Entrevista de Randy Waters a Roman Piña y Francisco Franco

ó A modo de promoción de la novela El general y la musa

Román Piña visto por Román Piña

romanpiña-entrevista-otrolunes26Me reúno con los protagonistas de esta extraña obra en un reservado del hotel rural Son Galcerán, en un pequeño pueblo a los pies de la sierra de Tramuntana llamado Esporles, en Mallorca. Estamos completamente solos en el salón, vigilados por un piano de cola que no me atrevo ni a mirar, por si se desmorona. En contraste, el resto del hotel está impecable. El mármol reluce y la luz del valle entra abundante. La suavidad del tapizado de pana del sofá me reconforta en este trance: el de asistir a la primera rueda de prensa inversa de la historia. La rueda la forman los entrevistados. La prensa está representada por un solo sujeto, yo, Randy Waters, un periodista desconocido y que ni siquiera sabe español. Me traduce una paisana llamada Linda Hewitt, afincada en el pueblo, que el responsable del libro que nos ocupa ha tenido el detalle de traer consigo. Ha sido él, Román Piña, quien ha organizado todo y ha exigido que fuese yo el único testigo del encuentro. Un momento que sin duda podemos calificar de único, contra todo pronóstico. Lo cierto es que ningún periodista serio habría respondido a la convocatoria de una rueda de prensa en la que se anunciara la presencia de un hombre que lleva muerto exactamente treinta y cinco años. El dato de que al encuentro acudiría también Patricia Conde carecía, por demás, de toda credibilidad.

Sin duda esta es la razón por la que la editorial decidió correr con todos los gastos de mi viaje y me hiciese llegar una traducción en inglés del original en español de “El general y la musa”, la novela que nos ocupa. Debo reconocer que me halagaron eficazmente la vanidad cuando requirieron mis servicios y me aseguraron que el autor conocía mi trabajo en Reino Unido. En su e-mail me aseguraba ser un gran admirador de mi estilo, en concreto de mi reportaje-entrevista al doctor del hospital-hospedería Quiet Sea, Lucius Dominic.

portada-libro-romanpinaz-entrevista-otrolunes26Lo cierto es que me he leído “El general y la musa” y vengo a esta rueda de prensa dispuesto a someter al autor a un examen bastante impertinente. Sin embargo reconozco que lo primero que me descoloca es encontrarme en el salón, tranquilamente sentados tomando un batido de chocolate, no solamente a la conocida y televisiva Patricia Conde, sino al auténtico protagonista de la novela que ha firmado Piña: Francisco Franco Bahamonde. A pesar del impacto de la sorpresa, desconfío de mis sentidos y centro toda mi atención en el autor del libro.

Waters:— ¿Por qué ha organizado usted esta rueda de prensa?

Piña:—Por prevenir. Odio conceder entrevistas por la sencilla razón de que nunca las concedo. Porque nadie me las pide. No tengo previsto tocar mucho éxito con este libro, y seguir por lo tanto tranquilamente olvidado. Pero no cuesta nada cubrirse las espaldas y, si se diera el caso de ser requerido por demasiados medios, poder al menos ofrecer unas respuestas. Para eso está usted aquí, para que en ningún caso tenga que salir yo de mi pueblo si la novela alcanza su mejor destino. Para que no se convierta en el peor. Quisiera poder librarme de todas las molestias de una promoción en toda regla. Ya sabe: viajes, aeropuertos, hoteles, esas camas desconocidas… Todas esas carencias que me han alegrado tantos años de escritura y publicaciones en la sombra.

Waters:—¿Le da miedo entonces dar la campanada con esta novela?

Piña:—Mucho. El éxito me acojona. Una vez lo olí y no pegué ojo en toda la noche. Me mencionaron en un programa de televisión, de madrugada, que presentaba Julia Otero. Luis María Anson me comparó con San Juan de la Cruz. Yo creí que me iba a cambiar la vida con eso. Fue horrible, porque a mi dormir me encanta. Por fortuna no ocurrió nada. Esa mención no fue el principio de nada y mi vida de escritor siguió transcurriendo más o menos en el anonimato.

Waters:—Pero entonces usted tenía 30 años. ¿Ahora le alteraría de igual modo?

Piña:—No estoy seguro. Ante la duda, aspiro a estar preparado y bien atado al mástil, con buenos tapones en las orejas, además.

Waters:—Su novela trata del año que vivió en Mallorca el general de Brigada Francisco Franco, como Jefe de la Comandancia Militar. ¿Desde cuándo le interesa a usted el personaje?

Piña:—A mí Franco me importa una mierda.

Franco:—¿Qué dices? ¡Eso no te lo voy a consentir!

Piña:—No, Francisco, no va por ti. Déjame que le explique a este señor.

Waters:—¿No va por él?

