OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Mestizo pese a todo

 

Joel Franz Rosell

Página 2

No existió nunca una “literatura africana” en el territorio de la isla. Los primeros escritores negros o mestizos, surgidos en pleno movimiento abolicionista, en los años 1830, utilizaron lengua y formas hispánicas y lo único que los diferenciaba de sus colegas blancos era su biografía; no siempre explícita en sus narraciones y poemas. La tradición oral africana solo se incorpora a la literatura nacional después de ser puesta en evidencia y valor por la antropología (en pleno siglo xx) y no llegó a constituir ciclos de narraciones orales populares como en otros lugares del continente americano, sino que se acantonó en la religión; donde le compelía una función ritual que restringió su difusión. Es por imitación de lo que ocurría a principios del siglo xx en Europa occidental y de la mano de los etnólogos, que ciertos autores se inspiran (Alejo Carpentier) o recopilan (Lydia Cabrera) los primeros ejemplos de lo que podemos llamar narrativa afrocubana. Por esa época, la narrativa cubana ya festejaba su primer siglo de existencia.

Vista en su conjunto, la literatura cubana no rebosa de protagonistas negros, pero los mulatos (la “prueba material” del mestizaje) son todavía menos numerosos. El teatro bufo, en su lúcida caricatura de la sociedad colonial, presentaba los tipos del gallego (el español), el negrito y la mulata (los cubanos); torpe y enamorado el primero, pícaro y astuto el segundo, sensual e interesada la tercera, las simpatías de los autores del género iban, ostensiblemente hacia los personajes cubanos, aunque dieran de ellos imagen tan poco positiva. Cada representación terminaba inevitablemente en rumba donde el gallego se meneaba grotescamente, y el negrito y la mulata con pericia lasciva. Esta idiosincrasia de la “gente de color”, presuntamente proclive al choteo, la trampa y el jolgorio, explica para muchos la desconfianza del Castrismo hacia los valores afrocubanos, que se trató solapadamente de encerrar en el cuarto de trastos de la Cuba socialista.

Cecilia Valdés, la mulata por antonomasia, es el más famoso de los personajes literarios cubanos, aunque pocos hayan leído la voluminosa y cansona novela de don Cirilo (su celebridad se la debe a la zarzuela del mismo nombre5 y a populares adaptaciones radiales, televisivas, cinematográficas, etc.). Cecilia es la primera protagonista mestiza de nuestra literatura (la primera versión de la novela fue publicada en fecha tan temprana como 18396) y en la versión definitiva la acompañan otros personajes de su misma condición, aunque de piel menos clara, como su amante despechado, el clarinetista José Dolores Pimienta, su amiga Nemesia o Mereces Ayala, animadora de todo un “salón” habanero que, por supuesto, no era literario sino musical. La Habana de entonces abundaba en bailes donde se mezclaban las “cortesanas” mulatas, los músicos “de color” y los criollos blancos acomodados: eran los templos laicos y populosos del mestizaje.

En 1841, la también poetisa y dramaturga Gertrudis Gómez de Avellaneda da a conocer, desde su voluntario exilio español, la novela Sab, protagonizada por un mulato. Pero se trata de un relato romántico cuyo protagonista está demasiado idealizado para ser representativo de su grupo socio-racial. El mestizaje y la condición de los mulatos no alcanzó, fuera de Cecilia Valdés el desarrollo que tendrá, en torno al círculo de Domingo del Monte, la novela antiesclavista (obras escritas en los años 1838-40, pero que por razones de censura, solo aparecerán décadas más tarde, cuando la Esclavitud ya estaba condenada en nuestro país). Una narrativa similar no volvió a eclosionar en Cuba ni en el primer medio siglo de república burguesa ni en los primeros 30 años de Castrismo. Es solo en este siglo xxi que comienza, que la temática del negro y el mestizo -vistos como seres humanos cabales y no como una causa, comprendidos como actores de una sociedad “normal”, sin la aberrante división entre esclavos y hombres libres- ingresa sin cortapisas en literatura nacional.

Antes de proseguir, debo advertir que no he hecho un estudio específico de la cuestión del mestizaje en las letras cubanas. Me apoyo en lecturas, que a menudo datan de muchos años, de libros que raramente tengo a mano. Mi fragmentario conocimiento de la narrativa cubana contemporánea me obliga a excluir de mis hipótesis lo que se viene publicando desde que, con la crisis ideológica provocada por la caída del Muro de Berlín, todo lo relacionado con los negros y mestizos viene saliendo a la superficie. Sé pertinentemente que en las novelas de narradores contemporáneos tan representativos como Pedro Juan Gutiérrez o Leonardo Padura hay una presencia clarq de ese mestizaje que la revolución castrista no hizo sino incrementar.

