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No fue hasta cumplidos los veinte años que, en clase de Panorama de la Cultura Cubana, en la Universidad, oí hablar abierta y antropológicamente de patakines y orichas (esos dioses-héroes yorubas, tan parecidos a los dioses de la Antigua Grecia), firmas abakuá, tambores consagrados y otros elementos de los cultos afrocubanos. Entonces descubrí la fascinante complejidad y diversidad de aquellos ritos y creencias, y comprendí que eran patrimonio no solo de negros, mestizos… y blancos creyentes, sino parte indisociable de la cultura cubana. Sentí vergüenza de mi ignorancia y me propuse corregirla.
Desde entonces he leído bastante sobre el tema. Pero una cosa es saber y otra, sentir: la cultura afrocubana, debo rendirme a la evidencia, nunca será completamente mía.
“Todo eso está muy bonito, pero… ¿y tú dónde estás?”
Acababa de cumplir 13 años cuando terminé mi primera novela, inspirada en la película francesa La Guerra de los Botones. Mis modelos literarios eran por entonces Enid Blyton y Hergé; una inglesa y un belga que, junto a otros autores occidentales de novelas detectivescas, realistas y de aventuras. Catorce años después, cuando entregué a una editorial habanera el que se convertiría en mi primer libro, El secreto del colmillo colgante (1983), mis referencias incluían a Mark Twain y Julio Verne, al alemán Erich Kästner, al soviético Arkadi Gaidar y a mi compatriota Dora Alonso. Pero ni siquiera esta última –por entonces– me acercó a mis ignoradas raíces.
En 1974, a punto de ingresar en la Universidad, me había incorporado al entonces activo movimiento de talleres literarios. Estas agrupaciones cumplían una doble función: posibilitar el desarrollo estético de escritores aficionados y/o noveles… y controlar su “correcta” orientación ideológica. Leí a tantos autores de los Países Socialistas como de mi propio país, pero seguí sin descubrir mis esencias. Es que no solo los negros y mestizos no éramos precisamente mayoría en los talleres literarios, sino que igualmente minoritaria era la presencia de lo afrocubano en las ediciones a mi alcance. El rumbo marxista-leninista emprendido por la que fuera revolución nacionalista, había sido fatal al efímero interés (primeros años 60) por los estudios afrocubanos, y las escasas ficciones publicadas a partir de tales fuentes habíanse vuelto invisibles, incluso antes de que yo me percatara de su existencia.
La preceptiva cultural castrista promovía el acercamiento al obrero y el campesino, a la “vida del pueblo”. Pero el realismo socialista que aspiraban a desarrollar nuestros comisarios culturales no conquistó más que a un reducido y poco convincente puñado de escritores. Paradójicamente, el mejor ejemplo de aquella estética estalinizante, Manuel Cofiño, fue también autor de la primera novela que me reveló una parte de la siempre disimulada realidad (con el agua de su revolucionario baño, habían botado al bebé afrocubano): Como la sangre se parece al fuego (1975) relata el conflicto de un hombre que trata de conciliar sus valores del pasado (los de la sociedad secreta Abakuá) con los principios castro-leninistas.
Por formación, por gusto y tal vez por conflicto generacional, yo oponía al localismo, el mimetismo y el descuido formal perceptible en muchos de mis compañeros de taller literario, un concepto de literatura de alcance universal y excelencia estilística.
Olvidando las cincuenta y cuatro protonovelas que escribí entre mis 13 y 20 años, intenté abrirme paso en el movimiento literario aficionado con cuentos de un realismo apenas menos edulcorado que el de mis narraciones extensas pero pueriles... Hasta que en 1979, a horcajadas entre el “universalismo” que me seducía y el compromiso con la época en que vivía, combiné fábula y leyenda, ecología y política, didactismo y fantasía, para contar la lucha fratricida de dos comunidades negras: cocuyos y grillos que representaban a los etíopes y somalíes enfrascados en la guerra del Ogaden. Ese cuento fue mi primer premio nacional y mi primera ficción en una revista importante. Un año más tarde, con seis cuentos más, armaba mi segundo libro: De los primeros lejanos tiempos, la lechuza me contó, que la Editorial Oriente tardaría cinco años en publicar14.
Con aquellas “fabulendas” había dado un paso decisivo hacia la construcción de un estilo propio. Pero mi personalidad narrativa seguía demasiado subordinada al destinatario que había escogido. Este es un peligro que acecha a quienes nos consagramos a la infancia: escribimos para niños en vez de literatura infantil, que es aquella que comprende –entiéndase el verbo en todos sus sentidos– al niño y lo expresa, sin por ello marginar las preocupaciones y ambiciones del adulto que es su autor.
