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En “La Isla de las Alucinaciones” me detengo también en otros tópicos a propósito de lo cubano:
-¿No bailas? -le preguntó Paloma.
-No.
-¿No te gusta?
-Ignoro si me disgusta porque no sé, o no sé porque no me gusta. El caso es que soy absolutamente incapaz de bailar y no me importa.
-¿De veras? -se asombró Paloma-. Creí que todos los cubanos sabíais bailar.
-Un prejuicio como otro cualquiera.
-Pero tú eres…este…
-Soy negro. Era eso lo que ibas a decir, ¿no?
Paloma se puso tan colorada que Carbó se echó a reír.
-¡Tranquila! También la mayoría de los cubanos cree que todos los españoles bailan flamenco, que los franceses usan boina y que no hay inglés que no sea flemático y puntual… El baile es cultural y no se lleva en la sangre como dicen algunos. Yo soy negro como mis padres, como mis abuelos, mis tatarabuelos… y así hasta el origen de la especie en algún lugar de África. Pero un toque de tambor me deja tan frío como a un esquimal. En mi casa nadie baila ni escucha salsa; lo nuestro es la música clásica, la ópera y el jazz. En cambio, ahí tienes a Jorge, un salsero blanco, o a su mamá: una pelirroja que se gana la vida cantando sones y boleros.
El mestizaje no es una mera circunstancia del pasado. Cada día un elemento nuevo se añade a nuestros conocimientos, experiencias y valores; modificándolos, fecundándolos. Mi realidad de escritor trashumante me ha forzado a una forma de hibridación lingüística. He publicado las versiones castellanas de mis libros en Cuba, España, Argentina y México (varios han aparecido en dos o más de esos países), por no hablar de cuentos que se reparten en diversas antologías y publicaciones periódicas de los más variados rincones del mundo ibérico. Cada edición de mis libros posteriores a 1987 me ha obligado a afrontar el hecho de que el castellano cambia con cada frontera. En literatura para adultos esa diversidad es vista como una riqueza adicional, pero no en los libros para niños. La existencia de una norma lingüística oficial que imparte la escuela, primer cliente de la edición infantil, lleva al maestro a desconfiar de los libros que no confirman las reglas gramaticales, ortográficas o prosódicas que él se empeña en inculcar a sus alumnos. Por su parte, tampoco el editor quiere dificultar la comunicación con sus jóvenes clientes… que se muestran más intolerantes de lo que suele pensarse ante un modo de expresión diferente.
Para mí la lengua no es un simple vehículo de historias. Peso, sobo y paladeo cada palabra, y me cuesta mucho renunciar a una de ellas o a uno de sus diversos sabores. Al mismo tiempo sé que el libro, como el amor, es cosa de dos: el autor y el lector (a la hora de la verdad, solo quedan ellos) y hay que encontrar un terreno, una tierra, una arcilla común. A veces me conviene el sinónimo que me propone el editor y a veces busco uno que no me resulte tan lejano; a veces me aferro a un cubanismo rellollo que trato de volverle familiar a mi exótico lector mediante toda clase de artimañas: convirtiéndolo en nombre propio, repitiéndolo hasta tornarlo habitual, envolviéndolo en misterio, rellenándolo de comicidad, vistiéndolo de donaire… sin renunciar a los recursos de base: la explicación por el contexto o la nota explicativa (que como en la narrativa infantil se pierde si relegada a pie de página, cabe convertirla en explicación anecdótica por un personaje, integrándola así a la historia). A veces me meto en un berenjenal por evitar que personaje alguno hable en segunda persona del plural, evitándole a un personaje cubano el comuncísimo “vosotros” peninsular, que a los latinoamericanos nos sabe a virreinato.
Personalmente estoy convencido de que el castellano es lengua global y que todas sus mutaciones son igualmente dignas, expresivas y sabrosas… y quisiera que mis variados lectores lleguen a disfrutarlo conmigo.
El proceso de mestizaje (¿me repito?) es universal y permanente. Nos pasamos la vida mezclando cosas simples o descomponiendo las que son complejas; como la mezcla de oxígeno, nitrógeno e hidrógeno que nos entra por las narices y que nuestros pulmones transfornan en el puro oxígeno que necesitan nuestras células y nuestra sangre.
Por eso también considero mestiza mi manera de uncir realismo y fantasía, ficción y reflexión, palabras y dibujos, motivos íntimos y sociales, cubanía y universalidad, detalle exacto y símbolo estilizado… y, más que ninguna otra, la hibridación implícita en aquel reto que me lanzara, hace casi 30 años, don José Soler Puig: dirigirme a los chicos sin dejar de ser quien soy.
Mis lectores primados son los niños, pero (como dijeran Andersen, James Krüss y algún otro) sé que hay un adulto mirando por encima del hombro del niño que lee, y ese adulto también me interesa: puede ser nada menos que el padre, la maestra, una bibliotecaria, un crítico, otro autor... o yo mismo. Porque todo escritor escribe, antes que todo, para sí mismo; para decirse, para revelarse. Y no hay verdad que pueda trasmitirse con un discurso fingido.
