Se ha escrito mucho sobre la tragedia en Orlando, pero aun no se ha escrito lo suficiente. Como todo proceso de duelo, la matanza del 12 de junio demandará su propio tiempo hasta que se cierren algunas heridas y se le permita a las distintas comunidades seguir adelante. En un caso como este, la pérdida, el miedo y el dolor son tanto individuales como colectivos. De repente, Orlando no está demasiado lejos ni las personas muertas son desconocidas. La brutalidad del ataque perpetrado por Omar Mateen nos acerca, nos pone en el mismo lugar y las mismas circunstancias, nos hace cuestionar nuestras certezas.
Joan Didion, la famosa escritora norteamericana, empieza su ensayo The White Album con un aserto que ya se ha hecho legendario:
Nos contamos historias para poder vivir. Luego continúa: Interpretamos lo que vemos, seleccionamos la más factible de las muchas opciones. Sobrevivimos, en especial si somos escritores, imponiendo una línea narrativa a imágenes discrepantes, imponiendo las “ideas” con las que hemos aprendido a fijar la elusiva fantasmagoría que es nuestra experiencia.
Daniel Kahneman, en un tipo de libro totalmente distinto a la ensayística de Didion, titulado Thinking, Fast and Slow, nos propone una teoría de cómo conformamos explicaciones de la realidad que experimentamos. Para Kahneman una parte de nuestro cerebro está siempre creando respuestas, una narrativa en apariencia coherente que nos permite reaccionar de inmediato ante una situación. Existe también un nivel más profundo, más reflexivo si se quiere, donde los eventos son asimilados y procesados de una manera más lenta, intentando establecer conexiones que a simple vista no son evidentes. Nuestro reto, nuestro problema, es que el primer nivel, el pensar rápido, actúa sobre la marcha de los acontecimientos y muchas veces establece la forma en que nos relacionaremos con ese evento. Además, es una narrativa que se va perfeccionando por la repetición. Se hace en apariencia más coherente, nos conforta, y es posible que se transforme en nuestro muy personal discurso de la realidad. El pensar lento es más retador, nos demanda un nivel de esfuerzo ya atención mayores.
Traigo a colación a los autores, una muy sólida como ensayista literaria, otro de una escritura dirigida al gran público, porque ambos se entrecruzan cuando se reflexiona en lo que ha ocurrido en el club Pulse de Orlando la madrugada del 12 de junio, cuando 50 personas –incluyendo al asesino– murieron de forma violenta, y unas 53 terminaron en un hospital cercano con todo tipo de heridas. Adicionalmente, la matanza nos pone un reto adicional: cómo formar una memoria colectiva de un hecho violento, inexplicable a partir de reglas básicas de convivencia y respeto por los demás.
Didion tiende a hablar a nuestra individualidad. Ella representa a la escritora que recuerda, que mete el bisturí en la propia vida. Es una escritura de la memoria y como tal lo es de la duda. Nos contamos historias para poder vivir. Esas narrativas, sin embargo, no necesariamente buscan establecer una verdad colectiva, y a veces son tan duras que se truncan súbitamente y quien recuerda se enfrenta a dos vacíos: la falta de una historia o las consecuencias de esa historia. Pienso en Jorge Semprún y su libro, La escritura o la vida. El escritor sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald, pero por varias décadas no pudo escribir una obra que se refiriera directamente a ese periodo de su vida. El hecho de narrar su estadía en el infierno podía ser una suerte de condena a muerte.
A Kahneman lo leí en un contexto completamente diferente: el del liderazgo administrativo. Su libro se ha usado en varios ámbitos, incluyendo el de la educación, para promover una discusión sobre cómo afrontar problemas, retos, simples contactos con personas que acarrean distintas experiencias de vida y que lo buscan a uno con una variedad de expectativas y solicitudes. Kahneman da ejemplos para el diario vivir, el aquí y el ahora, la próxima decisión que se debe tomar. Mientras Kahneman aboga por encontrar formas de pensamiento y acción en las que predomine ese pensar lentamente, autores como Didion y Semprún nos hablan de los retos, las limitaciones y el dolor que conlleva la reflexión profunda, particularmente cuando se refiere a eventos traumáticos.
En el mundo contemporáneo, cuando ocurre una tragedia los medios de comunicación colectiva tienden a ser los primeros en procurar darle sentido. Tratan de posicionarse como un pensar lentamente con una estrategia más propia del pensar rápidamente. Se recogen piezas dispersas, se especula muchas veces sin aclarar los límites de esa especulación. También se trata de mantener una neutralidad ante el hecho que a veces es confusa, pues la simple acumulación de elementos dispares hacen que aquellos que se repiten más o que se insertan en una historia ya conocida –el terrorismo islámico, por ejemplo– se conviertan en la explicación, en el hilo central de la historia que estamos consumiendo. Pienso en Orlando y una de las explicaciones que ya varias personas han adoptado como posible respuesta: Omar Mateen era gay en el closet, y por sus creencias religiosas desarrolló un odio profundo contra sí mismo y contra sus pares, al punto de salir a matarlos en masa una noche de verano. Esa posible causa, solamente documentada a partir de informaciones anónimas, me causa especial preocupación. Primero que todo, pone en el centro un debate que se suponía ya resuelto, esto es la patologización de las personas LGBT. Esa explicación deja entrever que ser gay o lesbiana es un primer paso hacia un acto violento, cuyo disparador sería el estar en el closet y la homofobia interna usualmente asociada con el no identificarse abiertamente con la orientación sexual propia. Al menos en mi experiencia, limitada y por eso cuestionable, el clóset puede ser mortal, pero no en los términos que se han presentado en relación con la matanza. El clóset es síntoma de no aceptación, de violencia contra la persona, de la imposibilidad de reclamar un espacio propio. Esta condición ha llevado a muchos suicidarse, a morirse en vida, a anularse ellos mismos. Pero de ahí a convertirse en un asesino hay una gran distancia. A otro nivel, el ser homosexual reprimido se asocia con los rigores de las creencias religiosas, principalmente las que justifican los extremismos. ¿Será posible que una persona decida entrar o permanecer en un grupo –religioso en este caso– en el que su sexualidad será cuestionada al punto de profundizar su desequilibrio emocional? ¿Cómo es el medio ambiente social que provoca tales niveles de violencia? Si volvemos a pensar en lo que nos medios nos cuentan, nos imaginaremos un remoto país en el Medio Oriente, o una comunidad marginada como las que se aparentemente se encuentran en algunos países de Europa. ¿Y Estados Unidos, particularmente en Orlando? ¿Dónde está esa comunidad?
Tal vez no haya explicación suficientemente satisfactoria para la matanza en el club Pulse. Tal vez no habrá una explicación sin el testimonio de los supervivientes, si es que pueden hablar y reconciliarse con la memoria del horror. Lo que queda mientras tanto es un retrato de la fragilidad humana hecho a pedazos de historia.
