Gonzalo Martré, el último libelungo

Félix Luis Viera

Breton, la Walkyria y el último libelungo
Gonzalo Martré
La Cofradía de Coyotes, 2012

 

BretonlaWalkyriayelúltimolibelungo-gonzalomartre-librario-otrolunes26Sería el año 1993 cuando leí, en Cuba, ¿Tormenta roja sobre México?, una novela con la que aprendí infinidad de detalles sobre la ciudad de México, adonde el destino, o creo que fue más bien el hambre, me llevaría dos años más tarde.

Gonzalo Martré (cuyo nombre real es Mario Trejo González, Hidalgo, 1928) es uno de los escritores satíricos más reconocidos de la República azteca. Yo, sin embargo, prefiero sus narraciones que se hallan fuera de este ámbito, como la novela que cité al principio de estas líneas, a la que agregaría Los símbolos transparentes.

Ahora Martré acaba de publicar Breton, la Walkyria y el último libelungo (no nibelungo), que muestra varios de los más poderosos recursos del autor para la sátira, pero en mi opinión no es propiamente una sátira; es algo muy serio, conmovedor, escrito con el tono de un ser impúdico, o que quiere hacernos creer que lo es mientras esconde la lágrima, la cual no obstante a cada rato asoma.

Insisto en lo del tono porque, en mi opinión, esto salva a un asunto —más que un tema— esencialmente trillado de origen. Veamos. El narrador-protagonista, con el mismo nombre del autor, 75 años de edad y “medio sordo, medio tuerto, medio calvo, medio cojo, con un infarto” sostiene una relación sexual con Claudia —o la Walkyria o Electra, que así también es llamada—, quien lo aventaja en 50 años; es decir, nació 50 años después que él. Digo a propósito una relación “sexual”, porque este aspecto es, precisamente, uno de los puntos candentes de la novela; el lector verá y decidirá si la relación, pasado el tiempo, resulta netamente sexual.

La intriga, mediante una trama que no podría exponerse de una manera más cruda, donde la impiedad alcanza un grado sumo, está detallada con puntos y comas, y, por lo que se ve, tiene su asidero fundamental en una realidad que lo queramos o no, valga la redundancia, existe. A tal punto que la novela alcanza por momentos un acento testimonial que mete miedo.  Así, los personajes se llaman como se llaman en lo que nombramos la “vida real” y son como son, física y temperamentalmente, lenguaje incluido, como son en la vida real. (Yo nunca había leído una cosa así.)

Lo anterior no niega lo que escribí al inicio: estamos ante una novela, quien lo dude que siga su estructura en general, los matices narrativos, los puntos de giro y, claro, el lenguaje, a veces altamente especulativo, del narrador-protagonista. Es decir, quizás una novela sea no más que la vida misma, y en fin resulte, como hemos dicho en algún momento: “no una mentira que parece verdad, sino una verdad que parece mentira”.

Un acierto de Martré lo hallamos cuando en la página 42 cambia el punto de vista para una bitácora, escrita en un tiempo presente de urgencia que logra una narración, digamos, espasmódica, tersa, inquietante. Será a partir de esta página cuando iremos constatando la urdimbre que desarrolla el protagonista para traicionar, con alevosía y ensañamiento, a su compadre Sarti —otro viejo verde, pero inocuo y casi indefenso—, a quien conmina a casarse con su amante, la gorda Claudia, quien ya lo veremos, comienza a involucionar en la medida en que corre la historia. Veamos que la perversión y el pervertidor o pervertidores son prototipos que se crecen en Breton, la Walkyria y el último libelungo, asumidos en la narración con lujo de detalles, desde las raíces mismas de estas personalizaciones; algo que se hace escalofriante por momentos en una acción donde además, el medio social es delatado con pleno conocimiento de causa y con la misma rijosidad con que se aborda el sexo, la amistad, o la deslealtad.

