Reflexiones sobre el estado del idioma

A 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y del Inca Garcilaso de la Vega.

Alejandro González Acosta
(UNAM)

Miguel de Cervantes - Inca Garcilaso de la Vega.

Miguel de Cervantes – Inca Garcilaso de la Vega.

 

A 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y del Inca Garcilaso de la Vega

 

Coyuntura de una coincidencia casi triple:

Posiblemente en la noche del 22 al 23 de abril de 1616, morían –quizá al mismo tiempo- dos hombres singulares en dos distintas ciudades españolas: en el Madrid de los Austrias, exhalaba el último aliento de una vida modesta, el antiguo soldado e hidalgo Miguel de Cervantes y Saavedra; en la andaluza y opulenta Córdoba, rendía su espíritu un príncipe mestizo de sangre quechua, Gómez Suárez de Figueroa, pero quien desde años antes se hacía llamar Garcilaso de la Vega El Inca. El primero había nacido, 68 años antes (29 de septiembre de 15471), en el amable villorrio de Alcalá de Henares2, un pueblo que ya desde entonces vivía en gran parte de su Universidad y de la población estudiantil, y el otro, hacía 77 en el palacio imperial de los incas del Cuzco3 (12 de abril de 1539). De una a otra ciudad, hay más de nueve mil kilómetros de distancia en línea recta4.

Ambos fueron personajes ubicados bajo el signo de lo equívoco: a Cervantes lo llamaron “El Manco de Lepanto”5 pero en realidad no le faltaba un brazo, pues sólo lo tenía impedido por una dolorosa herida recibida en el combate más grande de la Cristiandad por su sobrevivencia contra los musulmanes; y a Garcilaso lo conocieron como “El Inca”, aunque su biotipo era el de un cetrino o moruno caballero español, como habían muchos en la época, según muestran los retratos.

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril de 1616).

Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril de 1616).

Uno, nacido en Castilla, combate en Italia y Grecia y es encarcelado en Marruecos; el otro, nacido en Perú, combate en Italia a los franceses y a los moriscos en la Alpujarra. El primero muere pobre y se ignora hasta hoy cuáles son sus restos. El otro cuando fallece tiene una sólida posición y sus cenizas se reparten entre dos continentes. Ambos son pilares del idioma español, combinando en sus venas caudales sanguíneos judíos y quechuas. Ambos vivieron de la espada y de la pluma (uno más que el otro). El castellano ostenta su modesto blasón como hijodalgo probado y cristiano viejo; el otro se fabrica un escudo fantástico, donde combina los símbolos de sus dos sangres y forja un mote que es divisa de vida más que abolengo familiar: “Con la espada y con la pluma”.

En otro país, Inglaterra, en el pequeño pero encantador pueblo de Strafford Upon Avon, aparentemente moría ese mismo día William Shakespeare. “Aparentemente”, porque en realidad fallecería el 3 de mayo del calendario español, pues la Inglaterra isabelina había rechazado sumarse al necesario ajuste del calendario juliano al gregoriano –no lo hizo hasta 1750- y no restó  los días de diferencia que Felipe II aplicó mucho antes6.

Los neopitagóricos funcionarios actuales, que dan tanta importancia a los aniversarios coincidentes y cerrados, quizá por razones –o móviles- presupuestales, se han empeñado, en contra de la Historia, para hacer coincidir estas fechas, por la superchería de la perfección numérica: el 23 de abril no mueren Cervantes y Shakespeare: Don Miguel murió en la noche del 22 y fue enterrado al día siguiente, que es la fecha que sí consta documentalmente; y Don Guillermo sí falleció el 23, pero como su óbito ocurrió en Inglaterra, en realidad murió diez días después, el 3 de mayo, cuando en España sonaban las campanas saludando el Día de la Invención de la Santa Cruz, como ya mencioné antes. En esa noche del 22 de abril mueren Cervantes y El Inca, y el inglés, lo haría una semana y media más tarde. Pero, en realidad, esto sólo es importante para los políticos y funcionarios. Lo auténtico -y auditable, para ellos- es que actualmente en el mundo vivimos más de 560 millones de personas7 que pensamos, sentimos y hablamos en español, el cual cada día se acerca más al inglés como segunda lengua mundial. En el mundo actual son muchos más los hablantes nativos de español que los similares de inglés. El chino mandarín sigue siendo el primer lugar indisputable, pero no es una lengua internacional como sí lo son los otros dos idiomas.

Esa noche del 22 al 23 de abril de 1616, cuando mueren Cervantes y El Inca, hace ya más de 400 años, la literatura española de ambos lados del océano quedó viuda por partida doble. En las dos orillas del Atlántico, la lengua hispana debió vestirse de luto.

El español, nacido en honrada pero pobre cuna, terminaría sepultado en el Convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, donde hasta ahora se afanan en discernir sus huesos de los muchos que allí se han encontrado. El otro, príncipe mestizo, disfrutó mejor suerte: primero tuvo una tumba honrosa –previsoramente adquirida tiempo antes por él en la Capilla de las Ánimas, cercana a la de Luis de Góngora y Argote- en un templo también culturalmente mestizo, como que fue primero Mezquita y después Catedral de aquella ejemplar Córdoba, “romana y mora” (auténtica capital europea de la cultura de convivencia, pues en ella coexistieron tres religiones)y luego, en nuestros días, trasladado en brazos de reyes a su sueño definitivo en la cripta de la Catedral del Cuzco, iglesia donde quizá manos tlaxcaltecas participaron en su decoración8.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-4-OtroLunes42Los vínculos americanos de ambos escritores son evidentes. El pobre soldado castellano pidió (en 1590, antes de escribir su Quijote) ser enviado al Soconusco (hoy parte de Chiapas y Guatemala)como Gobernador, en premio por sus servicios militares, y para cultivar el cacao, que era el codiciado oro vegetal de la época, pero no lo logró. Irónicamente, muchos años después, entre los firmantes del Acta de Independencia del Imperio Mexicano del 28 de septiembre de 1821 aparece la huella de un Miguel de Cervantes, pero no Saavedra, sino Velasco (México, 1789 – 1864) (también la signó su hermano, José María): VII Marqués de Salvatierra y Mayorazgo de Urrutia de Vergara, Conde de Santiago de Calimaya, miembro de una antigua familia poblana9. El peruano, en cambio, salió de América para España y nunca regresó, en vida, pero sí lo hicieron sus restos, o al menos una parte de ellos, pues el asunto levantó gran polémica en su momento (1978). Así, pues, su tumba es doble y proporcionada a su grandeza, pues se encuentra en dos continentes.

Gómez10 Suárez de Figueroa, donde “Gómez” primero es nombre y luego apellido, fue hijo de Sebastián Garci Lasso de la Vega y Vargas y de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo; era, pues, decidida e inocultablemente mestizo, aunque en su aspecto físico pudiera aceptarse como “un español amorenado”.

