Maribel Feliú (Holguín, 9 de diciembre de 1963). Poeta y narradora. Integró la AHS. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo el premio Nacional Regino Boti de Guantánamo (cuento, 2007) y el Premio de la Ciudad de Holguín (poesía, 2009). Aparece en Mar por medio (poesía, España, 1998), Comme les dix doigts/De las manos (poesía, 1999), Libro de Celestino (cuento, 1999), Té con limón (cuento, 2002), Catálogo de Ediciones Holguín. 1986-2006 (2006), Memoria de los otros (cuento, 2006) y Alquimia de las islas (Nueva Zelanda, 2008). Ha colaborado en Ámbito, Amanecer y Catedrales de hormigas, y en Norte (México).
Ha publicado los libros: Los pájaros inmortales (Cuento, Ediciones Holguín, 2005). Su libro más reciente es la novela La extraña familia, publicada en Estados Unidos por la editorial NeoClub Press, en 2016.
—**—
Quimbombó que resbala pa la yuca seca, repite Judit con desdén. La yuca se está quemando. Ángel puede ser la salvación, dice ella mientras golpea la radio y cae desfallecida. La yuca se está ablandando, todo es cuestión de gestionar dos onzas de aceite para que las yucas resbalen como Dios manda. El negro está cocinando. Dos onzas de aceite que el Ángel vende a dos pesos cada una. Ni siquiera eso tiene en su cartera. Golpea la radio. Tener que ir a parar en manos del Ángel fanfarrón. Cómo decirle que necesita comprar su aceite. Dirá que le deben un dinero que con seguridad le pagarán mañana. El fanfarrón sabe que el mañana no existe. Cobrará dentro de unos días y… la yuca de Casimiro. Ahí sigue debatiéndose Judit, y golpea la radio sin parar.
Sus ojos desentrañan sombras, soledades, su propio Apocalipsis. “Crecerse ante las dificultades”. Nombrar. Nombrar. Y nombrar. Perder el equilibrio. Volver a caminar por la misma calle. Olvidar. Quedarse. Observar el pavimento húmedo. Dormir con un tambor de fuego en la memoria. ¿Y las yucas, Judit? Regias… La yuca se está pasando. Un negro abismal asoma la cabeza. Casimiro debió ser uno de esos negros que llevan un trozo de cielo en la mirada. Un hermoso trozo de noche. Instintivamente negro. Un negro en el tablero brotando como la espuma. Una fiesta memorable. Recordar. Caer. Hundirse. Hundirse, hijo mío con tanto silencio en la mirada. Allá en la esquina está la casa de Ángel. De un ángel que sentencia y aplaude. De un ángel que suicida ángeles. En su portal ululan jóvenes victoriosos que van hacía un futuro mejor. Jóvenes que huelen a náufragos. Inmersos en su juego. Juegan al blanco y al negro Cazan. Violan. Sueñan. Se burlan. Envidian al viejo, por sus arrugas, por el portal, por el aceite, y por su yuca. Ángel trae la yuca de Casimiro ahí, colgando como un Arcoiris. El negro está cocinando. Golpea la radio. Se mira. Camina. Se detiene bajo la demasiada luz.
