico del mundo en su época para algunos, fue un gran benefactor, creador del Sacro y Real Monte de Piedad de las Ánimas, antecesor del actual Nacional Monte de Piedad que ha socorrido a muchos desdichados en sus cuitas económicas, y sigue asistiendo a tantas personas urgidas de sus necesidades más perentorias; por aportar otros ejemplos similares, en Cuba, el gran erudito José María Chacón y Calvo fue Conde de Casa Bayona y Calvo de la Puerta, Gran Señor de las Villas de San Felipe y Santiago de Bejucal, y mecenas del Instituto de Estudios Históricos Hispanocubanos de Sevilla, que aún se encuentra, algo descuidado es cierto, en la margen opuesta del río Guadalquivir junto al pueblo de Triana, en la Plaza de Cuba donde se levanta, tristísimo, un pensativo busto de José Martí. Uno de sus parientes, Joaquín Gumá y Herrera, Conde de Lagunillas, fue el donante de la espléndida colección de arte antiguo egipcio, griego y romano que luce hoy en el Museo de Bellas Artes de La Habana, una de las mejores del mundo fuera de Europa y quizá la más importante de América Latina.
Viene bien, oportuno y dispuesto, un libro monumental como este de Fernando Muñoz Altea, balance y compendio de una vida obsequiada al estudio de la heráldica y la genealogía, como operarias diligentes y serviciales de los amantes de la gran Historia y las historias personales que se han ido trenzando a través de los siglos. El áureo acervo que contiene nos llega dignamente revestido por un atuendo que aunque lujoso, no deja de ser severo y útil: contenido y continente afines para darnos una obra perdurable, adecuada para la consulta y la referencia.

Así, pues, la genealogía y la heráldica, antiguas auxiliares de su hermana mayor, la Historia, se visten con ropajes nuevos y ofrecen sus servicios a las actuales generaciones para comprender y conocer mejor su pasado: si de las raíces viene el árbol, estas son parte principalísima para entender esas hojas que somos hoy, más allá de nuestras doradas vanidades y fugaces ilusiones, abandonadas al soplo implacable de los tiempos.

Notas del artículo

  1. Por estas circunstancias, en Cuba existió también una sólida tradición de aplicados estudiosos de la genealogía y la heráldica, pero durante el último medio siglo no se ha sostenido en la isla, sino en el exilio. Son clásicos reconocidos y muy apreciados los aportes de Rafael Nieto Cortadellas (Genealogías habaneras, Madrid, Ediciones de la Revista Hidalguía - Instituto Luis de Salazar y Castro del CSIC, 1979, con Prólogo de Vicente de Cadenas y Vicent; y Dignidades nobiliarias  en Cuba, Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1953), así como  la monumental Historia de familias cubanas, de Francisco Xavier Santa Cruz y Mallén Santa Cruz y del Prado, Conde de San Juan de Jaruco y de Santa Cruz de Mopox, que se publicó en nueve volúmenes entre La Habana y Miami, de 1940 a 1988. Es interesante considerar que en la última edición del Libro de Oro de la Sociedad Habanera (Editores: Pablo Álvarez de Cañas y Joaquín de Posadas, La Habana, 1958), se relacionan 50 títulos nobiliarios vigentes en Cuba, pero varios correspondían al mismo tenutario. Aunque sí hubo duques en México (el de Atrisco, 1708, y el de Regla, 1859) y en Perú (el de San Carlos, 1780), en Cuba el único “ducado” existente fue espurio: Ángel Alonso y Herrera Díez y Cárdenas (1877-1955), legítimamente titulado  Marqués de Tiedra  (título hoy caducado) por el rey Alfonso XIII (10 de octubre de 1924), por haber sido el fundador de la Sociedad de Beneficencia Castellana en La Habana, fue sorprendido por los llamados “Señores Lascaris”, autonombrados “Príncipes de Bizancio”, con el título falso de Duque de Amblada, superchería que fue demostrada y denunciada en su momento, a pesar de lo cual su viuda, Leticia de Arriba y Alvaro, lo empleó y ostentó hasta su muerte. Los estudiosos e interesados en la genealogía cubana, hoy se agrupan sobre todo en la página CUBAGENWEB (Cuban Genealogy Center. Resources for those searching for their Cuban roots), en línea desde 1996. Una fuente de investigación especializada es la Colección “Félix Enrique Hurtado de Mendoza” en la Green Library at Florida International University Specials Collections and University Archives. Desde París, el investigador cubano exiliado William Navarrete (Blog: “Genealogía holguinera”) ha realizado pesquisas  que cuentan entre sus frutos recientes el título Genealogía cubana. San Isidoro de Holguín (Miami, Aduana Vieja, 2015), en colaboración con María Dolores Espino, basado en una antigua compilación de 1735. Fue Enrique Hurtado de Mendoza quien dio noticia cercana de una pieza valiosa en su estudio “Familias establecidas en Cuba desde el siglo XVI, que llegan al XXI por la línea agnada” (Revista Hidalguía, Madrid, Nºs 304-305, Mayo-Agosto de 2004), sobre el Libro de las familias de Bayamo, que hubo desde el año de 1512 que comenzó su población hasta el de 1775..., del Capitán Pedro de Prado y Pardo, transcrito por el Ingeniero Alberto Ferrer Vaillant, manuscrito originalmente en la antigua Academia de la Historia de Cuba, y para esa fecha (2004) en el Archivo del Arzobispado de La Habana, el cual le sirvió al historiador bayamés Ludín Bernardo Fonseca García para publicar Las familias de Bayamo 1512-1775 (Bayamo, Ediciones Bayamo, 2012), editado, corregido y anotado por él. No debe olvidarse en este somero recuento que el también exiliado Joaquín de Posada y de Vega publicó con meritoria periodicidad su Anuario de familias cubanas, en Miami, desde 1965 hasta 1980.