Miguel de Cervantes-Saavedra y de Cortinas (por su madre, Leonor, pues el apellido paterno es compuesto),al parecer también vive con la sospecha de otro mestizaje, mucho más peligroso y por tanto más críptico, pues algunas gotas de sangre judía11 pudieron deslizarse en su castellano caudal sanguíneo de “cristiano viejo”, lo cual no sería nada extraordinario si hasta en la más alta nobleza española de la época se habían filtrado los cromosomas de los hijos de Abraham,  o “nietos de Zabulón”, como era común llamarlos en la época.12

Lo cierto entre ambos autores, Garcilaso y Cervantes, es que este quizá oculta su presumible condición mestiza, mientras el otro la exalta.

Inca Garcilaso de la Vega (Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, 12 de abril de 1539 - Córdoba, Corona de Castilla, 23 de abril de 1616).

Inca Garcilaso de la Vega (Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, 12 de abril de 1539 – Córdoba, Corona de Castilla, 23 de abril de 1616).

El Inca se forma en Perú y parte a España cuando ya es un joven maduro de 21 años, para no volver a su tierra hasta cuatro siglos después, ya muerto. Y vivió en Granada, Córdoba y Sevilla, pero sobre todo en Montilla, que entonces era apenas una villa (no sería elevada a ciudad hasta 1630, por Felipe IV), sede del feudo de la poderosa familia Aguilar y cuna del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba. De ella era natural el misionero San Francisco Solano, “el músico evangelizador” quien precisamente partiera a Sudamérica y finalmente llegara al Perú para difundir la religión, y quizá ambos pudieron coincidir en Montilla, aunque por breve tiempo. Precisamente de este lugar, donde residió El Inca 30 años, proviene el famoso “vino amontillado” tan devotamente celebrado (y consumido) por Edgar Allan Poe en uno de sus más célebres y terroríficos relatos13, y que comercian desde hace siglos los actuales Condes de la Cortina14, descendientes de aquel  de igual título que en México dejó tan honda huella en la cultura nacional.

Posiblemente durante alguna de esas estancias pudieron coincidir en Sevilla El Inca y El Manco, y ese encuentro pudo ser en el más popular mesón de la época, la “Taberna de Las Escobas” que aún existe hoy, casi frente a la Torre de la Giralda, a unos pasos de la Puerta del Perdón y del Patio de los Naranjos, allí establecida documentadamente desde el año de 1386, anterior aún a la “Hostería del Laurel”, donde según Zorrilla ocurrió la entrevista entre Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía, eco del anterior “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, de la misma época (1630). Quizá en “Las Escobas” compartieron mesa o fueron parroquianos contiguos, El Inca (también llamado “El Indio” o “El Inga”), quien revisaría su ya publicada traducción del italiano de los Diálogos de amor de León Hebreo (Madrid, Pedro Madrigal, 1590), que después citará El Manco en el prólogo de la Primera Parte del Quijote, y éste puliría los tercetos finales de su “Soneto al túmulo de Felipe II” (1598).

En 1605 aparecen –otra coincidencia grata para los neopitagóricos- el Quijote de Cervantes y La Florida del Inca. Si el Quijote se pretende novela y sale historia, La Florida se quiere historia y resulta novela. Si al castellano se le acusó de pedestre, al quechua se le achacó ser imaginativo con exceso. Como el Quijote, su otra gran obra, los Comentarios reales tuvo dos partes, publicadas en años y sitios diferentes: Lisboa (1609) y Córdoba (1617).

Al sentir cerca, con la vejez, la certidumbre de la muerte, el quechua da en la manía de viejos de recordar la infancia y habla del Perú como “su patria”, es decir, “la tierra de los padres”, o con mayor justicia y precisión, de la madre, es decir, “la matria” (donde el logos ordenador simboliza la vitalidad fecunda, de esta matria que equivalente de la patria, como ha señalado con agudeza y propuesto un filósofo compatriota suyo y contemporáneo nuestro, Edgar Montiel15), uniendo así España y Perú. Al injertar el gajo de su tierra en el tronco del mundo, hace una auténtica profesión de ideal humanista. Hay que acotar que si fray Bernardino de Sahagún contó con sus “informantes” para merecer siglos después que el sabio Miguel León Portilla lo presentara como “el primer antropólogo en México”, al Inca le correspondería un título similar en el Perú, con la ventaja entrañable que sus “informantes” fueron sus propios tíos y primos, menos inhibidos que los colaboradores del franciscano novohispano.

Por gentes como Cervantes y El Inca podemos sentirnos orgullosos hoy de hablar el idioma español, ese idioma donde no sólo a cada concepto, sino a cada matiz, le corresponde al menos una palabra (si no es que varias), y no como el inglés, donde sólo por el contexto, en muchas ocasiones, se deduce la verdadera significación que tiene un vocablo.

Esa grandeza se fija en el nacimiento de un nuevo humanismo, no selectivo y excluyente como el occidental eurocentrista, sino inclusivo como el multinacional americano, con aspiración de universalidad, pues como acota El Inca “…mas confiando en la infinita misericordia, digo que a lo primero se podrá afirmar que no hay más que un mundo, y aunque llamamos Mundo Viejo y Mundo Nuevo, es por haberse descubierto aquél nuevamente para nosotros, y no porque sean dos, sino todo uno” (Comentarios reales).

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-5-OtroLunes42Al declarar en 1995 el establecimiento del 23 de abril como Día Internacional del Libro, la UNESCO vinculó sensatamente en su documento los nombres de Cervantes y El Inca: justa coincidencia, pues si Cervantes es el Patrono de los escritores españoles, El Inca es sin duda el Bisabuelo del Boom de la Literatura Latinoamericana, pues fue el primer escritor hispanoamericano en publicar en Europa, el heraldo de que algún día el idioma enviado al otro lado del océano, regresaría revitalizado.

Además, existe al menos un punto de contacto entre el Inca Garcilaso y William Shakespeare. El padre del Inca, el capitán Sebastián de la Vega casi fue un personaje digno de la pluma del Cisne de Avon, pues en la Batalla de la Guarina (1547) en aquellas Guerras Civiles que asolaron el Perú recién conquistado, socorrió y salvó al rebelde Gonzalo Pizarro al facilitarle un caballo para que huyera de sus perseguidores. El dramaturgo inglés compone su Tragedia del rey Ricardo III16, donde en medio de la batalla de Bosworth (1485), el ya vencido monarca suplica: “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”, que nunca obtuvo y por lo cual pereció. Pizarro tuvo la suerte que se le negó al rey inglés. Sin embargo, esta ayuda le costaría cara después a su hijo, pues el funcionario Lope García de Castro, quien desempolvó una antigua crónica donde hasta se conservaba el nombre del caballo, “Salinillas”, le echó en cara la acción de su padre cuando muchos años después solicitó un favor real. Algunos piensan que este desaire fue lo que movió al Inca para convertirse en historiador y escribir los hechos de su padre y del Perú.