Nota de los editores
Notas del artículo:
1.- Según Omar López Montenegro... la que es considerada la primera obra de la literatura nacional auténtica, el paso decisivo hacia la creación de la identidad nacional en el arte, es nada más y nada menos que CeciliaValdés, una historia donde el mestizaje es el elemento unificador de la obra y su tesis principal, lo que demuestra que el arte nacional nació mestizo (sin olvidar que la primera obra literaria escrita en Cuba, Espejo de paciencia (1604), tiene por héroe al negro Salvador Golomón, que mata al pirata francés Gilberto Girón durante el rescate del obispo que da tema a la obra. Lo criollo –primer paso hacia la construcción de lo cubano– se evidencia en dicho poema épico-testimonial desde sus formas, al combinar formas de versificación típicamente castizas con una palpable fruición en la acumulación de palabras que denominan elementos de la realidad material de la isla. In: "De verdades a medias a la Acción negativa: Relaciones Raciales y Estructuras de poder en Cuba" (http://fiu.edu/~fcf/omarraza.html)
2.- Los verdaderos conocedores y practicantes de la principal religión afrocubana prefieren hablar de Regla de Ocha (¿el dominio? ¿la ley?) de los orichas, deidades que integran el complejo y fascinante panteón yoruba y que han sido considerados más próximos al Olimpo griego que al santoral católico con el que sincretizan (de ahí la denominación vulgar de Santería). El segundo culto afrocubano es conocido como Regla de Palo, por tener como referencias mágicas dominantes a fuerzas de la naturaleza frecuentemente corporeizadas en árboles.
3.- Fernando Ortiz: Glosario de afronegrismos. La Habana. Editorial Ciencias Sociales, 1992; p. 336
4.- Dora Alonso: Ponolani. La Habana. Editorial Gente Nueva, 1978; p. 13
5.- Cecilia Valdés, zarzuela en dos actos de Gonzalo Roig, estrenada en 1939. La zarzuela cubana, muy popular en los años 30 y 40 del siglo xx, tuvo no pocas heroínas mulatas.
6.- Un año después de Petrona y Rosalía, de Félix Tanco, colombiano residente en Cuba.
7.- Mención del Premio Casa de las Américas en 1962, Ponolani tuvo su una primera edición, para adultos, en Ediciones Granma, 1966. Desde la edición de Gente Nueva, 1978, el libro es propuesto a un público juvenil.
8.- Cuentos. Premios Concurso “La Edad de Oro”. La Habana. Gente Nueva, 1972. Nueve cuentos de nueve autores galardonados en la primera edición de un certamen que, a continuación, no convocará textos breves, sino manuscritos inéditos integrados por conjuntos de poemas o de cuentos, piezas de teatro, literatura informativa –científica o histórica y, bien tardíamente, novelas.
9.- “Los bandidos”, de David García Gonce, aparece junto a otros cuentos de este narrador y autor teatral: “Bibí”, que introduce a los protagonistas del cuento objeto de la cita, “Papobo” (que tiene por protagonista a un niño negro, libre, que vive en La Habana a fines del siglo XVII) y otros textos más convencionales (con personajes animales). Completan la compilación Cuentos para ti, vol. 3 (La Habana. Gente Nueva, 1974) relatos de otros dos autores: Teresita Gómez y Elpidio Pacios Mederos.
10.- Nersys Felipe: Román Elé. La Habana. Casa de las Américas, 1978 (Premio Casa de las Américas 1976)
11.- Luis Cabrera Delgado: Mis dos abuelos. Santa Clara. Ediciones Capiro, 1992; p. 7
12.- Excilia Saldaña: La Noche. La Habana. Gente Nueva, 1989; p. 22
13.- Ariel Ribeaux Diago: El oro de la edad. La Habana. Ediciones Unión, 1998 (Premio UNEAC, 1997)
14.- La versión actual de ese libro, con el título de La lechuza me contó, ha sido publicada en México (Progreso, 2004) y traducida al vasco, con mi primer trabajo de ilustración (Desclée, 2006).
15.- La légende de Taïta Osongo. Cayenne. Ibis Rouge, 2004 (traducción de Pierre Pinalie) fue publicada en castellano en 2006 (Fondo de Cultura Económica) y traducido al portugués (Ediçoes SM do Brasil) en 2007.
16.- Incluido en sendas compilaciones de 1991 y 1995 con el título de “Castillos van, castillos vienen”, el cuento se convierte en álbum ilustrado y cambia su título por La canción del castillo de arena. Bilbao. Editorial A Fortiori, 2007. La edición francesa de Ibis Rouge precede en seis meses a la española. Dada mi corta experiencia como ilustrador, ese tiempo es suficiente para que las ilustraciones de la versión definitiva sean muy superiores a las de versión francesa.
17.- Era uma vez um jovem mago (São Paulo. Editora Moderna, 1991; traducción de Laura Sandroni) no se distingue de Los cuentos del mago y el mago del cuento (Madrid. Ediciones de la Torre, 1995) solo por los tres textos nuevos y las correcciones introducidas en los anteriores, sino por una ordenación que modifica el sentido del libro como totalidad.
(Cuba, 1954) Escritor, ilustrador e investigador literario. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Central de Las Villas (Cuba). Cursó postgrados en universidades de Santiago de Cuba, La Habana y París (DEA en Literatura Hispanoamericana, Sorbonne Nouvelle, 1997). Ha trabajado como promotor literario (Ministerio de Cultura de Cuba), bibliotecario, escritor radial, profesor (Universidad de Marne-la-Vallée) y como periodista (Radio Francia Internacional). Tras dejar su país, en 1989, vivió en Río de Janeiro, Copenhague, París, Buenos Aires y Bilbao, antes de instalarse nuevamente en París. Allí se dedica actualmente, por entero, a la creación y a las animaciones literarias. Ha publicado una veintena de libros para niños y adolescentes, y más de un centenar de ensayos y artículos sobre literatura infantil y cultura cubana. Sus obras han aparecido en varios países de América Latina, en España y Francia, y han sido traducidos a lenguas como el portugués, el gallego, el vasco y el coreano.