Nuestros valores: una apuesta

Uriel Quesada

urielquesada-columna-ilustracion-otrolunes26Vivimos en un mundo de valores. Se habla de valores nacionales, empresariales, religiosos, institucionales.  Antes de echar marcha a un proyecto –se nos instruye a quienes trabajamos con personas– debemos conocer los valores de quienes están con nosotros, de otro modo lo que tenemos en mente hacer puede estar desde un principio condenado al fracaso.

Los valores se entienden sobre todo como principios grupales, aunque también hay un espacio reservado a principios individuales.  No creo que sea necesario recordar que muchas veces lo grupal contiene a lo individual,  pero que en muchas otras lo individual queda fuera, disiente de cómo el grupo se percibe a sí mismo. Quizás a partir de lo que consideramos irrenunciable  los individuos buscamos a otros similares a nosotros, y así construimos afinidades y luego amistades.  Algunos teóricos mencionan tres características de los valores: a) son de largo plazo o poco variables; b)  influyen en el comportamiento de las personas y  c) sobre todo se expresan por acciones.  Desde ese punto de vista, los valores deberían ser el producto de una constante negociación  –con lo cual tenderían a modificarse en el tiempo y por tanto ser inestables, contradiciendo el postulado a).  También podría considerarse que están determinados al menos por el lugar y las condiciones sociales y económicas, y que el comportamiento de las personas reflejaría no un absoluto, sino las variaciones en torno alguna creencia, desde el momento en que se instala en el  tejido de relaciones de un grupo hasta que se pierde o se corrompe.

Desde una perspectiva más idealista,  los valores deberían ser el producto de un ejercicio democrático, pero muy a menudo se presentan más bien como el dictado de grupos de poder  –la iglesia es un buen ejemplo– y se usan para ejercer y justificar todo tipo de violencia, aunque un valor, como creencia,  se nos presente siempre positivo.

Personalmente  tengo problemas con muchos de los llamados valores, pues para mí representan una camisa de fuerza que se da por legítima y buena. Por ejemplo,  me siento excluido de “familia”, un valor que asocio cada vez más con la derecha blanca, heterosexual,  religiosa y clasemediera de los Estados Unidos.  “Patria”, es un valor que se ha usado para reprimir la diferencia y la disidencia.  Por el contrario, asumo “educación” como un valor fuerte, siempre y cuando lleve a la superación e independencia de los individuos.

Como parte de un ejercicio sobre “aptitudes interculturales”,  llegó a mis manos un artículo de L. Robert Kohls, titulado “The Values that Shape U.S. Culture”, publicado a mediados de los ochenta por el Washington International Center. El texto pretender ser una guía para entender a los americanos, es decir un una especie de manual de autoayuda dirigido a gente que visita el país.

En total, Kohls y su grupo identifica los siguientes valores:

1.- Control personal sobre el entorno; es decir,  la certeza de que el ser humano puede modificar lo que le rodea, lo que le daría  a Estados Unidos una imagen de ser una “sociedad llena de energía y orientada a la consecución de objetivos”.

2.- Cambio o movilidad,  pero siempre en sentido positivo.

3.- Uso productivo del tiempo

4.- Igualitarismo

5.- Individualismo, independencia y privacidad

6.- Auto superación

7.- Competencia/libre empresa

8.- Orientación hacia el futuro/optimismo

9.- Orientación hacia el trabajo y la acción

10.- Informalidad

11.- Apertura, honestidad, franqueza

12.- Eficiencia, practicidad

13.- Materialismo

Los que coordinaban el ejercicio sobre aptitudes nos pidieron a los asistentes que señaláramos  el valor con el que nos sintiéramos más identificados, así como aquél que nos parecía que menos nos representaba como individuos.  Para contestar la primera pregunta, yo escogí “Cambio”,  pues me gustaría pensar que siempre estoy abierto a lo que la vida traiga, y que soy capaz de ajustarme, sea a un reto o a un problema. También me veo a mí mismo como una persona en constante búsqueda, aunque he de admitir que la mayoría de mis búsquedas han terminado truncadas.   Para la segunda pregunta elegí “Competencia/libre empresa”,  lo cual pareciera contradictorio con una vocación de cambio,  pues en la mentalidad norteamericana cambiar está asociado con la libertad, y más específicamente con la posibilidad de competir.  Sin embargo, la noción de que competir es un valor me causa desasosiego, más aún cuando “libre empresa” se ha usado para justificar intervenciones en nuestros países latinoamericanos o la perpetuación de estructuras de poder violentas.

¿Cuáles escogería para un lugar como Costa Rica?  “Igualitarismo”, “Orientación hacia el futuro/optimismo”, y “Materialismo”.  Sigo creyendo que los costarricenses se consideran igualitarios, y que la tradición o los lazos de familia funcionan para ganar influencia pero no para relacionarse con los demás en el día a día.  Los ticos son fundamentalmente optimistas, pero lo son respecto a su propia condición individual,  no necesariamente en cuanto al destino del país. Encuesta tras encuesta se puede ver una percepción radicalmente distinta entre el bienestar individual o familiar y el futuro del país. El primero tiende a ser positivo; el segundo, no.  Finalmente, el materialismo cumple una función importantísima como creencia que cohesiona los deseos de amplios sectores sociales. Ahora bien, Kohls piensa en el materialismo como “tener”;  yo preferiría pensarlo como “desear tener”, pues aún ahora Costa Rica sigue siendo un país pobre, donde el acceso a los bienes y servicios de consumo es muy limitado. Quizás por la cada vez más amplia brecha social, quienes pueden tener no solamente se hacen de sus bienes sino que los exhiben. La presencia de esos mismos bienes –inaccesibles para muchos– marca el carácter de deseo. Costa Rica sería el perfecto país capitalista si no fuera tan pobre.

Me gustaría que la zona gris del individualismo costarricense se moviera hacia áreas de mayor cooperación.  Pienso en Costa Rica como una sociedad eminentemente solidaria,  con gran capacidad para movilizarse en tiempos de crisis. Sin embargo, hay una desconfianza siempre presente, quizás porque tarde o temprano algunos sacan provecho del esfuerzo colectivo.  Creo también que el tico promedio es trabajador, aunque admitirlo no sea bien visto. Cuando se vive en un país nombrado como “el más feliz del mundo”, resulta casi obsceno asociarse con el trabajo duro.  Pero Costa Rica ya no es la aldea dormida donde creímos crecer.  Las demandas de una sociedad abierta en el siglo XXI imponen una serie de exigencias de productividad y eficiencia. La clase media se ha empobrecido, y para salir adelante se trabaja una o varias jornadas. La gente se desplaza largas distancias por ciudades complicadas para llegar a su trabajo.  En economía el trabajo es un mal –por eso esperamos un pago a cambio– pero también puede ser un motivo de orgullo, como lo es para muchos costarricenses.