Suele decirse del Uruguay que somos menos que un barrio de San Pablo, o que cualquier provincia argentina tiene mayor relevancia que nuestro pequeño país. Y es cierto. Por lo menos en lo que a población y economía refiere.
Sin embargo, ello no era así en cuanto a otros aspectos de una nación que con menos de 200 años fue construyendo su identidad a la sombra de dos hermanos demasiado mayores, grandes y frecuentemente, golpeadores. No lo era, por ejemplo, en los deportes, especialmente el trillado ejemplo del fútbol, donde todavía logramos entreverarnos. O no lo era, esencialmente, en el terreno de la cultura, el conocimiento y el pensamiento. Ningún barrio de San Pablo y pocas provincias argentinas pueden ufanarse de haber parido a un José Enrique Rodó y a un Carlos Vaz Ferreira, por citar dos ejemplos paradigmáticos. En la literatura, más aún. Juana de Ibarbourou, Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández allá en el tiempo y más cerca los Benedetti, Galeano o Vilariño, eran la prueba de una sociedad abierta al mundo y las ideas, donde ninguna corriente nos parecía ajena. Una sociedad que valoraba lo propio sin caer en chovinismos, porque mucho de lo nuestro era también herencia y aporte de los inmigrantes que nos nutrieron.
Aquella proliferación de grandes nombres no significa, en modo alguno, que a cada uno les haya resultado fácil su vida ni hayan gozado de los medios para dedicarse a su vocación en cuerpo y alma. Todos, más aquí o más allá, a su turno debieron pactar con las necesidades más pedestres desempeñando tareas o aceptando compromisos muy poco estimulantes para un espíritu creativo. En el mejor de los casos, alguna de ellas estuvo vagamente relacionada con la literatura -como el deambular del Felisberto pianista de clubes o el fantástico desempeño de Quiroga como improbable Juez de Paz en Misiones- y las más de las veces, ni siquiera eso.
No obstante el tiempo transcurre inexorable, no solamente para los seres humanos, sino también para las sociedades que, como ellos, comienzan a mostrar sus achaques y arrugas.
Los tiempos posmodernos que vivimos poco han hecho para cambiar las cosas. Por lo menos no, si nos atenemos a la realidad, para mejor. Cultura en constante cambio, la anarquía de lo inmediato, la banalización y la inmediatez, la imposición de la imagen como único vehículo válido de comunicación, más bien han acentuado la brecha. Nada tiene mucha importancia si no se “viraliza”, y un éxito es tal si sobrepasa el millón de ejemplares en Amazon. El festejo del papel brillante y el lazo de seda, aunque la caja esté vacía.
En este escenario en el que nos toca vivir, especialmente en el campo cultural, la periferia deviene en doblemente periférica. Para las grandes Editoriales, grupos empresariales que convergen hacia el oligopolio de las ventas, solamente cuenta la sobrevivencia en base a asegurar retornos. La calidad, claro está, no cuenta porque en la civilización del espectáculo, también la literatura es un bien desechable, descartable como el envase de leche.
Desde hace unos meses, en el centro de la periferia que es Montevideo, se ha desatado una controversia en torno a las Bases estipuladas por la Intendencia (entidad organizadora) para le edición 2016 del Concurso Literario “Juan Carlos Onetti”, uno de los dos más importantes que ofrece el Uruguay a sus escritores. La polémica se instaló a raíz de la inserción de una cláusula que establece dos menciones para obras que aludan en su temática a “igualdad y estereotipos de género” y sobre “inclusión y diversidad sexual”. Una tontería de tomo y lomo, de cuño estalinista al decir de Amir Ahmed, pero que no es lo más importante. Lo doloroso es que se trata de un concurso -reitero, uno de los más importantes- que otorga como premio una partida de $ 40.000 (pesos uruguayos cuarenta mil), equivalentes a unos USD 1.200. El Director de Cultura que firma la convocatoria, cargo político naturalmente, gana 4 premios Onetti por mes.
Lo más lamentable de todo ello es que un premio como éste suele ser el único medio para que un autor pueda acceder a ser publicado por una editorial y con suerte llegue a vender mil, o dos mil ejemplares, lo que constituiría todo un éxito.
En los aledaños de la periferia, que es el interior del Uruguay -Montevideo concentra el 50% de la población, el total de los recursos del Estado y la casi hegemonía cultural- viven muchos escritores. Muchos, muy buenos. Algunos excelentes. Permítanme aludir solamente a dos de ellos, Gustavo Espinosa (Treinta y Tres, 1961) y Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980).
El primero comenzó a publicar por 2001 con su novela “China es un frasco de fetos”, rareza editorial casi imposible de encontrar hoy día. En 2011, editada por Casa Editorial HUM, con su novela “Carlota podrida” obtuvo el Premio Nacional de Literatura, publicando el mismo año con el mismo sello, su tercera novela “Las Arañas de Marte”. En el presente año, vuelve a publicar con la misma Editorial su última novela titulada “Todo termina aquí”. Todas han vendido muy bien y reciben, cada vez, las más elogiosas críticas.
González Bertolino obtuvo en 2002, por su libro “Historia de la agresión” una Mención de Honor en el X Premio Nacional de Literatura de Banda Oriental. En 2008 fue galardonado con el gran premio del XVI Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” por su novela “El increíble Springler” (Ediciones de la Banda Oriental, 2009). González Bertolino es, también, un autor de los que vende bien y sus novelas obtienen reconocimientos y elogios.
Espinosa y González Bertolino son Profesores de Literatura en Enseñanza Secundaria, y hablan de Racine y Bukowski, de Faulkner y Quiroga a adolescentes funcionalmente analfabetos que siguen “youtubers” y leen -si lo hicieran- “Esto no es un libro”, por un sueldo que, en ningún caso se aproxima siquiera a un misérrimo premio Onetti.
En esas condiciones se vive y sobrevive de la literatura en los aledaños de la periferia que somos. Una realidad que duele, y por ello, aunque solamente sirva como catarsis, siento que debe ser compartida.