Absorta en el manjar de sus yucas. Socias muy listas. Amigas. Judit va a morir un día atragantada por una insondable yuca. Golpea. Sale. Entra. Traga. Golpea. Niega. Va hasta la cocina, las yucas están duras. Erguidas. Sonrientes. ¿Judit? ¿Judit?, dicen las yucas temblando dentro de la olla. Judit vuelve a la sala a hurtadillas, teme que las yucas salgan corriendo detrás de ellas. Golpea la radio. Escupe. Cae sobre el sillón. Piensa en Ángel. Quizás el viejo sea amable y los jóvenes futuristas del blanco y el negro se marchen al verme llegar. Y yo, Judit, triunfe, y mis socias muy listas se puedan digerir mejor. Patea. Se arquea. Se hincha. Quimbombó que resbala pa la yuca seca. Horror, dice mirando a las cortinas. Ostra dentro de una pecera ríspida. Soy una maldita ostra. Abre la puerta y la lanza con toda su fuerza. Un tirón y ya está completamente cerrada. A su paso por la acera va dejando el vaho caliente de las yucas. Muda bajo el cielo otoñal ovilla su desnudez. Los carros la siguen. Los balcones la buscan. El tiempo lleva cuerdas atadas a su rostro. Ella se arregla la blusa. Los dedos repasan sus cabellos. Los amoldan. Los jóvenes la saludan. Ángel la recibe animadamente. La invita a pasar, le brinda una taza de café. Luego de desliza por un pasillo interminable con pronta ligereza. Los muchachos del futuro deciden partir con impaciencia, antes de marcharse observan a Judit con mirada de acero. Esperan algo, deduce la Yuya. El futuro espera algo de mí, mientras se desembaraza en el sofá Existe un sueño más allá que calla y sangra. Un deseo infinito de violar las aguas. El futuro se ha ido con su casaca de hombre nuevo .El futuro ausente, ajeno, solitario. Judit aprieta un pomo que trae entre las manos. Alisándolo aún más. Quisiera romperlo y correr. Pero se incorpora íntegra. El café ya está sobre la mesa de cristal. Quimbombó que resbala, se acomoda la saya. Ángel no la escuchó. La mirada de la muchacha es triste. Se ve aturdida. Nerviosa. A Ángel le sobra el silencio para comprender que el pomo es la prueba, no hacen falta las palabras. Se balancea con elegancia y siente todo el frescor del atardecer temblar dentro de él. Bebe, le dice. Ella sorbe un trago y otro. Piensa en su vecino. El Ángel confiará que algún día podrá pagarle. Y hasta le agradecerá que haya ido a molestarlo, en fin, que no es molestia.
Ángel recobra ese aire de gran señor, de hombre equilibrado dando de comer a las criaturas más frágiles. Fuente de luz inagotable. Judit le da vueltas al pomo. Quiere morderlo. Lanzarlo contra los ojos del negro barbudo. Coger cada pedazo de cristal e incrustárselo en el rostro. Devorar la mirada de Casimiro. Las yucas. Te voy a llenar el pomo de aceite, muchacha, y no vaciles en regresar, ¿para qué somos vecinos? Judit siente frío y sin embrago suda, piensa en las aguas, en el estancamiento de las aguas. Permanece ahí, sujeta al brazo del asiento con firmeza. Ángel alarga sus manos, siente cómo el pelo finísimo de Judit se desvanece entre sus dedos, y hasta le dice: no temas, no te haré daño.
Él comienza a desabrochar su blusa. Judit ofrece resistencia. Sí, no seas malita, sólo quiero contemplar tus luceros. No, no, dice Judit. Mira, te juro que no va a suceder nada. Vamos, no seas boba. ¡Judit, qué senos tan bellos! No, no, te dije que no. Son un encanto tus pezones. Que no. Sí, no seas idiota, te gusta como a todas. Por favor, déjame. Voy a chuparlas, y ya verás cuando sientas la potencia de mi boca. Querrás más y más. Suéltame.
