Un gótico sureño extremadamente sutil

Rubén Sánchez Trigos

Siempre hemos vivido en el castillo
Shirley Jackson
Editorial Minúscula, 2012

 

Siemprehemosvividoenelcastillo-shirleyjackson-librario-otrolunes26En 1798, Charles Brockden Brown publicaba la novela Wieland o La transformación, y con ella extirpaba los viejos fantasmas que los colonos norteamericanos habían traído del viejo mundo y los sustituía por nuevos horrores autóctonos. Brown partía de un hecho verídico acaecido en Nueva York poco antes para, como buen ilustrado, exponer sus ideas políticas y morales acerca de la sociedad seudo-puritana que le había tocado en suerte vivir: el asesinato de una mujer y sus hijos por parte de su marido y padre, víctima de sombríos delirios religiosos. Brown certificaba así el acta de fundación de una nueva forma de entender el miedo al Otro, la materia prima de la que iba a ramificarse el genuino gótico americano a lo largo de los próximos dos siglos. Como él, Hawthorne, Irving, James o incluso, de algún modo, Poe entendieron que para apuntar al corazón mismo de lo que más temían sus conciudadanos era preciso cambiar el viejo castillo en decadencia por el tejado de dos aguas típicamente colonial, la contundencia de lo sobrenatural por la ambigüedad explicativa de lo estrictamente psicológico, y lo que quizás resulta más importante, la sed de sangre de ciertas criaturas de la noche, convertidas ya en arquetipos, por los estragos irreparables que cierto fanatismo religioso podía causar en las mentes de quienes no han podido o no han querido mirar más allá de su Dios.

De entre los autores que siguieron cultivando, explotando y actualizando esta galería de disfunciones locales, sin duda Shirley Jackson merece un puesto privilegiado. Poseedora de una malsana sensibilidad para encontrar lo extraño allá donde otros sólo verían rutina, Jackson entregó con su cuento La lotería (1948) uno de esos textos fundamentales para entender la compleja evolución que el gótico ha experimentado en el siglo XX. En él, el Otro ya no está fuera de uno, pero tampoco dentro. Es la Comunidad la que decide a quien expulsa de ella y a quien convierte en extraño. En resumen: quien es el Otro y quien merece morir por ello. Jackson afinó aún más esta premisa en Siempre hemos vivido en el castillo (1962), novela que ahora edita Minúscula con el cuidado que llevaba tiempo reclamando. Como Faulkner, como McCarthy o como Joyce Carol Oates, quien firma el delicado posfacio a esta edición, Jackson práctica en este libro un tipo de gótico sureño extremadamente sutil, en el que ni siquiera la luz del sol de sus paisajes puede alcanzar a desvelar las bajezas de una sociedad que, como en La lotería, hace de la dicotomía dentro/fuera la regla con que medir sus miedos.

Con su perverso uso del punto de vista, equiparable a lo que su coetáneo Ira Levin hizo más tarde con La semilla del diablo o Las mujeres de Stepford (otro especialista en remover las sombras de su tiempo), Siempre hemos vivido en el castillo modula desde su mismo título la distancia entre el viejo y el nuevo gótico, a través de la historia de Mary Katherine Blackwood y su hermana Constance, dos hermanas que viven atrincheradas en su particular mansión junto a su tío invalido y su gato, convertidas, pues, en el Otro, en el monstruo, del mismo modo que la Comunidad, a la que solo podemos codificar a través de los ojos de Katherine, constituye el Otro para ellas. Juego especular, por lo tanto, que cuestiona la condición monstruosa hasta la última página. Siempre hemos vivido en el castillo, sin embargo, encuentra en la represión sexual que sobrevuela durante todo el relato la atmósfera que la certifica como hija natural de los años sesenta: al igual que ocurre con Psicosis, de Robert Bloch, o con ciertos títulos cinematográficos (¿Qué fue de Baby Jane?, El coleccionista), la novela de Jackson (última que publicó) parece empeñada en dar testimonio de lo que la sociedad de su tiempo pretendía reprimir aún a costa de marcar a muchos de los suyos. En este sentido, resulta estremecedor comprobar que los demonios religiosos convocados por Brockden Brown en su novela fundacional y los prejuicios sociales que sustentan la de Jackson no difieren demasiado entre sí.