La sangre del Tequila (X)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo yEn el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

 

El Sur

Tres inconvenientes principales se me presentan con Irene.

El primero. Nací 13 años antes del triunfo de la revolución castrista en Cuba. De modo que mis primeros 13 años los pasé, allí en mi barrio, en La Habana Vieja, en medio de la religiosidad de variante infinita que nos permeaba. Es decir, cuando Fidel Castro declaró el estado ateo y así los santeros, católicos, espiritistas y el resto tuvieron que sumirse en las sombras, los que nacimos antes ya contábamos con infinitud de mensajes de la etapa anterior.

En mi caso sobre todo las imágenes de los ángeles que se hallaban en varios cuadros en mi casa; también en las estampas de tantos libros de mi infancia escolar, y en los almanaques y anuncios callejeros. Dondequiera. Quizás, por razones que nadie explicaría, las representaciones de los ángeles quedaron sumamente infiltradas en mi memoria, pero más que todo en mi  razón de ser, diríamos. A tal punto que llegué a rechazar a las personas de piel angelical, de cabello angelical y aun, en ciertos casos, de los gestos angelicales al uso.

O sea, los ángeles son rubios. ¿Cómo serían las ángeles rubias? ¿Cómo tendrían las ángeles, por ejemplo, los senos? Por esa intromisión a profundidad que antes decía en mi esencia individual, rechacé, creo que inconscientemente, tener una mujer color ángel —veamos que no todas las rubias tienen ese color—. Me parecía un sacrilegio o algo así. Es decir, yo nunca podría, por aquella penetración en mi orden vital que ya he reiterado, tener o amar a una mujer con estos rasgos. Sería, me decía, como amar a un ángel —algo que rechazaba, insisto—hembra.

Dos mujeres, amantes, novias o lo que fuere (“dos relaciones”, dirían hoy, cuando las palabras están tomando otro camino), se me cruzaron. Y con ninguna de ambas logré mostrar eficacia. Sus senos, los de las dos, me sabían, en paladar y apariencia, sin duda como debían saber y ser los senos de las ángeles; lo mismo sus pubis, sedosos, rubio ángel, apacibles. Por más que luché, reitero, no logré percibirlas como mujeres reales, o del más acá, digamos. Me resultaba inevitable: me sentía como un profanador, o algo así.

Salvo el cabello, que si bien es lánguidamente ondeado, sedoso, sin embargo resulta platinado al natural —aunque ella se lo acentúa con productos de artificio— toda Irene, tal vez exceptuando además su voz y su acento nacional, tiene la connotación de ese ángel femenino que concibo o que la vida me hizo concebir.

Cuando tuvimos sexo en el apartamento de Villa Coapa, por momentos pensé que yo superaría esa sensación adversa. Algunas veces Irene me hizo notar, tomándose sus senos e insinuándomelos, mi poca gracia para lamérselos. Yo solamente, con gran esfuerzo —eran los momentos en que creía sobreponerme—, libaba las bases, el dorso, el frente de sus senos, y la periferia de los pezones. No sus pezones y sus aréolas, de un rosado, textura, apariencia ángel implacable, que me recordaban a aquellas imágenes de mi niñez en las que no faltaron pezones de ángeles (bueno, varones, pero pezones).

Lo anterior me llevaba a un hacer sexual mediocre en general, tanto en lo que sirve para la erección como para el sexo oral y otras variantes. Creo que si acaso en aquellos días conseguí alguna actuación aceptable, se debió a la pertinacia de Irene, a su decisión de tomar la iniciativa por momentos y hurgar en mis sitios clave, algo que, me aclararía ella posteriormente, no estaba en su credo sexual: si lo había ejecutado entonces, de manera excepcional, fue porque quiso poner todo de su parte para lograr un buen Inicio.

Pensé que estando ya en su casa, con tanto tiempo y convivencia a favor, lograría desterrar de mi código de vida ese ángel o esa ángel que me sitia. Pero ha sido peor. Creo que una de las causas es precisamente que el entorno de su casa, paradisíaco, me vincula aún más con esa huella que llevo. La otra razón que me ha hecho rebotar a los principios, creo, ha sido lo que ella me pidió luego de que ya vivimos juntos y me había hecho saber desde que estuvimos en Villa Coapa, y que yo había tratado de evadir: su deseo, o su costumbre, o su necesidad, de que le haga el sexo anal. No es necesario explicar por qué para esto último he necesitado un esfuerzo suprahumano.