Jorge Luis Borges, travestido en su personaje Pierre Menard, decía en 1941 que “el Quijote es ahora una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo”… Confiemos que para nosotros no sea exactamente así, sino una reflexión sobre lo que hemos hecho entre todos durante cuatro siglos con ese patrimonio recibido como legado y del cual debemos responder ante la historia de la lengua. Lo que tan generosamente se nos dio, debemos cuidarlo sin opresión, y a su vez legarlo sin irresponsabilidad.

Cervantes, en su gloria universal, ha sido objeto de varios latrocinios: su genio se confirma al haber sido “plagiado” desde su misma época, por un falsamente “apócrifo”17 pseudo18 Quijote que al parecer, para algunos, compuso un oscuro Alonso Fernández, no de Avellaneda (como se afirmó en su tiempo) sino de Zapata (según se sabe mejor hoy), párroco del pueblito de Avellaneda. Irónicamente, por ser “apócrifo” con la obra, resultó “apócrifo” hasta el autor. Así, pues, en lugar de hablar de ello, mejor refirámonos a “máscaras”, que me resulta más apropiado.

 

En defensa del otro Quijote:

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-8-OtroLunes42Hay que decir –así lo veo yo- que no fue un plagio, ni siquiera un apócrifo, y menos una copia lo que hizo “Avellaneda”: fue sobre todo un acto de amor, la confesión de una encendida admiración. Y no es justo que se le siga criticando con tanta severidad y encono. No creo que el “misterioso” autor fuera (según  se ha dicho) el desdichado Gerónimo o Ginés de Pasamonte –no lo necesitaba- sino un párroco castellano que leyó la primera parte del Quijote y cayó preso entre los hilos del encantamiento de la obra cervantina y quiso, aún más que emularlo, honrarlo y agasajarlo. Aún no se esclarece la identidad de su autor, pero hay muchas propuestas, hasta la de Cristóbal Suárez de Figueroa, quien podría ser pariente del propio Inca Garcilaso19.

Como “en la cultura todo lo que no es tradición, es plagio”, el propio Cervantes se supone bebió de varias fuentes para concebir su personaje paradigmático. Se han señalado algunas: el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell; El asno de oro, de Apuleyo; el Orlando furioso, de Ludovico Ariosto; el Amadís de Gaula (de quien lo haya escrito), tronco de una profusa genealogía literaria, y hasta la Autobiografía del mismo Ignacio de Loyola.

Beneficio económico no hubo ninguno en tal acción: el de Cervantes y el de Avellaneda apenas se vendieron en vida de ambos. La fama de Cervantes en España y el éxito de su obra monumental vienen después de su muerte, y triunfa primero en el extranjero que en su patria; y ni decir la de Avellaneda. En realidad, quien ganó con la obra de Cervantes fue su editor, Francisco de Robles, a quien vendió los derechos de la misma, en una de las peores transacciones literarias de la historia. Quienes sí hicieron buen negocio fueron los editores ingleses y franceses de ambas obras.

Sólo en lo que restó del siglo XVII, una vez muerto Cervantes, en Europa se desató una estampida de caballeros quijotescos: 15 imitaciones inglesas, 24 francesas, 17 alemanas, 1 italiana y 2 holandesas.

En el siglo siguiente, el caballero andante pasó de europeo a local (síntoma evidente de universalidad alcanzada), y no faltó quien se adueñó de la obra y pretendió completarla a su manera20; cada región y comarca quiso tener el suyo propio: cántabros, asturianos y hasta catalanes, pusieron a cabalgar al buen hidalgo por sus prados y montañas, y esta tendencia continuó todavía en la centuria siguiente, cuando lo hicieron cruzar el mar y galopar por la campiña cubana21.

Pero además, todo esto era un tópico de curso normal en la época: Don Quijote es una novela de caballerías, las cuales generalmente tenían un autor anónimo, pero aun cuando lo tuvieran plenamente identificado, eso no significaba en ese tiempo ningún título de propiedad sobre el personaje ni de reserva de título. Esa legislación protectora es en realidad contemporánea nuestra, no de ellos. Cualquiera podía tomar, enmendar, remendar, refundir y adaptar lo que le pareciera, siempre y cuando se ajustara a los preceptos religiosos, que otorgaban las licencias correspondientes si no faltaban a la fe cristiana.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-6-OtroLunes42Uno (portugués) creaba un Amadís de Gaula, y otro autor animado por el éxito creaba otro Amadís de Grecia; lo mismo sucedía con la prole dilatada de Palmerines y Esplandianes. Recordemos que la novela caballeresca cubrió dos grandes siglos y sólo una recopilación reciente en Zaragoza22, reunió más de 500 títulos y ediciones correspondientes a la época.

Por diversas circunstancias, ese Quijote de Avellaneda es más cercano a nosotros en varios aspectos. No carece de mérito literario y recoge algunos pasajes notables y dignos de elogio, así como escenas muy disfrutables y deliciosas, que no desdicen nada de su modelo e inspiración, al cual rinden homenaje más que burla.

Tiene además el gran mérito el Quijote de Avellaneda que fue el acicate y el impulso para que Cervantes retomara su historia del caballero andante y emprendiera una segunda parte, lo que hizo poco antes de morir. Quizá sin la intromisión del “párroco”, sólo tendríamos hoy la primera parte del caballero manchego.

Las intrigas literarias y los chismes del mundillo intelectual no son asunto exclusivo de la actualidad, sino que vienen desde muy atrás. Los grandes escritores del Siglo de Oro español tenían frecuentes y candentes trifulcas entre ellos, que alcanzaban niveles de violencia verbal –y en ocasiones también física- insospechables en estos maestros de la lengua. El mismo Cervantes, ya fuera por su condición congénita o por lo mucho que le golpeó la vida y lo demasiado que le quedó debiendo a sus altos merecimientos, también desarrolló una especial capacidad para la ofensa y la diatriba (ropajes con los que suele vestirse la envidia), de tal suerte que agredió al exitoso y mimado Lope de Vega, por lo cual este le responde con su artillería más pesada y demoledora. Ha habido quienes perciben el pulso feroz e implacable del temible “Monstruo de la Naturaleza y Fénix de los Ingenios”, sobre todo en el “Prólogo” de ese Quijote llamado de Avellaneda, que tuvo también sus efusivos admiradores: fue nada menos que el muy culto y erudito Bibliotecario Mayor del Rey-equivalente a un actual Director de la Biblioteca Nacional, pero todavía con más poder y privilegios- Don Blas Antonio Nasarre y Ferriz (1689-1751) quien no dudó en colocar la obra del embozado autor sobre la del escritor alcalaíno. Su bien ganada fama de erudito le valieron ser miembro distinguidísimo de la Real Academia Española, así que no era la suya una opinión de poco peso.

