Hace un par de días, intercambié algunos emails con Gustavo Espinosa acerca de edición de su novela “Carlota Podrida” para el mercado hispano de los Estados Unidos, en ocasión de mi inminente reunión con una importante editorial para hablar sobre su posible traducción al inglés. Al preguntarle cuándo se editaba la novela en New York, Espinosa me dijo que veía a la editorial como “poco entusiasta, desde las periferias olimarenses.”
Esa frase resonó profundamente en mí. Me di cuenta de que es verdad: cuando uno está en el Uruguay, se siente que está lejos del ombligo del mundo, es palpable la sensación de periferia, o al menos, uno crece con esa idea. Sin embargo, basta pasar un tiempo en otro lado para comprender que en Uruguay, y especialmente en Montevideo, pasan muchas más cosas interesantes que en la mayor parte de las grandes ciudades del mundo.
Mi respuesta a Espinosa fue que este lugar en el que estoy, los Estados Unidos, y específicamente, Seattle, es de alguna manera la periferia del alma. Aun en una ciudad grande como Seattle, que, comparada con las ciudades del interior profundo de los Estados Unidos, se podría considerar como un epicentro de la cultura, la oferta en materia de arte, literatura, teatro y música no le llega ni a la suela de los zapatos a lo que uno puede encontrarse cualquier fin de semana en Montevideo.
Esa sensación de periferia de la creación artística, y hasta de la belleza, tiene varios componentes. Los poetas muertos son uno de sus ingredientes esenciales.
Aquí en Seattle, una ciudad que se está promoviendo como candidata para transformarse en Ciudad Unesco de la Literatura, hay muchos escritores, o por lo menos, personas que pasan una parte sustancial de su tiempo poniendo una palabra detrás de otra en la pantalla de un ordenador o en un cuaderno decorado con algún dibujo de arte pop en la cubierta.
Los escritores se encuentran unos con otros a través de un sitio web. Se trata de una plataforma a través de la cual los desconocidos con intereses comunes pueden generar encuentros de trabajo o esparcimiento. Mi primer experiencia con este sistema fue con un grupo de escritores de Seattle.
El primer personaje que conocí fue M. Una mujer de unos sesenta años, algo masculina y de aspecto tosco. Ella es la coordinadora del grupo. Todos los jueves, inicia el meeting explicando lo mismo: primero escribimos en silencio durante 45 minutos, y después, quien esté interesado en leer tiene 10 minutos para leer y escuchar comentarios.
Para un uruguayo de mi generación, es raro ir a encontrarse con un grupo de extraños a desnudar el alma. En Seattle, los Starbucks y los bares están llenos de gente solitaria, gente que va sola a todos lados, gente que no tiene a nadie que la acompañe. Aquí, es normal buscar amigos online, y da la impresión de que la mayoría de las personas viven en una lucha constante contra alguna forma de la soledad.
Mi primera sensación al ver a las personas sentadas alrededor de la mesa en el café del dinámico barrio de Fremont fue de alivio. Todos tenían un aspecto bastante agradable. Por semanas había pospuesto la participación en este tipo de encuentros porque mi cabeza uruguaya me decía que yo ya tenía todos los amigos que necesitaba, y no precisaba ir a encontrarme con un rejunte aleatorio de desconocidos.
Mis primeras experiencias con el meetup fueron muy buenas. Empecé a trabajar en mi novela, cosa que me resulta bastante difícil cuando estoy en casa escribiendo artículos sobre el futuro de África o los peligros del fast food norteamericano. Durante cuarenta y cinco minutos por semana, comencé a escribir sin distracciones, a entrar en el mundo de mi novela, incluso a veces, compartiéndolo con mis pares.
A lo largo de varias semanas, fui conociendo una galería de personajes de lo más variopintos. Hasta hoy, lo que más me llama la atención, son los poetas muertos. Por ejemplo, M., quien un día leyó un poema que había escrito acerca de su caminata hasta el café. Hablaba, creo, del sol y de las flores. Era un poemita bastante agradable. Tenía algunas observaciones interesantes. Creo que comparaba el asfalto con las flores y la vegetación que alguna vez habían dominado esa zona, hoy completamente urbanizada.