 

El segundo inconveniente es la manera de hablar de Irene, como las Fresas.

En cuanto debí dialogar con algunas mujeres de esta ciudad detecté a las que luego me enteraría que son llamadas las Fresas. Cuando no lo sabía supuse, y aun a algunas les pregunté, si eran españolas. Hablan con un marcado toque gutural y a la par como metiendo la lengua en el paladar. Al pronunciar suelen virar los ojos en blanco a intervalos, mover los labios hacia un lado, realizar en fin un movimiento de cara como si alguna canica ardiente les torturara la garganta. Y sus voces son, unas más ligeramente que otras, enronquecidas. Además, resultaría raro hallar a una que hable quedo. El público raso, y asimismo algunos sociólogos, vinculan esta manera de hablar con el llamado origen socio-económico. Es decir, que las Fresas son —o muchas de ellas son, digamos— una raza que se mueve de la clase media hacia arriba (o muchas de ellas se lo creen o se lo hacen creer a sí mismas). De modo que hay mujeres Fresas y hombres Fresas (escuchar y ver hablar a estos, a los hombres, digo, sí me resulta trágico), si bien las mujeres, como en tantos otros casos, porque son mujeres, acentúan la nota.

No negaré que al principio esta manera de hablar y gesticular de las Fresas me pareció sensual. Pero luego, sobre todo mis oídos, casi tanto como mis ojos, se agotaron.

Irene Ramblas habla como las Fresas. Su cerebro, su alma, y lo demás humano que la significan, no son Fresa. Pero ella habla como Ellas. Entre las Fresas se crió desde niña en una escuela de internación para niñas pudientes. De púber en una escuela de internación para púberes pudientes. De joven en una preparatoria privada para jóvenes pudientes y en una universidad privada para jóvenes pudientes mientras estudiaba idiomas en academias para estudiantes pudientes.

Pero Irene Ramblas no es Fresa. Porque ser Fresa en una actitud ante la vida. Sobre todo, y lo sé muy bien, una actitud de pavas reales y pavos reales luciendo su hermoso plumaje, policromo, fulgente por el frente, gris cementerio por el dorso, bramando acerca del carro del último año, el último teléfono celular, parloteando tantas y tantos en los Sanborns, los Vips, los Wings, hablando, hablando por celulares en los Sanborns, los Vips, los Wings, poniéndose maquillaje ellas en dondequiera que la rebaja de este las sorprenda, acicalándose ellos en donde quiera que la merma de esto los sorprenda. Resultan tenaces en su afán de proponer que son el súmmum, y más allá, más allá. Ellos suelen peinarse mediante brillantes brillantinas sólidas, que remarquen su condición de finura; finura ellas, gustan de lucir el último peinado que les aplicó una famosa peluquera que nadie conoce, solamente ellas; y buena parte de ellas y ellos más jóvenes resultan enfermos de la música pop, y buena parte de los menos jóvenes y casi todos del total, de las farándulas, las revistas anegadas de colores, desiertas de sustancia gris. Ellas y ellos pero sobre todo ellas gustan de llamar en trombón ofensivo nacas y nacos a los que no son como ellas y como ellos, todos inferiores. Cualquier extranjero que visitara esta ciudad y solamente se encontrara con las Fresas y los Fresas estaría seguro de que ha visitado una urbe de millonarios que para disimular han dejado los helicópteros en casa y andan en automóviles, o a pie, o en algún taxi o microbús, blancas, blancos, morenas y morenos de matices dispares que disimulan su alcurnia incuestionable con ropas de clase media, y de clase media alta. Las Fresas y los Fresas conocen de ropas de marca y de gran marca, de cremas, de cosméticos, corbatas, pañuelos, botas y botines de marca y de gran marca (sus tarjetas de crédito casi siempre están estalladas). Muchas y muchos fuman y en las áreas de fumar de restaurantes y cafeterías —donde suelen conversar en toda la alta voz posible, casi siempre filosofando a ver si hallan dónde tiene la hamaca la ladilla—, engolan el humo con la lengua (les gusta ver las volutas, encadenadas, elevándose). Hay Fresas hembras y varones hermosas y hermosos, pero cuando hablan, como aquel, el pavorreal, la cagan.