Martré, conocedor de los variados estamentos y localizaciones de la ciudad de México y de la clase política del país, así como del ir venir de los diversos representantes de la República de las Letras, saca a la luz tanto el feroz machismo y la perversión de ciertos sectores, como la crueldad y corrupción de otros.  Bueno, lo que quiero decir es que en esta novela, con ánimos de confesión en una y otra página, de manera despiadada salen a flote y son expuestas al sol, diríamos, las más diferentes inmundicias.

En Breton, la Walkyria y el último libelungo hallamos una crónica fotográfica de bares, restaurantes, cafés, hoteles de paso de menor y mayor rango de la ciudad de México, y nos topamos aquí y allá con términos que corresponden al lenguaje regional de esta ciudad, por cierto rico en ingenio, en una metafórica de amplia polisemia.

Creo que para matizar una especie de autoagresión, autodesprecio, el autor utiliza a propósito descripciones ampulosas, pero de indudable valor creativo que de atinada manera reflejan, precisamente, la burla de sí mismo al saberse retenido en las aguas de esa “tonina” (o sea, Claudia, Electra, la Walkyria) que si bien de inicio es el “material” corruptible, posteriormente va pasando a otro estadio que dejo al lector diagnosticar. Cito tres ejemplos de las descripciones referidas: “Levita frente a mí girando con lentitud, embriagado con su voz ya no encuentro palabras de amor, los torrentes del deseo me inundan bajo una cascada impetuosa, podría estar mejor si pierde 5 kilos. Ya de perfil se demerita, aunque no está panzona, su vientre gotea vitalicia esperma de ballena” (P. 82); “El diálogo escrito es un testimonio valioso en la crónica de estos días de amor de carne, muerte lenta del cuerpo, de sangre enrojecida en el fuego, de agua que se convierte en barro caído del aire, protocolos del goce sonoro, el placer acompasado y la dicha resplandeciente del donaire ingurgitado” (P. 107); “Su cabellera mojada es una trampa que habla en voz baja, el agua tibia es bella como la mentira. ¡Gordinflona llantera, así te quiero!” (P. 176).

Debo aclarar que en esta novela no se utilizan ninguno de los nombres “científicos” con que suelen referirse las partes íntimas del cuerpo humano, así como no hay espacio para un relato oblicuo de la acción sexual; las partes son llamadas como las llamamos todos cuando no estamos dando una conferencia en el Vaticano y el goce sexual se narra como lo vivimos, no como acostumbramos contarlo.

De cualquier manera, creo que si alguna cuota de efectismo podemos encontrar en estas páginas, queda en todo caso supeditada a la lucha existencial, al ser o no ser cuando, en realidad, ya se es muy poco; a cierto optimismo que en ocasiones se mezcla o se vale o irradia una seria porción de sadismo. Esta es una novela que muestra sin ambages los hilos, el tejido y el tejedor de una trama impiadosa que busca, solamente, algo primitivo pero inevitable: la satisfacción del deseo primario (valga la reiteración); digamos que es la historia de la conjura de un solo hombre.

Como elemento colateral, además de la aparición de Breton, en tono admonitorio para el autor, en las primeras páginas, a lo largo de la obra recibimos las visitas sorpresivas de Paul Eluard, Chagall, Jacques Prévert, Leonora Carrington o Salvador Dalí. En algunos de estos casos, surge un delicioso escamoteo entre la trama que vamos leyendo y la que pudo ser.

Y otro detalle de humor y reflexión a la vez son los diálogos breves que sostiene “Rabelais” con el narrador-protagonista; “Rabelais” es el pene de este, aconsejador en unos casos, aconsejado en otros.

Son 226 páginas que se le deben agradecer a la editorial Cofradía de Coyotes, una Novela de pasiones seniles que, no me quedan dudas, aporta para el crecimiento de un nuevo segmento en la narrativa latinoamericana de hoy; algo que, con verdaderas dotes estéticas, ahora está empezando.