El negro Vergara, dueño del mundo

(Cuento)

Iván Darias Alfonso

Con este cuento, su autor Iván Darias Alfonso (Placetas, 1971) obtuvo la primera mención en la quinta edición del Concurso Nacional de Cuentos Celestino, auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz de Holguín. Sin embargo, el texto no fue incluido en el Cuarto Libro de Celestino, publicado en el 2007 por Ediciones La Luz, cuando el autor ya no residía en Cuba. En tal edición se incluyeron los cuentos premiados y finalistas de las ediciones 2003-2005. Por azares tecnológicos, “El negro Vergara…”, se perdió como el resto de los ficheros irrecuperables de la primera computadora portátil del autor. Luego de varias gestiones con los amigos, finalmente apareció una copia que compartimos con los lectores de Otro Lunes.

 

La noche fue un martes, o un miércoles, en uno de esos días insignificantes, perdidos en su definición personal de la semana en la que solo los viernes y los sábados tenían una función específica y trascendental.  Se inició como todas, con la débil luz que iluminó al cantante, al negro de ojos inyectados en alcohol y trasnoche, y más tarde prosiguió con la normalidad de los procesos controlados, como si alguien quien sabía dónde, se encargaba de darle cuerda a un reloj que hacía avanzar las horas entre el ocaso y la nueva salida del sol.  Y Otto seguía cada indicativo de situación, pero no imaginaba que pudiera ocurrir algo interesante, le parecían pocas las coincidencias con las veces anteriores, y enfrente, en el espacio visual que permitía la iluminación del foco amarillo, solo se identificaba la figura del negro, contorneada quizá por el eco de su voz rasgada, que chocaba en los rostros de quienes lo observaban ensimismados y rebotaba al centro iluminado del salón.  De esa manera transcurría el tiempo mientras en algún lugar de la ciudad Alicia seguramente estaría muriéndose de risa o envuelta en una pelea interminable con su novio, con su familia o con el primero que se le hubiera parado delante.

Otto la había citado para el club, animado por su vocación de mujer disponible.  Se jactaba de haber aprendido a dominarla o casi a aplastarla no solo con sus miradas oscilantes de la cabeza al estómago y de ahí al sexo, sino también por los instantes en los que el más mínimo roce presagiaba una futura acción violenta e irresistible, y le gustaba verla a su lado, rendida ante la proximidad de la atracción, frágil e indefensa, temblándole el labio inferior cuando casi creía escuchar su respiración acelerada como la de los perros en esos momentos de apareamiento inminente.  Después todo terminaba en una cama, un sitio demasiado breve para compartir ambos sus minutos de intimidad, pues cada vez que ella iniciaba su sesión de arrepentimiento y amenazaba con no verlo más, Otto lo tomaba como una incitación a continuar.  En su interior permanecía abierta alguna herida que mientras más dolía y se agrandaba lo volvía más intolerante.  Entonces no quedaba opción, su mano buscaría con urgencia el sexo de Alicia, y de la caricia inicial pasaría a la fricción impetuosa, y luego la misma mano subiría por el ombligo hacia la porción breve de su cuerpo de mujer en el que asomaban dos senos pequeños, hinchados de excitación, y alguna vez imaginó él que su mano podía llegar hasta el cuello y oprimirlo, hundirle la nuez para dejarla derrotada y lívida, acurrucada en una esquina del colchón desde donde podría observarla cual si fuera su último trofeo de caza, o la imagen aterradora de un paisaje después de una batalla.

Enfrente, el negro cantaba.  Alargaba la letra de un bolero muy viejo, deteniéndose en las palabras finales de cada verso, como si intentara llegar al vibratto.  No miraba a los espectadores.  Tal vez se orientaba imaginando una figura neutra que cómodamente lo espiaba, seguía sus improvisaciones y su mirada perdida de paciente alcohólico, su cara brillosa de sudor y años.

