Atendiendo a su obra narrativa para niños y a sus aportes teóricos, Joel Franz Rosell ya era considerado una de las figuras más sobresalientes del género en su país, cuando emprendió un periplo que lo ha llevado a Brasil, Dinamarca, Argentina y Francia, donde actualmente reside. Y en esos casi veinte años trashumando ha sabido trascender con sus libros más allá de cualquier frontera.
Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes es el quinto libro de Rosell y, probablemente, el más logrado de los que ha dado a conocer. Esto último parecen confirmarlo tres hechos: la obtención del premio la Rosa Blanca, que otorga la Unión de Escritores de Cuba a los mejores libros para niños del año, la inclusión en la rigurosa selección anual Los Mirlos Blancos, del la Biblioteca Internacional de la Juventud (con sede en Munich), y su traducción por la prestigiosa editorial francesa Hachette.
En los tres primeros capítulos, el autor cuenta la génesis de los dos protagonistas, Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes, que se nutren –como sus nombres lo sugieren- en fuentes de la cultura popular caribeño-española. Nótese que Rosell nombra Juan Perico de los Palotes al que en unos países de nuestra tradición llaman Juan y en otros Perico; la misma preocupación de transnacionalidad se refleja en el lenguaje y demás referencias culturales contenidas en la obra. La universalidad de este libro, en su fondo y en su forma, no ha sido suficientemente explotada por el editor, que siendo una transnacional de la edición, mantiene encerrado el libro en el mercado argentino.
Rosa y Juan Perico, habitantes de un País-Reino-Pueblo, pequeño y superpoblado, se hartan de su despótico, maniático y vanidoso rey, y emprenden en su casa-cometa un viaje que los lleva a la Montaña Torcida, con sus pueblos perpendiculares Arriba-abajo y Abajo-arriba, a la Isla Rectangular habitada por personajes catódicos… y así hasta alcanzar una intensidad que pareciera insuperable con la detectivesca y delirante historia del Impero Movedizo. La narración hace a la pareja protagónica –y al lector- toparse con personajes pintorescos, pero asimismo con los dobles de la de los Vientos y el de los Palotes en un extraño mundo paralelo al que abandonaran al principio de la novela.
El autor nos lleva a conocer –desde unas alturas que no sólo son físicas y guiados por la meridianidad el planteo- una propuesta cuyos valores filosóficos se funden perfectamente con anécdotas repletas del encanto de la poesía, el don de la invención y la sabiduría narrativa.
Aspectos que también valdría la pena mencionar son la limpieza de la escritura –de precisión encomiable en sus más diversas funciones- que aun en los momentos en que opera la más rotunda de las metáforas no se hace a un lado, supeditando el contenido a la forma. El lenguaje, que a menudo es el material mismo con que se construyen, lúdicos, los personajes, situaciones y escenarios, resulta paradójicamente asequible hasta en sus giros más originales.
Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes podría parecer repetitivo por su apoyatura argumental en la levitación, pero convoco a la experiencia al escéptico, que constatará que no hay tautología en el recurso. Igual cosa ocurre con la utilización de la parábola, que realza constantemente el argumento y por lo tanto espolea el interés del lector -quien por momentos llegará a verse deslumbrado por algún personaje no precisamente principal. Es que nuestro autor rinde homenaje, sin cometer el menor emperifollo gratuito, a la tradición barroca, de la literatura cubana, a la cual pertenece por entero.
Levitación y parábola reaparecen, por cierto, en la composición de otros libros de Rosell: Vuela, Ertico, vuela, La tremenda bruja de La Habana Vieja, El pájaro libro… como rasgos que acaso van conformando una marca de autor, dentro de los intervalos abiertos de una perenne búsqueda innovadora.
Una condición básica de la novela que nos ocupa, y que a mi modo de ver es algo realmente difícil de lograr sin renunciar a la verosimilitud, es la simbiosis de agudeza y candor que resulta patente en Rosa, en Perico y –en llamativa proporción- en otros personajes. Esto lo logra Rosell sin que apenas nos demos cuenta (¿se daba cuenta él al prohijarlos?); lo descubriremos solo después de dedicarnos, con toda maña, a desmontar sus criaturas. Este hecho, que en principio otorga relevancia ética al argumento, funcionará en un nivel subconsciente como propuesta –si nos atrevemos con la temida palabrita- didáctica.
La advertencia del frontispicio: “novela en ocho cuentos y medio” evidencia el propósito del autor de meterse con las convenciones literarias y así se pone de relieve mayor en la “Página en blanco” que cierra el sexto cuento-capítulo, y también en las intervenciones irónicas del narrador y en el carácter cíclico-abierto de la obra misma. Lo cierto es que si las 115 páginas que nos ocupan se dirigen primordialmente al público infantil, cualquier niño de 50 u 80 años podrá encantarse con ellas.
Versión original: Uno-más-uno. México D.F., 17 de enero 1998
y Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil nº 9. Bogotá, enero de 1999.