Visto desde este punto de referencia visual, el problema suscitado entre ambos Quijotes fue un ajuste de cuentas literarias (quizá por interpósitas vías), del cual nos beneficiamos hoy, pues no existe absoluta certeza que Cervantes hubiera compuesto la segunda parte de su novela si no hubiera aparecido después, como abierta provocación, la figura “hechiza” de su contrincante. Se aprecia una discrepancia entre el texto del apócrifo Quijote –que exalta a Cervantes, pues hasta bromea con él- y el estilo ácido del prólogo que lo agrede: son, pues, dos autores, el “párroco” ignoto y quizá el gran Lope los que muy presumiblemente se encuentran detrás de esas líneas y tienen propósitos diversos entre ellos.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-7-OtroLunes42Algún mérito tuvo desde su aparición el Quijote de Avellaneda, cuando fue traducido al francés nada menos que por Alain René Lesage (en una preciosa edición parisina aparecida en 1704), quien muy poco después sería el autor célebre y reconocido de la Historia de Gil Blas de Santillana (1715).

La imitatio era un tópico literario de la época, así como el recurso de estrategia literaria del “manuscrito encontrado”, que utiliza Cervantes para achacarle la historia de su obra aun apócrifo historiador árabe, su sosias Cide Hamete Benengeli. Así pues, fue el propio Cervantes quien de inicio dio pie para la larga sucesión de imitaciones, versiones y refundiciones que alcanzó su obra, lo cual si bien se mira era un obsequio para su éxito. Y tampoco fue remiso sino bien ducho para adueñarse y hacer uso de otros tópicos propios de su época y del género, lo cual ha sido muy estudiado.

Si es cierta la definición que una obra clásica es “aquella que todos citan, pero pocos leen”, también por esta vía le alcanzará inmortalidad imperecedera a esta pieza de Cervantes, la más ejemplar, si cabe, de sus novelas. Sin saberlo quizá, convivimos con el Quijote en la cotidianidad más entrañable. Lo mencionamos sin conocerlo, si tenemos un obstáculo difícil y peligroso, al decir “con la iglesia hemos dado, Sancho” ( Parte II, Capítulo 9: por cierto nunca “topó”); o al querer minimizar algo pasajero, “una golondrina sola no hace el verano” (I, 13); o si nos volvemos sentenciosos y dictamos que “cada uno es hijo de sus obras” (I, 47); o también al comprobar que “la mejor salsa del mundo es la hambre” (II, 5), y si de advertencia para las malas compañías precisamos, nos viene a la mano, “dime con quién andas y decirte he quién eres” (II, 10); y ante la adversidad, la nota optimista nos la brinda una mano amiga que dice “el que hoy cae, puede levantarse mañana” (II, 65); el valor de la libertad nos lo sentencia con “el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (II, 58) y, para calificar la ingratitud, es bueno recordar que “entre los pecados mayores, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento” (II, 58), o considerando los afanes y preocupaciones por lo material, “desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano” (I, 25) y, hablando de libros pues entre ellos andamos, valga decir “que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno” (II, 3)…

Y es tal la confianza que tenemos en Cervantes y su caballero andante, que hasta le atribuimos otras frases que nunca dijo (aunque nos “suenen” y “parezcan como de”), como son los casos de “esos polvos trajeron estos lodos”, cuando decimos ante algo que se veía venir y resulta inevitable, y que al parecer, proviene de un antiguo refrán inglés, y la muy popular “cuando los perros ladran es señal que cabalgamos”, que se supone procede de un poema en alemán de Goethe23.

Es ya el colmo de la inmortalidad cuando hasta se le achacan a ciertos autores obras que nunca escribieron y frases que tampoco dijeron ni pensaron, como aquel famoso poema “de Jorge Luis Borges”, donde se queja “Si volviera a nacer”, o la “Despedida de la vida” de Gabriel García Márquez (“que ya está muy malito, en las últimas”… en 1998 y murió en 2014), que tan profusa como engañosamente han circulado por esas “redes” donde dan todo por bueno sin examen ni discernimiento.

También es síntoma de inmortalidad literaria cuando se “cita” mal o fuera de contexto, más por ingenua ignorancia que por talante avieso, pues el amor tiene sus excesos, como aquel que achaca a José Martí la frase lapidaria y profundamente masoquista: “Nuestro vino de plátano es agrio, pero es nuestro vino”: así pues, a aguantarse y beberlo. Cuando lo que en verdad dijo (adviértase la importancia de los signos de puntuación) fue: “Nuestro vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”24, lo cual dista diez leguas del sentido anterior. Esta es parte de la fortuna de los clásicos, que además, soportan todo.

Hay que señalar, para ejercer una cierta justicia histórica, que el presunto “Avellaneda” (quien quiera haya sido) fue un adelantado y un clásico de su época al mismo tiempo. Las novelas de caballerías (y para sus contemporáneos, el Quijote fue sobre todo la novela de caballerías por excelencia al mismo tiempo que su liquidación), solían formar parte de una saga, donde, por ejemplo, un primer Palmerín sucedía a otro y algo semejante ocurría con los Esplandianes y sus congéneres, que así se convertían en el germen de los folletines seriados, y de tal suerte eran los comics de la época; por tanto, según lo veo, Avellaneda no quiere plagiar ni robar a Cervantes, sino continuar una tradición natural de su tiempo. Pero él mismo al cumplir su propósito –inducido por el propio Cervantes, quien aludió al final de su primera parte para que otro autor viniera a “sonar mejor el plectro”, y de esta manera dejó abierta la puerta para sucesivas versiones- Avellaneda también sugiere que hubiera aún una tercera, y muchas más, partes del Ingenioso Hidalgo: él recibió una, la ajustó y remendó, y la dejó seguir, pasándola al siguiente: ¿no es este acaso el germen del moderno Twitter? “Tuiteamos” lo que nos gusta, añadiéndole algo de nuestra propia cosecha, y lo obsequiamos a otros para que continúe esa cadena: no otra cosa hizo Avellaneda con el Quijote de Cervantes.

Vladimir Nabokov, el inquietante autor de la ávida Lolita, quiso suponer que la segunda parte del Quijote de Cervantes debió culminar con un duelo entre su caballero andante y el de Avellaneda: hubiera sido un espectáculo memorable y ejemplar, donde además, como buenos paladines, se realizaría “el juicio de Dios” y que ganara el mejor. Por fortuna, nunca se encontraron, y los dos siguen cabalgando, el uno rumbo a Barcelona y el otro hacia Zaragoza, para dicha y gozo de todos.