“Todos te oyen, nadie te escucha” — se decía Otto creyéndose en la obligación de mostrarse solidario.  Alicia le diría, no te soporto cuando te las das de conocedor.  Y le recriminaría la pose de superioridad, y aunque él la callaría con un beso, ella mantendría su actitud intolerante quizá durante toda la noche.  Puede que no dijera una palabra más, que contestara a todas las preguntas con un desganado “está bien” o con bocanadas de humo de cigarro.  Enojada también se dejaría guiar hacia el cuarto de Otto, entraría en el baño para desnudarse rápidamente, como si debajo del vestido no llevara ropa interior y solo bastara un movimiento fugaz para aparecer ante él como un trozo de carne fresca y reluciente, lista para ser cortada en tiras o en grandes porciones.

Porque al final a Otto le gustaba toda esa parodia de masoquismo tardío, esa facilidad para entrar en el cuerpo de Alicia como si de cada entrega dependiera la vitalidad.  Y cuando terminaba soltaba aire y se quedaba mirando sus pies cual si fuera un moribundo, aunque advirtiera en su cerebro la existencia de una zona donde la excitación se había concentrado y no hallaba modo de salir, ni siquiera aparecía una fisura por donde escapara toda esa energía suficiente para ensanchar su glande con tanto ímpetu como si la sangre pudiera reventar las venas y saliera disparada en un surtidor viscoso capaz de tragarse a Alicia.

“Tragarse a Alicia” — repetía Otto en voz alta esa noche cuando se había quedado solo ante el vaso de cerveza y el salón se había oscurecido.  El negro había desaparecido tras la cortina y era probable que también estuviera tragando sorbos de bebida, pues luego saldría a cantar la segunda parte de su repertorio, la más sentida, y otra vez sus ojos volverían a lucir enormes y alucinantes, inyectados en nostalgia o presos de una desazón contagiosa.  Habría que mirarlos entonces, hundirse en el mar de rencor y desamor que promovían con cada música, quizá con la intención de proponer una receta de vida, aunque a esas alturas Otto reconocía que vivir era acercarse a Alicia, forcejear con su falta de entusiasmo y lograr conducirla hacia una cama.  Lo demás eran breves secuencias que pasaban ante sus ojos con la velocidad y los colores de una película, pequeños actos que no le preocupaban, pues tenían la inconsistencia de lo efímero y no hacía falta detenerse a identificarlos.  La vida podía ser Alicia, aunque no pudiera tragársela, engullirla como un bocado redondo y grasoso que resbalara por las paredes del esófago y llegara al estómago para continuar la digestión.  Pero últimamente ella se quejaba demasiado, ponía reparos para encontrarlo y hasta pensaba que podía ofenderlo con frases y palabras.  Aún a su lado, luego de una de esas madrugadas en las que Otto pretendía averiguar si existía una sensación más allá de su estremecimiento, ella seguía maldiciendo, ajena a cualquier caricia.  Por eso a veces él creía posible que un día Alicia se reduciría de tanto odio sin causa y quedara a su merced para bebérsela de un solo trago.

Volvió el negro, sonrió entre aplausos y gritos, y la luz dejó ver sus dientes que también parecían iluminar el salón.  Regresó cabizbajo, aparentando desgano, y el foco amarillo le dirigió su redondel justo en el momento en que cesó la música y el cantante se dispuso a atacar.  La ovación le confirmó a Otto que ya estaba cómodo, podía cantar durante toda la noche y Alicia ya no iba  venir.  Se habían visto por última vez el domingo, cinco minutos después que ella despidiera a su novio en la estación de trenes.  Nuevamente se amaron, o él la penetró como siempre, tratando de ahogar en sexo su desaliento.  Él le habló del concierto del negro en el salón, y Alicia no se dio por enterada.  Intentó dos o tres veces más incluirla en una posible actitud de fanática, pero desistió. Fue entonces cuando pensó que algún día sería tan diminuta para zampársela de un solo bocado.