Él se suma al cataclismo de los pezones de la muchacha. El futuro atisba por las celosías. Ya, coño, no. Ángel moldea sus senos de estrella. Judit se ahoga en la elástica boca de Ángel. Y su boca es un pozo que se traga sus pechos. Vamos a la cama, chica. No, no, murmura Judit con voz casi ininteligible. Y su no obliga a llevarla hasta la cama. El futuro le abre las piernas, mientras toca con fervor su portentoso músculo. Judit trata de apartarlo. No. No. Y Ángel quiere que siga diciendo que no. La pepa de la Yuya crece como un pino. El futuro se espanta, vuelve a las celosías. La pepa es dulce y suave. Aprisiona su cabeza y murmura no, no. Se mueve con discreción. Así, nena, dice el futuro y ríe. Ángel es un experto en pepas. El futuro es de hierro. La cabeza del futuro saluda agradecida. Los jóvenes juegan en la azotea, se vierten, disparan. Mueren. La yuca de Casimiro es mucho más grande de lo que podíamos imaginar. El negro está cocinando. Judit continúa en un movimiento frenético y grita: No, no. Pero no debes, Judit, se dice a sí misma. Ángel estruja la yuca de Casimiro contra las sábanas. El futuro le guiña un ojo. Los muchachos van por una novena. Sus ríos descienden. Cultivan yucas. Y yucas. Yucas regordetas y largas, aromáticas. La cabeza de Ángel empuja, la del futuro, la de los jóvenes en la techumbre. Todas las cabezas solidarias entran en la pepa. La pepa es una socia divina. Casimiro se prepara. Empínate, dice. La muy lista abre más y más y mucho más las piernas, y dice no, no. No sigas. Sí, verás lo rico que resbala. Se abalanza contra su ternura y ahí van por el túnel. Ángel. Casimiro. Los jóvenes. “Unidos y fuertes”. Por el mismo camino. Todos los caminos conducen a la pepa. Judit dice no. No. Las uñas de la Yuya parecen garras que se clavan en el porvenir y dejan sin casaca al hombre nuevo. Quimbombó que resbala. El negro está cocinando. La yuca se moja. Ángel se queda sin pulmón. Los jóvenes se dan las manos, elevan sus pingas. El futuro va en busca de Casimiro. El Ángel fanfarrón resopla. Ella dice: Oh, no, no, no.
Judit recuerda que ha dejado las yucas en la hornilla. Se viste con urgencia. Ángel le acerca el pomo de aceite con gesto cariñoso y risa de hombre nuevo. Su barba parece restaurada como si los años se hubieran esfumado. Ella sonríe dulzonamente, aunque en su mirada aún quedan vestigios de dolor. Y piensa que volverá una y otra vez a encontrarse con el negro.
La Yuya se asombra con una multitud que se aglomera frente a su casa. Por las ventanas ve brotar el humo. Y grita: las yucas. Y corre, pero ya es imposible recuperar algo. Todo se vuelve penumbras.
CARLOS, SABES TÚ QUÉ COSA ES EL AMOR.
¿DIJE AMOR? ENTONCES DIJE MIEDO
Yo: Madame Bovary declaro que fui desvirgada por un muchacho que se creía el centro del mundo. Pobre diablo. Con él nunca conocí el placer. Llegué a pensar que había contraído una enfermedad terrible. El muy bárbaro lo hacia con los gallos. Carlos, tú me hiciste mujer. Tú Rodolphe, me amaste tanto. Dejó de importarte tu madre. Sus teques moralistas. Su rostro de mariposa en desmedro. Te portaste como un héroe cuando te di la noticia de que estaba embarazada. Te di mi interior como ofrenda. Carlos, tú eras el hombre de mi vida. Varón de mil cabezas. Contigo conocí las cosas que pertenecen al reino del espíritu. Hondas praderas iluminadas con tu luz.
Yo te calentaba el agua. Te bañaba. Cortaba tus uñas. Ponía la mesa. Cenábamos. Y ya entrada la noche te mecía en el balance. Te besaba. Ah, tu boca. Bocas sumándose a tu boca. Retoñaban otras bocas ardientes, sensuales. Nuevas. Seguía meciéndote hasta tocar el cielo. Las siete cabrillas. Como pompas de jabón. Nuestros cuerpos flotando entre pompas de jabón. Cortinas. Y el humo subía. Cielo abierto. Los sueños mordían. Me convocaban. Rara ave abriendo sus manías. Afrodita oficiando en las madrugadas. Madame, como en los viejos tiempos. Tus poderes, Bovary, descendieron y volví a Rodolphe al final de una calle vacía. Lloviznas. Bosques. Piedras.