Pero en el colmo de su grandeza, Cervantes ha sido objeto hasta de falsificaciones y adulteraciones, lo cual resulta elocuente de su triunfo y la admiración que despierta. Un falsificador que “pinta” un falso Picasso, en el fondo, ofrece la prueba definitiva de un conocimiento estrecho y una admiración profunda por el falsificado. El erudito y jaranero gaditano Adolfo de Castro (1823-1898), concibió pergeñar, con bastante fortuna, varios textos espurios de Cervantes, como fueron sus famosos “Buscapié” y la “Epístola a Mateo Vázquez” (1844) a sus insólitos 21 años. Lo más asombroso es que durante muchos años prevaleció la superchería y algunos notables eruditos lo defendieron fervientemente.

En otro plano de cosas, cuando el ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889) escribe, íntimamente embebido en el pensamiento y el lenguaje de la época quijotesca, aquellos Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: ¿cometió plagio o rindió homenaje? A nadie se le ocurriría lo primero, sino agradecer lo segundo: gracias a él contamos con el admirable logro de reproducir con gran fidelidad la lengua española del XVII en pleno siglo XIX.

En su extensa capacidad de motivar a otros autores, el Quijote cervantino ha sido hasta fuente de inspiración para tratados de índole esotérica, como fue el caso del alucinado Baldomero Villegas.25

 

El Quijote en México:

Jesús Helguera, pintor mexicano - Don Quijote y Sancho Panza.

Jesús Helguera, pintor mexicano – Don Quijote y Sancho Panza.

Aunque la primera edición mexicana de Don Quijote de la Mancha es de 183326, en realidad la obra circuló aquí desde muy temprano (incluyendo ejemplares de la editio prínceps madrileña), y a pesar de estar prohibida en las Indias la importación de libros de caballerías y novelas en general, por considerarse perniciosos para la salud de la república, aparece reiteradamente en las listas de cargas de impresos que eran trasladados desde los puertos de Sevilla y Cádiz, como consignó Irving A. Leonard en su obra clásica.27 Algunos calculan que cerca de medio millar de ejemplares de la primera edición llegaron a América el mismo año de su publicación. Pero fue el gran cervantista Don Francisco Rodríguez Marín quien documentó que de Sevilla zarpó la nao “Espíritu Santo” el 12 de julio de 1605, con cajones que contenían 262 ejemplares de Don Quijote para desembarcar en San Juan de Ulúa, y remitir en México a Clemente Valdés, posiblemente un librero.28

Entre otros grandes y señalados asuntos e intenciones, el Quijote es también una gran broma y a él acuden cuantos disfrutan la saludable disposición para reírse de todo y de todos, empezando higiénicamente por ellos mismos. Sin dudas resulta atractivo y todo un reto una obra donde los dos protagonistas son, por una parte, un loco que dice cosas cuerdas, y un tonto que hace sabias reflexiones. Por eso se explica la simpatía que ha despertado a través de los años en personajes aparentemente adustos. En la mirada de muchos próceres ilustres se adivina el guiño pícaro de los seres humanos que fueron, y casi anticipan la sonrisa que estaba a punto de brotar cuando fijaron su imagen para la posteridad, lo cual es un síntoma de haber leído mucho y bien al Quijote. Hoy los vemos en sus retratos al óleo, solemnes y severos, con una gravedad que espanta, un gesto rígido dedicado a la eternidad, y olvidamos que casi todos estos héroes y paladines de la cultura y la historia mexicana del siglo XIX, fueron, entre otras cosas, grandes bromistas, como buenos lectores de Cervantes. Por ejemplo, el inquieto José Justo Gómez, Conde de la Cortina y de Castro, bromista insospechable en sus frecuentes furores, al parecer se inventó un falso documento sobre Sor Juana Inés de la Cruz para engañar a sus doctos colegas29, como ya había hecho antes en Europa James McPherson al componer sus apócrifos “Cantos de Ossián” y “darles gato por liebre” a los anticuarios y eruditos, incluido el reverenciado Goethe.

El General Vicente Riva Palacio, nieto del prócer Vicente Guerrero, guerrillero desde la adolescencia y bravo entre los bravos, escondía bajo su enhiesto mostacho la burlona sonrisa del bromista empedernido; así fue que ideó -en conspiración literaria con el insospechable Juan de Dios Peza, “El Poeta de la Familia mexicana”- la formidable tomadura de pelo del poemario Flores del alma (1875), firmado como “Rosa Espino” con el que burló a todos en su época, y hasta hubo un exaltado cándido quien dictaminó que “no sólo era una mujer intensa y auténtica la autora del poemario, sino que sin duda alguna, por la pureza del sentimiento y su virtud, debía ser una joven virgen”. Las carcajadas de Don Vicente se oyeron hasta la Alameda, levantando el vuelo de las palomas asustadas.

Guillermo Prieto, el buen “Fidel” (“El Poeta de la Patria” por cuestación pública, no por decreto), tuvo una infancia tan triste que después debió ser muy alegre y bromista para compensarlo. Si otros se ocupaban en indagar la esencia de “la literatura mexicana”, él no esperó por ellos a ver qué decidían, y se dedicó a ser el escritor más mexicano de su época, con un glorioso sentido del humor, como buen y fiel lector de Don Quijote y sus aventuras, en tanto parecidas a las suyas propias. Aunque tuvo que ejercer varias veces como Secretario de Hacienda, por urgencias del momento, en realidad donde se sentía feliz era como Director del Correo Mexicano, pues le daba tiempo para leer y escribir, como una sustanciosa beca. Burlón hasta las cachas de su revólver, solía gastarle bromas hasta al adusto Don Benito Juárez, quien debía perdonárselas pues, ¿cómo reprender a quien le salvó la vida? Fue con un gesto verdaderamente quijotesco cuando Don Guillermo se ganó a pulso ese derecho, al interponerse entre el aún no Benemérito y el pelotón de fusilamiento, con una frase que podría suscribir el Hidalgo Manchego: “Los valientes no asesinan”. En Memorias de mis tiempos (una especie de Quijote a la mexicana, combinado con  el quevediano La vida del buscón y muy en la línea de Don Catrín de la Fachenda, de Lizardi) pueden apreciarse algunas de las más formidables bromas de este travieso impenitente, que se permitía con un Juárez solemnísimo y trasnochado, tratando de penetrar por una discreta puerta lateral del Palacio Nacional… No digo dónde para que lo lean.

A estos liberales mexicanos el Quijote les venía como anillo al dedo: todos ellos tenían algo del hidalgo y también del escudero.  Eran el signo evidente de la época; hombres que tomaban la pluma incendiaria, lo mismo que el sable vindicador, y saltaban con destreza de una silla curul en el Congreso a la silla de montar del caballo para entrar en batalla.

“Azorín”, el conocido pseudónimo que velaba la verdadera faz del ignoto pero muy real José Augusto de la Santísima Trinidad Martínez y Ruiz (1873-1967), publica en 1905, celebrando el aniversario de la publicación de la primera parte del Quijote, su librillo Viajero por La Mancha o La ruta de Don Quijote. Y diez años después, también para conmemorar a Cervantes en su tricentenario, El Licenciado Vidriera (visto por Azorín). Y vuelve una y otra vez, con amorosa obsesión, sobre el asunto cervantino, muchas veces y así llega hasta su obra publicada más reciente, en 2004, muchos años después de muerto, El buen Sancho.