En otro momento de la noche del negro, justo cuando ya comenzaba a convencerse de que ella no vendría, Otto miró a ambos lados del salón y contestó el saludo de una rubia alta que le había guiñado un ojo para que la advirtiera abrazada a un mulato musculoso.  Él alzó el vaso, brindó a su salud y tragó despacio.  Todavía recordaba la vez en que se había tropezado con ella durante el primer concierto.  “¿Y tú de dónde sales?”, le había dicho la mujer mirándolo fijamente, como si tratara de aplastarlo con aquellos dos círculos verdes en los que él pudo reconocerse en el reflejo de un ser asustado y torpe.  Luego todo resultó muy fácil, él mantuvo la expresión inofensiva, se dejó conducir a la mesa de la rubia y durante toda la noche, mientras ella intentaba sacarle palabras que lo convirtieran en alguien interesante, él solo le dirigía miradas oscilantes, de los ojos a sus labios carnosos, de estos al cuello y de ahí a las tetas.  El ciclo se mantuvo invariable, aunque a veces Otto lo interrumpía con alguna pregunta que su interlocutora hallaba demasiado impertinente.  De seguro le doblaba la edad, y si había decidido quedarse junto a él era porque a esa hora ya todos los solitarios mayores se habían largado.  El rostro, en el que únicamente se veían pequeñas arrugas cuando sonreía, le sugería la expresión de una persona astuta, algo calculadora, pero nada peligrosa.  Intuía la escena siguiente, sin embargo, prefirió dejarse conducir.  Por eso cuando la rubia se paró, dejó dinero en la mesa, le tomó la mano y lo arrastró consigo, él sonrió con picardía.  Y lejos del bar, en el inmenso y suave colchón de la rubia, aturdido por las proporciones de su cuerpo todavía joven, imaginó posible que algún día fuera capaz de tragarse a alguien, por ejemplo, a Alicia.

Otto y la rubia se vieron la semana siguiente.  Él, sentado a la mesa, esperaba por que Alicia regresara de llamar por teléfono.  Cuando la reconoció hizo el gesto de levantarse, mas ella negó con el índice recto y la actitud de domadora de circo.  Otto la siguió con la vista y otro gesto similar fue suficiente para regresar a su cerveza.  Luego de tres sorbos seguidos volvió a buscar a la mujer y la encontró en la misma mesa, conversando muy risueña con un gordo lleno de cadenas de oro.  A la vuelta de Alicia él quiso marcharse rápidamente, no sin antes cerciorarse de que tres mesas más lejos la rubia lo había visto besarla y abrazarla antes de abandonar el salón.

Llegó el turno a Verdad amarga, el bolero que al negro le pedían los asiduos al salón cuando ya había avanzado la noche y sentían la necesidad de escucharlo cantar y verlo retorcerse de dolor y angustia.  “Yo tengo que decirte la verdad”, musitó entre dientes a sabiendas de que la menor parada serviría para desencadenar de nuevo aplausos y gritos.  “Y lo disfruta, el muy pérfido” — pensaba Otto y se imaginaba a sí mismo de piel negra, más viejo y en medio del salón, orgulloso de controlar a una banda de trasnochados que gritarían hasta el delirio ante el más mínimo alarido o improvisación que dilatara la letra y la normal cadencia de la canción, para convertirla en algo más tangible, quizá en un objeto punzante que desgarrase la eterna herida sangrante de la que hablaba el bolero.  Fue en ese instante, en el que Otto se convenció de que Alicia no llegaría nunca, cuando se descubrió en el vértice de un raro triángulo en cuyas otras puntas estaban el negro y la rubia.  A los tres los unía una oscura necesidad de poder, un deseo de manipular a las personas, una derivación del sadismo.  Justo aquella noche estaban los tres, pero solo el cantante y la mujer parecían próximos al clímax.  El primero, seguro de que no pasaría mucho tiempo sin que los espectadores comenzaran a pedirle temas con voces alternadas de las que podría hasta oírse el eco si aparecía un instante breve de silencio absoluto.  La segunda, descomunal en su pose de triunfadora, con la sonrisa en perfecta simetría, rematada en dos hoyos pequeños semejantes a botones que, si sabían pulsarse, abrirían una boca capaz de tragarse al mundo.  Y él, agobiado por su imagen de perdedor, procuraba darse ánimos para encajar en aquella supuesta trinidad de criaturas feroces.  Fue entonces cuando apareció María.