Tú, Carlos, buscabas las revistas. Acariciabas a la rubia que se abría de piernas. Detrás una dama de la caridad y un cura. Las manos del cura se refugiaban con vehemencia en los muslos de la dama. Un negro gigantesco y la rubia sostenían una bandeja con dos copas. El negro brillaba como un cuchillo. Loco por que saltara la sangre. Luego el cura sacaba su insondable lengua y recorría el orificio de la rubia. La hermanita tan caritativa se perdía en el abismal calendario del negro. “Aleluya” dije, hinchada de olores. Con mi vocecita de gorriona salida de la jaula. Tanto te ruborizaba la rubia, que terminabas por hundirte, cabeza y todo, en mi sexo. Imaginaba que el negro me comía a besos. El cura depositaba en mi boca sus latitudes, un poco dormidas en el tiempo. El negro, el cura, Rodolphe, todos como en una procesión. En fila francesa.
Dos pozos distintos en un mismo pozo. Y luego a la mesa, la silla, el suelo, el techo, la cocina, el balcón, el iris. Los muros caen.
Yo subía por el centro humedeciendo tus tetillas. Mordiéndolas. Tensándolas. Enloquecías. Mi puta rica, me cago en tu madre. Decías. Bajaba por tu piel dorada. Tus ojos saltaban. Rebotaban en el techo. Regresaban al mismo punto. Yo entre tus muslos. La pelvis. Tus nalgas. ¿Yo? Madame Bovary, con mi lengua, buscaba tu ano. Tu redondez casi cínica se hacía almíbar en mi boca.
Oh, Carlos, los montes ciegos se volvían a la luz. Sucedían. Se estacionaban. Abarcaban los contornos. Lucían pálidos. Memorables en su interior.
Mis pechos como racimos. Mis senos como la torre Eiffel llegaban al Nilo. Subía al closet. Me lanzaba de fly para caer atravesada por tu espada. Tú, como Maceo. Con el machete en la mano. A la carga, al combate. “Zona franca”, gritabas. Yo corría desnuda por toda la casa.
Con un juego de plumones le dibujaba los ojos y la naricita a tu pene. Tiempo mío. Le cosía ropitas como si fuera un muñeco. Mi muñeco. Me abrazaba a él. Me dormía arrullándolo. Cantándole una canción de cuna.
Mi barriga creció lentamente. Como todas. Charles me prohibió hacer el amor. Tonto medicucho. Aún así yo te masturbaba con la boca. Las manos Los muslos. Los pezones. Los oídos. Los pies.
Te ibas a beber con los amigos. Yo, tan inocente. Yo, siempre tan inocente. Te vestía con la mejor ropa. Te perfumaba. Te peinaba. Yo, como una inocente, escribiendo sobre la almohada. Poco original para mí gusto. Yo, con un brillo fatal en la mirada. Yo, con un brillo fatal para que me amaras.
Carlos Rodolphe. Cómo te fuiste a parar en manos de la jabá sin nalgas. Ni caderas.
CARLOS, HACE MUCHO TIEMPO QUERIA DECIRTE: ERES UN CABRÓN. QUIERO QUE MUERAS. QUE TE COMAN LOS GUSANOS. HIJOEPUTA, COÑO. TÚ NUNCA SUPISTE QUÉ COSA ES EL AMOR.
Encontré en el refrigerador de tu casa un nylon, con tu nombre y el mío de espaldas. Borra de café. Sal. Peonía y pendejera. Cosas de tu madre. Lloré noches. Madrugadas. Siglos. No me creías cuando te decía que tu bruja madre me obligaba a tomar cocimientos de polvos y hojas extrañas. Por eso creo, Carlos de mierda, que nuestro hijo nació enfermo del corazón. Y tú, entretenido, como siempre. Claro, para tus conveniencias.