  2. Mi muy querido amigo Guillermo Tovar de Teresa, lamentablemente ya fallecido, cuando estaba inmerso en las gestiones para obtener la reparación histórica del Condado de Gustarredondo a su favor  -a lo que me refiero más adelante con mayor detalle en estas páginas- me expuso, al hacerle la amistosa observación que su futuro título podía ocasionarle algún problema legal con las autoridades mexicanas, que ya había pensado en eso: en el Registro de la Propiedad Intelectual y Derecho de Autor de la Secretaría de Educación Pública de México, había inscrito TRES SEUDÓNIMOS: “El Duque de Otro Tanto” (aludiendo a un conocido cronista social que durante muchos años mantuvo una columna titulada “Los 300 y algunos más” en el diario Excélsior, quien firmaba como “El Duque de Otranto”; “El Príncipe Idiota” (referencia al personaje de Fiodor M. Dostoievski) y EL CONDE DE GUSTARREDONDO. De tal suerte que en sus documentos personales pensaba imprimir esta frase, pero con el discreto añadido del número correspondiente al Registro de la Propiedad, como seudónimo: así la Ley no aplicaría para su caso, si hubiera alguna reclamación en tal sentido.
  3. Esto empezará a subsanarse en el Acta Constitutiva y de Reformas del 18 de mayo de 1847, Artículos 1 al 5.
  4. Artículo 12: “No hay ni se reconocen en la República, títulos de nobleza, ni prerrogativas, ni honores hereditarios. Sólo el pueblo, legítimamente representado, puede decretar recompensas en honor de los que hayan prestado o pretaren servicios eminentes a la patria o a la humanidad”.
  5. Ambos proyectos generaron títulos nobiliarios, y hubo hasta el curioso caso de un fugacísimo Marquesado de la Cadena, otorgado por la Suprema Regencia del Imperio, que apenas existió del 23 de febrero de 1821 al 2 de mayo de 1826. No debe confundirse este Marquesado con el Condado de la Cadena, concedidido por Felipe V muchos añaos antes.
  6. Esta familia concertó enlaces con las casas del conquistador Pedro de  Alvarado y del emperador Moctezuma II.
  7. Cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, Obispo de Burgos, El tizón de la Nobleza en España. Introducción, Versión paleográfica y Notas: Armando Mauricio Escobar Olmedo; Prólogo: Fredo Arias de la Canal. México, Frente de Afirmación Hispanista A.C., 1999. 236 pp. Aunque ésta es la edición más recomendable por cercana y su rigor editorial, también hubo otras anteriores, como El Tizón de la Nobleza Española ó Máculas y Sambenitos de sus Linajes, por el Cardenal D. Francisco Mendoza de Bovadilla, Obispo de Búrgos, Arzobispo de Valencia, etc. La Selecta, Empresa Literario-Editorial, Barcelona. 1880. Biblioteca de Obras Raras.
  8. Genealogista nacido en Zaragoza y quien a mediados del siglo XVI era funcionario de la Real Chancillería de Granada, fue una autoridad muy reconocida en su época y aún posteriormente en los temas de los linajes españoles, sobre los cuales dejó inéditas varias obras, lo cual no impidió su frecuente consulta y referencia.
  9. A Francisco de Asís Icaza y Breña (1865-1925) se le debe además un valioso Diccionario de conquistadores y pobladores de la Nueva España (en colaboración con Francisco del Paso y Troncoso) publicado en Madrid (1923).
  10. La obra de don Mariano González Leal, aún en activo, es notable. Notario de profesión,  ha sido Juez y Cronista, pero ha dedicado su erudición a obras de gran mérito, como su monumental Retoños de España en la Nueva Galicia (recientemente reeditada entre 2010 y 2011) que con sus 10 volúmenes y sus 4233 páginas es un empeño de difícil superación.
