Lo recuerdo irreverente, bohemio, aprovechando al máximo su condición de actor para leer ante una multitud de admiradores aquellos poemas de El correo de la noche con los que ganó el Premio David en 1988 y el de la Crítica ese mismo año.
A pesar de su cercanía con el coloquialismo, Dopico dinamitó el panorama lírico de los tiempos en que hizo entrada en la poesía cubana con un ingenio verbal, un poder de fabulación y unas insólitas metáforas que lo convirtieron en uno de los más populares poetas de la época.
Marilyn Bobes, escritora cubana.
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(Del libro inédito «Contrarcadia»)
GANAS DE LLOVER
Uno se pone feliz y una camisa hablada y se va por ahí a que tiemble
la noche.
La noche es quién.
Las luces de la ciudad esconden más que la oscuridad a un perro triste.
Uno va a que lo palpen las estrellas,
a que la luna busque en el bolsillo la moneda que falta.
Está feliz y en las terrazas el murmullo nos hace andar como un murmullo.
Do si la sol. Fa mi re do. Es hermoso andar y nunca detenerse
aunque la ciudad se haga lejana.
La noche es quién. El camino el extravío.
Uno no va a detenerse. Algún día estará el mar
y caminaremos sobre el mar. Habrá otra tierra. Vendrán otras montañas.
Otros pastores descubrirán su muerte en una tumba brusca.
Uno ya se puso feliz y cuando se acaben los océanos y la tierra
irá más allá. Detenerse puede ser un error.
Afuera habrá tanto extravío como los pasos quieran.
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(Del cuaderno inconcluso «Dinosaurios en flor»)
LAS MANOS
Yo tenía unas manos de puta casi feliz.
Unas manos tremendas de macho delicado.
Buenas para el tacto de los pechos recientes.
Con ellas me aferré a la ventisca
y sobreviví a una lágrima lenta, acusatoria.
Esas eran mis manos
antes de que el tiempo pasara un día,
en un descuido, sobre ellas.
No hay migas de pan ni piedras
que me puedan hacer regresar a aquellas manos.
Lo digo sin tristeza.
Hoy las he mirado
como si pesara en ellas el cráneo de alguna cosa olvidada.
Buenas manos mías. Quién sabe
adónde fueron las otras manos que apretó
como el niño que limpia las gafas vacías del abuelo.
Quién sabe qué será de aquellas manos mías
tan buenas y dóciles y amargas.
Alguien me ha dado estas,
un poco menos limpias.
Pero me tienen que servir en la poca traición que ya me queda
y para decir adiós y dar los buenos días.
ME MORIRÉ EN MADRID…
Me moriré en Madrid, con aguacero,
un día tal con una tal muchacha.
Será un día cualquiera: así morimos todos,
y habrá cerca de mí
la estatua de un marino
y alguna pobre gente con tarjetas de crédito.
Cerca de mi muerte estará lejos
tanta gente que amé, tanta gente que amo.
Quizás no llueva en Madrid el día de mi muerte.
Es posible que esa luz que solo tiene Madrid esté por todas partes.
Que ni siquiera una nube encienda a alguna abeja, golpee con su soga.
Es posible que cierre los ojos finalmente
mirando cómo cae el cielo de Madrid sobre personas, perritos, taxis,
brujas y corbatas.
Aunque no llueva la muerte siempre llega un día tal,
puntual para sus fechas y sus horas.
No hace aspaviento alguno.
No elige a la muchacha que duerma entre mis huesos húmeros.
Pero no quiero morir sin cumplir con las tristezas que me esperan,
con los momentos felices que me faltan por reír.
Nadie quiere morir. Ni los suicidas. Ni los que ya no pueden
más en su cama de hierro y mordedura.
Ni tú ni yo queremos volar hacia la altura
donde viven el siempre o el jamás.