Fue el gran novelista cubano José Soler Puig quien, tras leer el manuscrito de ...la lechuza me contó, me reveló mis límites al espetarme, con la abrupta lucidez que le caracterizaba: “Mira, todo eso está muy bonito, muy bien escrito y lo demás… pero ¿y tú? ¿Dónde estás tú?”.
Yo vivía entonces en la muy caribeña provincia de Santiago de Cuba y la plenitud de su afrocubanía no tardó en fecundarme. Sin proponérmelo conscientemente y sin recordar el programático reto de Soler Puig, integré aquella sensibilidad caribeña en una obra radicalmente nueva: un relato que resumía metafóricamente el doloroso mestizaje necesario para constituir el pueblo cubano... y mi propia familia. Esa narración conquistó el premio Heredia (creado en honor del poeta que acuñó el símbolo romántico de lo cubano, la palma real; primo de su homónimo, el poeta parnasiano francés José Maria de Heredia).
El premio incluía el derecho a publicación, pero me negué a poner en manos de los lectores un texto que sentía inacabado. La solución técnica del problema pude haberla encontrado rápidamente; pero la madurez que exigía la temática identitaria de aquel libro no la alcancé antes de cumplir tres lustros de trashumancia por Brasil, Dinamarca, Francia y Argentina. La publicación de La leyenda de Taita Osongo15, primero en francés y, dos años después, en castellano, solo era posible tras un inevitable proceso de investigación sobre mí mismo y sobre mi identidad mestiza.
Mi novela cuenta el amor imposible entre un negro esclavo y una joven blanca y rica, pero también el enfrentamiento mortal entre el abuelo cimarrón del uno y el padre esclavista de la otra. La motivación inmediata de ese relato fue una situación que yo estaba viviendo (aunque el hecho de que mi pareja tuviera la piel blanca no es lo que impedía nuestra relación). Muchos años después comprendí que mi inspiración se apoyaba en algo mucho más hondo y distante: el amor asimétrico de mi abuela, mestiza de negro y aborigen, por el hombre blanco que le negó su apellido a mi padre.
La leyenda… es mi libro más mestizo puesto que tiene por temas el tráfico de esclavos, el desafío a la institución esclavista (y su corolario, el racismo) por un amor entre individuos de razas y clases sociales entonces inconciliables, a los que presta su apoyo un mago africano trasplantado al entorno cubano con las artes mágico-ecológicas adquiridas en su continente natal. Este libro también es mestizo porque en mi inspiración se superpusieron lo personal, lo familiar y lo histórico, y porque en el plano formal combiné la tradición de literatura infantil cubana (de raíz hispano-francesa) con algún elemento mítico africano y un inesperado aporte estructural ruso. Para terminar, se trata de una novela con tono de leyenda, de literatura infantil que puede leer un adulto, de realidad híbrida de fantasía, y de ficción preñada por la Historia.
Un receta personal para el ajiaco de que hablaba al principio. A consumir con los ojos y el corazón.
Por la vía de la intertextualidad La leyenda de Taita Osongo se nutre de otras mezclas. El país imaginario del que proceden los esclavos de mi historia se llama Sóngoro Cosongo (de ahí se deriva el nombre del protagonista). La alusión a Nicolás Guillén es evidente: Sóngoro Cosongo (1930) es el título de su segundo libro; pero más que reconocer una influencia del llamado Poeta Nacional, lo que estoy diciendo es que –como él– me invento mi propia África. Otra intertextualidad me conecta con la rama hispano-cubana de nuestra literatura: mi antagonista se llama Severo Blanco en clara alusión a Pedro Blanco el negrero (1933), de Lino Novás Calvo. Finalmenet, la frase con que la serpiente reprocha al murciélago que le coma sus pomarrosas es cita textual de un cuento que el narrador criollo por antonomasia, Onelio Jorge Cardoso, incluyó en Caballito blanco (1974), el más plebiscitado libro infantil cubano.
Si mi comprensión de la realidad mestiza de mi país y de mi propia familia eclosionó en el clima mulato de Santiago de Cuba, no es sorprendente que mi primer viaje a la Guayana Francesa, en 2001, reanimara ese interés. Fue entonces que propuse la publicación de La leyenda de Taita Osongo a Ibis Rouge, editorial caribeña por excelencia. Cinco años después, tras un segundo viaje en que me entrevisté con niños negros, aborígenes y mestizos no solo en la "civilizada" costa sino en plena selva amazónica, emprendí un segundo y más completo proyecto de mestizaje.
