El fin de las guerras se negocia con tratados que difícilmente dejan satisfechos a todos, por eso con frecuencia conducen a nuevos enfrentamientos bélicos resultado de las causas generadas. Las guerras civiles tienen las particularidades del odio bíblico entre hermanos, solo que al final todos somos Caín. El documento firmado para dar fin oficial al conflicto armado colombiano es el comienzo de los fenómenos que van a resultar de él, esos incluyen las formas de violencia que van a generarse y las existentes que no se han hecho explicitas.
La guerra ya no tenía espacio y de eso se dieron cuenta casi todos, casi, porque siempre las guerras de todo tipo tienen beneficiarios que no quieren perder sus dividendos ni el poder político que el conflicto les genera, por eso se convierten en francotiradores de la humilde paloma naciente y aún incapaz de volar por si sola. Las FARC cayeron en cuenta de que en una Colombia cada vez más urbana, su guerra campesina y la ausencia de un movimiento urbano fuerte les impedía ganarla. El estado, después de ocho años de arremetida militar comprendió a su vez que no era la vía militar la solución requerida.
La desigualdad social que fue la causa primigenia de esa guerra de más de medio siglo nunca desapareció, en cambio si se generaron nuevas guerras simultaneas que va a ser necesario afrontar conjuntamente con los acuerdos del armisticio. Sergio Ocampo Madrid en su columna de El Tiempo de Bogotá señala cuales han sido esos genocidios paralelos al de la guerra de guerrillas contra el estado.
El narcotráfico como protagonista principal y desde múltiples frentes ha causado más daño que la guerra irregular de las FARC y el ELN. La guerra narcotráfico – estado que se acentuó ante las leyes de extradición ha sido la más visible, pero el mismo narco libró su batalla posicional contra la guerrilla con el uso del paramilitarismo en el cual tuvo de aliado “invisible” a las fuerzas militares de ese mismo estado que los combatía en otros frentes. Otra de gran estruendo por los miles de víctimas colaterales en la población civil ha sido la guerra entre los carteles del narcotráfico.
La suma de todo eso insensibilizó a los colombianos frente a la violencia y se convirtió en el abono principal de la guerra que más muertos produce hoy y contra la que habrá que luchar con mayor ahínco desde ahora, la de los ciudadanos del común enfrentándose entre ellos, colombianos contra colombianos que se matan porque solo saben resolver sus problemas a puñaladas y tiros, ya sea porque el vecino es comunista, indio, negro o marica, o simplemente porque estacionó su patineta bloqueando la salida de la propia.
Hay que hacer conciencia de todo ello y del más notorio de los problemas resultantes del armisticio, la reinserción. Ya hubo experiencias previas y aprendizajes sobre el tema que deben estar sobre la mesa, evitar nuevas Bacrim tendrá que ser prioridad.
Bienvenido el nuevo intento de paz que debe acabar de una vez con las esperanzas de quienes quieren continuar viéndonos en este desangre eterno solo para satisfacer sus vanidades y bolsillos. Ninguno de los bandos puede alegar inocencia porque todos victimizaron a la población civil, así nos lo demuestran los “falsos positivos” y la asociación cómplice estado – paramilitarismo, lo mismo que el abuso y explotación sexual a que la guerrilla sometió a sus mujeres y las violaciones cometidas por parte de los soldados, sin olvidar el reclutamiento de menores como política guerrillera.
La tarea es larga, hay que enseñarle paz a todos, comenzando con el ciudadano de a pie hasta exigirle a los tribunales de justicia que aprendan también la lección sin sesgos, solo así se podrán sanar las múltiples yagas en que tantos han puesto los dedos. Aún si el referendo resultara negativo, Colombia saldrá ganando dada la seriedad con que las partes están asumiendo el intento a pesar de la gritería en contra. Bienvenida esta arremetida por la paz.