Piña:—Claro que no. Mi Franco sí que me interesa. Yo me refería al Franco tópico, real, al de la calle, al de la Historia. Ese sin duda es mucho más interesante que el mío, pero a mí no me preocupa.

Waters:—¿Pero por qué inventarse un nuevo Franco?

Piña:—Ha sido una renuncia. Una prostitución. Lo reconozco. He violado a Franco. Lo he utilizado. Yo no entendía por qué una novela tenía que estar en deuda con Franco siempre. Siempre, una y otra vez, la guerra civil ahí. Si quieres que te tomen en serio como novelista en España, tienes que escribir tu novela de la guerra civil. Cuando Eduardo Mendoza ganó el premio Planeta se me cayeron las vendas.

Waters:—Pero usted no habla de la guerra civil.

Piña:—Es cierto, me he quedado con el Franco de 1933. Quizá me ha salido el tiro por la culata. Bueno, pero que conste que mi intención era darle mucha cancha a la guerra civil. Al fin y al cabo decir Franco es decir mucho: es decir guerra de tres años y setenta y cinco años de traumas, los cuarenta que gobernó y los treinta y cinco que lo llevamos enterrando.

Franco:—¿Qué guerra civil? ¿Qué entierro?

Piña:—Tranquilo, Francisco. Tú no tienes nada que ver. Tú estás escribiendo sonetos de amor a Patricia Conde y eso no te lo va a quitar nadie. Te doy mi palabra.

Waters:—¿No tiene miedo de que le echen en cara que Franco parece caerle a usted muy bien?

Piña:—Es que me cae fenomenal. Mi Franco, insisto. El escritor tiene que amar al personaje. Si no la novela es una tortura, escribirla y leerla.

Waters:—¿No es inadmisible tomarse a Franco a broma? ¿No hay asuntos que el humor jamás debería frivolizar?

Piña:—Sí, pero muy pocos. Creo que cada uno, además, es libre de escoger esos asuntos. Vonnegut recordaba que un tipo contó un chiste en un sótano durante el bombardeo de Dresde. Tener ganas de hacer humor en medio del horror no es un atrevimiento, sino una reacción natural. De todos modos yo no he buscado hacer reír.

Waters:—¿No?

Piña:—No, y tampoco hablar de Franco. Franco es un envoltorio. No un monigote, sino todo lo contrario. Un hombre cualquiera. Un alma. Un pellejo que oculta los misterios que compartimos todos los pellejos animados desde el principio de los tiempos.

Waters:—Entonces, es sólo un gancho, una elección oportunista.

Piña:—De ningún modo. Yo no lo elegí. Franco me escogió a mí.

Waters:—¿Puede explicarse?

Piña:—Será un placer. Mire,  llevaba dos años sin escribir una línea. Franco consiguió que me sentara a escribir una nueva novela cuando sólo había una razón para hacerlo, pero una razón demasiado poderosa: el plan resultaba de verdad divertido, tan divertido como para concederle unas horas robándole el tiempo a mis evasiones favoritas: tocar la guitarra, dormir y comer helados.

Waters:—Porque usted declaró una vez que eso de escribir, “preferiría no hacerlo”.

Piña:—Desde luego. Me refiero a escribir contra los elementos, exprimiendo los pocos ratos libres que mi trabajo de profesor, columnista, editor y padre de familia me dejan. Para eso se me ha de cruzar una novela de verdad irresistible.

Waters:—¿Qué le parecía tan divertido?

Piña:—Me imaginaba este artefacto y se me hacía la boca agua. Cuando empecé a ver el esqueleto del libro, con ciertos momentos estelares en ciernes, vi claro que me iba a lanzar de cabeza y que luciría felices ojeras durante meses. Iba a tener que robarle horas a la noche, un calvario.

Waters:—¿Qué momento, por ejemplo?

Piña:—Dígamelo usted. ¿A usted cuál le parece un buen momento?

Waters:—Pues cuando Franco se encuentra con Robert Graves y se ponen los dos a analizar las campañas de Julio César.

Piña:—Sí, ése no está mal. Aunque a mí me gusta más la anécdota del rayo que mata a veintitrés ovejas, lo que provoca que Franco se empecine en fabricar una pistola eléctrica.

Waters:—¿Ya había utilizado antes a algún personaje histórico en sus novelas?

Piña:—Bueno, hice intentos con Catherine Zeta Jones en “Gólgota”. En “Stradivarius rex” ya me lancé y metí un montón. A Woody Allen, a Hitler, a Marilyn Monroe…

Waters:—Y a todos los trata sin demasiado respeto…

Piña:—Si usted lo dice.

Waters:—Si no le importa, Piña, me gustaría preguntarle a Franco varias cosas. No le sepa mal, pero es que él es el verdadero autor de “El general y la musa”.

Piña:—No faltaba más.

(Para seguir leyendo la entrevista y la novela, lee “El general y la musa”)