Alejandro Zambra o la zambullida en la cotidianidad

Por Amir Valle

alejandro_zambraCuando leí La vida privada de los árboles, pequeña novela del chileno Alejandro Zambra, pude comprobar algo que ya su compatriota, la también novelista Alejandra Costamagna, me había comentado en un encuentro en Berlín: “los que vienen después de nuestra generación están escribiendo literatura de la grande”, me dijo, cuando yo le comenté que siempre me había asombrado la facilidad con la que en Chile se podían encontrar buenos escritores. E impelido por el grato efecto de esa lectura regresé a Bonsái, la primera novela de este autor, nacido en Santiago de Chile en 1975 pero poseedor de una madurez narrativa realmente asombrosa.

Cualquiera de estos dos libros pueden considerarse entre las grandes obras de las letras latinoamericanas de los últimos veinte años, sin exageración de ningún tipo. Y esa afirmación está basada en la decodificación muy particular que hace Zambra de los mundos menos “novelables” de la cotidianidad, encontrando allí donde se corre el riesgo de crear el bostezo, las claves para profundizar en los más graves defectos humanos, precisamente esos que son tan comunes, tan normales, tan cotidianos que ocurren delante de nuestros ojos destrozando vidas, sueños, historias, sin que ni siquiera lo notemos.

Narrar la cotidianidad no es nada fácil aunque parezca lo contrario. Pocos autores logran crear un universo novelable a partir de esos estratos de la vida común que por su simpleza y por su repetitividad en millones y millones de personas resultan muy difíciles de decodificar humanamente, es decir, literariamente, si pensamos que la literatura perdurable, la gran literatura está en esa traslación de la vida real a la vida recreada en un libro. Y Alejandro Zambra encuentra una clave que me parece muy atinada: enfriar aún más esas cotidianidades, aligerarla de las cargas humanísticas que suelen ponerle algunos escritores, de modo que sea la propia acción y la vaciedad misma de los personajes los que hagan saltar al lector. El lector, así, no se siente atraído por la belleza de una historia, o por la emotividad de una anécdota, o por otros artilugios narrativos muy utilizados en la literatura moderna: se siente agredido igual que un monstruo parado frente a un espejo, o lo que es lo mismo, la reacción se produce cuando descubrimos que nosotros mismos podemos ser esos seres vacíos, desencantados, mutilados, resignados, que aparecen en sus libros.

Si a todo lo anterior se suma el hecho de que Zambra es dueño de una prosa muy precisa, sin dejar de ser poética (pues hurga allí en la poesía misma que salta del día a día); y si a eso añadimos que cada uno de sus libros es de una precisión casi de relojería a la hora de describir acciones y pensamientos de los personajes, logrando una agilidad de la trama realmente inusitada a pesar de la abulia que se respira en las historias que cuenta, no nos queda otra alternativa que decirnos que sí, estamos ante un narrador que mucho dirá en las letras chilenas porque parece conocer perfectamente esos cauces secretos que comunican a la vida allá afuera con la vida acá adentro, en el mundo ancho y ajeno de la literatura.