Luis Carlos López, el tuerto clarividente

Gloria Cepeda Vargas

Luis-Carlos-LopezLuis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriza nació en Cartagena de Indias el 11 de junio de 1899. Se estrenó respirando el aire de la llamada en Colombia República Conservadora  (1880-1930) con Núñez y la Iglesia Católica al timón. Con la Guerra de los Mil Días tocándole la puerta al año de iniciados sus estudios universitarios, no le quedó más remedio que ponerse al frente de la tienda familiar donde se vendían desde encurtidos y aceitunas hasta whisky y oporto. Pero al caer la tarde, detrás del mostrador, se iniciaba la tertulia literaria que había instalado para él y sus amigos.

“Hay poetas que llegan a su obra para cumplir una función de desintoxicación del género; para devolverle a la poesía el derecho a la comunicación, para que los poetas puedan expresarse como personas y no como sacerdotes de un culto exótico. Tal es una de las funciones del llamado Postmodernismo Hispanoamericano para la poesía del continente y de Luis Carlos López en el ámbito colombiano”, dice acerca de la obra de este extraño personaje  Guillermo Alberto Arévalo en excelente ensayo escrito a manera de prólogo para Obra Poética, Edición Crítica, publicada en Bogotá en 1979.

En un país atrasado y clerical, nació poeta y se hizo diplomático, editor y comerciante. Su tiempo fue como el de todos: altibajos históricos, maniobras genuflexas algunas tan retorcidas como la entrega de Panamá; Cuba y Puerto Rico convertidos en botín de la guerra hispano-yanqui  y entre otros zarpazos y contra zarpazos, el rechazo hispanoamericano al poderío emergente de los Estados Unidos, con la vida atornillada entre la luna biliosa y el monólogo aplastante de El domingo de murria, de holgazanería parroquial.

Se le conoce como poeta post modernista. Muchos de sus compañeros de generación escribieron poesía costumbrista y guasona pero nadie logró como él caricaturizar con tanta sagacidad y lirismo el provinciano devenir de su ciudad.

Le tocó crecer y trabajar a la sombra de la revolución industrial de post guerra y de los Manifiestos bretonianos de finales del siglo XIX y principios del XX que fracturaron la espina dorsal del planeta. Como surrealismo se designó ese tsunami  productor, entre otras extrañas criaturas, de las obras tridimensionales de Braque y Picasso, pintura de Dalí, genio de Charles Chaplin, sicoanálisis, marxismo, generaciones españolas del 98 y del 27, Trilce de Vallejo, Poeta en Nueva York de García Lorca, Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada de Neruda. Antología de la Poesía Hispanoamericana (Buenos Aires, 1926) prologada por Borges y Alberto Hidalgo, Suenan Timbres y La Vorágine de los colombianos Luis Vidales y José Eustasio Rivera respectivamente, con la publicación  de excelentes revistas literarias en Méjico, Perú y Colombia y el advenimiento de una dinámica industrial, política y filosófica, todavía vigente.

No intento hacer un recuento de los logros y fracasos del Modernismo. Las corrientes poéticas son tan complejas y sutiles como sus protagonistas. La crítica va y viene en torno a un movimiento que como todos se cayó por cansancio y saturación. Correspondió a Rubén Darío apagar los zumbidos románticos que aún soplaban y legar a sus contemporáneos latinoamericanos los resultados de su hazaña. Surgió Silva y escribió, sobre las arenas enlunadas del Nocturno,  un capítulo hasta ahora no superado en Colombia y por ahí siguió, tropezando y cantando, el cortejo que necesitaba la literatura del momento.

Hasta entonces Colombia dormía de espaldas a los nuevos vientos. Si acaso la voz de oradores revolucionarios como la de la antioqueña María Cano, tronaban en calles y plazas reclamando justicia para las oprimidas masas obreras y campesinas. La manera reciente de hacer literatura en el continente respondía al trabajo de grupos aislados. Luis Vidales, el poeta de Calarcá (Colombia) debió esperar medio siglo para que los censores de su país aceptaran y comprendieran Suenan Timbres, poemario publicado por primera vez en 1926, ignorado hasta su segunda edición aparecida en 1976. De manera que para Luis Carlos López y León de Greiff –los discursos poéticos más subversivos  entonces en Colombia- representaba una labor titánica desenredar ese ovillo de adjetivaciones y sonoridades casi feudales.

Designar a Luis Carlos López como el mejor poeta colombiano es aventurado. Tal señalamiento no es aplicable al misterio delirante de la poesía. Son destacables su estilo singular y palabra puntual. Sobre la irreverencia que lo caracteriza y el gesto socarrón que apuntala una observación permanente, está el valor para decir lo prohibido  en una ciudad que decidió vivir siempre a plomada. López es el cronista más asertivo de la vida cartagenera. Sus retratos de personajes ciudadanos trasponen lo sicológico y costumbrista: El barbero de pueblo que usa gorra de paja/ zapatillas de baile, chaleco de piqué/ es un apasionado jugador de baraja/ que oye misa de hinojos y habla bien de Voltaire (Hongos de la riba) o el destinado a la memoria de Casimiro, el campanero del pueblo: Se lo llevaron bajo un aguacero/ definitivamente –y quedó Juana-/ su sobrina, sin sol y sin salero/ ¡y tan hermosa como casquivana!.

