En reacción a un artículo de Joel Franz Rosell

José Antonio Gutiérrez Caballero

literatura-infantil-cubanaMuy interesante este trabajo del colega y amigo Joel Franz Rosell, que aunque no menciona los contextos a lo Alejo Carpentier, se inmiscuye en el valor del espacio como categoría poli-funcional y multi-aspectual en cualquier tipo de literatura, especialmente en la serie literaria infantil nacional. Me lanzo primeramente a ver si menciona los espacios alegóricos o altamente semantizados. Sigo a la caza de su instrumental científico y su visión progresista y progresiva de la realidad.

Al menos resulta interesante cómo Navidades para un niño cubano, el primer libro infantil de la Revolución, se proponía incidir en la realidad desde la misma tradición y cristiandad, iniciada e indiciada, no un “quita todo sin poner nada a cambio”, como se hizo luego con las propias navidades, los reyes magos, los carnavales, y muchas otras herencias de la cultura tradicional popular, por sólo citar tres ejemplos de una larga lista de torpezas y descalabros de la errada y preventiva cultura oficial cubana.

Hay un argumento o aseveración que me interesa también puntualizar sobre Navidades para un niño cubano: “Es una mezcla heterogénea que, en pocos meses, condenará la obra al olvido (no hay estudio de la literatura infantil en la isla que lo mencione, salvo muy recientemente y de manera marginal)”.

Si bien esto parece ser muy cierto, en 1989, yo, José Antonio Gutiérrez Caballero, quien escribe este breve comentario alentador, fui tutor de una tesis sobre la noveleta infantil cubana después de la Revolución, defendida por mi colega y amiga Jacquelline Teillagorry, para graduarse de Licenciada en Filología de la Universidad de La Habana, especialidad Literatura Cubana, en que estudiamos dicho texto, dando el significado suficiente en el pulso histórico-literario del momento. Este ensayo lo continuamos juntos, hasta convertirme en su coautor, pero salvo en menciones esporádicas, nunca ha visto la luz en Cuba. Espero que la inquieta Teillagorry, ahora que es funcionaria de la Editora Abril, haga al menos algo por nosotros, o por ella misma, dada la importancia y profundidad del tema en cuestión.

En dicho análisis de Navidades para un niño cubano, sin embargo, el ensayista no repara (al menos no lo dice de ese modo), en la naturaleza edulcorada e idílica de la literatura infantil de estos momentos, reflejada en esa “voltariana candidez” , por encontrarnos, panglossianamente, en “el mejor de los mundos posibles”.

Pienso que ello se obvia, al menos, no por desconocimiento de estas obras o panorama referencial, sino porque es un trabajo en que se prepondera y magnifica el espacio literario, sin pretender deslindes historiográficos, más idóneos de un trabajo de investigación literaria, aunque pudo haber sido un objetivo a no desestimar, para lograr un alcance doblemente fundamental. Claro que ésta es una monografía seria, especialmente documentada y estructurada, dignas exhibidora de un discurso atinado, de quien quiere y tiene el propósito de hacer un texto contundente, para asegurar su trascendencia como material ensayístico, y claro que lo consigue, amén de irse algunas veces por las ramas y perder los sucesivos y necesarios, pero igualmente diferenciables, enlaces, entre asunto y tema.

Aunque ya sentimos la presencia de una nueva generación de críticos literarios en la Cuba actual, dada la conformación de su discurso literario y la propia formación académica de Joel Franz Rosell, se observa todavía una aplicación temerosa , por no decir pragmática y comedida, de los avances de la ciencia literaria en sí misma y su aparato instrumental o categorial, para diagnosticar y determinar las distintas funciones de cada obra, en tanto literatura dentro de un contexto y un marco referencial inmerso en ambas series literarias: la infantil y la adulta. Algo que siempre hemos perdido de vista los que queremos centralizar vehementemente nuestros criterios a priori, sin tomar en cuenta el pulso literario y los motivos o temáticas que también aporta la serie adulta, en constante acercamiento, incidencias y coincidencias, préstamos y contaminación con la serie infantil nacional, tanto por autores que escriben en las dos direcciones, como de la derivada evacuación literaria ambiental.

Cuanto te adentras en la obra de Dora Alonso, debiste hablar con propiedad, y literalmente, de los “espacios altamente semantizados” al estilo Macondo, presente en Cien años de soledad; o Santa Mónica de los Venados, resaltada en El reino de este mundo. Dos métodos de conformación artística derivados el uno del otro: “lo real maravilloso”, del cubano Alejo Carpentier, ofreciendo la savia y cauce al “realismo mágico, del colombiano Gabriel García Márquez, de quien han sido herederas figuras como la chilena Isabel Allende, la mexicana Laura Esquivel y nuestra Dora Alonso, uniendo las distancias en el caso de esta mayor narradora infantil, que cada vez más adquiere su talla continental, a pesar de nuestros contratiempos publicitarios e ideológicos, como isla asediada y bloqueada, más interna y subjetivamente, que lo que ocurre en la realidad, externamente.

Creo que al menos no pudiste obviar mi artículo “Dora Alonso: como una novia feliz”, sobre El valle de la pajara pinta, publicado en la Revista Letras Cubanas, en 1986, y en donde comento sobre la teoría de los contextos carpenteriana, junto a la naturaleza de los espacios implícitos y explícitos de cualquier autor. Nunca he negado la maestría de esos grandes que tuve como profesores en mi carrera filológica universitaria, empezando por Beatriz Maggi, pasando por Salvador Redonet Cook, y siguiendo en ese estilo, por Guillermo Rodríguez Rivera y Rogelio Rodríguez Coronel. A esos cuatro jinetes de mi apocalipsis les debo gran parte de mi mediana cultura y solidez.