Otro noventayochero español, Miguel de Unamuno (1864-1936), quien por poco no fue mexicano (su padre, panadero y confitero, vivió en Tepic hasta 1859), el mismo año que Azorín, sacó su libro Vida de Don Quijote y Sancho, que fue como poner ambos personajes en la España de la época y escarbar en sus huellas buscando su traza. En esos tiempos, España desbordaba de Sanchos y escaseaba de Quijotes.

 

Don Quijote preside la comida en una venta, junto a la supuesta princesa Micomicona. Óleo por Manuel García «Hispaleto». Siglo XIX. Senado, Madrid.

Don Quijote preside la comida en una venta, junto a la supuesta princesa Micomicona. Óleo por Manuel García «Hispaleto». Siglo XIX. Senado, Madrid.

Reflexiones sin balance:

Después de estos gigantes ¿qué hemos hecho con el idioma en estos 400 años?

Permítanme referirme ahora a “esas pequeñas –pero crecientes- cosas”, esas contrariedades cotidianas que nos han ido cercando, “entre causas y azares”.

El primer aviso de lo que vendría después fue, para mí, aquel hermético frasco de inocuas aspirinas, provisto de una tapa especial de protección contra los ataques de los niños inocentes, a la cual había que escudriñar primero con ojos sagaces de Argos con 20/20 dioptrías, para entonces con gran esfuerzo alcanzar a ver la diminuta flecha translúcida, que era como el Ovillo de Ariadna para permitir no huir, sino acceder al prohibido laberinto minoico de las blanquísimas pastillas: había que hacerlo coincidir milimétricamente con otra semejante para poder abrirlo, constituyendo además una prueba de que las píldoras ya no eran necesarias –había cedido la cefalalgia o se había multiplicado o convertido en otra, nueva y poderosa, definitiva migraña- y a la vez un escrupuloso examen óptico, todo esto con el admirable tino y precisión no de un “pulso de maraquero” sino de neurocirujano pediátrico.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-EsteLunes-11-OtroLunes42Luego, vinieron los “hombres grises” con paso quedo y furtivo, de sigilosos ladrones domésticos, y se llevaron el sólido aparato telefónico de disco, de maciza, pesada, confiable y reluciente Bakelita (marca Erikson) y lo sustituyeron arteramente por un endeble, frágil y titubeante teléfono de teclas, privando a uno sin consultarlo del agradable ronroneo del disco en su ir y regresar. En “esos tiempos, que los antiguos llamaron dorados” el teléfono era más que un objeto, constituía un símbolo y solía exhibirse con orgullo en su solitaria condición única, capo di laboro en la pieza más honrosa de la planta noble de las casas: en el salón de recibo Luego se fueron procreando y distribuyendo por todas las piezas de la casa: en los dormitorios, en el comedor –violando la venerada condición de los sagrados alimentos- y hasta en los baños, violentando hasta el necesario recogimiento que tal sitio demanda y posibilita.

Después todo se arrebató velozmente y tomó un ritmo incontenible el cual no sólo dura hasta hoy, sino que aumenta a cada momento.

Vinieron las radios portátiles, con su munición de baterías (cuando no se conseguían las indicadas, se añadían como excrecencia tecnológica las suficientes para sumar los voltios necesarios), y las televisiones lo mismo se reducían como Pulgarcito que crecían como Goliats.

El Hombre (no los “hombres” sino uno en representación de toda la raza humana), en 1969 puso por primera vez su planta sobre la superficie lunar, levantando un ligero soplo de polvo selenita: “Un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la Humanidad”. A partir de ese momento, el satélite terrestre, la Luna cantada por poetas y enamorados, dejó de ser un sitio de referencia metafórica para convertirse en un lugar, visitable y corruptible.

La historia, aunque de unos pocos años, es corta pero intensa, y la omito.

Hoy el panorama del idioma depende de esos artilugios de los cuales ya no podemos prescindir, por mucha molestia y hasta rabia que nos ocasionen.

Si “el medio es el mensaje”, según advirtió tempranamente Marshall McLuhan, pronto le añadió que “la facilidad del medio terminará por banalizar el mensaje”. Un comunicólogo y semiótico, Umberto Eco, en otro rincón del planeta, casi en el tacón de la bota italiana, advertía que toda producción es una opera aperta, un territorio para reescribir y reeditar, constante e infinitamente.

Aquellos hombres como Cervantes y Garcilaso dependían de su pluma, de un poco de papel y de un impresor amigo o empresario interesado, que aceptara correr la suerte de su aventura. Hoy habrían tenido computadoras –u ordenadores- ambos términos totalmente errados, pues ni “ordenan” ni “computan”. Tendrían por supuesto su Smart Phone(¿un teléfono listo para hablantes necios?) un Ipad o un Ipod, se comunicarían por correo electrónico (se ha propuesto lo mismo “emilio”, que se presta a confusión, o “correl” que tampoco convence), Facebook -¿cara de libro?-Twitter o What’sup, o cualquier otra novedad que nazca esta semana…

Tanta comodidad, tanta celeridad, tanta facilidad ¿para qué?

 

Un moderno caballero andante:

Don Quichotte et le char de la mort, 1935. André Masson.

Don Quichotte et le char de la mort, 1935. André Masson.

El Quijote alucinado ha inspirado a numerosos caballeros andantes que han seguido después sus huellas. Entre nosotros tenemos hoy uno de ellos, un esforzado batallador de grandes empresas heroicas, como es, no a semejanza de su modelo, esbelto y enjuto de carnes, sino rechoncho y jovial cruzado, que a falta de lanza y rodela lleva pluma y habano humeante: Felipe Garrido hoy recorre los campos mexicanos como antaño Alonso Quijano las llanuras castellanas, predicando la bondad de una causa: la Campaña por la Lectura.

México ostenta, cuenta y disfruta, de una antigua y saludable tradición de caballeros andantes y de misioneros evangelizadores (la versión civil y desarmada de la anterior), no sólo espirituales, sino culturales en su sentido más amplio, justo y preciso. Siempre, como “los operarios han sido pocos, porque la mies es mucha”, nunca han faltado seres abnegados que contra molinos de viento y encantamientos de merlines aviesos, han asumido una misión de vida para predicar alguna “buena nueva”. Por tener apóstoles (santos los hay, desde Felipe de Jesús y más recientemente los Mártires Cristeros), México ha tenido hasta un “Apóstol del Árbol”, en ese alucinante y alucinado Miguel Ángel de Quevedo, émulo de Forrestier y primer ecologista nacional –mucho antes que se introdujera el término- y ahora cuenta en su nómina de héroes caballerescos y andantes con Fray Felipe de Garrido, evangelizador de nuevo estilo que bajo la advocación y protección de su Patrono San José Vasconcelos, va como peregrino por todas partes, provisto no de incensario, sino del sahumerio propiciador de su aromoso habano. Por esos rumbos de Dios va hoy infatigable Fray Felipe, personaje él mismo de una de sus memorables Historias de santos, difundiendo “la Palabra”, sembrando la “Buena Nueva”, con la peregrina voluntad de lograr convencer de algo que resultaría superfluo si no viviéramos en estos tiempos de confusión: Leer es bueno. Leer es grato. Leer es sano. Es como tratar de persuadir que respirar es recomendable.

