Frank Abel Dopico no era mi amigo. Lo vi dos veces. La primera, a inicios de los 80, cuando a la mayoría de los que años más tarde conformaríamos las antologías Un grupo avanza silencioso y Retrato de grupo, nos subieron a un barco que desembarcaría en Isla de la Juventud para celebrar allí un festival de poesía. El viaje duraba alrededor de seis horas, tiempo suficiente para que cuando llegáramos a tierra, haber compartido al menos un trago de ron con casi toda la tripulación.
El alcohol nos acompañó las 24 horas, los tres días que duró el evento. Hicimos uso y abuso. Cualquier barco es una exageración, dada la masividad y el propósito de la convocatoria, aquel parecía un loquerío a cielo descubierto.
Recuerdo que luego de algunas horas me estiraba sobre la cubierta intentando vomitar. En uno de esos vanos esfuerzos apareció Dopico. Su sonrisa infantil, todo el mundo la recuerda, era envidiable. Métete el dedo hasta raspar la garganta, me dijo. Así no, así. Me hizo la demostración y se quedó un rato, vigilándome. Yo soy Dopico, me dijo. Dopico, ¿el terror de los talleristas de Santa Clara? Risas. ¿El terror de Julio Mitjans?
Dopico ganó el primer premio del festival, que consistía en un viaje a la URSS y el barco retornó, con la tripulación de jóvenes beodos, a La Habana.
Volví a verlo (sería la última) en otro encuentro de poesía, en Santa Clara. Ya había ganado el Premio David y de la Crítica con El correo de la noche. Conversamos, nos reímos y tomamos chispa de tren. Volvió a meterse la mano en la boca y me dijo: por las dudas, ya sabes, así.
Durante años me pregunté: ¿qué será de la vida de Dopico? ¿Seguirá escribiendo esos poemas tan largos, irreverentes, mordaces? ¿Seguirá rozando tan a menudo la genialidad? ¿En qué barco o canoa errante? ¿Habrá encontrado el rumbo? ¿O seguirá dándonos instrucciones para manosear la culebra?
Su profesión: cadáver. Su discurso: cadáver. Y la suma de todos sus errores resulta este cadáver magnífico que es.
Dicen que el alcohol lo consumió, que le borró la sonrisa. Escribe Marilyn Bobes que no lo reconoció, que él tuvo que decirle su nombre para hacerle comprender que existía, que estaba de regreso en Cuba. Algo había en él que lo distanciaba del Dopico original. Puede que Marilyn Bobes haya sido sincera. Puede. Y puede que no. Hay una insinuación en su réquiem que no quiero dejar pasar. Lo que a Marilyn Bobes le hubiera gustado decir es que ¨el exterior¨ lo devolvió así, tan poca cosa. El exilio acabó matándolo. Así de simple. Un Dopico para el antes, y otro pobrecito, retornado, apenas una copia.
Y es que, tal vez, no sepa Marilyn Bobes que no se alcanza una verdadera desesperación de la noche a la mañana.
LA CASA DE ROJO
(Trabalenguas de amor)
El día que me quieras tendrá mas luz que junio.
Amado Nervo.
Del pez se hizo el árbol,
del árbol el acta de nacimiento,
del acta de nacimiento nació la penumbra,
la penumbra tuvo por hijo a su murciélago,
el murciélago chocó con los ojos de Eva,
con los ojos de Eva quemaron a Juana de Arco,
bajo el arco de triunfo un mendigo insultaba las estrellas,
las estrellas fueron condenadas a cadena perpetua por la noche,
la noche fue titulada bailarina,
una bailarina dejó un zapato de cristal sobre una nube,
la nube fue en busca de la tierra del Corán,
en la tierra del Corán,
en la tierra del Corán tú no estabas ni yo tampoco,
tampoco estábamos en ninguna parte,
en ninguna parte nos habíamos pronunciado ni se había escrito que tu pelo era un triángulo,
simplemente dormíamos en los extremos de una isla,
tus pechos hacían de centinelas, aún son los centinelas.
Y se volvió al principio.
El principio es el pez que procrea al árbol,
y al final surge un almendro,
sobre un almendro tu haces flotar mi eternidad,
como un pájaro hace flotar su equilibrio
ante la vista perfecta del cazador de pájaros,
y el cazador falla, pobre cazador que no tendrá ni almendro ni pájaro en la cena,
pobre pájaro que esta noche volará en el hambre
y ahí no sabe volar.
Entonces el pájaro viscoso deja abiertas las compuertas de su pecho,
derrama canto y sangre y vuelo sobre el árbol,
el cazador entiende, su hambre corta el árbol,
camina cien lunas a través de su hambre, árbol encima, hasta que muere siendo un árbol rojo,
una casa de rojo en el camino, una casa que canta y vuela según quieras,
canta casa, vuela casa, y yo flotando encima
con mi acta de nacimiento, con mi ser por duplicado,
sobre una casa de rojo que puede ser tu corazón, que puede ser mi corazón,
con un guardián corrupto que deja salir sangre y entrar huellas
pero que no deja que duerma sobre el techo.
Lo soborno y dice que es tú corazón, que no es el mío,
me aconseja matar la eternidad de un garrotazo.
Pero esa casa de rojo es mi corazón, yo soy hijo del pájaro muerto por el pájaro
y tu eres la hija del cazador de pájaros.
Mi cigüeña fue lista, es la famosa cigüeña que nunca se equivoca
y me ordenó entrar al corazón por esa boca,
a la casa de rojo, a la casa de rojo voy a entrar por esa boca,
como del pez se hizo el árbol y yo me llamo pez
y penumbra y murciélago y son los ojos de Eva que me incendian.
Bajo el arco de triunfo de la puerta voy a pasar hoy mismo,
esta noche será que por fin me pondré mi corazón
y mi casa de rojo será mía y tuya una mitad y será un zapato de sangre para dos,
un corazón de agua para dos,
porque del pez se hizo el árbol,
del árbol el acta de nacimiento,
del acta de nacimiento nació la penumbra
y no pararé, no pararé,
aunque las estrellas envíen los pájaros fatales contra el techo,
aunque muertos de hambre veamos descender un pájaro viscoso,
aunque la historia no te parezca larga.
Aunque la historia no te parezca larga.
(Poema con el que obtuvo el premio del Festival de Poesía en Isla de la Juventud).
