Expiaciones en el lodo

Martín Sotelo

Cajas de música difíciles de parar
o el desencanto de Nacho Vegas

Carlos Prieto
Editorial Lengua de Trapo, 2012

 

Asumo lo de hacer canciones como un proceso de autoconocimiento. Si uno quiere llegar al fondo de las cosas, a veces se encuentra con cosas oscuras y desagradables.
(N.V)

 

cajasdemusicadificilesdeparar-carlosprieto-librario-otrolunes26En 2003, Nacho Vegas publica su segundo disco en solitario, disco doble, compuesto de veinte canciones, titulado Cajas de música difíciles de parar, título extraído de El ruido y la furia, de William Faulkner. Se dice, del disco y de su autor en general, que es triste, pesimista, con una carga excesiva de drogas y oscuridad. Más allá de todo esto, de esta pretensión absurda de etiquetar o compilar toda una obra en unos cuantos adjetivos afines (cada cual que ponga los suyos tras escuchar el puñado de canciones), lo cierto es que es un disco de canciones variadas, largas (El Salitre), cortas (Etcétera), devastadoras (El mundo en calma), románticas (Monomanía), sarcásticas (Gang-Bang), hasta humorísticas (Tu nuevo humidificador). Todas ellas reflejan estados de ánimo, cuando no historias que parecen novelas (Historia de un perdedor, Maldición, Por culpa de la humedad), un pedacito de vida caótica como caótico fue siempre el mundo. Y ese, a mi entender, aparte del mérito de haber dignificado unas letras que nunca conocieron cotas tan elevadas de perfección en la música en castellano, es el gran logro de Nacho Vegas, el de saber reflejar este mundo absurdo, loco y enfermo reflejándose él, sin más juez que la canción y con la valentía y la justicia de no recriminar nada al mundo que previamente no se haya recriminado él a sí mismo. Un mundo de gitanos, faquires, ángeles, pájaros, goteras, egoísmos, expiaciones, culpas, fatalidades, maldiciones, crímenes, premoniciones, tedio, calmantes, excusas, huidas, miedo, soledad, dudas, sangre, salidas que no son y remos que crujen en un ancho mar de contradicción.

De todas estas contradicciones se habla en el libro que nos ocupa. La contradicción de un tímido con la necesidad de tener que agarrar un micrófono y desnudarse ante el público, la de quien juega a la impostura sabiendo que el arte no tolera mentiras, la de quien sabe, como Machado, que lo importante no es ponerse careta sino quitarse la cara, la de la bisexualidad, la del hijo que cree en el determinismo pero se niega a parecerse al padre, la del amante que busca cariño en relaciones con hombres mayores para corregir de alguna forma el fracaso en la relación paternofilial, la del caminante perdido que llega a lugares a los que no pretendía llegar, la de quien no quiere irse pero tampoco quedarse, la de quien emprende nuevos planes con idénticas estrategias, la de quien desprecia lo que ama o ama lo despreciable, la del personaje real enfrentado a su leyenda, conflictos, todos ellos, provocados por esas cosas revueltas que dan vueltas dentro de uno y por esa enfermedad consistente en tener una excesiva sensibilidad para apreciar las cosas sin poder disfrutar de ellas, y que inyecta su zozobra en el trecho que media entre lo que es y lo que será, entre todo lo que cambió y todo lo que sigue igual, entre lo que se gana y lo que se pierde, entre la desnudez total y la distancia necesaria, entre la euforia y el pozo, entre la paz que trae la canción y el ruido que impone la vida.

Y, extrañamente, son estas contradicciones, de él, del mundo, de todos nosotros, las que confieren a toda su obra una coherencia apabullante. Nacho Vegas ha creado un universo propio lleno de atmósferas, alaridos que parecen susurros, susurros que en realidad son alaridos, metal y terciopelo, humedad y plata, tan imbricado y ensimismado en sí mismo (de ahí que sean destacables los puentes que tiende lúcidamente, en un doble acto de amor y venganza, hacia el exterior, hacia la polis), tan lleno de guiños internos y de, como apunta Fernando Alfaro en el epílogo, muñecas rusas, que no podemos dejar de pensar en las hermosas catedrales que levantaron los más grandes escritores sobre mundos ficticios y ciudades fundacionales en donde todavía es posible no sentirse solo y ordenar el mundo a capricho de uno.

Sensible, inseguro, tímido, atormentado como un personaje de Dostoievski por culpa de una excesiva conciencia y por el hecho simple e inexplicable de estar vivo, con la misma capacidad de hacer daño que de pedir perdón, Nacho Vegas no compone sus canciones para el público, sino para sí mismo, que es la única manera de darle al público lo que se merece y debería exigir: honestidad en lugar de estafa. A eso se dedica desde hace años, a conocer con valentía lo que le rodea conociéndose a sí mismo, con todos los riesgos que tal arrojo frente a la vida, frente a los demás y frente a uno mismo, comporta.

El libro de Carlos Prieto da buena cuenta de todas estas huellas en el enlodazado camino de la vida hacia el sol de uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.