Pasaba por el paseo lateral de la Castellana, llena de luces, pues era el día de Navidad. Tendría casi ochenta años, iba despacio, y es que sus piernas, seguro que no daban para más.
— Mira, abuelo, qué señora tan mayor en bicicleta. Y además con el frío que hace… Ufff no lo entiendo.
— ¿Qué pasa? … Hija, los mayores también podemos hacer muchas cosas. Y somos valientes y desafiamos al frío …o ¿qué crees?
— Sí, pero ir en bicicleta con este tiempo y tan vieja…Es que no le has visto la cara, tendrá cerca de cien años.
— Anda no seas exagerada, no llegará a los ochenta y como mucho a los ochenta y poco.
— Pero es muy vieja, y no sé como tenía fuerza. Y además, mira, se le ha caído un papel metido en un sobre. Voy por él. Abuelo está escrito.
— Vete a ver si la alcanzas y se lo das.
— Es imposible, aunque va muy despacio, pero va en una bicicleta y yo no puedo, soy solo una niña de diez años, no un avión.
— No quieres ir, Clara, quieres leer lo que dice, no pongas excusas.
— Mira, abuelo, Solo son unas cuantas líneas.
— No las leas, no es tuyo, y puede ser algo muy privado. Venga, corre, que todavía la puedes coger.
— Abuelo, hace mucho frío y no tengo ganas de correr, además estoy segura de que no la alcanzo.
— Eres, de lo más remolona.
— Debemos leer el papel.
— No.
— Pues ¿cómo encontramos a la vieja?… ya no se ve.
— Vamos a quedarnos un poco de tiempo aquí, a lo mejor da la vuelta cuando llegue a Colón.
— Pero ¿si no viene, qué hacemos?
— Ya lo pensaremos. No es muy habitual ver a una señora tan mayor en bicicleta. Podemos preguntar a otra gente que esté por aquí cerca, a lo mejor saben algo de ella.
— Pero ¿si no saben?…
— Tú lo que quieres es leerlo ¿no es así?… Por eso no has ido a dárselo.
— Pues sí, tengo mucha curiosidad, y es que parecía una vieja tan rara, ir en bicicleta por la noche…Y una noche tan fría, y además de Navidad, que lo normal es que estuviera con su familia.
— Ya te digo que esperes. Todavía no le ha dado tiempo de volver. No seas ansiosa.
— Pero ¿si pasa el tiempo y no vuelve?
— Como tú has dicho es muy mayor, y no creo que vaya muy lejos con la bicicleta, pues…¿Qué pasa Clara?… Están pitando los coches y parándose. Ha debido de haber un accidente.
— Yo voy abuelo, debe ser la vieja.
— ¿Qué dices? Si ella iba por el paseo y, no por los carriles de los coches.
— Pero a lo mejor ha querido cruzar al otro lado.
— Imposible, eso es una temeridad a su edad, ya que hay que tener reflejos y…
— Que yo voy .
— Pero Clara, espérame, que voy yo también. No corras. Pues yo no puedo correr, hija… Ya me dirás.
— Abuelo, abuelo, no vayas más allí, es horrible… Ufff, qué fuerte, ya te dije que era la vieja.
— Pero…
— Ya no podemos hacer nada abuelo, ya te digo es terrible, pues ha debido de cruzar con la bicicleta cuando los coches iban a toda velocidad. Seguro que estaba loca.
— O muy sola, muy sola.
— Ya te digo, es mejor que no la veas. Y ahora, abuelo, ya sí que podemos leer lo que dice.
— No, hija, ya no hace falta, debimos hacerlo antes, cuando “se le cayó”, o más bien nos lo tiró en demanda de auxilio.
— Abuelo no te entiendo
— Ni falta que hace, pero debí de hacerte caso. A lo mejor ahora todavía estaría viva.
— Pues yo lo leo ahora mismo… Oye, abuelo ¿Por qué sabías tú lo que decía el papel?
— Porque también soy viejo, muy viejo. Casi igual que ella.
— Pero no montas en bicicleta.
— Es que yo no estoy solo nunca, y el día de Navidad menos, te tengo a ti.