A siete segundos y medio de St. Ives

Ainize Salaberri

La niña del faro
Jeanette Winterson
Editorial Lumen, 2012

 

laniñadelfaro-JeanetteWinterson-librario-otrolunes26La literatura que compone Jeanette Winterson es un compendio de extrañezas que, de alguna manera, acaban por tener sentido al término de la historia. Es una de esas escritoras que, sin entender muy bien, o en su totalidad, de qué hablan, son capaces de emocionar, de hacernos reír y hacernos asentir ante sus letras. Su estilo recuerda a la poesía de Alejandra Pizarnik que, viscerales como son las dos, no termina de encajar en nuestro entendimiento: quizás es que no estemos aún en el estadio que se requiere para sus creaciones o que ellas, sabias y escritoras como son, estarán siempre un paso por delante de nosotros, quizás para allanar nuestro camino. Al fin y al cabo sucede en muchas ocasiones: leer a Marguerite Duras, a veces, tampoco es empresa fácil; o a Emily Dickinson, por ejemplo, o a Sylvia Plath. A Virginia Woolf, sin ir más lejos. Y sin embargo, la literatura de cada una de ellas es un aporte inigualable a nuestra vida. Ellas, sin saberlo, dan sentido a partes de nuestro interior que no sabíamos ni que existían. Hay dos frases, una de Nabokov y otra de Virginia Woolf, que vienen a decir prácticamente lo mismo y que podrían aplicarse a la literatura de todas estas mujeres arriba mencionadas y, especialmente, a Jeanette Winterson. Nabokov decía que la literatura debía de ser “un estremecimiento en la espina dorsal”, y Virginia que la literatura, como tantas otras cosas, “debe hacer vibrar la sangre”. Esta última frase la dice en la que muchos expertos consideran su mujer obra, “Las olas”, que tiene, me temo, como “Al faro”, muchísima influencia en “La niña del faro”. Y si algo consigue Winterson es estremecer y vibrar, aunque siempre queden rincones medio ocultos a la oscuridad que sólo la autora, en un acto valeroso de exponerse a los demás –cosa que, por otra parte, no teme– puede alumbrar.

Hablar de faros, por supuesto, nos recuerda a la inevitable Woolf, y me recuerda también a una escritora española, Menchu Gutiérrez, que escribió “El faro por dentro” (Siruela), historia en la que narraba su último día como habitante de un faro en el que vivió algunos años de su vida. Winterson, en esta maravillosa novela publicada en Lumen, crea una historia de ternura sin fin: una niña que queda huérfana y debe sobrevivir. Podríamos decir que está basada en su propia historia: Winterson fue adoptada por una familia extremadamente religiosa –en su familia y su experiencia se basa, precisamente, su última novela publicada en España, “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?– y, al igual que Silver, la protagonista de la historia, debió buscar su lugar en el mundo superando infinidad de obstáculos. Silver lo consigue gracias a Pew, el farero ciego, y a sus historias. Winterson lo consiguió gracias a sus ganas y a los libros de la biblioteca. Como ella misma dice: “Somos todos huérfanos… pero si aprendemos a leer nuestra vida como un cuento, podemos escapar de la tiranía de los hechos.” Porque sólo hay una frase, como dice en más de uno de sus libros Jeanette, que nos puede salvar la vida: “Cuéntame la historia”. Y en “La niña del faro” lo hace, y se construye poco a poco no sólo el faro, sino el pasado, el presente y el futuro, hasta que todo adquiere el sentido que debe adquirir. Entonces, se acabó la soledad, se acabó el miedo, se acabó el acto de supervivencia: por fin se puede vivir.

            Cuéntame un cuento, Pew.

¿Qué clase de cuento, pequeña?

Uno con final feliz.

En el mundo eso no existe.

¿Un final feliz?

No, un final.

Prácticamente lo mismo podríamos decir de las historias de Jeanette Winterson: son suspiros que no exhalan todo su aliento de a una, como si fuese tarea del lector y no del escritor terminar las historias de la forma que más nos convengan. “La niña del faro” es un relato de supervivencia, es un relato en el que se ahonda en las raíces del ser humano –las buenas y las malas, las podridas y las florecientes–, en la capacidad indómita de los demás por intentar controlar lo que no entienden o lo que les da miedo. Silver, la niña del faro, es una niña con demasiada vida en su interior, con demasiada curiosidad, con un toque de locura que agarrota los nervios de los demás lanzándolos contra una esquina. El libro murmura lo que murmuran las mentes de los cobardes, de los que no se atreven a vivir. El farero, el ciego, es el más cuerdo de todos, el único que ve las cosas como realmente son. Pew es una enseñanza para Silver, que podrá mirar adelante gracias a lo que él, en la soledad de ese faro que parpadea ante el mundo, le ha contado: historias que hilan el futuro con un pasado que, demasiadas veces, es mejor recordar. No, olvidar no, recordar.

“–¿Conoce la historia de Jekyll y Hyde?

–Naturalmente.

–Bien. A fin de evitar cualquiera de los dos extremos, es necesario encontrar todas las vidas que hay en medio.”

“La niña del faro” contiene todas esas vidas y más. Contiene nuestra propia vida, la tuya también. Y las vidas de los que vendrán. Es como un enorme ultramarinos donde podemos elegir qué hacer con nuestra existencia, con nuestro presente y nuestro futuro. Jeanette Winterson nos da las claves y nos dice: “de vosotros depende, ahora os toca a vosotros, mi labor ha finalizado”.

Hay otra cosa que une a Woolf con Winterson: la extraordinaria capacidad de crear historias que, por sí solas, son habitaciones propias que nos sentimos felices de habitar. No es sólo el faro, las olas, el agua al cuello que nos impone la vida, la pérdida o la soledad: es también la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo, el lugar donde poder encerrarnos y desnudarnos. Desnudarnos sin temblar, sin miedo a que haya un orificio a través del que nos espíen y controlen. Son jaulas para pájaros libres las que moldean tanto Virginia como Jeanette. “La niña del faro” parece una cárcel en medio de un mar bravío, pero es todo lo contrario. Pew, el farero ciego, lo demuestra. ¿Lo que nos salva? El poder de la palabra. Nunca desestiméis el poder de la palabra. La palabra os hará libres.

“Es cierto que las palabras se desvanecen y a menudo las cosas realmente importantes no se dicen. Las cosas importantes se aprenden en los rostros, en los gestos, no en nuestras lenguas encarceladas. Las cosas auténticas son demasiado pequeñas o demasiado grandes, o en cualquier caso nunca tienen el tamaño adecuado para encajar en el templo llamado lenguaje.

Eso ya lo sé. Pero también sé otra cosa, porque me criaron para ser farera. Apagad el bullicio del día a día y al principio sentiréis el alivio del silencio. Luego, muy quedo, tan quedo como la luz, regresa el significado. Las palabras son parte del silencio que puede ser hablado.”

Cuéntame una historia, Silver.

Escuchad atentos. La necesitáis.