La bruja de La Habana Vieja era un título necesario, y esperado, dentro del panorama actual del sistema de la literatura infantil cubana. Salido del sortilegio de Joel Franz Rosell tecleando sobre una moderna computadora, y publicado gracias a los efectos de una pócima inventada por los magos de Ediciones Capiro en la colección Pintacuentos, hoy los niños cubanos tienen la posibilidad de disfrutar, leyendo y pintando, una bonita historia.
El mecanismo de publicación de los premios de concursos y las limitaciones en la aparición de otros títulos, puede que conduzcan a que las valoraciones estético-literarias y el gusto mismo de lectores, escritores y críticos reduzca la gama de posibilidades genéricas, formales y temáticas de la literatura infantil que se escribe, se publica y se lee hoy en Cuba. Es por ello que creo que La bruja de La Habana Vieja, sin ser el único, ha venido a refrescar el ámbito de la literatura para niños en la isla.
Ya en 1996, Rosell enseñó la cuerda de esta literatura que ahora cultiva con la publicación de Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan de los Palotes, editada simultáneamente en Cuba por Ediciones Capiro y en España por El Arca/Grijalbo; la que resultó ganadora de uno de los premios La Rosa Blanca de 1997 que otorga la Seccción de Literatura Infantil de la UNEAC a los mejores libros para niños publicados en el período. Es, además, el único libro cubano incluído, en la década de los noventa, en la selección “The White Ravens”, donde la Biblioteca Internacional de la Juventud, con sede en Munich, incluye los mejores libros infantiles publicados en el mundo cada año.
La bruja… se enmarca dentro de la literatura del absurdo; y cuando digo absurdo, no me estoy refiriendo a la categoría estética de negación existencial, sino en el sentido de la más estricta lógica infantil, la que, absurda a los ojos de los adultos, conduce a una interpretación diferente, pero válida, de la realidad; ello hace que las tan aparentemente alocadas situaciones que nos presenta el libro, sean del agrado de los pequeños lectores.
Joel Franz utiliza una de las vías que Alexandra Issayeva, crítica y especialista rusa de literatura infantil, plantea como posibilidades para crear lo fantástico, y es en este caso, la intromisión de un elemento extraordinario en un mundo común, o sea: un ser mitológico en una realidad concreta, lo cual queda definido en la primera oración del libro: “Pues, esta era una bruja que vivía en La Habana”. Ello da pie para la sarta de situaciones que a partir de ahí pueden ocurrir, algunas de las cuales el escritor ha plasmado en el texto y de otras muchas que el lector imaginará.
Conocedor de las características que debe reunir la buena literatura que pretenda establecer un vínculo de comunicación con el niño, Joel Franz, le echa mano a unas cuantas de ellas: un programa narrativo de acentuado dinamismo diegético dado por la secuencia ininterrumpida de situaciones dramáticas que nos presenta; imágenes de gran plasticidad y de fácil evocación en la imaginación infantil:
“Habitualmente las brujas viven en comarcas brumosas, en una casucha perdida en lo intrincado de un bosque o en el sótano de un castillo en ruinas (…), la nuestra se fue al lugar más lúgubre que pudo encontrar en La Habana: un ruinoso caserón del siglo XVIII lleno de rincones mugrientos, donde las escaleras crujían, todos los días le caía una teja en la cabeza a un vecino, y pululaban las cucarachas, las arañas y las ratas sarnosas” (p.3).
El lenguaje cuenta con la sencillez requerida para el caso, pero con el aprovechamiento de la riqueza de recursos fonético-semánticos utilizables en la literatura infantil. Señalo en este sentido el nombre mismo del personaje, Porfiria Xenobia Marieka, y el té-rrible que acostumbraba a tomar a las cinco de la tarde. Por último, me quiero referir, en este sentido, a los elementos humorísticos presentes en el libro, pues estos se encuentran, tanto en la esencia misma de la anécdota como en el tratamiento de los personajes y situaciones:
La bruja isleña abrió los ojos como platos y dio un sorbito al térrible.
-¡Ahh! -exclamó con un escalofrío-. ¡Asqueroso!
-¿Verdad? -comentó PXM, encantada-. ¡Sabía que iba a disgustarte! Pero acéptame una segunda taza: verás que el efecto es realmente re-pug-nan-te.
-Con mucho disgusto -respondió Burbruja muy educadamente y extendió hacia su sobrina la abollada taza de plomo” (p.5).
En el panorama de la literatura infantil van quedando atrás las narraciones llanas, los lenguajes rectos, los textos simplones y los libros con una explícita función pragmática ideologizante que pautaron por tanto tiempo el quehacer de escritores, editores, libreros y promotores de esta isla. Enrique Pérez Díaz en su artículo “Literatura para niños: renovación y ruptura en los 90”, publicado en La Gaceta de Cuba no. 3. Mayo/Junio de 1998, decía que: “El cambio de signo de la serie literaria cubana para niños aventura al lector y a la crítica por horizontes insospechados”.
En La Habana Vieja hay una bruja que lo ratifica.
Cuatrogatos: octubre-diciembre 2000
Santa Clara (Cuba), revista Umbral, primavera 2003