Como otro Caballero de la Mancha, enfrentando los gigantes transformados en molinos de viento que enmascaran a políticos ignorantes y pútridos (eso es mucho más avanzando que corruptos), a gañanes ignaros, ocultos tras ropajes estudiantiles, y es que toda época –he ahí lo más grande del hallazgo y la invención de Cervantes- toda época necesita sus propios Quijotes y Sanchos, y si no los tiene, debe inventárselos.

Y hablando de Quijotes en México –país donde soñó Cervantes dedicarse a cultivar el cacao con una encomienda en el Soconusco- tuvimos también un hidalgo de capa española y chambergo hundido hasta las cejas, que anduvo recorriendo las esquinas con el paso tardo del desterrado, mientras le pedía en sueños a su hidalgo que le hiciera un sitio en su montura de caballero derrotado, pues ya andaba cansado de batallar, abatido con una enorme carga de amargura: León Felipe. A veces, los poetas comienzan a hacer poesía empezando por su mismo nombre, pues este Felipe no tenía nada de león pero sí de flor: Felipe Camino Galicia de la Rosa; así como Darío no tenía nada de persa y se llamó Félix Rubén García Sarmiento, o Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, que expresó su voluntad de ser en su seudónimo, Amado. O Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, profuso nombre que oculta entre su follaje el entrañable pseudónimo que lo inmortalizó, Pablo Neruda, lo cual no impidió que lo enterraran cuatro veces (hasta la fecha). Pues para eso, entre otras cosas, son poetas.

No todo es, aunque lo parezca, obscuro y tétrico: hay una luz al final del túnel, pero no avisa la muerte sino la Vita Nuova. Hoy, paradójicamente gracias a Facebook, Twitter, What’sup y otros artilugios de Fierabrás, los jóvenes al menos leen más, lo cual no significa que lean mejor ni más bueno. Pero por otro lado, se ha quebrado aquel vínculo tradicional por el cual quien leía más, escribía mejor: hoy, es fácil constatarlo, por el contrario, el idioma se atropella, vitupera, envilece, mutila, tortura y destroza en cada mensaje electrónico, sacrificando propiedad por rapidez, comodidad por rigor. Debiera existir también, como hay para las personas, una Comisión Nacional de los Derechos del Idioma, que velara como Argos insomne a todos esos medios que son escenarios de la batalla que da el idioma contra sus felones agresores, sus follones tuiteros y sus gañanes feisbuqueros, en desigual pelea contra semejantes encantamientos, de aquellos aviesos magos que residen , pululan y se reproducen en un remoto Valle del Silicón, cerca de donde gobernaba  la encantadora Calafia, Reina de las amazonas, en la comarca de las Californias. Debía establecerse una Patrulla Ortográfica, que saliera al paso de esos forajidos del idioma, violadores de la sintaxis, estupradores de la gramática, agiotistas del léxico, y aplicara justas y severas penas, no de garrotazos, cepos ni azotes, pero sí en fuertes doblones –“la letra con sangre entra” y si cuesta, mejor- para poner coto, remedio y bálsamo en esas heridas de la lengua agredida y maltratada como doncella indefensa en manos de un gigante plagiario.

O quizá haya que tener un poco de paciencia y confianza, pues como dijo ese gallego colosal, definitivo e inapelable que fue Don Camilo José Cela, el más grande Sancho Panza que ha dado España, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1987, citando la sabiduría cervantina, “dejando al tiempo que haga de las suyas, que es el mejor médico de estas y de otras mayores dificultades”.

“Señor de los Tristes”, nombró al buen Don Quijote en su Letanía inolvidable el enorme Rubén Darío, renovador del idioma, quien hace poco sin mucha pena y con poca gloria cumplió su centenario de haber pasado a la inmortalidad.

Tanta ha sido la herencia de Don Quijote, que nos llega poderosa hasta hoy, como el Protector de los Débiles, el Señor de los Soñadores, el Patrono de los Utópicos incurables, el Apóstol de los Desheredados, el Rey de los Necios. Quizá por esa razón, en un momento definidor de una nación que trataba de nacer y todavía no acaba de hacerlo, un ardiente tribuno culminó una oración de firmeza y confianza cuando las nubes eran más oscuras y más lejana parecía la luz, declarando a su caballeresco oponente con frases que recordaron las palabras del hidalgo manchego: “Sí, Caballero de la Blanca Luna, podré reconocerme derribado; pero jamás me harás confesar que no es la más hermosa dama que vieron ojos humanos, la que yo venero y bendigo desde el fondo del corazón atribulado.”30

Un cronista que reporteaba desde el recinto, al oír esa quijotesca alocución tomó su pluma de inmediato y dejando su libreta de notas, sobre unas hojas del papel timbrado del propio Senado, compuso de un tirón un soneto que aparecería publicado tres días después31. Su nombre era Enrique Hernández Miyares, y el soneto lo tituló, precisamente, 

La más fermosa

Que siga el Caballlero su camino,
agravios desfaciendo con su lanza:
todo noble tesón al cabo alcanza,
fijar las justas leyes del destino.
Cálate el roto yelmo de Mambrino
y en tu glorioso rocín altivo avanza:
desoye al refranero Sancho Panza,
y en tu brazo confía, y en tu sino.
No temas la esquivez de la fortuna:
si el Caballero de la Blanca Luna
medir sus armas con las tuyas osa,
y te derriba, por contraria suerte,
de Dulcinea, en ansias de la muerte,
¡di que siempre será la más fermosa!

Es el mismo soneto que recitó Dulce María Loynaz al recibir en Alcalá de Henares el Premio “Miguel de Cervantes”, con la misma decisión cuando fue concebido, noventa años antes.

Desde entonces, y aún antes, hasta hoy, nuestro señor Don Quijote sigue cabalgando por estas tierras.