CARLOS, MARICÓN
Bovary
Celebramos nuestro primer aniversario. Me sentía feliz, la alegría como un festival saliendo por los poros. Pensé que las batallas emprendidas contra mí se habían acabado. Fuiste al baño. Tu loca hermana me dijo: “Yo no sé qué se va a hacer Carlos si la preña. Tendrá que casarse”. ¡Y yo, la idiota. La princesa. Me cayó un bloque de hielo encima. Algo se había alojado en mí estomago… fiebre. Un perro. Un orangután. Los conejitos de la India invadieron mi barriga. Vomité pájaros. El Olimpo y sus dioses. Mi otro yo masticando mis vísceras. Yo, la caritativa. Afrodita exprimiendo mi vestido. Mi sudor se abrió paso entre las gentes. ”Longina seductora, cual flor primaveral, te comparo con una santa diosa”. ¡Diosa! Cuando hacíamos el amor y me decías: Alejandra, come. Alejandra puta. Alejandra ángel. Alejandra mía. El nombre de ella se instalaba en mi cabeza. Podrías ser tú tan simple como para hacer con ella lo mismo que hacías conmigo. Dónde dejabas el paraíso que habíamos construido con las manos y el alma. Los castillos se desmoronaban.
Continué peinándote. Perfumándote. Cortándote las uñas. Bañándote. Meciéndote. Succionándote. Acariciándote. Limpiándote las nalgas. Poniéndote las ropas. Pintándote el pene. Arrullando tu pene. Cantándole a tu pene. Haciéndole lazos a tu maldito pene. Mi muñeca, pene.
Mis dotes de hembra cayeron sobre ti como un arsenal. Eso para que supieras, cojones, lo que es una hembra encabritada. Mis amigos me decían: comemierda. Bobalicona.
CARLOS, ME CAGO EN TU MADRE
Alejandra Bovary
Conocí a un hombre con la barba helada por los años. Me hizo saber que mi cuerpo valía por miles. Yo la diosa “cual flor primaveral”. Yo, Afrodita. La bella del Alhambra. A mí también, como a Emma Bovary, se me había ido la vida en pagarés. Aprendí a beber como una desquiciada. Comencé a darle a la yerba. Yo, estupefacta, me empastillaba. Obtenía lo que me daba la gana y como diera la gana. El viejo me permitía salir por las noches con mis amigos. El sabía que yo no me dejaba tocar ni un pelo por aquellos frikies.
Pasaba largas horas escuchando tus canciones y las mías:”Let it be”. “Let it be”. O Let it be. Corría a caerle a botellazos a la cabina para romper los cristales. Quiten eso, carajo. Gritaba. Con las uñas me rasgaba la ropa. La piel. Mis entrañas. Me miraban como si fuera un bicho. Un animal raro. Un alien. Los amigos me tiraban sus camisas, me sacaban por el fondo antes de que la policía llegara. Yo los escupía. Malditos sean. Les arrancaba el cabello. Sus cabellos y los míos.
Me tatúe el cuerpo con tu nombre. Mi cabeza rapada. Los párpados. Los labios. Las orejas. Las venas. El alma. No quedó un resquicio en mí que no tuviera tu nombre. San Carlos Diablo, te puse vasos de agua con hojas de abrecamino, vencedor y salvia. Velas. Tabacos y aguardiente de caña. Cuba mía. Te bailaba desnuda. Desafiante. Ah, la anchura enigmática de mis caderas. Mis muslos sobre tu rostro. Mis dedos desesperados. Únicos. Manantiales. Ríos. Mar. Un líquido transparente se adueñaba de mí. Descendía. No tenía manos con que asistir aquel advenimiento. Ah, con mi palidez de la ladea al mundo. Oler. Deleitarme en mis olores. Luego recorrerte con una agonía casi mágica. Nombrarte. Pedir que regresaras mío. Unicamente mío.
Con el viejo era distinto. Se untaba el pene de coca. Me lo untaba a mí también. Veía crecer su trozo como el de los caballos. El mío como el de las vacas. El tipejo me amarraba y su éxtasis quedaba impregnado en mi piel. Era flecha. Eso sí, nunca dejé que me besara en la boca. Nada más de imaginarlo me producía náuseas.
