…poeta que supo afinar el grito y abogar siempre por la concordia.
Él estaba inmune. No había veneno que pudiese hacerle mella. Y esto se debía, sobre todo, a lo que antes decía: su corazón, ese órgano, creció, pero en su andar continuaba siendo el del niño bueno. Que a veces resultaba el del niño travieso que levanta a las multitudes.
Quedan de testigo principalmente las décadas de 1980 y el inicio de la de 1990. Noches largas, tragos en ocasiones clandestinos, poemas casi tan extensos como esas noches inacabables. En no pocas latitudes de la isla de Cuba. Faldas y estrellas, playas y amores que decidieron irse porque no habían llegado a tiempo.
Era de esos hombres, esos niños, en los que siempre hallabas el tramo de sombra imprescindible para descansar y proseguir la brega.
Félix Luis Viera, escritor cubano
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(De El correo de la noche, 1989)
TANGO A FAVOR DE LAS PUTAS
En resumen, tú eres el inicio
y las palabras llegaron después, en un poema arrancado a la niebla.
Sentir o estar, eso fue todo y fue el semen como la luz, piadoso.
Los golpes en los pechos, la respiración enemiga de los pechos,
el ojo burlón de las iglesias.
Estábamos en un sitio adonde el viento se había llevado volando
mi cabeza
y el mismo viento se había llevado volando una de tus manos.
Eran las nueve de la noche y de pronto ya eran las seis de la mañana.
En un abrir y cerrar de ojos cambiamos tú y yo y el aceite de la noche
y los espantapájaros que fuimos, poco a poco, saliendo del sembrado,
espantando las aves que no llegaron nunca.
Tú y yo dos palos quienes perdieron la mano y la cabeza,
palmo a palmo moviendo la mano y la cabeza, con quince centavos
en el bolsillo izquierdo,
con una habitación en la mano y otra en la cabeza,
tirados como hierbas cortadas, confundiendo uno en el otro
a miles de personas,
como rostros sucesivos, como piedras de íntima explosión.
Érase un escándalo público a las dos de la mañana
y el público eras tú o yo según tocara, según tú encima tenías
veinte años o seis meses
o no habías nacido y érase que entonces brotabas de mis piernas,
yo, hombre paridor, me tragaba tus huesos de ciruela
y también retrocedía por los años, oh, puta de estilo,
qué bien eras mi madre pariéndome en espejos, qué bien eras mi doble
entre la hierba,
cómo nacimos tanto de tanta muerte cursi.
Éramos solamente un par de espantapájaros
que parecíamos personas miradas desde el cielo,
un par de cielos truncos remendando su velamen, un par de cocodrilos…
Entonces nos pasó el pito de los trenes por encima,
el alba ponía su huevo lentísimo en los parques,
quedamos libres, exprimidos de ambos, pegados como campanas
adentro de campanas,
con un sonido que eras tú en busca de tu mano
y yo en busca de los pies de mi cabeza.
Habíamos muerto los dos. Habíamos cumplido un deber ciudadano.
Nos enterramos entre la gente para volver a ser una mano y una cabeza
más entre la gente.
Ahora, de verdad, pienso que no eras una puta.
Creo en la inocencia de encontrarse apenas una vez,
que bastan una noche y una vez para saber cuánto estamos solos
en un pozo,
acostumbrados a comernos el hueso de la noche.
Y no puedo dejar de recordarte
siempre que el viento se lleva volando mi cabeza.
Acaso yo te he visto o tú me has visto
pero sabemos que hicimos un pacto de morir.
No hay un nombre siquiera, ni un centavo de nombre.
Pero horribles aquellos que no dejan que el viento les lleve volando
la mano o la cabeza.
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(De Algunas elegías por Huck Finn, 1989)
DE LAS CONSECUENCIAS QUE TRAE MANOSEAR UNA PIEL DE CULEBRA
Alguien toca la vida en saxofón y hueso.
La echan al aire como un globo, limitan sus parcelas.
Desde este sonido que es la vida
yo me levanto con el muerto que hablé en la madrugada,
le pongo ropa nueva, le hago vivir el periódico del día
y también lo empujo al aire como un globo
y yo me voy en él. Tal mi cadáver
lo saludan esas niñas precoces que conozco
sin sospechar siquiera que hay un ángel adentro
o un buen tipo queriendo jugar con la vida a los destrozos.
Mi profesión: cadáver. Mi discurso: cadáver.
Y la suma de todos mis errores
resulta este cadáver magnífico en que voy
saludando a quienes no saben son mis compatriotas.
Cuando aterriza la vida en mi cadáver
confieso que quisiera contarles todo a todos
pero da miedo ser el delator
porque si no resulta te pasarás la vida —me refiero a la otra—
sin ese gran sueldo que recibes por cadáver
y uno debe conservar, al menos, sus testículos
que bastante que cuesta llevarlos con decoro.
— ** —
(De Expediente del asesino, 1991)
HISTORIA DE PLAY BOY
Ella me habría tomado por un tonto
si el ciervo no hubiera indicado el camino de las aguas.
Yo estaba celoso y planeé toda la noche el crimen.
Entramos a las aguas bien temprano. El sol
era la luz postiza de algún dios.
Pero ella entraba en el agua y yo la habría matado ahí mismo
a no ser porque ella se dio vuelta
y sonrió
y se puso transparente
y yo le vi un caballito de mar.
Entonces me senté en una piedra
a esperar a que fueran las horas de matarla.
