Modestia y tolerancia son dos cualidades de las que los cubanos no andamos muy sobrados. Es más, yo diría que ambas están casi ausentes entre los rasgos nacionales de nuestra gente. Son increíbles las ansias de protagonismo que muestra el cubano en cualquier aspecto del quehacer humano. Siempre, desde niños. Allí donde estuviere, Liborio sueña con el papel más destacado, con el puesto de primer violín en la orquesta. No es que se proponga serlo; es que le nace. En algunas de sus grabaciones, el eminente actor cómico cubano Guillermo Álvarez Guedes destacó esta cualidad del habitante de la Isla. Y lo hizo de manera excelente. Él, por cierto, tampoco habría muerto nunca de modestia. Si no me falla la memoria, hablando de este tema Álvarez Guedes afirmaba que el cubano no dice: “yo no pienso como tú”, sino “tú no tienes razón”. ¿Por qué? Pues porque nuestro colosal ego no es capaz de concebir la posibilidad de que las cosas no sean como nuestro grandísimo cerebro las ha pensado. Resulta difícil, si no imposible, reconocer que somos nosotros quienes no comprendemos o interpretamos correctamente la realidad de nuestro entorno.
Por otra parte, “mandar” es un verbo que al cubano le gusta conjugar en primera persona. Por eso en Cuba hay tantos jefes y tantos dirigentes a cualquier nivel. La gente disfruta de su parcelita de poder, dispone de los recursos a su alcance y hace las cosas como entiende que estas deben ser. Y en muchos casos, esa misma falta de modestia, esa altísima opinión sobre nosotros mismos no nos permite aprender de quien sabe hacerlas bien. El chofer de la guagua, el tipo que maneja un taxi de turismo, el dirigente de cualquier empresita de pueblo, todo el mundo es cátedra en lo suyo. Cada cual manda con gusto y con autoridad. Y es feliz mandando y disponiendo de los recursos a su alcance, aunque lo haga mal.
Cuando navego por la Red y leo las noticias sobre Cuba, suelo echar un vistazo a los comentarios de los lectores. Con demasiada frecuencia estas opiniones excluyen o censuran el punto de vista ajeno. Si no piensas como yo, no tienes razón, como bien decía Álvarez Guedes. Así de simple. En muchos casos, lo que se lee obliga a pensar que, en este sentido, a los cubanos nos queda un buen camino por delante. La democracia rige no solo para expresar las opiniones propias, sino también –y es lo más importante– para escuchar las ajenas y meditar sobre ellas. Si quienes vivimos actualmente en sociedades abiertas y democráticas no somos capaces de aprender estas verdades, qué de bueno podremos aportar mañana a la construcción de la democracia en Cuba.
Y una última idea, para evitar malentendidos. Soy cubano y aprecio y defiendo a mi pueblo con todas sus múltiples virtudes y sus muchos defectos. Es probable que yo sea uno de esos hijos de Liborio que lleva en sus genes las taras sociales de las que he hablado más arriba. No lo sé. Aun así, escribo esta crónica desde la psicología de mi gente, desde el amor que me permite exaltar sus mejores cualidades, pero también criticar las menos buenas, siempre en la esperanza de que el cubano del mañana será un poco mejor que el de hoy en día.
