Hace años que busco la poesía, hace años que leo poesía, hace años que intento escribir poesía, sin embargo casi siempre fracaso. Pero, si como dice un amigo poeta chileno en algún verso: “Fracasamos los que triunfamos, es verdad.”, entonces triunfamos los que fracasamos, por eso la congoja de mi fracaso se desvanece todas las noches.
Aquí, en el lugar más austral del mundo, se escribe poesía de manera diferente, se entiende la poesía de otra forma, con otros matices, quizá sea el aire, quizá esa energía que circula en sentido opuesto al norte. Aún no logro descifrarlo, sin embargo, sé que es algo que influye en la forma de hacer poesía, en la poética de este sur.
Tengo alrededor de tres años viviendo en Chile, llegué con un librito bajo el brazo editado en Honduras, un librito que nadie sabía de él (supongo que nadie sigue sin saber de él), y comencé a conocer poetas de mi edad, más grandes y algunos más chicos, pasé de conocerlos en persona a hacer muy buenos amigos, hasta leerlos a todos. Nunca dejé de sorprenderme. Transito de uno a otro y todos siguen sorprendiéndome, unos más que otros, claro. No obstante, cuando creo que ya nada más me sorprenderá porque ya he leído bastante de algún tono, de aluna fórmula poética, de alguna generación, de algún autor mismo, llega un libro, un poema, una estrofa, acaso un verso, que me atraviesa como relámpago y me deja perplejo de nuevo.
Decir que Chile es un país de poetas es una tautología, es cierto, es una verdad de Perogrullo, sí. Pero venir y constatarlo, eso es otra cosa, eso es algo que hay que hacer de a pie, buscar entre bares, hurgar en casas ocupa, visitar cementerios, ir al puerto a ver las luminiscencias de los ebrios cantando en las calles, visitar las casas de los poetas, beber con los poetas, ser, en suma, un poeta.
Acá todos son poetas hasta que se demuestre lo contrario, pero no todos hacen buena poesía y los que escriben bien la “poesía”, por lo general son los que más se recogen de estar a la luz de los reflectores. Los más humildes, los más honestos, los más callados, los más apocados, los más… ellos hacen muy buena poesía. Esos entes que no les interesa ir al festival de Medellín, que no les interesa publicar en todos los países de Latinoamérica, que no les interesa ser traducidos a veinte lenguas, que no les importa ganarse nunca un premio, ni que su nombre se anuncie en mamparas gigantescas en las grandes avenidas de las grandes ciudades. No. Ellos saben que nunca ganarán el premio Nobel. Y qué bueno, dejémosle toda esa parafernalia a los malitos, a los que la necesitan para alimentar su ego, porque escriben con el ego. Y qué bueno, déjenle a los verdaderos “poetas”, los espacios en los diarios, en la academia, ser los rockstar de las masas de lectores poco avezados, ser los eunucos de los críticos. Y qué bueno, dejen los espacios libres de humo, dejen las libretas en blanco, que no se manchen con su nombre, dejen las piaras de violentos jabalíes devorarse entre ellos. Aquí el humano es demasiado humano para todo eso y sólo escribe poemas en su soledad, con su locura, con su embriaguez. Ya habrá tiempo en la otra vida para la fama. Hoy les tocó ser poetas.
En Chile tampoco encontré la poesía, es cierto, sin embargo sí encontré poetas.
