No todo el mundo merece un poema

(Cuento)

Sussette Cordero Sotero

Escribir un poema después de Auschwitz es bárbaro
Theodor Adorno

 

A estas horas Felicia debiera estar llegando, cansada, con un vaho inconfundible de amargura. La puerta se abriría y yo como casi siempre me haría el desentendido. Luego las chancletas andando por toda la casa, como queriendo apresurarse por un torrencial, del baño a la cocina, el fregadero, el fogón, las ocho de la noche, el noticiero nacional, las mentiras, el sueño, la madrugada impalpable. El sonido fastuoso de sus ronquidos, la vigilia, el desacierto, la conformidad.

Ahora mismo no se si es fortuna o desagravio, pero lo que si es cierto es que hoy Felicia no llegará, al menos no sentiré el ritmo acelerado de su carrera por la casa, y me pregunto si alguna vez desde este sillón podré acompasar mi nostalgia. No tengo otro remedio que contestar al teléfono y recibir el sentido o no sentido pésame, ha muchas gracias, se lo agradezco, mientras advierto la falta de sinceridad absoluta de algunos y la lástima quemándome los huevos en otros. Y es esta vida de mierda que no admite posibilidades de estrategias para normales, la gente normal, sincera, no existe ya en esta órbita. Vuelvo a la puerta y desdibujo la cara, siento como si hoy fuera mi cumpleaños, la ganas de un festejo. Los vecinos pasan silenciosos y matan mis ganas de tocar un buen tambor a Changó, levitar sobre la rumba y gritar a toda costa bien alto para que todos escuchen, ¡que bueno que esta vieja imbécil se murió!

Y acaso porque los desmanes de la evolución siguen intactos han  puesto en su lugar, para cuidar del pobre viejito, una enfermera que está muy buena por cierto. Entonces hago gala de mi estado físico, me duele la cintura, el brazo izquierdo, estoy al borde de un infarto. Ella se compadece y masajea fuerte mi espalda mientras me cuenta el capítulo anterior de la telenovela de turno. Yo escondo mis latidos tímidos dentro del pijama, bajo la colcha que cubre mis piernas. La silla gira sobre una espiral de perfume barato, es bueno haber nacido en el comunismo, te caes de una escalera, te quedas inválido, se muere la vieja de tu mujer, y como has sido premio Nobel de mala suerte, te regalan una muñeca viviente para que sea por tiempo indefinido una artífice de Chandler en El simple arte de matar. Comienzo a dudar de los comentarios de Felicia aquí no dicen más que mentiras, apagar el televisor e irse a dormir, a zumbar, al sueño. Por razones más que vistas mi artesana se marcha temprano, la acompaño hasta la puerta, vuelve para decirme adiós, que pase buena noche, seguro que sí pensaré en ti cosa rica, mañana regresaré sin falta, vamos a ver que pasa hoy en la novela.

El los días sucesivosse me antoja el deseo de no dormir solo nunca más, por eso le he pedido a la operaria que me regale una foto, ¿de ahora?, me pregunta confusa, no entiendo esa pregunta, ¿si la quiere de ahora o de cuando tenía quince años? Siempre he pensado que una niña de quince es mejor que dos de treinta, así que le digo, bueno si me la quieres dar de cuando tenías quince, igual te recordaré con cariño.  Regresa al otro día al desalumbrado departamento, y sobre la mesa coloca el bolso. Buenos días ¿cómo durmió?, pienso, quiero la foto, le traje lo que me pidió, la foto cabrona acaba de sacar la foto, pero la verdad es que no es lo que le había prometido. El teléfono suena, ya no quiero más pésames, yo sigo sin contestar, ella se dirige al aparato y la oigo decir, Dígame, no, no, está equivocada, bueno, no hay de qué.  Vuelve de la sala y sigue registrando el bolso, y de entre unas hojas dobladas saca la foto de una niña como de siete años, lleva un bikini azul turquesa y está posando para la cámara a la orilla de la playa. Me detengo en la imagen. Felicia debió quedarse viva, yo soy peor.