Después de escuchar ese poema, le pregunté a M. si tenía libros publicados y le terminé comprando uno. Pocas veces me he sentido tan estafada por la compra de un libro. Los poemas de M. estaban llenos de líneas como “fuimos a ver el museo tal. Era un edificio grande. Me tomaste la mano en la escalera. Después fuimos a tomar un helado” Lo peor de todo es que M. me vendió su libro como un “book-length love poem” (un largo poema de amor), pero no había nada de eso. No había sentimientos, ni ideas, sólo el relato inconexo de algunos viajes hechos en pareja.
Al pasar las páginas del libro, y más adelante, al continuar escuchando los poemas que M. escribía cada semana, me di cuenta que ella no tenía ni idea de la musicalidad, de lo que es una metáfora: ni una sola metáfora en cientos de páginas, de lo que es buscar un sentido, una reflexión o intentar causar una emoción en el lector. Hoy, por ejemplo, cuando varias personas comentamos que su poema del día era más un cuento que un poema, M. se defendió “pero tiene ocho sílabas cada verso, las conté.” Esta es la poeta muerta número uno.
También hoy, escuché el segundo poema de W., una mujer negra de unos 50 años, que parece de 30. Al presentar su trabajo ella dijo, “voy a leer un poema sobre el arte.” Recuerdo algunas líneas “el arte cura, el arte, la música, las manos en el piano, las teclas blancas y las teclas negras” El resto iba más o menos para el mismo lado. Una mujer adorable, pero, al igual que M. incapaz de una metáfora, incapaz de darle algún tipo de sentido, estructura o emoción a sus enumeraciones interminables de elementos inconexos.
Por lo general, nunca digo lo que pienso cuando alguien lee algo así. Pero hoy, me salió del alma un comentario acerca de la dualidad de un texto, de la superficie y la posibilidad de la profundidad. Yo he visto malos poetas en Uruguay, pero sinceramente, ni M. ni W. jamás se harían llamar poetas en Montevideo. No lo creo. M. ha publicado en revistas en varios países y participa de lecturas públicas con bastante frecuencia. Hay algo en la falta de vida de esos textos que causa tristeza. La poesía norteamericana moderna en general tiende hacia la banalidad, pero hasta los poemitas sobre el tiempo y las hojas de los árboles que aparecen cada semana en el New Yorker tienen más sustancia que las cosas que escribem M. o W.
El resto del grupo está compuesto por un rumano que escribe ciencia ficción donde un Don Quijote que no se parece en nada al de Cervantes se mete en unos líos con dos adolescentes rumanas y su abuela, luego está R. que escribe sobre unos aliens que secuestran bebés y M. que está escribiendo un libro sobre cómo vender libros auto-publicados en el tono de “Deje de leer esto y vaya ya armar su web. Hágalo ahora. Para vender su libro, usted necesita una web”, y así hasta el infinito.
Pero lo más interesante del grupo son las señoras que están escribiendo sus “Memorias”. El único mérito que tienen ambas para que sus recuerdos de vida ameriten ser transformados en libro es el hecho de que, a causa de la actual crisis económica norteamericana, ambas fueron pobres por un tiempo, y luego volvieron a su vida normal de clase media. Cuando L. leyó sobre su día en un motel junto a una prostituta y otra persona sin hogar, tuvo que parar para secarse las lágrimas. El tono de su libro, similar al de S., la otra autora de Memorias, es básicamente de auto-victimización. L. habla de “los pobres” como eso que ella nunca había pensado llegar a ser, y aunque su pobreza consistiera en que el estado le pagara un motel porque no había lugar en el refugio para los sin-techo, en su imaginación, o al menos en su libro, ser pobre pareciera ser lo más terrible que le puede suceder a un ser humano.
En la periferia del alma también hay buenos escritores. Por ejemplo, H., una chica asiática de unos 20 años a quien escuché describir con la maestría narrativa el efecto de la muerte de un adolescente en su mejor amiga. Su lectura me recordó algo al gran Jonathan Franzen.
Cuando leo partes de mi novela en el meetup me siento un poco extraterrestre. Aparte de H., soy la única que intenta hablar, con o sin acierto, de algo más allá de la superficie de las meras acciones. Mi idea, nacida en Uruguay, de la literatura es tan distinta de la de estas personas. Por eso, entre otras cosas, siento que este lugar es la periferia del alma, y quizás, al lado del Olimar de Espinosa o mi orilla del Barrio Sur está el ombligo verdadero del Universo.