No irrumpió en la voracidad de la noche por voluntad de algún ser omnipotente — versión creíble para los niveles de ansiedad de Otto en aquel momento –; en realidad siempre había estado ahí, callada y atenta a las contorsiones del negro y a los sonidos de su voz rasgada.  El la saludó, ella lo invitó a la mesa.

— ¿Qué haces en un sitio como este? — le preguntó Otto.

— Vine a ver al negro Vergara, dicen que es lo mejor de la ciudad.

Antes de seguir en un diálogo revelador, Otto prefirió estudiarla primero.  Había cambiado mucho, demasiado con respecto al último encuentro del que apenas recordaba la fecha o el motivo.  La encontró mucho más atractiva, sería por el cabello corto o por la blusa pegada al cuerpo.

— Y… ¿estás sola?

María respondió de manera gestual.  Se encogió de hombros y abrió las manos, las puntas de los dedos señalaban las demás sillas vacías. “Es evidente”, pensó decirle, pero comprendió que no hacían falta palabras.  Para él la posible frase pasó desapercibida, como los comentarios posteriores en los que María lo dejó deslumbrado con sus conocimientos sobre el negro Vergara y su repertorio.  Así, mientras en el salón iluminado una figura seguía encantando a la muchedumbre, ella continuó hablando sin parar.  Comentaba sobre la vitalidad del negro, sobre el ambiente que lograba con tan pocos recursos y hasta dijo que en otros lugares no había visto algo similar.  A Otto no le sonó falso, pero tampoco sincero.  No advertía que el tiempo pasaba junto a María, sin embargo, sentía que no llegaba el momento justo para que acabara de obsesionarse con la posibilidad de llevársela a la cama.  En alguna parte de la memoria de la muchacha quedarían aún los meses vividos junto a él.  Desconocía la prioridad que ocuparía ahora en sus recuerdos, sobre todo cuando habían transcurrido años; sin embargo, la noche había avanzado mucho, tanto como para olvidarse de Alicia, que estaría rendida al sueño; de la rubia, que llenaría de besos al mulato musculoso, y hasta del negro, que atacaba cada nota con falsetes anunciadores de una futura y poderosa ronquera.  De modo que fuera de María, o de la persona que respondía a ese nombre, no quedaba otra víctima, y por tanto, podía soportar cualquier alarde de madurez, máxime si salían de la misma boca antaño siempre preferida, aunque aquella noche no se había tornado irresistiblemente tentadora.

Los reclamos de “otra” lo sacaron de la modorra.  Había terminado su cerveza, y se había servido el resto de la de su acompañante.  La había vuelto a escudriñar con sus ojos de marinero, de las cejas a los labios, de la cabeza al sexo, del pelo a las piernas, pero sentía que el examen había resultado incompleto.  Quedaban innumerables zonas oscuras, vericuetos en el alma que impedían la llegada de la luz o la exploración en sentido directo y que resultaban insuficientes para imaginarse una escena posterior y motivante:  él encima de ella, con la potencia de quien asume a la vez la destrucción y la creación del mundo.

Como se esperaba, el negro terminó el concierto.  Empapado de sudor, con los ojos más sanguinolentos de la especie humana y los brazos en alto, desapareció tras las cortinas a la velocidad de un adicto en busca de la imprescindible dosis.