Tus mejores análisis, Joel Franz, por supuesto que son el de la narrativa de Luis Cabrera o Antonio Orlando Rodríguez y el tuyo propio, en donde se denota un evidente conocimiento de los intríngulis de estas obras, junto a un casi obvio intento de situar en tiempo y espacio la maravilla de su (tu) arte narrador. Importante también hubiera sido colocar sus (tus) primeros textos en circunstancia y darles el examen historiográfico requerido, para ver cómo inciden en el cambio de signo estético nacional, así como las huellas referenciales encontradas en la literatura precedente.
Para reafirmar un concepto no excluyente, lo bueno que ha tenido Cuba es que “el patio de nuestra crítica no es particular, pues se nutre y expone continuamente a un sol que nos da a todos por igual”. Gracias, amigo Joel Franz, por esta propuesta sobre el espacio inicial de nuestra narrativa infantil nacional, aunque me parece muy abarcador el título para ser en realidad un primer acercamiento serio a dicho tema, pero hay períodos y obras, si no excluídos, al menos no imbricados en el asunto y que deberían estar incluidos, pues enriquecen tu propuesta ensayística.

No se le da aquí un sitial justo al Semanario Pionero y su mejor época, con sus tres grandes escritores para niños (David García Gonce, Ivette Vian y Froilán Escobar), cuya obra de la próxima década aparece editada en muchos de los números de esta importante publicación nacional, que cuenta con el magisterio del gran narrador Onelio Jorge Cardoso, durante cierto tiempo fungiendo como su jefe de redacción. Eso, unido a los cuentos premiados en ese concurso La Edad de Oro, de principios de los años setenta, donde aparecen textos de estos tres autores y otros nuevos, ya no tan buenos, audaces ni perspicaces, pero importantes de mencionar en las parrafadas de costumbre, que en eso si coinciden los articulistas o “panoramistas” de marras, desde Alga Marina, pasando por Enrique Pérez Díaz, y ahora Luis Cabrera, más recientemente.

En igualdad de condiciones, vienen a mi mente, sin que tenga que hacer un recuento pormenorizado, la escasa mención de las Memorias de una cubanita que nació con el siglo, actualizadas por entonces, junto a otros textos, de indudable vigencia, que fueron ganancia de nuestra serie literaria infantil, para festejo de “niños, autores y libros” en todos los tiempos.

Tampoco aparece ninguna alusión a autores importantes como Manuel Cofiño, David García Gonce, Ivette y Enid Vian, Mirta Yáñez, Julia Calzadilla, Miguel Barnet, Excilia Saldana, Froilán Escobar, Eddy Díaz Souza, Magaly Sánchez, por sólo citar algunos ejemplos, que saltan a la vista cuando rememoro lo mejor de la historia de este género en nuestra serie literaria. No sé si también lo hiciste por falta de espacio o la premura por dar a conocer avances o los primeros apuntes de un texto inacabado, que se nota sigue por hacer-se, y en tu caso específico, Joel Franz, susceptible aún de ser subsanado, con mayor intención, por cuanto tienes el instrumental propicio, para no pasar nada por alto, como ha sucedido en este caso inicial.

Como es ya costumbre, entre los autores que son poetas, narradores y críticos a la vez, para ser estudiados como tal e incluirse en los balances, esto puede suceder, pero siempre y cuando se coloque la obra en su circunstancia, para dar los síntomas de su presencia e influencia reveladora, en tanto valor histórico genético de ellas, sin embargo, sin excesivas alabanzas o exámenes a priori de sí mismo, que denotan la inclinación de la balanza hacia el intento de alguien que persigue más su ubicación y jerarquización dentro del entorno que somete a juicio, que un pretendido ajuste de cuentas con el panorama literario y las obras que le preceden y suceden.

También me observo que el análisis del espacio dentro del subsistema composicional se realiza de manera un poco pragmática, por cuanto se alude a meras contradicciones entre el campo y la ciudad u otros argumentos, no de índole filosófica o de cosmovisión autoral, cuando ello tiene que ver mucho con estos elementos y la evidente impostura del escritor en la misma exposición de su relato o subject.

Por ultimo, las propias palabras del comentarista se vuelven sobre sí, cuando nos dice, al hablar del alcance pictórico de las narraciones en su activa conjugación de texto e ilustración: “Así queda claro que evito un abordaje superficial de este aspecto… y queda abierta la posibilidad de volver a hablar del tema pincel en mano”.

Con toda justicia, puedo decir que también han quedado delineadas aquí las primeras directrices de un asunto, donde todavía hay mucho “espacio, tela o lienzo” por donde cortar, de modo que hay que agradecer y alentar esta preocupación temprana de Joel Franz Rosell, por enaltecer y conjeturar uno de los subsistemas narrativos más interesantes y complejos de la creación literaria actual, cuando se va a enjuiciar el contenido de las obras, sean realistas o de ficción, propiamente hablando.

Sirva este comentario, igualmente, para que allane el espacio requerido de toda nueva reflexión, con miras de promover futuros acercamientos más abarcadores y profundos sobre esta problemática estética, de gran naturaleza subjetiva y cuestionable como hecho artístico en sí i mismo. Creo estar contribuyendo a que se abran mejores horizontes de discusión y manejo del instrumental científico e historiográfico requerido, para encarar con mayor libertad y objetividad cualesquiera de nuestros estudios literarios cubanos. Que así sea.

Te saluda, cordialmente, José Antonio Gutiérrez Caballero.