Pero esta comunicación no versa sobre la representación del mestizaje en la literatura cubana. Solo he traído mi personal testimonio -como individuo y como escritor- del prolongado proceso de mezclas raciales y culturales en que se funda la identidad cubana…

 

Los niños primero

Por su misión tanto estética como formadora e informadora, y sus relaciones de dependencia y conflicto con la escuela, la literatura infantil suele abordar sus temáticas de manera más explícita que el libro para adultos, amén de mostrarse a menudo más atenta a la cotidianidad. Dentro de la especialidad (soy autor e investigador de libros para niños, y en este campo sí me considero pasablemente informado) uno de los primeros títulos que aborda la cuestión del mestizaje, desde una perspectiva sumamente peculiar, es  Ponolani (1966)7. Dora Alonso, autora blanca, rescribe los relatos de su “madre de leche”, la negra criolla Emilia, quien los heredó de su propia genitora, una antigua esclava nacida en Africa. Lo que distingue este libro de otras recopilaciones de narraciones afrocubanas no es solo su aparición relativamente temprana, la fuerza del estilo o el hecho de que sea un libro para adultos que devino libro juvenil; su singularidad radica en que los cuentos están engastados en la desventura que convirtió a Ponolani, libre muchachita africana, en la esclava Florentina. Por haberlos bebido en la fuente directa e integrado en su construcción como individuo, la conocida escritora se vuelve mestiza (como todo cubano, en fin de cuentas, sea cual sea el color de su piel), y este libro resulta uno de los mejores ejemplos de nuestra literatura mezclada.

Algún otro texto he leído en el que las relaciones entre negros y blancos (excepcionalmente aparecen representantes de los otros grupos emigrantes) rozan la cuestión del mestizaje. El aborigen (en los libros infantiles, pues en la narrativa contemporánea para adultos no creo que haya gran cosa; es un no-tema) es evocado en historias que muestran, a menudo con poca eficacia narrativa y cuestionable rigor antropológico, la vida en la época pre-colombina; cuando no se trata de relatos ubicados en los primerísimos tiempos de la colonización con la casi única finalidad de probar la temprana vocación del cubano por las luchas sociales. Teresita Gómez publica en 1972 “Flores, miel y oro”, una leyenda que relata el amor entre una española y un cacique taíno. Pese a su poco relieve y brevedad, este texto consiguió uno de los premios del primer concurso literario La Edad de Oro8. Un poco más lejos va David García Gonce cuando describe en “Los bandidos” (1974) 9la variopinta composición de una aldea de disidentes del régimen colonial. El grupo de cimarrones lo encabeza un negro (“un hombre muy inteligente. Sabía leer y escribir”) y lo integran un indio, “el viejo barbudo que arreglaba las cuerdas de un violín (…) el que era gago y se llamaba Jabao, (…) el español calvo que tenía un tubo llamado telescopio (…)”. Cuando se produce el encuentro entre los protagonistas (el aborigen Bibí y su hermanita Viruta), el jefe de los rebeldes dice (al lector, tanto como a los personajes): “Entre nosotros no se habla de negros ni de blancos ni de indios (…) Somos hermanos y nada más”

Los dos textos arriba comentados son característicos de los primeros años 70, cuando el I Congreso de Educación y Cultura (1971) y el I Forum sobre literatura infantil (1972) promueven el desarrollo del libro para niños, concebido explícitamente como “instrumento en la formación de las jóvenes generaciones”. Aunque el didactismo y la impronta ideológica van a pesar sobre la literatura infantil cubana hasta mediados de los años 80, pronto algunos autores consiguen hacer volar su talento dentro de la jaula. Entre la diversidad de temas, una de las primeras obras que aborda, aunque sea metafóricamente las bases de un posible mestizaje es Román Elé10 (1976). Nersys Felipe denuncia en esta noveleta el racismo que sobrevivía en los campos de Cuba en los años 1950, a través de la prohibida ternura entre una niña blanca y rica, y un niño negro, presumiblemente nieto de esclavos.