María abrió los ojos y su “¿nos vamos?” le pareció a Otto la señal que estaba esperando para, en el camino que transitarían juntos, terminar de espabilarse.  Si quería llegar victorioso al punto culminante de su secuencia personal, debía incrementar las acciones de aproximación.  Tal vez María no necesitaba una confirmación de cambio, algo que la hiciera reconocer de golpe al mismo Otto que había conocido tiempo atrás, y a él no le preocupaba mucho dar una determinada apariencia.  Se creía el negro del concierto.  A este le había pertenecido la noche y puede que en el futuro tendría otras, y aunque algunos se empeñaran en afirmar que cada presentación de Vergara resultaba distinta de la anterior, para Otto no había variaciones posibles.  Al final la muchedumbre iba para ver lo mismo, a un tipo en el medio del salón con cara de trasnochado y ojos desorbitadamente rojos que había sido popular en una orquesta citadina de los 70 y que ahora interpretaba boleros interminables muy a su manera.

Durante el camino probó varias tentativas, intentos que con Alicia habrían surtido efecto, pero que en María solo provocaban una sonrisa tendenciosa que acentuaba la ambigüedad reinante.  Después de caminar diez cuadras ya Otto notaba un cosquilleo interior al mirar las piernas de la muchacha, blancas y casi perfectas, que se movían con una nueva cadencia, como si hubieran sido entrenadas en un estilo elegante de andar.  Cuando pararon en el semáforo pudo aspirar el aire de la alta noche, limpio para esa hora en que casi no había tráfico en la ciudad.  El aroma nocturno le llenó los pulmones y pudo notar en su pantalón un bulto que comenzaba a ensancharse como si esa parte del cuerpo respondiera también a la presión de la corriente.

“Esto promete”, se dijo para sus adentros, aunque enseguida pensó en Alicia.  Sin embargo, se alegró por la próxima experiencia que se avizoraba como saludable.  Estaba seguro de que María no terminaría de mal humor, no la emprendería contra su mala suerte y el daño proferido al mundo.  Dirigió su vista al cielo, lucía muy estrellado y despejado como una noche de invierno, nueva señal para definir aquella como su gran oportunidad, el esperado obsequio para alguien vital como él, para el dueño del mundo.

Por eso cuando María lo despidió con un beso en la mejilla, al tiempo que le soltaba un “me dio gusto verte”, Otto creyó ver en la distancia el resplandor de un rayo que cortaba la más compacta instantánea de su sueño.  Ni siquiera le dio tiempo a reaccionar, adoptar una pose de castigador nato y exigir explicaciones.  La puerta se cerró de golpe y de repente se halló solo en medio de la calle, con rabia suficiente para lanzar de una patada cualquier lata a kilómetros de distancia, pero para su desgracia e impotencia, la calle lucía demasiado lustrosa.  Apretó los dientes, cerró los puños y comenzó a caminar aprisa.  Estaba muy alterado para reflexionar en torno a lo sucedido, solo quería llegar a algún lugar y la única asociación que le vino a la mente fueron las locomotoras.  En aquel momento lo que más le habría gustado era convertirse en una de esas máquinas de hierro, capaces de avanzar a toda velocidad, con la sensación de tragárselo todo.  Pensó llegarse a casa de Alicia, derrumbar la puerta a golpes, despertarla con un par de bofetadas y desgarrarle la bata de dormir.  Luego entrar en ella y comenzar a comérsela por porciones, dejando para el final la cabeza a manera de poder escuchar hasta el último minuto sus interminables reproches.  Más tarde, después de recorrer las cuadras del regreso y de toparse con una ciudad dormida y despoblada, decidió encaminarse a su casa.  Imaginó también que si el destino no seguía jugándole una mala pasada, en alguna calle perdida se iba a encontrar con el negro Vergara, embobecido totalmente por los litros de alcohol que se bebía tras cada concierto.  Sería un verdadero choque, lo haría pedazos con sus ruedas de metal y allí quedaría, descuartizado y pestilente como las reses que se dormían en medio de la línea del ferrocarril.  Porque antes de llegar a su casa Otto solo tenía una idea fija, demasiado adherida a la mente:  el negro era el único culpable.