  11. Pedro Diego Luis de Moctezuma, S.I. Corona mexicana ó Historia de los nueve Moctezumas. Madrid, Ediciones Hispánicas, 1914. Edición y Prólogo: Lucas de la Torre, Capitán de Infantería y Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Historia. Existe una edición facsimilar reciente: Valladolid, Editorial MAXTOR, 2012.
  12. Fernando Alvarado Tezozómoc (ca. 1520-ca.1609) compone en náhuatl esta crónica, entre 1598 y 1609, con interpolaciones de Domingo Francisco de San Antón Muñoz Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin (1579- ca. 1645), pero no aparece en español hasta 1949, editada, paleografiada y traducida por Adrián León para el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. La biografía del manuscrito es realmente azarosa.
  13. Ricardo Ortega Pérez-Gallardo (15 de diciembre de 1863 – 15 de octubre de 1910), Historia genealógica de las familias más antiguas de México. México, Imprenta de Eduardo Dublán (Callejón de Cincuenta y Siete, Nº 7), 1902.  Tres tomos. 3ª edición: México, Imprenta de A. Carranza y Cía., 1908.
  14. Francisco del Paso y Troncoso, Epistolario de la Nueva España. México, 1939. 15 tomos, y Papeles de Nueva España, Madrid, 1905, 2 tomos.
  15. Vicente de Paula Andrade, Apéndice a la obra Noticias de México, de D. Francisco Sedano. México, 1880. 2 tomos.
  16. Resulta ejemplar su edición de Baltasar Dorantes de Carranza, en 1902.
  17. José Ignacio Rubio y Mañé, Introducción al estudio de los vierreyes de la Nueva España. México, 1955. 2 tomos.
  18. Edmundo O’Gorman, Catálogo de pobladores de Nueva España. México, 1941.
  19. En 1951 reunió muchas de estas crónicas en un libro que hoy es una rareza bibliográfica, con una tirada de apenas 500 ejemplares: El registro de los 300 (México, Editorial Stylo).
  20. En sus dos acepciones: como representante consular de la República Española en México y como especialista en diplomática visigótica.
  21. José Ignacio Conde y Díaz-Rubín y Javier Sanchiz Ruiz, Historia genealógica de los títulos y dignidades nobiliarias en Nueva España y México: Volumen I “Casa de Austria: desde Carlos V a Felipe III” (México, Universidad Nacional Autónoma de México – Instituto de Investigaciones Históricas, 2008)436 pp. y Volumen II “Casa de Austria: Felipe IV”, ídem., 2012. 258 pp. Se anuncia próxima la aparición de un Volumen III (quizá doble), dedicado al reinado de Carlos II, último monarca de la Casa de Austria, al que seguirán los correspondientes a la actual dinastía reinante de la Casa de Borbón.
  22. Entre sus trabajos más recientes se pueden citar Algunas notas acerca de la genealogía ascendente del Ilmo. Sr. D. Amtonio Caraza y de Maria y Campos (Familia Caraza). México, Academia Mejicana de Genealogía y Heráldica, 2000.  36 pp. Y su voluminoso libro: Notas sobre la familia Portu de Santa Fe de Guanajuato y algunas de sus alianzas. Mayor de Valle-Payno Bustamante-García de Malabear-Icaza. México, Academia Mejicana de Genealogía y Heráldica, 2000. 706 pp.
  23. Uno de sus aportes más recientes es El eslabón genealógico de Morelos y la farsa porfiriana.México, Instituto de Investigación Histórica y Genealògica de Méjico, 2008. 190 pp. En esta obra aporta documentos desconocidos y pruebas contundentes sobre este personaje tan estudiado de la historia mexicana.
  24. Especialmente memorables son sus estudios “Don Diego Téllez-Girón y Coronado, poblador de Nueva España en el siglo XVI” y “Miguel López de Legazpi: fundador de la Hispanidad en nuestro lejano Occidente”, así como sus puntuales e informados estudios sobre la historia del pueblo de Tianguistenco, del cual es su Cronista Vitalicio.
  25. Su producción investigativa está dispersa en varias publicaciones periódicas, o aún inédita, lo cual refuerza la urgente necesidad de que este autor la reúna y publique en varios volúmenes.
  26. Neurocirujano y sorjuanista, este médico e historiador  ha realizado estudios porofundos sobre las familias Licea, Goerne y Chico de Guanajuato. Igualemten ha publicado un erudito y perspicaz estudio clínico sobre el poema “El Sueño”, de Sor Juana Inés de la CRuz, a la luz de los conocimientos cientìficos de su época.
  27. Descendiente documentada de Moctezxuma II por la línea femenina de su hija Isabel Tecuichpo Moctezuma, esta historiadora ha continuado el trabajo de compilación comenzada por su padre, Don Fernando Olivera, sobre la documentación de esta estirpe novohispana, y con esa información ha publicado recientemente una novela dedicada a su ilustre antepasada.
  28. Actualmente prepara un sólido expediente de antepasados para sustentar su ingreso en la Muy Noble y Militar Orden de los Caballeros de Malta.