Marcel Proust, el pájaro sagrado

Jorge de Arco

poesia-completa-ProusPoesía completa
Marcel Proust
Traducción, prólogo y notas de Santiago R. Santerbás
Cátedra. Letras Universales. Madrid, 2012

 

Hace más de dos siglos, el escritor galés Paul Mclain dejó escrito que, para él, “la novela era la fiebre y la poesía el bálsamo”. Tal vez, por ello, sus versos fueron fiel y cómplice desahogo de cuanto amó y perdió, y en ellos reflejó lo más íntimo de su excéntrica personalidad.

Y traigo a colación la sentencia de McLain, tras la lectura de la `Poesía completa´, de Marcel Proust (1871 – 1922), y del revelador prefacio que regala al lector el responsable de la edición, Santiago R. Santerbás.

A lo largo de sus más de cincuenta páginas,  Santerbás  -que también ha llevado a cabo una excelente labor traductora-, relata los pasajes más relevantes de la vida del genial francés, y su singular relación con la lírica.

Lector impenitente y avezado, Proust gozó de una memoria excelente, que le permitía recitar de carrerilla poemas completos de Racine, Musset o Baudelaire. Sus ímpetus juveniles y sus ardientes deseos de integrarse en los salones literarios, le llevaron a publicar en 1896 su primer libro, `Los placeres y los días´, que incluía entre otros textos variados, ocho poemas: cuatro dedicados a pintores -Albert Cuyp, Paulus Potter, Antoine Watteau, Anton van Dyck- , y cuatro dedicados a compositores -Chopin, Gluck, Schumann y Mozart :“Y su Flauta encantada destila con amor,/ en la sombra aún caliente de adioses imprevistos,/ un frescor de sorbetes, de besos y de cielos”-.

Al margen de que las críticas al volumen citado no fueran en exceso favorables, Proust no volverá a publicar un solo verso en sus restantes veinticinco años de vida. Sin embargo, su convencimiento de no dar ningún poema más a la imprenta, no le aparta de continuar elaborando una poesía  desenfadada –parodias, epigramas, dedicatorias-, que por motivo de compromisos sociales, familiares…, gusta de hacer y de repartir entre sus allegados.

Este volumen que me ocupa, aparece dividido en tres apartados. En el inicial, titulado “Primeros poemas” -en la edición francesa, editada por Gallimard en 1982, lleva un epígrafe más sugestivo, “Las intermitencias del corazón”- se reúnen las iniciales tentativas proustianas, en las que destaca su precisión formal y su influencia parnasianista. Su voz, aún siendo inmadura, tiene ya acentos notables. Así se aprecia, por ejemplo, en su poema, “A menudo contemplo el cielo del recuerdo”, donde anota: “El pájaro sagrado es el poeta, el alma./ Nuestra alma es poesía. ¡Ha callado, ay, el pájaro!/ Sonámbulos quejosos, con caricias o a golpes,/ ¿hacia dónde corremos olvidando nuestra alma?”:

Tras los ya mencionados “Retratos de pintores y músicos”, la tercera sección -y la más extensa-, “Miscelánea”, recoge un abundante material lírico. A lo largo del prefacio, Santiago R. Santerbás hace notar las íntimas amistades que Proust mantuvo con el sexo masculino, sin querer entrar a considerar cuál pudo ser -o no ser- su verdadera naturaleza afectiva. Además de los numerosos textos en los que homenajeara a varones de muy distinta y variopinta clase social, los hay, también, con guiño femenino de fondo, como el escrito a Marie Nordlinger, una joven inglesa con quien mantuvo una estrecha relación y a la que dirige un lúcido cántico, si bien más adulador que amatorio: “Tu mano, que refleja, como el agua, las nubes/ de tu alma/ y sus imágenes,/ y como la ola mide con sus bellos impulsos/ la materia que toma entre sus fuertes dedos”.

Escritor perspicaz, sabio en su universal mirada, preciso en sus metódicas descripciones y clarividente a la hora de afrontar la psicología de sus protagonistas, tuvo en la lírica un espejo donde volcar su lado más irónico, más real, más humilde, y dónde ahogar, en ocasiones, el desconsuelo que le provocaba su delicadísima salud.

Esta oportuna `Poesía completa´, ayuda, en verdad, a completar de manera espléndida el retrato ensoñador de un narrador excepcional, de un poeta de equilibrados perfiles, que sabedor de sus límites, encontró en su decir poético la alegre complicidad de su vital incertidumbre.