Yo nunca he visto una abuela como la mía.
   -¿Tú eres mulata, Abuela?
   No me responde, pero se ríe.
   Parece que por eso le gusta tanto el olor de las flores y el trinar de las bijiritas. Y el amanecer del sol.
   -¿Tú eres blanca, Abuela?
   No me responde, pero se ríe.
   Cuando Abuela se para delante del fogón a revolver la harina de maíz tierno o a freír los tostones, parece una flor. O un camino nuevo por entre la tierra recién arada. O un caracol.
   (…)
   -¿Qué tu eres, Abuela?
   -Cubana, reyoya y por los cuatro costados.11

 

En Mis dos abuelos (1993), Luis Cabrera Delgado teje un retrato, personal y poético, de su patria. Es un modesto volumen de recuerdos, leyendas de autor y anécdotas que desgranan, alternándose, la voz de la abuela cubana y la del abuelo español del narrador principal, quien se revela el autor mismo gracias al paratexto: sendas fotos incluidas en la tapa y la contratapa.

Es menester precisar que, sin tenerlo por tema, la escritora mulata Excilia Saldaña, aborda del mestizaje con más profundidad y antes que Cabrera. Lo hace en algunos versos de Cantos para un mayito y una paloma (1984), y sobre todo en el libro de poemas y prosas poéticas La Noche (1989). El libro de Saldaña está construido como una conversación retórica –en cierto modo socrática– entre la escritora y la abuela: juntas tejen una Regla de Vida. Es una obra más ambiciosa y lograda que Mis dos abuelos; sobre todo porque construye un discurso donde lo mulato no es solo contenido, sino forma; al combinar un perfecto dominio de la métrica española con una rítmica que recuerda las mejores páginas de Nicolás Guillén, y un aparato tropológico sabiamente “amorenado”:

-Es una doncella de dulce mirada,
   vestida de ébano, descalza y cansada. Es
   negra y es bella. Es sabia y callada
   (…)
   En potro muy negro de sueños cabalga
   Y va a la laguna a mirarse la cara:
   ¡Qué cara tan negra le devuelve el agua,
   qué cara tan linda, qué envidia de cara!12

 

Diez años después, Ariel Ribeaux, un joven escritor mulato, parte de la relación conflictiva entre dos niñas –una blanca, perteneciente a esa extraña neoburguesía surgida en contacto con los extranjeros que visitan la Cuba posterior a la caída del Muro, y una negra, de extracción popular– que terminan unidas por la más hermosa comprensión y solidaridad. El oro de la edad13, que muestra desde la ilustración de tapa la diferencia de raza entre las protagonistas, ganó singular notoriedad por haber osado, actualizando creativamente, la intertextualidad con el idolatrado clásico de la literatura cubana La Edad de Oro (1889) de José Martí.

Cuando autores blancos recrean la vida de personajes negros, o su tradición oral, para ponerla en las manos y en el corazón de niños cubanos de cualquier color –Cuentos de Apolo (1947) de Hilda Perera, Akeké y la jutía (1978) de Miguel Barnet, Cuentos de cuando La Habana era chiquita (1983) de Antonio Orlando Rodríguez, Cuentos de abuelas (1986) de Roberto Pérez León)–, o cuando escritores negros y mestizos comparten su herencia con los cubanitos de una u otra color –Kele kele (1987) de Excilia Saldaña, Cartas al cielo (1998)  de Teresa Cárdenas, o Paquelé (2000) de Julio Llanes–, están todos favoreciendo el proceso de mestizaje cultural sin el cual Cuba no sería,  no continuará siendo, la que es.

 

Ser para creer…

El de mi familia es el caso típico de aquellos mestizos cubanos que a principios del siglo xx invirtieron mucho talento y sudor en alejarse del sótano social donde se confinaba, apenas una generación antes, a sus ancestros todavía frecuentemente esclavos. La necesidad de borrar ese oscuro pasado llevó a cierta clase media baja mestiza a rechazar toda conexión estética, social y religiosa con lo afrocubano. Por supuesto, nunca ignoré el color de mi piel ni tuve problemas de identificación con los mulatos (mayoritarios en todos los estratos de mi parentela materna) y los negros (abundantes en la rama paterna), pero ni siquiera ellos estaban en condiciones de aportar a mi construcción personal los rasgos más característicos del afrocubano. La trágica escisión se había producido en vida de mis bisabuelos, o incluso antes.