Entró todavía sofocado por la aceleración nocturna.  Vio el reloj, eran las tres de la mañana, las manecillas en ángulo recto y en el cuarto ningún asomo de señal perturbadora de la tranquilidad.  Se desnudó y se metió en la cama.  “Maldito-negro-cabrón-hijo’eputa”, masculló mirando al techo, puede que con la esperanza de que las palabras taladraran el concreto y salieran como balas térmicas a cumplir con su objetivo final.  Se tapó la cabeza con la almohada, se viró a la derecha, respiró fuerte, se cubrió con la sábana, se viró a la izquierda, puso la almohada bajo la nuca, quedó bocarriba, se destapó.  Comprendió que no podía dormirse.  Bajó la vista a la entrepierna, todo seguía igual, desde que cerró la puerta de María el bulto de su pantalón se deshizo a toda velocidad como si le hubieran bombardeado cubos de hielo por la portañuela.  Se sentó en la cama, sacó un cigarrillo y lo fumó aprisa, buscó otro, lo prendió y pensó en Alicia.  Antes de planear una estrategia de venganza dedujo que necesitaba aclarárselo todo despacio.  “¿Qué pasó, qué falló?”, se repetía las dos preguntas para tratar de orientarse.  Sin embargo, la única evidencia que aparecía al final, como resumen de la noche, era que estaba solo en una cama.  Había ganado el negro, o puede que la rubia, que estaría durmiendo ahora o quién sabe si lamiéndole los pectorales hinchados a mulato, o las piernas fibrosas, o los bíceps, con su boca diseñada para tragarse a la gente.  A María no podía concederle la victoria, de hacerlo admitiría muy pronto su incapacidad, y él era el dueño del mundo, de regreso de la primera batalla perdida, pero más desafiante y belicoso que nunca.

Abrió la ventana, se paró a mirar la madrugada.  La luna iluminaba la parte de su cuerpo que sobresalía del marco y sintió un leve corrientazo.  Puede que alguien, en alguna de las ventanas colindantes se hubiera levantado y estuviera mirándolo, “mirando este cuerpo que te perdiste, María, asquerosa calentona”.  Regresó a la cama, si lograba dormirse, al día siguiente volvería a llamar a Alicia, aunque no sabía si recriminarle su ausencia al club, o sencillamente arrastrarla hacia el cuarto con el menor pretexto y pasarse a su lado el resto de la tarde.  Encima de ella encontraría nuevas fuerzas para reponerse de las heridas del combate y hasta proponerse otras contiendas mucho más sangrientas, como las de retar a la rubia a atragantarse con su cuerpo, y al negro, a desafiar en la oscuridad el filo brillante de una sevillana.  Pero antes que nada regresaría a la casa de María, debía borrar aquella sonrisa de seguridad, de plena conciencia acerca de lo que nunca sucedería, con que la muchacha lo despidió.  Lo demás se resolvería con sus mañas y su palabrería abundante.

Empezó a pestañear, un gallo cantó a lo lejos y las manecillas del reloj se despojaron de las formaciones en ángulo recto.  Eran las cinco de la mañana.  Seis horas más tarde pudo despertarse con la sensación de haber vuelto a la vida tras una muerte lenta a latigazos.  Se vistió aprisa, se calzó unas sandalias sin medias y salió a la calle.  El sol ya estaba alto y la claridad le molestó bastante, había olvidado verse en el espejo después de lavarse la cara y creyó deplorable presentarse con ojeras, pero así y todo prosiguió la marcha.  Si había perdido una noche no podía darse el lujo de perder el día siguiente, tal desliz sería atribuible a humanos, nunca al dueño del mundo.

La madre de María lo recibió sorprendida y luego del “muchacho, hace años que no veo” lo invitó a pasar.  Él se sentó, levantó la vista y se topó con una fotografía enmarcada que lo dejó sin respiración.  María y un tipo canosos de espejuelos sonreían sin control; ella llevaba un vestido de novia.  Entre lo que debía decir, la indecisión al inventar un pretexto y la frase que finalmente pronunció, Otto supo que estaba haciendo el ridículo.

— ¿Y María cuándo vuelve? — preguntó.

