Saber es recordar

Andrés Peláez Paz.

Noches azules
Joan Didion
Editorial Mondadori, 2012

 

nochesazules-joandidion-librario-otrolunes26Al igual que el miedo, la compasión o la excitación erótica conocí a Joan Didion gracias al cine.

En el año 2006 se publicó en España su libro El año del pensamiento mágico (Global Rhythm) e impulsado por las fervientes recomendaciones de los críticos más conspicuos, así como por el interés que siempre me han despertado las narraciones autobiográficas, me compré un ejemplar con el ánimo predispuesto a la emoción prometida.

Sin embargo, el impulso definitivo para su adquisición y lectura fue enterarme de que la escritora que firmada ese libro estuvo casada con John Gregory Dunne, escritor del que yo había leído hacía mucho tiempo, en una vieja edición de Anagrama, El estudio (Barcelona: Anagrama, 1971, y reeditado por T&B Editores como EL ESTUDIO. Un año en el infierno de la Fox en el mismo año 2006 en que lo fue el libro de Didion por estos lares): un libro-reportaje, soberbio y realmente divertido, sobre un año de trabajo en la productora Twentieth Century Fox.  Después me enteré, por el sabio y admirable Rodrigo Fresán, que junto con Joan Didion “escribió varios guiones para Hollywood y constituyó una de las parejas más cool & hip de NY o LA” y que había escrito un puñado de buenas novelas negras, entre otras muchas cosas.

En ese libro prodigioso, Didion narraba las consecuencias que había provocado en su vida la muerte repentina de su marido, resultando un “poco ortodoxo manual de autoayuda para uso privado”, en palabras-de nuevo- de Fresán.

Un par de meses después de la muerte de Dunne, debido a un infarto cerebral fulminante, su hija Quintana Roo sufría una hemorragia cerebral masiva que la llevaría a la muerte, mientras-casualidad terrible- su madre escribía El año del pensamiento mágico.

Noches azules, por lo tanto, debería ser leído a la sombra de su libro anterior y, aunque suene estremecedor, disfrutarlos ambos como lo que son realmente: una indagación sobre el paso del tiempo y su detención inesperada, y siempre (esencialmente) sorprendente.

Este libro demuestra que el conocimiento que adquirimos a lo largo de la vida no se puede cifrar exclusivamente en el terreno de lo puramente objetivo (lo científico), sino que hay una serie de experiencias intransitivas que encuentran en el arte su mejor catalizador. Y, desde luego, la muerte y, sobre todo, sus efectos inesperados sobre los que nos quedamos a este lado, sería la experiencia superior, el detonante final del sentido de la vida.

Didion, ante el desconcierto de la muerte de sus seres queridos, siente que la vida cambia rápido, que cambia en un instante, que se acaba (así comienza El año del pensamiento mágico), y se afana en buscar en sus memoria las imágenes que otorguen un sentido a la irrupción siniestra de lo inesperado, para asentar su experiencia y convertirla en una explicación plausible o, al menos, en un consuelo: la literatura como cura.

Descubrimos -o confirmamos-, al acabar la lectura de  Noches azules, que el valor supremo de la literatura reside en ofrecernos siempre una verdad, que la literatura es una experiencia tan real como la vida y que, finalmente, recordar es saber.