Frank Abel Dopico, un poeta con la cabeza volada

In memoriam

Manuel Vázquez Portal

frank-abel-dopico-opiniones-3-OtroLunes42Frank Abel Dopico era un poeta tan acaudalado que solo tenía la fortuna de sus versos robustos. Atesoraba soledades, abandonos, naufragios y alcoholes farragosos que transformaba en poemas. Dormía casi a la intemperie sobre un colchón del cual el viento le volaba la cabeza por una puta tierna. Por ello describía sus visiones con desenfado y total irreverencia. Sus mejores zapatos de juventud fueron unas botas cañeras con las que desanduvo poblados y muchachas.

«En mi casa vivimos de los muertos», fue el primer verso misterioso que me mostró su espíritu -creía yo- atormentado. Pero nada más lejano de su displicente manera de encarar la vida. Aquel verso no era un hallazgo lírico. Era el retrato fiel de todas las escaseces materiales que padeció junto a su familia. Eso lo supe más tarde. Cuando ya le había buscado los más insospechados sentidos a verso tan brutal.

Una tarde, lejana en la memoria y los andares, lo conocí personalmente. Venía sonriente, sudoroso y borracho. No recuerdo exactamente si me lo presentó el poeta Félix Luis Viera o el también poeta Ricardo Riverón. Canijo y quizás hambriento me dio un abrazo como si hubiéramos crecido juntos en los yermos de Santa Clara. Su campechanía era sin escudos. Parecía andar con el alma por afuera.

No pasaron diez minutos sin que la poesía y las bromas aparecieran. Le pregunté a boca de jarro qué endemoniado significado tenía eso de «En mi casa vivimos de los muertos», y me miró como quizás se mira a un tonto. Soltó una carcajada y respondió: «Eso, mi padre es sepulturero». No hizo falta otra hermenéutica para entender los sencillísimos símbolos. El salario de un enterrador en la Cuba de los 70s, 80s y 90s no podía ser más precario.

La poesía de Dopico se caracterizó siempre, esencialmente, por su autenticidad. Lo vivencial se descubría con descorrer apenas lo tropológico. Tras cada imagen yacía sin muchos afeites un intenso latido humano. Poco de libresco había en su modo de poetizar, aunque era un lector voraz. Sajaba en sí mismo, se curaba los dolores a verso limpio. Restallaba sus verdades a raja tabla.

Si por lo tumultuoso y trepidante en sus versos caudalosos se emparenta con las poderosas voces de Vicente Huidobro o Pablo Neruda, por lo acerado del tono se avecina, más bien, con poetas como Ramón Fernández-Larrea y Raúl Ortega, en cierto sentido, sus contemporáneo, o acaso, sus pariguales en la lírica cubana de finales del siglo XX. Excepcionales los tres en sus rispideces cortantes y cuestionamientos sociales.

En las figuraciones de Dopico  tropieza uno constantemente con sujetos líricos que son múltiples y únicos a la vez, pero todos aparentemente delirantes, fantasmagóricos. Ello haría pensar en influencias surrealistas pilladas de Bretón, Eluard o Kafka sólo que él no busca «un gusano verde rumbo a un vaso verde», él literalmente se traslada a un sitio donde pueda ser feliz «Estábamos en un sitio adonde el viento se había llevado volando mi cabeza», sitio ideal, sin hambre ni alambre: el exilio, quizás, como escape del martirio cotidiano y embrutecedor. Y eso hace que se transfiera el criterio de surrealismo a un realismo puro y duro que lo macera y encona pero que él transfigura en sustancia artística elevada, sabiendo de antemano que por más que vague, no podrá nunca alejarse de sí mismo, porque él, como Immanuel Kant, está en su destino como en una trampa: morirá hambriento, sudoroso, borracho y con la cabeza volada. Era un poeta maldito.

Si conceptualmente la agonizante realidad lo apabulla, poéticamente lo sublima. Hace de las tinieblas, titileos; de las tristezas, ternuras: «En resumen,-le dice al objeto poético- tú eres el inicio/ y las palabras llegaron después, en un poema arrancado de la niebla». Su andamiaje metafórico parte precisamente de ese sentido de relación entre lo real y su recreación estética, pero sin rebuscamiento alguno. El oxímoron nace sin puja, sin sobresaltos, sin estridencias. La imago aprehendida queda en su fulguración ígnea, sin otros velos que el aura propia.

Ahora, de verdad, pienso que no eras una puta.

Creo en la inocencia de encontrarse apenas una vez,

que bastan una noche y una vez para saber cuánto       

estamos solos en un pozo, acostumbrados a comernos el hueso de la noche.

Y no puedo dejar de recordarte

siempre que el viento se lleva volando mi cabeza.

Frank Abel Dopico siempre tuvo la cabeza volando. Nació a la poesía tan intempestivamente como se fue de la vida. Ganó celebridad desde los primeros versos en una isla que le quedaba incómoda, le apretaba como unos zapatos nuevos que fue a estrenar a otra parte del mundo. No quiso ser un poeta-funcionario arropado por el poder ni lisonjeado por una crítica perruna y excluyente. Sus versos más que estudiados fueron visto con recelos y envidias. Pero tampoco cabía en su nuevo sitio, el exilio lo trató con crudeza, y, como aquellos viejos personajes de novelas con trama circular, regresó a unas raíces que nunca lo sostuvieron en la tierra. Con la vuelta a su Santa Clara natal, retornó también a sus viejos demonios. Sus versos volvieron a ser ríspidos, pero esta vez desacertados: “Amo a la mujer más fea del país de las sombras largas “ y más que vistos con envidia y recelo, fueron vistos con asco y con rechazo. Aquella mujer lo había sostenido a sopas y ternuras hasta que en abril de 2016, otra vez, ligero de equipaje, partió a su epifanía, el verdadero sitio al cual siempre se le volaba la cabeza. Su fatum lo signaba con algo de la inexorabilidad del destino trágico griego. Siempre quiso irse, y se fue, de todas partes, menos de la poesía, que era su celda y su consuelo.