— Probablemente el año próximo.  En realidad vino por muy pocos días y se fue hoy muy temprano.

Cuando se despidió, la madre de María disimulaba bien la intriga que le había producido aquella visita inesperada; aunque tras cerrar la puerta se quedó pensando en la posibilidad de una llamada a su hija.  Otto, por su parte, caminó hasta el parque y se dejó caer en un banco.  Observó la esquina del teatro siempre llena de gente y creyó que los adoquines de la calle comenzaban a rotar y cambiaban de cara visible para tapizar todo el trayecto con la frase que aún seguía escuchando dentro de su cabeza:  “María, puñetera calentona”.

De repente tuvo una idea que en su estado podría tener connotaciones de salvadora:  debía buscar a Alicia.  Pero no para contarle sobre el concierto del negro o el encuentro con María, ni siquiera para hacerle pagar su mala pata, el descalabro de la noche, sino para ilusionarla un poco, acercarla a su visión de “velada romántica” y apuntalar su status de mujer siempre disponible.

Se levantó mucho más animado y compró unas flores.  “Las rosas significan amor”, le dijo la florista en un tono amable.  “Vete a la mierda”, respondió él para sus adentros.  Pagó y se encaminó hacia el barrio de Alicia.

— “¿Y esto qué significa?” — le dijo ella cuando abrió la puerta y se encontró con Otto sonriente, ya recuperado de su anterior insomnio y más cercano a la idea personal del triunfo.

— Nada, que me quiero casar contigo.

Una hora más tarde, cuando lo curaban en el hospital, Otto no lucía demasiado molesto.  Una de las espinas de las flores le había rasgado bastante el cuello, y según la enfermera la cicatriz no sería permanente.  El médico también le había aclarado que no debía preocuparse por el golpe en la espalda, pues no había ningún hueso roto.  Medio adolorido y atontado por el olor fuerte a alcohol, pensó en la vuelta a su casa como el camino más seguro y recomendable.  Quizás en la tranquilidad de su cuarto hallaría una explicación a tantas situaciones imprevistas.  Quién podía imaginar que Alicia hubiera reaccionado de manera tan poco habitual, o que le hubiera tirado las rosas a la cara y gritado “vete al carajo y no quiero verte más”, o que en aquel momento saldría el hermano, otrora tan pacífico e indiferente, y empuñara amenazante un pedazo de madera, o tal vez un bate, que fue a dar a la espalda de Otto como la señal que este recibió para salir de aquel sitio.

De regreso a su casa volvió a pasar por la esquina del teatro y la revisó con paciencia.  Si algo había cambiado en la ciudad, si en realidad estaba viviendo una nueva época que se anunciaba con grandes cambios, en aquel lugar encontraría las claves.  Y en efecto, cercano a las columnas del coliseo, en una de las pancartas de los anuncios descubrió un cartel demasiado sospechoso.  “Jesús Vergara en concierto”, leyó y negó con la cabeza.  Al lado, el negro aparecía en una foto, detenido, desafiante, inmenso en su sonrisa de dientes blancos, ojos sangrosos, piel oscura y rutilante.  Otto se acercó, se sorprendió por el brillo del pedazo de papel y hasta creyó escuchar bajito “yo tengo que decirte la vedad… aunque me duela el alma”… y luego risas o aplausos.

Cerró la mano en un puño, levantó el dedo del medio y se lo mostró erguido a la fotografía.  Luego se alejó.  Estaba agotado, pero algún día retornaría por la justicia o simplemente a exigir lo que le habían robado, algún día volvería a ser el dueño del mundo.

Del Autor

Iván Darias Alfonso
(Placetas, 1971). Licenciado en Periodismo por la Universidad de la Habana en 1994.En 1996 resultó finalista del Premio de Cuento La Gaceta de Cuba. Fue seleccionado para formar parte de la antología De Cuba te Cuento, editada por Plaza Mayor (Puerto Rico, 2002). Ganó el Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba con el libro de cuentos El mundo silencioso. Actualmente reside en el Reino Unido