Mi hija mayor, que pronto va a llegar a los doce, me confesó hace algunas noches que por primera vez le había conmovido un pasaje de un libro. Lectora empedernida, de carácter templado, le tengo que mandar a apagar la luz casi todas las noches. Me enseñó el pasaje en cuestión: el reencuentro de la protagonista con su padre en una playa después de duras jornadas de aventuras. Se emocionó, la tinta de aquellas páginas en forma de letras, le tocó el alma.
Le di la bienvenida al club de la emoción, y le conté lo que me ocurrió al leer “Soy leyenda” de Richard Matheson. Puedo recordar dónde estaba exactamente y cómo lloré con el pasaje en el que su protagonista, Robert Neville, pierde al único ser vivo que podía acompañarle en su soledad vampirizada: un perro. Cerré el libro y me sentí profundamente solo como él.
Una literatura carente de emoción es una literatura condenada a una muerte por asfixia o tal vez pueda sobrevivir como los tan populares zombis: fríos, lentos, pero casi eternos. Cada uno sabrá, cuando escriba, si prefiere ser muerto o viviente, pero inevitablemente zombi. La cerebralidad (aunque llegue a la celebridad) versus la emocionalidad: visiones del ser que escribe para dar luz sobre el misterio que es el corazón de la humanidad, engañoso y perverso, esquivo y cercano, lleno de virtudes y de sombras.
La lectura de los hechos se hace en estos días con los números. Cifras de refugiados, de muertos, de atentados, de terroristas, de países pobres, de ricos evasores, de libros vendidos. Pero hay unas mínimas imágenes que despiertan conciencias y ponen a latir el cerebro. Y actuamos. Al escribir, no sólo queremos contar que fue o que será, sino cómo esa historia va a darnos más luz para luchar contra “el olvido que seremos”, en verso certero de Borges.
La novela (o el cuento o la poesía), de ideas se queda bajo mínimos sino se dota de emoción, verdadero motor de la humanidad. Pero no la emoción bobalizadora y llorica que somete al lector a una suerte de romance con la lágrima, con la risa falta. El músculo emocional se va perdiendo en literatura cuando pretendemos escribir crónicas de muertes anunciadas desenfocando la muerte y sacrificando toda la narración a favor de la crónica. Tiene que haber risas y lágrimas que empujen las ideas.
El corazón humano es un misterio. No me conmovió especialmente el pasaje que me compartió mi hija, pero en su lectura algo vio ella que yo no fui capaz de ver. Un susurro que no percibí. Pero se genera un acercamiento: ahora ella tiene una luz que antes no tenía, un corazón más amplio y empático que hace unos pocos libros atrás. Me ha pedido “Soy leyenda”, pero le he recomendado mejor “El final de Norma” y luego “El principito”, emociones previas a unas ideas que espero se le suelden en el corazón.
Qué duda cabe que las emociones son veletas del alma. Los vientos de las circunstancias soplan, y cambian de sentido indicando rumbos las más de las veces contradictorios. Y allí, entre esos vientos, está el de la literatura, que muchas veces termina por generar grandes decisiones y hace camino al andar. Quizá la senda de las emociones sea la que debamos frecuentar los escritores, darle a las razones del cerebro emociones que hagan latir las neuronas del corazón.