Llegué a tu casa con oro hasta en las nalgas. Y el niño. Tu niño cabrón con un juego de marinero. En mí cartera unos versos para ti. Poemas. Cartas de amor para mí hombre. Rodolphe. Te entregué mi corazón roto. El miedo de perderte. Todo se hizo silencio. La humedad cortó mi respiración. Yo, desnuda, sin más equipaje que mi cuerpo. Madame Bovary. El pasado y yo retornando torpemente ante tus ojos. Ojos que ya no eran morados. Ni grises. Ni café. Mirada ausente de esplendor. Grietas. Los pájaros se ahuyentaron, escapando quién sabe a dónde. Imposible creer en el fuego, en las grandes ciudades del buen vino y el pan.
Tú, frente a mí, sin más opción que la de salvarte. Cuando di la espalda, mis cartas fueron a parar a la alcantarilla. Insistí. Me puse un short que llegaba a la punta de Maisí. Isla mía. Yo iba a allá, a donde el mundo es un laberinto. Allá, a donde las fieras se despedazan por un pedazo de luz. Te ponías nervioso. No decías ni media palabra. Me mirabas con rabia, celos. Ella, la víctima, se iba tan jabá como siempre.
Al regreso, por las calles solitarias, te imaginaba vestido de novio. Yo, con mi traje blanco de inmensa cola que se adueñaba de todo el palacio. Flores caían sobre nosotros. Rosas, como las que nos regalábamos. El rosal, Carlos. Y aquella vieja que nos sorprendió, gritándonos millones de insultos, que nos iba a acusar de ladrones.
Tú, en tu orgullo de macho herido, me hacías cosas tan absurdas como esperar que el barrio se durmiera para dejarme entrar en tu cuarto. Salir antes que despuntara el alba. Te reducías en tu orgullo. Eras cenicero de tu orgullo. Eras momia. Comenzaste a beber como un tarado. Me golpeabas. Me dabas patadas por la cabeza. Los senos. El vientre. El corazón. Ah, hijoeputa, yo vomitaba hasta la sangre.
CARLOS, DESGRACIADO, TÚ NO TIENES ALMA
Alejandra Bovary
El anciano inventó un viaje a las Parras con el firme propósito de comprar una pistola. Y meterte plomo hasta en el culo. Bien que te lo merecías. Tú, el blanco perfecto. Lloré. Rogué. Imploré. Tú, cacho e cabrón, el padre de mi hijo. Yo, para ti, una extraña.
“Te comparo con una santa diosa, ofrendándote con notas de mí lira”. Música de fondo. Tan fastidiosa como yo. Bah, la Longina esa debió haber desgarrado a un negro bien grande en medio de la plaza.
Con una tiza verde escribí en el techo y en las paredes. QUIERO MATARME. Y como no encontré otro sitio, escribí encima de mis tatuajes. Fumaba sin parar. No comía. No dormía. Decidí tenderme en la cama a esperar la muerte.
Como la gran Bovary, eché dentro de un vaso con alcohol diez sobres de pastillas. Claro, al estilo siglo XX. No soy tan tonta.
Enormes pájaros negros vinieron a buscarme. El cuervo. Los cuervos. Tuve miedo. Mucho miedo. Hacían un bullicio espantoso. Me obligaban. Dónde está mi niño. Mi muñeca pene. Mi pene muñeca. Bovary. No encuentro la salida. Qué cosa es este lugar. No me piquen. No me saquen los ojos. Hay alguien aquí. Hay alguien aquíiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Mami, oh Dios, qué me pasa. Adónde me llevan. Tengo frío. Ayúdenme. Quiero regresar a casa. Quien soy. No puedo caminar. Me pesan los pies. El mundo. ESTOY MUERTA. Oh, Rodolphe. San Carlos. Me orino. Me duele el pecho. Mami. Afrodita. ¡Por Dios! Donde estoy. Me hago caca. Madame Bovary, sálvame. No quiero morir. Ahora no. San Carlos. Mi muñeca rubia te amo.
SAN CARLOS, ¿ALGUNA VEZ NOS AMAMOS. QUÉ COSA ES EL AMOR?
Alejandra Bovary
