Memoria de una escuela podrida

Eduardo Parra Ramírez

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Aquella mañana de agosto de 1994 en que fui por primera vez a Atizapán para dar clases de cine, todavía nadie hablaba del famoso video. Había recibido una llamada telefónica de mi hermano que era director de una preparatoria. Me invitaba a conducir los talleres extracurriculares. Acepté porque a veces, cuando me invitan al infierno acepto, aunque no se llamen Virgilio.

Abordas un microbús que diga Bonfil, dijo mi hermano. Y a continuación me largó una serie de indicaciones que se habría ahorrado sólo con decirme: cuando percibas un fuerte olor a mierda es que estás en las proximidades del río. Te levantas y le dices al chofer bájeme en la Cruz Roja. Enfrente estaba la escuela.

Mi primer contacto con el espíritu que reinaba en ese establecimiento fue durante mi debut como maestro. Después de una clase confusa, bajé por una de las tres escaleras del plantel. Me embarré la mano con la mierda que alguien había untado en el barandal. Miré mi mano horrorizado como el personaje de la película Mad Max al que le han cercenado tres dedos. Supe que había ingresado en una suerte de inframundo.

Desde entonces, esa escuela no dejó de sorprenderme. Después de una semana de viajar del Toreo a Atizapán en microbús, uno cree que ya lo ha visto todo. Pero entonces vino el escándalo del video.

 

Es como un sueño, como si hubiese estado ahí. Dos jóvenes ladrones entran a una casa en penumbras. Uno de ellos dirige la luz de una lámpara sorda hacia un altar consagrado a las Chivas del Guadalajara. Hay banderines, chivitas de peluche, un niño Jesús portando el uniforme, vasos y al centro una fotografía del equipo, de la época en que Benjamín Galindo era jugador y no había nada de qué avergonzarse. La luz de su lámpara busca en varias direcciones. Por fin, se aposenta en un mueble con rueditas que soporta un televisor y una videocasetera.

 

Después de que me habitué a la sagrada vida académica, hice amistad con algunos maestros que, luego de un periodo de recelo por ser yo hermano del director, me tuvieron por fin confianza. En particular, trabé amistad con dos jóvenes profesores: Núñez y Meléndez.

Núñez era un enjuto pasante de ingeniería que daba clases de computación. Era famoso por sus discutibles métodos de enseñanza y control de grupos. Por qué no me respetan, decía suplicante a sus alumnos, respétenme. En ciertas ocasiones, cuando conseguía un poco de atención de éstos, anunciaba solemne: de acuerdo al programa de estudios, yo tendría que esforzarme por que ustedes aprendan un lenguaje de computación, pero eso sería como darles margaritas a los cerdos, de modo que aprenderán a prender y apagar la computadora. Así que por favor, durante los próximos cuarenta y cinco minutos, prendan y apaguen su máquina, préndanla y apáguenla. Si lo hacen bien, la próxima clase les pongo un videojuego.

Meléndez era pasante de historia. Su dura voz de norteño contrastaba con la delicadeza de su carácter. Era extremadamente pulcro y responsable. Tenía fama de buen maestro. Su debilidad eran las mujeres; en particular, las feas. A este desarreglo de la conducta lo bauticé como horrofilia, cosa que a él lo complacía mucho. Meléndez y yo solíamos apostarnos en un punto estratégico del tercer piso del edificio central para observar las conductas de la comunidad. Yo ponía especial interés en los rituales de apareamiento de la especie de tercer grado y en el laboratorio de agresividad que era el patio cuando éste era ocupado por la especie de segundo grado. Meléndez miraba a las alumnas. Mira aquélla, cosita buena, decía. Y de manera invariable se estaba refiriendo a la menos agraciada. Salía con muchas alumnas y con varias maestras. ¿Vas a salir con Idania, cabrón?, le decía Núñez, ¡es Benito Juárez con peluca! Es casada, contestaba Meléndez, qué bonita es la mujer casada.

Había una maestra con la que Meléndez soñaba. Pongamos que se llamaba Silvia. Era una mujer de una fealdad tan intensa que cualquier descripción la traicionaría. Cuando nos la encontrábamos en el patio, mi camarada la saludaba con excesiva zalamería y luego en voz baja, mientras la miraba alejarse, me ponía al tanto de todas las cosas que le pensaba hacer cuando la tuviera en la cama. O en el coche. Aquí conviene agregar que, para economizar, Meléndez sólo llevaba a sus conquistas al hotel en la primera salida. Las demás veces las sacrificaba en el asiento delantero de su Topaz, tras haberse internado un par de kilómetros en el bosque de Tlazala.

Pero Silvia nunca le hacía caso a Meléndez. Lo más que llegó a ocurrir fue que nos invitó a comer a su casa. A los tres. Nunca olvidaré esa ocasión. Su casa era un santuario dedicado a las Chivas. Comimos chiles rellenos de queso en platos que llevaban impreso el escudo del club. Bebimos Jarrito de tamarindo en vasos esmerilados con la cara de una chiva, etc. El fanático era el marido, un hombre tan alto como taciturno. Después de esa comida, Meléndez se obsesionó con Silvia. La esperaba hasta dos horas a que terminara sus clases, le escribía mensajes en papelitos, le compraba golosinas. El asedio era descarado. Toda la comunidad estaba al tanto. Pero Silvia, en términos de Núñez, no se mochaba.