Me sigue doliendo la espalda y ella que masajea y yo que el brazo izquierdo, y ella que roza el sillón con las nalgas y yo que el codo queda cerca y que no llego a metérselo por donde quiero. Luego cuando ya casi dan las cinco de la tarde quedo solo, como siempre. La llevo hasta la puerta, le digo adiós y la cierro de un tirón. Conduzco la silla hasta el cuarto y allí sobre la mesita de noche, sonriente y provocadora está la niña del bikini azul turquesa.

Descuelgo el teléfono. Felicia no llegará. Siento un peso enorme en el pescuezo. Dejo caer mi abultado ser sobre la cama y como siempre los brazos tiemblan hasta quedarse impávidos sobre el colchón.  Entonces decido escribirle un poema, hace tiempo que no escribo un poema, a Felicia nunca le pude escribir un poema, un poema para Felicia llevaría por título La puerca ha llegado, o mejor, Aquella comida que me cocinaste sabía a mierda. Pero para mi niña he de escribir un poema con sangre, con leche, con la eximia gota de vida que me está quedando. Guardo el libro de Chandler que he de ultimar en la mesita de noche y con mesura desanudo un rollito con hojas amarillentas que han estado aguardando en la gaveta el momento para que en ellas alguien  pueda escribir un poema.

Quien sabe si mi relación con Felicia hubiese sido menos patética si  le hubiera escrito un poema. De todos modos a ella esas cosas no le gustaban, al menos eso creo, tengo mis dudas, no lo sé, realmente no lo sé, la cosa es que yo nunca quise escribirle un poema a mi mujer. ¿Qué diría de su rostro?, pupilas dilatadas siempre, inexpresivas, ¿o de su cuerpode insumo hogareño?, retazo inconexo de mi espacio. Sin embargo por esas divinidades del destino hoy puedo escribir un poema desbocado en deseo, animoso de no perder el hálito de vida en las palabras que serán como una pasarela por donde mi niña podrá cruzar desprovista del bikini y de la posteridad, que la ha alcanzado para convertirla en una culona vestida de blanco, cuidadora de viejos. Lo he titulado Aquella niña sobre la nube, pareciera que posa sobre las algodonadas líneas de un rabo de nube, y se embalsama en la textura de la foto como una calcomanía sublime en la arena. Tomo las píldoras de costumbre, intento dormir, sueño con aquella vocecilla reclamando el poema, recita los versos que voy trazando sobre su lengua con un tono de gemidos bajos. Me revuelco en la cama, ya quiero que amanezca para no volver a sentir mi verso torcido entre las manos, que no paran de agitar con fuerza el deseo de borrar las nubes. Después la mañana, y vuelve mi hacedora con su culo grande y sus manos duras, a masajear mi espalda, a triturar las píldoras como si fueran para un bebé.  La miro esquivo, me mira con lástima, y siento que en el fondo sus pupilas se dilatan inexpresivas, fijas hacia el futuro sin una sola pizca de brillo. Ya no me parece que esté tan buena. Al margen de los muslos descubiertos por descuido aparecen sobras de venas que se avienen en el primer tren de los cuarenta. Llévate tu foto, le digo, y ella me observa dislocada en aquel enigma. No me habla, retira el libro de Chandler de la mesita y coloca la foto de la niña, sola en medio del cristal, como la pulcra imagen de una infanta sirena. Te digo que te la lleves, y entonces ocurre lo que tanto temía, sobre la almohada descubre el poema y pregunta, ¿quien escribió estos versos? No quiero revelar mi artimaña, querrá que le haga a ella un poema también, como todas las mujeres que creen merecerlo y no saben lo equivocadas que están. Vuelvo la sonrisa hipócrita junto a la muñeca de la foto y le digo, era para ti, pero ya estás demasiado vieja.

Del Autor

Sussette Cordero Sotero
Narradora. Egresada del Centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso. Editora de la revista de arte y literatura Esquife. Artículos suyos aparecen en revistas nacionales y extranjeras.