A Irene Ramblas, de su largo andar por el mundo Fresa, solo le quedó, es lo cierto, esa manera de hablar.

 

Sigo pensando, no obstante, que sería difícil hallarse a un Almirante a quien le guste la poesía. La propia Irene me ha contado un chiste búlgaro: “Cuando repartieron la Sensibilidad, el ejército y la marina estaban de operaciones”.

También uno se imagina que un Almirante es un hombre alto, fuerte, esbelto más o menos, de porte garboso digamos (¿y por qué será que además uno se imagina a los almirantes rubios, o blancos al menos?). Pero este Almirante no es así. Tampoco es de estatura baja, sino promedio, moreno, delgado, pelado a lo militar. Y quien al menos cuando Irene me lo presentó y me miró él por primera vez, pareció hacerlo como con sacacorchos, como si buscara en mi cara algo que yo jamás le diría, o algo así.

El Almirante, eso sí, andaba con una rubia de esas de estratósfera, quizás veinte años más joven que él y que luego, mientras el convite transcurría, me reafirmé que era su esposa, recientemente o no hacía mucho desposada. Una rubia, una mujer con proporciones perfectas entre cabeza, tronco, extremidades, de cara oval con perfectas proporciones entre sus componentes, cabello radiante incluido; en fin, una mujer perfecta cualquiera, sin algún rasgo de belleza real, personal; una mujer del montón, como las reinas de belleza.

Dos días atrás Irene había comunicado con su amigo el Almirante para exponerle mi “caso”. “Si es poeta, y más si es poeta cubano, hay que salvarlo”, me dijo Irene que le respondió el Almirante.

La casa del exsenador está en San Ángel, un barrio fino, afrancesado en su porte, en el medio sur de la ciudad. El propio exsenador recibió a los invitados en el portal. La casa, también afrancesada, tiene dos plantas y es tesorera de pinturas originales de grandes firmas, igual que piezas de artesanos y cristalerías tantas y de presencias añosas y presentes.

Las bebidas y comidas están en el patio, sobre una enorme mesa barnizada con laterales calados que forman como una especie de manteles de madera que se descuelgan hasta el césped, iluminado desde aquí y desde allá, por focos indirectos emboscados en las plantas. Soy el proveedor de Irene, sentada en una de las bancas blancas de lánguidos arabescos de fierro, junto al Almirante, su rubia biológicamente matemática y otro invitado más. Más bien he dado vueltas por el jardín y por una terraza con paredes de cristal y su puerta también de cristal que, desde seis escalones por encima, da al patio, y miro hacia Irene a ver si ella ya va terminando el trago; me avisa cuando ya le queda poco.

Son tres los camareros que sirven, uniformados como centuriones o algo así. Cuando les piden sonríen con tal calidez que debemos entender que, de este modo, ellos les están agradeciendo el favor a quienes les solicitan las bebidas. Irene está bebiendo whisky Johnnie Walker Etiqueta Azul. Cuando estaba pidiendo uno de los tragos para ella, una mujer que recibía el suyo me preguntó si yo era cubano. Luego de mi respuesta me dijo que era psicóloga y me hizo saber cuatro o seis máximas de Jacques Lacan. Ella conocía a Irene, a quien se la señalé a la distancia y dijo “¿Apoco eres la pareja de Irene Ramblas?”, y la saludó haciendo oscilar los dedos de una mano en alto, excepto el pulgar. Cuando la mujer agarraba para su banca y yo para la de Irene, me dijo que solamente había tres islas importantes en el mundo: Inglaterra, Japón y Cuba. Cuando ella se había dirigido a mí por primera vez me sentí inquieto: seguramente yo llamaba la atención con el saco que traía (60 pesos en los puestos de las aceras del Eje Central).

Siempre que me siento fuera de ambiente, disminuido por las circunstancias, pienso en, y si es posible contemplo, las hermosuras de la Naturaleza; esto debe reconfortarnos. Como era de noche había poco que mirar si excluimos a los seres humanos. Hubiera querido observar el vuelo luminoso de un cocuyo (luciérnaga), pero no había. Ponderar la perfección de un cocuyo en pleno vuelo me habría levantado el ánimo. Sin embargo, me puse a observar un compacto de rosas punzó que se hallaba junto a las luces cercanas que le llegaban desde la base del tronco de un árbol. Y la sensación de multitud en marcha hacia el horizonte de unos crisantemos en un cantero iluminado de chanfle. Y eso estuvo bien.

