En un muelle de París

Ainize Salaberri

Hotel del Norte
Eugene Dabit
Editorial Errata Naturae, 2012

 

hoteldelnorte-eugenedabit-librario-otrolunes26París es, de por sí, una ciudad tremendamente literaria. Una ciudad que, con sólo mentarla, nos recuerda a Marguerite Duras, a Franz Hessel, a Patrick Modiano. En esa ciudad han sucedido algunas de las mejores historias de amor y de desamor, y ha servido como escenario a centenares de guerras sin reconciliaciones. La novela que Eugène Dabit escribió, “Hotel del norte”, nos trae lo mejor del París de los años veinte. Así como siempre es interesante ahondar en la historia propia de las ciudades en las diferentes décadas que se suceden –el Londres de los años treinta o de la posguerra, por ejemplo–, la de este París es especialmente sorprendente y carismática. El Hotel del Norte, que se asienta sobre la orilla del canal Saint-Martin, reúne una serie de personajes y de vidas entre las que, sin lugar a duda, encontraremos restos de la nuestra propia. Y es que el Hotel del Norte es el centro neurálgico donde los miedos, las deudas, las dudas, las sonrisas enlatadas, el temblor, los abismos y precipicios, las olas y la oscuridad confluyen sin ton ni son.

Son fragmentos de un interior que aún no está podrido y que, aunque se duele en las costillas y en la columna vertebral, aún puede respirar su propio oxígeno. El Hotel del Norte actúa de salvavidas, de colchón mullido en la caída. Porque es un hotel que se asienta, también, sobre sus propias ausencias y carencias. Es un hotel que lo comprende todo. Sólo quien se embarra es capaz de triunfar, parece querer decirnos.

El Hotel del Norte es algo así como el sueño americano: las pobres y vacías habitaciones del hotel se llenan de aspiraciones que recorren los pasillos en busca del calor; no les basta con el refugio que supone comer y dormir todos los días. El Hotel del Norte nada tiene que ver con aquel endemoniado hotel de Stephen Crane en el que las cartas, el alcohol y el asesinato rondaban entre sus moradores. En el Hotel del Norte hay alcohol, sí, y hay cartas, sí, y hay retos y aventuras veladas, pero también hay muchos sueños, mucha necesidad de transgredir el destino que parece impuesto a sus habitantes. Imperiosa necesidad la de alejarse de sus miedos y de los precipicios que los persiguen. (He descubierto que toda buena novela debe poseer un abismo. ¿Para qué arriesgarse a contar una historia sino?) En el Hotel del Norte el significado de “vida” adquiere otra dimensión, que ha de descubrirse a través de las páginas de Dabit. Eso sí: es pura vida.

“Hotel del Norte” es el escenario donde mejor se representa la vida. Así como lo hacía Zola o Balzac, así como lo hizo Flaubert, Dabit desgrana la sociedad del París de los años veinte sin ningún tipo de pudor ni justificación. Las expectativas, esperanzas, oportunidades, odios y amores fluyen a través de las páginas y alcanzan nuestra fibra sensible. Es un retrato al más puro estilo Baroja o Unamuno, al más puro estilo de Daniel Defoe en Moll Flanders. El Hotel del Norte es singular, atractivo, vibrante. A las jóvenes promesas se les unen viejas glorias que, sin olvidar que el pasado es el que suelda los huesos al cuerpo, comparten secretos y transmiten alegría por, pese a todo, la vida y su mundanal ruido. Como los propios editores afirman: “Es ésta una novela de gentes de paso, de amores y desamores, de pequeñas y grandes tragedias, con escenas divertidísimas y con momentos de gran emoción,, un sinfín de historias entrelazadas y fascinantes…” Parece que el Hotel del Norte fue creado para cambiar las vidas de todos aquellos que osasen acercar, ni que fuera ligeramente, las manos a su recuerdo. Y menos mal.