La trama de La canción del castillo de arena16 la había imaginado en la playa Siboney, cerca de Santiago de Cuba, en la misma época en que escribí la primera versión de La leyenda de Taita Osongo. Pero, conforme a mi habitual lentitud de gestación, solo redacté el cuento cinco años después, en La Habana. Lo estrené en portugués, dentro de una compilación de nueve cuentos, y en castellano cuatro años después, en una nueva versiónque suma doce textos17. La canción… narra la relación entre un niño y su padre mientras construyen unos castillos de arena que el mar, noche tras noche, destruye. En cada nuevo castillo el pequeño imagina una princesa que –lo descubrí en la lectura de una adolescente cuyos padres se estaban divorciando– sustituye a la madre, jamás mencionada, del protagonista. Lo que aquella muchachita advirtió enseguida es algo que yo había depositado inadvertidamente en mi texto: aquel día lejano, en la playa santiaguera de mi inspiración, me acompañaba un joven amigo que sufría una difícil relación con su padre.
Lo que me hace evocar este cuento en una reflexión sobre el mestizaje es algo que surgió cuando, en noviembre de 2006, decidí ilustrar su tercera versión. Desde el primer esbozo, concebí un niño mulato y a su padre, negro. En cuanto a la princesa Caracola, en ningún momento dudé en hacerla blanca. No es que haya sucumbido al estereotipo las princesas de los cuentos, sino que de esa manera estaba sugiriendo que mi protagonista era mestizo. No creo haberme planteado conscientemente la conveniencia de que el libro, puesto que se iba a publicar en Guayana Francesa, ofreciera a sus lectores, mayoritariamente negros y mestizos, un héroe en el cual reconocerse. Quizás simplemente me dominó el recuerdo de los niños y adultos que me rodeaban en la remota Playa Siboney, casi todos de piel cobriza o broncínea.
Imagino que todas estas cosas bullía simultánea y solapadamente en mi cerebro. Solo me puse a pensar en las implicaciones de la “adaptación plástica” de mi texto cuando debí hablar del álbum, ya impreso, por primera vez. No puedo decir que motivación primó en el momento de la gestación. Ya se sabe el nudo gordiano en que se enreda quien pretende ser juez y parte.
Ni en su versión original ni en la actual, mi texto hace la menor alusión a la raza de los personajes; es algo que solo precisan las ilustraciones. Esto arroja luz sobre una forma de mestizaje inherente a los libros infantiles y particularmente a los álbumes ilustrados: la imbricación de dos discursos, uno en palabras y el otro en imágenes visuales. En el momento de su creación esos discursos son paralelos o sucesivos, pero se vuelven sincrónicos en la lectura. Lo más común es que el ilustrador y el escritor sean personas distintas, con experiencias y concepciones –ontológicas y estéticas– diferentes, pero incluso cuando se trata de la misma persona, hay hibridación.
Hoy me pregunto si una obra tan modesta habrá bastado para curar mi sutil esquizofrenia. ¿Mi realidad mestiza y mi falsa identidad blanca se habrán reconciliado al fin en La canción del castillo de arena?
Al margen de mis problemas de conciencia, este libro sugiere que los negros, mestizos y otras gentes “del Sur” no protagonizan solamente historias “propias” de su condición: pobreza, discriminación, familia numerosa, tradición oral (son los temas más frecuentes en los libros infantiles occidentales que les tienen por personajes). Sugiero que un niño negro, mestizo (y ¿porqué no? amarillo o de cualquier otro color) también sufre por la ausencia de un familiar entrañable, tiene celos de un hermano, teme a la oscuridad o se orina en la cama.
Al especificar el color de piel de mis personajes, pretendo hacerlo imperceptible, quitarle significación, banalizarlo. Un negro (y más en nuestro mundo globalizado por la emigración) es tan universal como un blanco, como un individuo de piel amarilla o roja.
Lo esencial (del mestizaje) es invisible a los ojos…
Decía al comienzo de estos apuntes, que Cuba es mestiza incluso cuando no se le nota. Uno de los rasgos de mi narrativa podría ser el abordar los temas que me importan incluso cuando no se ve, cuando no son el tema principal y ni siquiera un tema secundario. Pero también me ha pasado que las problemáticas implicadas en la múltiple composición étnica de Cuba sean impuestos a mi narrativa contra mi voluntad…
En los libros, historietas gráficas, piezas teatrales o programas de televisión cubanos suele atribuye a un negrito el rol de deportista, de chistoso, de cabeza loca, y a un blanquito (son diminutivos que solemos usar para suavizar lo incómodo del calificativo racial) el papel de individuo estudioso, cortés y comedido. Por eso en mis dos primeras novelas, El secreto del colmillo colgante (1983) y “Campamento en Costa Rara” (inédita como libro, pero estrenada como folletín radiofónico en 1989), decidí socavar el estereotipo invirtiendo los roles: en la pandilla que protagoniza ambos libros, el cortés y aplicado es un negro (para marcar mejor mi propósito le encasqueté los espejuelos/gafas que tipifican al sabelotodo), mientras que el deportista impulsivo era blanco y el cabeza loca chistoso no tenía definida la raza (en mi cabeza era un blanco de cabellos negros, muy delgado: el vivo retrato de un compañero de colegio).
