Regreso a Spoon River

Jorge de Arco

SPOON RIVERAntología de Spoon River
Edgar Lee Masters
Traducción, prólogo y notas de Jaime Priede
Bartleby Editores. Madrid, 2012

 

Siempre han llamado mi atención esos autores que podemos denominar de una sola obra aunque escribieran muchas otras a lo largo de su vida, pero cuyo nombre queda ligado exclusivamente a una de ellas. Valga citar los ejemplos de Carmen Laforet y su renombrada `Nada´, de Bram Stocker, con `Drácula´, el `Matar a un ruiseñor´, de Harper Lee, o la singularidad de John Kennedy Toole, y `La conjura de los necios´, galardonado con el Pulitzer y que su autor jamás vio publicada.

Y traigo a colación estos títulos, tras la lectura de la edición completa de la `Antología de Spoon River´, traducida, anotada y prologada por Jaime Priede, en un encomiable y titánico esfuerzo por brindar al lector un volumen de dimensiones extraordinarias.

Para situar a Edgar Lee Masters (Garnett, Kansas, 1868- Melrose Park, Pensilvania, 1950) y su obra, debemos trasladarnos al Chicago del primer tercio del pasado siglo, la ciudad que, en paralelo a Nueva York, se reinventaba en los rascacielos y protagonizaba, entre la miseria y la opulencia, un desarrollo industrial hecho de sucesivas oleadas de emigrantes. Lee Masters participó en el movimiento literario Renacimiento de Chicago y asumió una concepción de la poesía acorde con dos grandes obsesiones: enfrentarse al belicismo imperial de Norteamérica y dar testimonio de una sociedad despiadadamente clasista.

Muy pronto, el vate norteamericano dejó su profesión de abogado para sólo dedicarse a la escritura. Hacia 1913, William Marion Reedy, director del `Reedy’s Mirror´  de Saint Louis, -donde Lee Masters colaboraba-, puso en sus manos la `Antología Griega´, colección de  epigramas  y epitafios compilada hacia el siglo I d. C.; en 1914 comenzaron a publicarse, con el seudónimo de Webster Ford los  primeros  poemas de la `Antología de  Spoon River´, que  se editó  como libro en 1915. La Antología tuvo un éxito extraordinario y  se  transformó  rápidamente  en el libro  de poesía más leído en la  historia  de los Estados Unidos.

Su exclusivo afán por las letras, se concretó en la forma en que su enérgico temperamento hacía prever, es decir,  produciendo un libro o  dos por  año: nuevos poemas, obras históricas, biografías. En vano intentó reproducir el impacto de su `Antología´ con `The new Spoon River´ -que fuera juzgada como casi todas las segundas partes-. En adelante, y convertido ya en un ser huraño, se mantuvo al margen de la vida social y literaria. En los años cuarenta se retiró junto a su segunda esposa a Carolina del Norte y Pennsylvania, donde se dedicó a enseñar. Recibió varios premios en reconocimiento a su carrera y hoy día, está reconocido como una figura de transición en la poesía americana, un escritor que se sentía cómodo con el verso largo, casi narrativo, a la manera de Shelley, pero que en su mítico universo de Spoon River logró una poesía distintivamente moderna.

Sobre el nacimiento del libro, cuenta el autor estadounidense en `The genesis of Spoon River anthology´: “Los personajes, los temas y sus dramas me venían a la mente más rápido de lo que yo podía escribirlos. Por lo tanto, garabateaba las ideas -y aun los poemas completos-, en el reverso de sobres, en los márgenes de los periódicos, mientras iba en el tranvía o estaba en el juzgado”.

En verdad, este renovador poemario, presenta como material poético fragmentos del universo que configuran las vidas -y las muertes- de los habitantes de un hipotético pueblo del Medio Oeste llamado Spoon River: un espacio que a través de la lírica ficción alcanza una dimensión más real que la realidad misma.

Son los muertos, a través de sus epitafios, quienes nos hablan de su intrahistoria a la luz de los oficios, cargos o profesiones que ejercieron o de lo que fue su vida cotidiana. “Como los muertos de Dante, que están más vivos que cuando estaban vivos, los muertos de Spoon River prolongan de manera sepulcral todo su descontento y sus pasiones”, anotó al respecto Cesare Pavese.

Cada epitafio es así un poema, una pequeña crónica, un relato, un fragmento de existencia ya ida: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,/ el flojeras, el cachas, el comediante, el borracho, el broncas?/ A uno se lo llevó la fiebre/ otro se chamuscó en la mina,/ a otro lo mataron en una pelea/ otro murió en la cárcel, / y el otro cayó de del puente en el que curraba para/ mantener a su familia./ Duermen, duermen, están durmiendo todos en la colina”.

Es necesario regresar a Spoon River y detenerse, de nuevo, en esta singular comunidad donde todo está deformado: el amor es lujuria y veneno, la aspiración se amarga, las almas perecen, los sueños se difuminan…. La hipocresía clasista, la crueldad de los oprimidos y el fetiche del éxito han sepultado a aquellos hombres y aquellas mujeres amantes, cuyas voces surgen ahora desde las tumbas. Al cabo, todos estos  seres componen un  enorme  cuadro,  una suerte  de  danza  macabra que exhibe la  gran  herida  de la  vida. La de ayer y la de hoy: “Tengo un amigo./ Pero mi pena no tiene amigo”.