El ex senador tenía las manos blandas, al menos la derecha, la que me dio al saludarnos. El Almirante, aunque no ásperas, sí fuertes y la piel de la palma firme. Nos acomodamos en sendos sillones en la terraza de cristal que antes yo había merodeado y desde allí adenro se podían ver a las más o menos veinte personas restantes que fiestaban en el patio. Y las luces del patio y otras de más allá, del frente de una casa acastillada, al otro lado de la calle del fondo del patio, se refractaban y parecía, digo, que uno viajaba en alguna nave y miraba desde arriba, o que lo demás que he dicho se hallaba también arriba y uno viajaba estático entre todo eso. El Almirante repasó en la media luz mi currículum, que Irene se lo había entregado cuando llegamos. Me pidió que le dijera algún poema de memoria. Le dije poemas de otros poetas, me da pudor decir los míos. El Almirante también dijo varios fragmentos de poemas de autores mexicanos. Me preguntó si los conocía. No, ocurre que no es posible conocer a tantos poetas que ha habido y hay en la tierra, la gente solo rememora a los más famosos, no precisamente a los mejores… empezando porque sería imposible leer a “todos los mejores”… y empezando además porque muchos de los que deben ser los mejores no están traducidos. Es una injusticia, dijo el Almirante y se pasó levemente la servilleta con que ceñía la base de su copa por la corbata; estaba vestido con un traje azul pastel, azul pastel muy tenue. Sus zapatos brillaban en la semipenumbra cuando movía los pies (hasta ahora, es el único hombre que he visto, en México, cruzar sus piernas al estar sentado). El exsenador, de acuerdo con su expresión, casi había celebrado que yo, como él, no tomara ni una copa. También —un poco pasadito de carnes—estaba vestido de traje, color marrón suave, pero más oscuro y sin corbata; sus zapatos eran igual marrón, de piel fina, como si les estucharan los pies. Cuando el Almirante se dirigía al exsenador o cuando lo citaba o se refería a él, decía “senador”, como si aún este lo fuese. Por las diez o doce frases que ha dicho, los treinta o cuarenta monosílabos que ha rumiado, por sus gestos de cara, estoy seguro de que el exsenador piensa que la poesía es la última carta de la baraja; debe estar compadeciéndose del gusto del Almirante y de mi razón de ser. Antes de que al fin el Almirante me anotara el nombre del licenciado del Instituto Nacional de Inmigración que me llamaría pasado mañana seguramente en la mañana, el exsenador dijo que se había asombrado de que yo, no obstante la crisis económica canija que estaba batiendo a México, hubiera decidido venir, quedarme en este país. Le expliqué por qué y el Almirante comentó que la crisis en Cuba pasaría, la revolución saldría al gane una vez más, los cubanos eran gente de “mucho colmillo”. Y terminó por decirme que para los trámites lo más probable era que me pidieran el pasaporte actualizado; con la visa no habría problemas: el licenciado cuyo nombre me había anotado, debía estar yo pendiente, me llamaría por teléfono pasado mañana seguramente en la mañana. ¿No sería mejor que yo llamara al licenciado, por si acaso? No, él te llamará, no te preocupes. Me respondió el Almirante.

Cuando ya íbamos por la avenida Revolución en dirección hacia la Río Churubusco, le pregunté a Irene si se sentía bien. Desde poco antes de salir de San Ángel no hablaba, o no me hablaba. Se despidió allí entre sonrisas, se deshizo en halagos, agradecimientos y promesas de futuro con los anfitriones y otros invitados aún presentes que fueron a despedirnos, pero a mí apenas me atendía. Le había preguntado si no sería mejor que yo manejara (ella sabía que mi licencia de conducir cubana estaba vigente), ella había bebido unos cuantos whisky y quizá la Policía, nunca se sabe, nos parara… y nos consiguiéramos una buena “mordida”. Me había respondido que no era necesario que yo manejara, “no hay pedo”, dijo.

—Esta noche no quiero coger —Fue lo que me respondió ocho o diez minutos después, cuando ya estábamos cerca de Río Churubusco

—Bueno… —Murmuré yo con tono de extrañeza más bien.

—Nada más para que sepas que esta noche no voy a coger.

Le miré el perfil y las luces que entraban por el parabrisas me permitieron ver sus ojos almendrados: parecían restallar.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.