Sin embargo, ¿qué ocurrió cuando ambas novelas fueron adaptadas por ajenos que no se tomaron el trabajo de pedirme autorización y menos aún de mostrarme sus versiones antes de publicarlas? ¡Pues que pusieron las cosas en su lugar! El sabihondo se volvió blanco (conservando los cristales de aumento, por supuesto) y al deportista le oscurecieron la piel. Como aporte personal, mis adaptadores atribuyeron a los adultos que desempeñaban los roles negativos en ambas historias, rasgos de negros o mulatos que yo nunca mencioné; dibujándolos de manera inconfundible en la historieta basada en El secreto…, y escogiendo un actor, por lo demás bastante conocido, para la fotonovela muy libremente inspirada en mi “Campamento…”). Lo paradójico de estas “reparaciones de la norma” es que la historieta gráfica fue publicada por la revista Verde Olivo, órgano oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y la fotonovela fue editada por la Editorial Capitán San Luis del Ministerio del Interior (todo esto en años del Castrismo “clásico”, entre 1985 y 1989). O sea que las dos instituciones encargadas de garantizar la pureza ideológica de la revolución socialista auspiciaron la introducción de un mensaje reaccionario en mis obras.
Si no pude hacer nada para impedir las citadas tergiversaciones, en mis nuevas novelas he confirmado a través de elementos secundarios, las temáticas que en otros libros llevo al primer plano ideo-temático. Ya expresé mi convicción de que la banalización puede ser un recurso para “normalizar” un mensaje inhabitual, pero también creo que el hecho de representar a un “tipo” con los rasgos que habitualmente se atribuyen a otro, permite subrayar el desplazamiento de sentidos.
Es lo que me propuse en Exploradores en el lago (2009), novela que retoma la pandilla que estrené, hace 26 años en El secreto del colmillo colgante. El tiempo ha pasado por mí más que por ellos, pero mis pequeños héroes han cambiado un poco: el deportista Pepe se llama ahora Héctor, al alocado Migue lo apodan Nito... pero, sobre todo, han aparecido chicas en la pandilla y el rol de sabelotodo corresponde a una de ellas. Sigue llamándose Yauri y teniendo la piel negra, pero es “fina y linda como una princesa”, así que le quité las gafas, que ahora lleva el bufón (nunca hay que romper un solo estereotipo por vez, o se nota que el propósito está cosido con hilo blanco). Exploradores en el lago es una aventura ecológica y la trama se centra en el robo de especies protegidas de una reserva natural donde hay restos de una aldea taína. Sugiero así a mis lectores que, de la misma manera que la civilización contemporánea destruye especies animales y vegetales, la civilización colonial destruyó las etnias aborígenes cubanas (el mestizaje cubano comenzó por una brutal amputación).
Mi tesoro te espera en Cuba (estrenada en francés en 2000 y actualmente en el catálogo de la editorial española Edelvives) presenta una forma particular de mestizaje: el choque dialéctico entre los intereses y concepciones de una niña española, y los de los chicos que ella conoce cuando viaja a Cuba en pos del tesoro escondido por su bisabuelo, emigrante español que huyó de la revolución castrista en 1959. Es también la historia de tres parejas diferentes –todas compuestas por española y cubano, o cubana y español– que deberán superar prejuicios y conflictos. La continuación de esta novela, “La Isla de las Alucinaciones” (en proceso editorial en España), ahonda en el conflicto bicultural de los principales personajes, al tiempo que se detiene en la menos tratada de nuestras grandes inmigraciones: la de los chinos. Ejemplo en esta conversación entre la protagonista y la abuela de uno de sus amigos cubanos:
¿Sabes?, aunque se dice que en La Chongolina todos somos chinos, la verdad es que estamos muy mezclados. Al principio, los braceros asiáticos eran solo hombres. En las plantaciones querían brazos fuertes; nada de niños, ancianos o mujeres. Muchos de los primeros chinos de Cuba vivieron sin mujer y no dejaron descendencia. Otros, aunque a veces estaban casados en China, se juntaron con negras y hasta con indias… que todavía por entonces quedaban algunas, sobre todo en los montes más apartados. Había bastante racismo en aquellos tiempos y pocos fueron los que se unieron a mujer blanca. Eso empezó a cambiar en el siglo xx; pero, de todos modos, el sueño de todo chino era traer una mujer de su tierra y algunos lo consiguieron. A La Chongolina, la única que llegó directamente desde Cantón fue Mamá Chong…