No idealiza, describe. A pesar de utilizar formas clásicas, introduce en el soneto innovaciones métricas. Maneja el endecasílabo con soltura y con igual destreza rinde culto al sentimiento y la ironía. En el soneto titulado A Basilio, asoma el talón de Aquiles que lo hace suspirar: Tu organillo triste, tu organillo viejo/ cuando a media noche bajo los balcones/ gime dulcemente con amargo dejo/ de seguro arrulla muchos corazones/ Tu organillo triste de sentidos sones/ que refresca el alma con su amargo dejo/ mientras acaricia mis desilusiones/ cuántas cosas dice tu organillo viejo. Antirromántico y crítico de todo lo rancio, lo rígido, lo vetusto, con Barba Jacob, José Eustasio Rivera, Eduardo Castillo y Leopoldo de La Rosa, pertenece cronológicamente a la Generación del Centenario, heredera del estilo modernista en su país.

Nacido en una de las ciudades más rancias de Colombia, al fondo de su prédica vanguardista asoma el burgués. Publicó cuatro libros: De mi villorrio (Madrid, 1908) Posturas Difíciles (1909) Varios a Varios (1910) y Por el Atajo (Cartagena, 1920). La Biblioteca Ayacucho  recogió en 1994 la totalidad de su obra poética.

La genialidad de Luis Carlos López reside en su sagacidad para examinar el entorno y darle vida con palabras oportunas, sencillas y mordaces. Fue crítico acerbo de las costumbres, mandatarios y personajes de dudosa moral en la camaleónica sociedad de su tiempo; de las miradas de reojo, las trampas y encrucijadas. Aun en poemas de frescura colorida como el que alude a la campesina con ojos donde anida el pecadoy conmovedores aguafuertes donde la azotacalles proclama el triunfo de la inocencia callejera, se imponen la claridad del ojo y la honradez del corazón. Los calificativos acerca de su extraña manera de construir y vivir el poema, son siempre los mismos: funambulismo, irreverencia, exotismo, anticlericalismo. Casi todos los ubican como poeta festivo, siempre listo al denuesto y a la carcajada. Más allá de la ironía  con que atacó lanza en ristre las costumbres y gentes de su época, fluyen melancolía y desencanto. La política municipal es a menudo pasto de su ironía: ¿Qué contracción dinámica/ desorganiza un plácido terruño/ de sacapotras y de tinterillos?/ Nada. Elecciones para concejales. La crítica empieza a reconocerlo como poseedor de un tercer ojo. Las callejuelas de su ciudad, la ramera, las frutas, el matarratón, las murallas venidas a menos, la abuela, el torero, el campanero, el mar tísico y viejo y sobre todo la tragedia de los olvidados, nutren su poesía: Cruza el arroyo el solitario entierro/ de un pobre. Es natural/ que lo acompañe un perro/ bajo el indiferencia vesperal/ ¿De qué murió? Sería/ de bulimia. Es decir/ de no haber visto la panadería/ con ojos de faquir.

La lírica latinoamericana revienta de vocablos altisonantes. Mediante un arsenal bien enfilado y quizá sin proponérselo, este cartagenero autodefinido como bisojo/ medio cínico/ con cáusticas sonrisas de Voltaire, derriba el edificio conceptual para decir sin palabras que sólo la conjunción oído-sentimiento, gesta y nutre a plenitud el vocablo poético.

López representa un mentís a la crítica de salón. La poesía no cabe en ninguna de las definiciones tradicionales porque rebasa el marco de la palabra. Quienes arañan el campo lírico con instrumentos de ocasión, se limitan a rastrar superficie y circunstancia. Pero el camino que se adentra más allá  del silencio flanqueado por abismos, bifurcaciones y atajos, permanece intocado.

Estas líneas escritas con la única intención de ahondar en la esencia de una de las obras poéticas más originales de Colombia, sólo intentan detenerse en la clarividencia y el pudor de alma de un caminante que con aguda visión ética y estética, supo llamar a las cosas por su nombre.

Luis Carlos López murió en su ciudad natal el 30 de octubre de 1950.

Del Autor

Gloria Cepeda Vargas
Nació en Cali, Colombia pero vivió hasta los 18 años de edad en Popayán, ciudad donde reside su familia. Muy joven llegó a Caracas casada con un ciudadano venezolano. Tiene cuatro hijos venezolanos y cuatro nietos. Ha publicado los poemarios Bajo la estrella, Poemas de los hijos, Credo, Cotidiano apremio, Carta a Manuel, En Colombia y ahora, Poemas del exilio, De la vida y el sueño, Canta la noche. Le fueron concedidos los siguientes reconocimientos: Medalla de oro en el Concurso Internacional de Poesía, Bruselas (Bélgica); Segundo Premio Concurso Internacional de Poesía "Carlos Sabat Ercasty", Montevideo (Uruguay); Premio de Poesía "Jorge Isaacs", Cali (Colombia); Premio a Vida y Obra de la Gran Fraternidad Universal, Marruecos (África); Mención Concurso Casa de las Américas, La Habana (Cuba). Es columnista y colaboradora de diarios y revistas en Colombia y España. Actualmente vive en Caracas.