En mi familia se mezclan sangres blanca, negra, aborigen y hasta china (quien sabe si algo más, pues un apellido de sospechosa sonoridad arábiga aflora en mi árbol genealógico). Pero esa variedad racial no implica diversidad del aluvión cultural: jamás mi madre me cantó una nana como la archiconocida “Drume negrito”, jamás mi abuela me contó un patakín, nunca hubo en casa de mis padres o abuelos la menor ceremonia o símbolo relacionado con la Santería.

En lo anterior yo veo la influencia determinante del hecho de que mi familia fuera bautista y no católica...

El protestantismo llegó a Cuba bien avanzado el siglo xix, gracias a la labor de activistas estadounidenses. Como los cultos afrocubanos sincretizan habitualmente con la religión católica –que era la de la autoridad colonial y esclavista– el culto reformado, procedente de la moderna y democrática república del norte, tenía todas las posibilidades de seducir a quienes se libraban de la servidumbre, pero seguían oprimidos por la discriminación racial. El Protectorado estadounidense –que se extendió del fin de la guerra de independencia, en 1898, a la proclamación de la República, en 1902– fue un período de proselitismo protestante que hizo blanco en los mestizos que iban emergiendo de la base de la pirámide socio-económica cubana.

Sospecho que mis padres, como la mayoría de mis tíos, consideraban la religión como un tejido social más que como referencia metafísica y amparo espiritual, pues abandonaron demasiado fácilmente sus prácticas religiosas externas (de la eventual existencia de alguna práctica interna no guardo el menor recuerdo). Poco tiempo después de la triunfal entrada de Fidel Castro en La Habana, la iglesia católica entró en conflicto económico e ideológico con la Revolución y ésta aprovechó la ocasión para acusarla de complicidad con el imperialismo yanqui. Se desacreditó así a la enojosa competidora que era toda institución religiosa (católica, protestante, afrocubana o judía) sin provocar la protesta de las masas populares, que veían en el proceso revolucionario valores más claros y próximos, y un ascensor económico y social mucho más eficaz. Los elementos culturales vinculados a las diversas religiones sufrieron un golpe bajo, máxime teniendo en cuenta los ambiciosos planes de reinvención cultural puestos en marcha por los ideólogos marxistas, cada vez más influyentes en el nuevo aparato estatal.

Recuerdo que ya en el tercer o cuarto año de la Revolución, mis padres habían dejado de acudir los domingos a la iglesia bautista, e incluso evitaban a sus antiguos correligionarios, cambiando de calle para no pasar frente al pequeño templo del barrio. Se justificaban diciendo que su trabajo y sus tareas revolucionarias acaparaban todo su tiempo, y nos utilizaban a sus hijos y a la abuela para disimular su progresiva desafección. Hasta que un domingo por la mañana, sin siquiera ponernos previamente de acuerdo, mi abuela, mis hermanos y yo pasamos de largo frente a la iglesia y nos metimos en el cine que abría sus puertas encristaladas tras la esquina próxima. Puedo afirmar que no fueron los discursos de Fidel Castro, sino los dibujos animados –hollywoodenses o del “Campo Socialista”– los que nos libraron de lo que Lenin llamó “el opio del pueblo”.

De la Santería y la Regla de Palo ignoré incluso los nombres hasta muy tarde. Nunca vi, ni siquiera de lejos, una de sus cada vez más secretas ceremonias. Recuerdo que una vez llegó hasta mi casa en Santa Clara, el eco de unos tambores lejanos. Con una mezcla de desprecio y aprensión mi madre murmuró: “Ya están esos atrasados…”. Con similar incomprensión, recelo y un poco de burla contemplaría yo pocos años después los alimentos que una de mis tías-abuelas habaneras (la única en la familia que nunca sucumbió al ateísmo) ofrendaba a San Lázaro, ese horrible santo cubierto de llagas. Tendría yo quince años y estaba interno en un preuniversitario nombrado nada menos que “Carlos Marx”, donde comencé a militar en la Unión de Jóvenes Comunistas, por entonces implacablemente antirreligiosa. Cuando salía de pase, los fines de semana, iba a casa de esa tía-abuela y dormía en el mismo cuarto donde ella tenía su altar con el santo de yeso y, en el suelo, oculta por una cortinilla, una cazuela de barro con piedras, yerbas y no sé qué más. Mi tía-abuela practicaba el cubanísimo sincretismo de catolicismo, santería y regla de palo (y nótese que si el Santo estaba relegado a su cuarto, el “altar” afrocubano estaba todavía mejor disimulado).

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