Llegó uno de los ocho fines de semestre que viví en esa escuela. Es la temporada en que los alumnos rompen el cochinito para pasar sus materias. Una divertida temporada en que los profes citaban a sus alumnos en el estacionamiento del almacén cercano o en el jardín de Atizapán. Éstos depositaban botellas de licor en las cajuelas abiertas o deslizaban sobres con billetes en las ventanillas semicerradas o incluso introducían voluminosos bultos en los atiborrados asientos traseros de los autos de sus mentores. Había profesores que tenían un tabulador de equivalencias para que los alumnos supieran con exactitud cuánto dinero había que dar a cambio de los puntos requeridos para no reprobar o bien cuántos y qué tipo de productos se precisaban. Invariablemente, Jhonny Walker derrotaba a Baldor.

Meléndez y yo gozábamos de una justa fama de incorruptibles. No así Núñez cuya cerradura del alma era quebrantable. Cada semestre hacíamos pronósticos sobre cuánto nos ofrecerían. Cuántos jóvenes elaborarían propuestas tales como “Pongo a su disposición este recurso para que lo emplee en lo que mejor convenga”. Cuántas muchachas dirían “Profesor, le pido que me vuelva a aplicar el examen, y le digo que estoy dispuesta a acudir a donde usted me indique”.

Ese semestre ocurrió algo distinto. Había un par de alumnos feroces y retardados. Tenían fama de delincuentes y eran perfectamente incapaces de retener una información académica por más de siete minutos. Con dinero sucio y productos robados cubrieron casi todos sus créditos. Sólo Meléndez y yo obstaculizábamos su egreso de la institución. Lucharon por coimearnos sin resultados favorables; pero entonces uno de los dos tuvo, como el personaje de Torri, una idea propia como un pececito rojo.

Pidieron hablar en privado con Meléndez. Mira, prof, dijo el muchacho mientras se rascaba la nariz con una mano de simio, nosotros no vamos a ser austronautas; el certificado de bachillerato lo queremos para que nuestros padres lo cuelguen en su comedor y dejen de estar chingando. Entonces así va a ser el bisne. Tú nos pasas y convences a tu valedor el filósofo para que haga lo mismo. (El filósofo era yo, porque ya para entonces también impartía la clase de filosofía.) Como pago nosotros te entregamos algo bien perrón. Tenemos, intervino el otro primate, un video cachondo de la maestra Silvia. Sale cogiendo, dijo el primero y elaboró un gesto como quien abre un cajón con ambas manos. No les creo, Meléndez sudaba. Oh, ¿quieres la prueba?, aquí está el video, vamos a la sala de video para ver un cachito; si te satisface y logras convencer a tu amigo, se arma la transa.

Yo era el responsable del salón de video, así que poco rato después de la propuesta, estábamos los cinco (Núñez fue invitado a la función) encerrados en la sala audiovisual. Introduje el videocasete y pulsé “play”. Abrió imagen sobre santuario de las chivas/interior/noche. Silvia embutida en un payasito de ballet ejecuta una danza sensual para la cámara. El resultado es escalofriante. Poco a poco se despoja del payasito. Es como si le quitaran la cubierta a un chocolate derretido. Silvia se desnuda íntegramente. Sin dejar de bailar, toma un plátano y lo chupa con actitud obscena. La imagen me irrita. No sé ustedes, yo a las frutas las respeto. Una mirada de reojo a Meléndez. Estaba como hipnotizado. Núñez se doblaba de risa. Un primate dijo Ya, suficiente. Le entregué el video. Meléndez tardó en reaccionar. Me llamó aparte. Tú y yo siempre hemos sido amigos, me dijo. Sé que eres derecho, como yo lo soy. Nunca te he pedido algo que vaya en contra de tu forma de pensar. Por única vez lo hago. Aprueba a estos cabrones buenos para nada. Necesito ese video.

Entonces, cuando estás en una situación como esa, cuando nunca supiste decir que no a los amigos, se abre un cráter en tu pensamiento. Todos los demonios se desatan y conspiran. A los héroes de mi infancia, me refiero al Cid o a Gilgamesh, siempre los salvó un amigo. Ninguno, que yo sepa, tenía horrofilia. Era una situación inédita. ¿Tú qué hubieras hecho?

 

Desde que renuncié a esa escuela, en 1998, no he vuelto a ver a Núñez ni a Meléndez. Al día siguiente de aquélla función privada en el salón audiovisual, toda la comunidad se enteró de la existencia del video porque Núñez no resistió las ganas de contarlo durante una clase. Que no salga de aquí, cabrones, respeten ese secreto, les dijo. Silvia tuvo que renunciar.

Ese año empecé a escribir una novela basada en los hechos que aquí cuento. Sólo regresé a Atizapán para visitar las ruinas de la escuela, y la tortura del viaje fue la nostalgia. De regreso, a bordo de un microbús que venía de Bonfil rumbo al Toreo, me acomodé como puede en un asiento diminuto y canté sin voz esas canciones de las que todavía me acuerdo porque, al igual que esa filosofía que corrió por las venas de mi época de profesor en Atizapán, sigo convencido de que los caminos de la vida no son como yo pensaba.

Del Autor

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Eduardo Parra Ramírez
Escritor mexicano nacido en 1970. Posee estudios de cine y creación literaria. Su obra refleja una variedad de intereses. Ha publicado cuento, poesía y ensayo. Ha incursionado asimismo en la dramaturgia, la dirección de cortometrajes, el guionismo radiofónico, la música y la docencia. Entre otros reconocimientos ha ganado el premio Ignacio Manuel Altamirano de Poesía por el libro Refractario y el Juan Rulfo para primera novela por La ira del filósofo. También es autor del poemario Palabras sobrevivientes, coautor del volumen Sin mirar atrás. Veinte cuentistas ante el viaje sin retorno y compilador de Vacaciones en escombros. Once recorridos por el cuento adicto. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al portugués y al esloveno. Es maestro fundador de la Escuela Mexicana de Escritores.