Notas del artículo

  1. Hoy se debate si fue en 1549, hipótesis que según algunos debe considerarse.
  2. Actualmente se discute si fue aquí o en el pueblo de Sanabria, en León. Vid. Nota 11infra.
  3. Cuzco, con “Z” y no con “S”, como incorrectamente se ha puesto de moda: es un mal asunto cuando la ideología se introduce artera en la gramática. Así lo ha demostrado, contundentemente, Rodolfo Cerrón-Palomino en su estudio “Cuzco: la piedra donde se posó la lechuza. Historia de un nombre”. Lexis XXX.1 (2006): 143-184. Agradezco la referencia a la amiga y colega española Rosario Navarro Gala, peruanista de la Universidad de Zaragoza.
  4. Exactamente, 9,226.47 kilómetros entre Madrid y el Cuzco.
  5. Es rigurosamente cierto que en alguna ocasión un escultor recibió el encargo para hacer una estatua de Cervantes, y suprimió su brazo izquierdo por entender que era cabalmente “manco”.
  6. En España se realizó el ajuste de restar 10 días, del 4 al 15 de octubre de 1582. En las posesiones españolas de América se hizo exactamente un año más tarde.
  7. Según el Instituto Cervantes, en el año 2015 habían 559 millones de personas hispanohablantes en el mundo, como lengua nativa o adquirida. Ver: Wikipedia. Portal: Lenguas. Anexo I: Lenguas por número de hablantes nativos; Anexo II: Idiomas por el total de hablantes.
  8. Esto es parte de una investigación que estoy realizando, y de lo cual brindé un avance en el periódico mexicano La Razón, 8 de febrero de 2016, pp. 24-25.
  9. Fernando Muñoz Altea, Los firmantes del Acta de Independencia de la América Septentrional (1813) y del Acta de Independencia de México (1821). Sus semblanzas. Prólogo: Mariano González-Leal. Monterrey, Grupo Impresores Unidos, 2014. pp. 144-145.
  10. En realidad, lo correcto es GOME, que es un nombre antiguo, muy utilizado entre los godos y visigodos, con su origen germánico, como “Guma”, que significaba “hombre”. Hubo varios guerreros con este nombre –que después deriva en apellido patronímico- entre las huestes del primer Rey de Asturias, Don Pelayo.
  11. Algunos estudios recientes apuntan a ello, como los libros de Santiago Trancón (Huellas judías y leonesas en el Quijote: redescubrir a Cervantes. Madrid, Punto Rojo Libros, 2014) y César Brandariz (Cervantes, el hombre que “hablaba difícil”. Madrid, Ézaro Ediciones, 2010), aunque ambos han sido muy debatidos y cuestionados.
  12. El Cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, Obispo de Burgos, envió al rey Felipe II alrededor de 1560 el memorial conocido después como Tizón de la nobleza española, donde relacionaba pormenorizadamente la presencia de judíos entre las más encumbradas familias aristocráticas españolas de la época. Hay una edición moderna: Introducción, Versión paleográfica y Notas: Armando Mauricio Escobar Olmedo. Prólogo: Fredo Arias de la Canal. México, Frente de Afirmación Hispanista A.C., 1999. 236 pp.
  13. “El barril de amontillado” (1834).
  14. El gran impulsor de las Bodegas “Alvear”, que siguen siendo las principales de la zona, fue Don Francisco Gabriel Agustín de Alvear y Gómez de la Cortina, hijo de la veracruzana María Joaquina Gómez de la Cortina y Rodríguez Rivas (nacida en Xalapa en 1834), quinta Condesa de de la Cortina e hija de “nuestro” Conde, tan celebrado por sus buenas obras en México. Tan mecenas como sus ancestros, en los años 50 del pasado siglo, los Condes de la Cortina adquirieron la Casa del Inca Garcilaso en Montilla y la obsequiaron a la municipalidad para convertirla en museo, como se conserva hoy.
  15. Vid. “Política de la nación. El proyecto del Inca Garcilaso y de Mariátegui en el Perú de hoy”. Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 537, 1995. pp. 61-82.
  16. The Life and Death of King Richard III, escrita entre 1591 y 1592, y publicada en The First Folio en 1623.
  17. Aunque es común llamarlo así, el Quijote de Avellaneda no se ajusta a la definición de “apócrifo” que ofrece el DRAE.
  18. Tampoco aplicaría llamarlo “pseudo” (“falso”) pues en primer lugar es tan real como el otro y nunca pretendió pasar como su sustituto.
  19. Ambos se decían vinculados con la Casa de Feria.
  20. En 1786, Jacinto María Delgado publicó sus Adiciones a la historia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, obra muy rara, pero de la que puede examinar un ejemplar hace años.
  21. El militar gallego Don Luis Otero y Pimentel, Gobernador de la ciudad de Manzanillo en Cuba, publicó en La Habana (1886): Semblanzas caballerescas o Las nuevas aventuras de Don Quijote de la Mancha, donde reflejaba el desorden y la crisis que tanto en lo político como en lo administrativo imperaba en la isla antillana.
  22. Daniel Eisenberg y Mª Carmen Marín Piña, Bibliografía de los libros de caballerías castellanos. Zaragoza, Prensa Universitaria de Zaragoza, 2000. 515 pp.
  23. “Ladran” (“Kläffer”), 1808.
  24. José Martí, “Nuestra América” (1891).
  25. Vid. “Baldomero Villegas, crítico esotérico del Quijote”, de Carlos Romero Muñoz, en Desviaciones lúdicas en la crítica cervantina, Eds. Antonio Bernat Vistarini y y José María Casasayas (Salamanca, Universidad de las Islas Baleares, 2000).
  26. Realizada por el impresor Mariano Arévalo (establecido en la Calle de la Cadena Nº 2), en 5 tomos en octavo menor, con 1,588 páginas y numerosas “láminas de primera,” según Enrique Fernández Ledesma (Historia crítica de la tipografía en la ciudad de México. Impresos del siglo XIX. México, Ediciones del Palacio de Bellas Artes, 1934), a esta le siguió otra más lograda, la de Ignacio Cumplido, en 1842, con 458 páginas e ilustrada con estampas litografiadas, de Mafse y Decaen y dibujos de Heredia y Blanco. Vid. Rafael Heliodoro Valle, “El ingenioso hidalgo en México”, Revista Cervantes (La Habana), Año XIV, Nº 2, febrero de 1939.
  27. Los libros del conquistador. 1ª Edición española: México, Fondo de Cultura Económica, 1953.
  28. Francisco González Marín, El “Quijote” y Don Quijote en América. Madrid, Sucesores de Hernando, 1911.
  29. Según Augusto Vallejo de Villa, se trata del “Inventario de los bienes de Sor Juana”, que la sorjuanista Teresa Castelló Yturbide presentó en el Congreso Internacional sobre la monja en el Claustro de Sor Juana en 1995, con la ponencia “Encuentro entre el conde de la Cortina y el capellán del convento de San Jerónimo”. Al parecer este documento estaba en la papelería del conde desde 1843.
  30. Manuel Sanguily, “Discurso en el Senado de la República de Cuba, el 28 de marzo de 1903, respondiendo el discurso de Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, sobre el Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos de América”.
  31. El Mundo, La Habana, 1 de abril de 1903.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.