Hubo un poco de viento y sonó un piano en el mar.
La noche anterior ella se había pintado los ojos.
Me dijo que quería soñar con los ojos pintados.
A medianoche yo le alumbré la cara
y estaba soñando para afuera.
Le olí las manos y olía a una hembra que no era.
La besé en los ojos una vez. Algo cayó sobre sus ojos.
Algo de la noche.
Ahora yo sobre una piedra la veo morir y empiezo a jugar de muerte
con sus ojos,
saco la navaja, cruza un ciervo entre su cuerpo y yo,
la empiezo a amar despacio,
la amo desde el agua y desde mi cara de tonto.
Ahora yo cerca de ella la puedo oler,
me puedo comer sus manos,
cruza un ciervo entre sus manos y yo,
entre mi navaja y yo
y como un tonto levanto la navaja,
la mato como a alguien que ya ha muerto, pero ella se vuelve
y me sonríe. Y solo entonces dejo de matarla.
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(De Las islas del aire, 1999)
CARTA DESDE ROMA
Tú también me dejas solo. Después
del cuento del niño y los abedules
y la aventura de una piedra que rueda bajo el mar
me dejas extenuado en la vergüenza de haberte poseído
y este no ser luna y dormir
como una perla rota.
Revisé a mis esclavas por si te hubieras muerto.
Convoqué a las legiones por si te hubieras muerto.
Hice parir a las lobas de mi cuarto por si tú aparecías.
Yo mismo saqueé a Roma desde una antorcha a otra.
Los aurigas murieron de frío en el camino:
los carruajes abrieron sus puertas una vez:
parece que llegabas.
Y los heraldos regresaban mutilados, sin noticias,
con rostros de quienes vieron
algo más poderoso que el César: la tristeza.
En el Senado me acusaron por el fin del imperio
pero yo solo hablé de ti, del anillo sediento que es tu ombligo.
Ya pregonan mi muerte por el pueblo. No los entiendo bien.
Dicen, creo, que tú levantas un cuchillo a medianoche
y mientras los perros bebían mi sangre en el traspatio
solo dije: «Tú también me dejas solo».
Ah, pero, espiga mía, hueles más dulce que el incienso,
hueles a un nacimiento lejano en el Oriente.
Ah, pero, espiga mía,
más delicada que las resinas de las antiguas tierras,
ah, tú, viajera a quien lloré la limosna de su sexo
como un niño perdido entre abedules,
tú contestarás en el nombre de la Melancolía,
ahora que no quedan de ti sino los restos míos;
hoy que no cobro en talentos sino en noticias tuyas;
hoy que mi dedo pulgar y la Galia se confunden;
tú contestarás el porqué de este hombre
masticando un postre amargo,
decidido a pactar con tu ausencia alguna paz sin filos,
digamos que en el centro torrencial de la materia,
en su asilo de sucias camisas y lanzas como adornos,
o en el foso de sus propios leones
y que está rugiendo sin fin, asomado a las claraboyas,
porque extraña la arena mortal de las espadas,
porque te extraña.
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(De El país de los caballos ciegos, 2006)
SALOMÓNICA
Tu clítoris, amada, es un cabrito dulce que despierta en mi lengua.
Él me defiende de la soledad,
me habla de las alturas calladas de tu sangre,
me amenaza con un recuerdo lento y cierta paloma degollada
o con ir a contarles todo a las mareas,
quejido por quejido.
Cuando estamos juntos, tu clítoris y yo
jugamos a perdernos entre las mariposas
y escuchamos lo que pasa en el viento:
por qué canta o se desviste,
por qué va entre las flores como un marino ciego.
Tu clítoris, amada, es el camino a Roma.
El único, el necesario. Es el viajero y el viaje.
La isla
para abandonarse a los pies de un caracol harto del mundo.
Tu clítoris, amada, hermano de mi lengua.
El mapa que conduce al último unicornio.
Nota del Editor: Ciertamente, este libro no llegó a publicarse íntegramente en Islas Canarias, pero Dopico consideraba que se trataba de un libro ya publicado, tal vez porque muchos de los poemas que lo integran aparecieron en diferentes medios literarios de Canarias y España. Nuestra redacción ha decidido entonces conservar la versión del poeta, que databa la publicación del libro en 2006.
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(De Los puentes de Arcadia, 2011)
EL DIARIO QUE NO SE ESCRIBE
Estoy vivo de aquellas cosas que perdí, pero no ileso.
Mientras comía pan con azúcar, enfermo, simultáneo,
mirando llover,
se posó en mi mano la cicatriz de un pájaro
y después de mis ojos pasó Ofelia desnuda, muy desnuda,
y supe que yo era un fósil,
un asqueroso fósil
floreciendo ante la cruel insistencia de la lluvia; enfermo,
muy enfermo de hembras que pasaban: extraviado, insolente,
casi autista, dirían.
Cada noche afilaba mi sombra para un día cortar
esa parte del mundo que alguien me negaba.
Mentí hasta convencer a mi otra mitad que debía huir conmigo,
amarga y amorosa.
Me convertí en el ruido del patio y en las puertas abriéndose.
Mudé pronto los huesos para tener una camisa
llena de bosques y caballos…
Con tal de que fuera visto desde el cielo
o desde cualquiera de esas hembras que pasaban
con culos gongorinos, indiferentes a mis bosques,
indiferentes a la profecía del almendro
cuando encontré en sus raíces, muertas, mis canicas.
La adolescencia es un país obligatorio. Sin mapas. Sin linternas.
