Joel Franz Rosell debe haber percibido el destino de su vida antes de tener plena conciencia de sí. Sus juegos infantiles, como los de todo niño, estaban matizados de imaginación, pero en los de él, la fantasía transcurría por una cadena de acciones concatenadas que a la larga constituían el desarrollo de una historia. A temprana edad, no conforme con fascinar a su hermana con estos juegos, comenzó a, más que escribir, dibujar historietas para ella.
Al ingresar en la enseñanza media, sus profesores descubren la afición del alumno y le imponen su constante asistencia a concursos de redacción, pero no aparece en Joel la habitual respuesta de rebeldía del adolescente, pues disfruta con la tarea y comienza a degustar el gozo del triunfo y el reconocimiento social de hasta los más indolentes compañeros de la escuela.
Otro suceso importante ocurre en esta época de crecimiento y maduración del muchacho. Un buen día llega, no sé si de manera casual, orientado o inspirado, a la Sala Juvenil de la Biblioteca Martí de Santa Clara, y siente lo mismo que alguien que se encontrarse con un cofre de un tesoro pirata; o un sediento beduino, con un fresco manantial: estantes y estantes llenos de libros. Su karma le lleva la mano hasta un volumen de la serie “Misterio” de Enid Blyton; y partir de ahí, esta escritora inglesa fue su paradigma, la musa de sus ensoñaciones, y con avidez devoró una y otra vez las numerosas aventuras salidas de la autora.
En sus objetivos universitarios no había otra carrera que no fuera la licenciatura en Filología, y las aulas de la Universidad Central de Las Villas fueron la apertura para entrar en el conocimiento de otra, más amplia, abarcadora y variada literatura. A la par del arsenal teórico que en un futuro le permitiría a Joel la extensa labor crítica que ha desarrollado a través de los años, en el taller de creación organizado por los propios alumnos pulió los primeros textos con la intención de concebir obra artística. Y el concurso Abel Santamaría convocado anualmente por el Departamento de Extensión Cultural del centro docente, en más de una ocasión avaló sus cuentos con premios y menciones.
Es a partir de su ubicación como especialista de literatura en la Dirección Provincial de Cultura, donde cumple con la tarea de asesorar el Taller Literario Juan Oscar Alvarado de la Casa de Cultura de Santa Clara, cuando comienza mi vínculo profesional y de amistad con Joel Franz Rosell, relación que me permitió, no sólo recibir su siempre aguda y oportuna crítica de mis trabajos, sino también de leer los manuscritos que después fueron su primeros libros: El secreto del colmillo colgante (1983) y De los primeros lejanos tiempos la lechuza me contó (1987).
El amor siempre ha motivado a los hombres para la acción. Desde la captura de las mujeres de las primeras hordas, hasta la posterior implantación de los patrones patriarcales de la sociedad, fueron los varones los que habitualmente trajeron a las esposas a su morada; pero en el caso de nuestro amigo, la relación matrimonial funcionó a la inversa, y Conchita se lo llevó con ella, primero a Santiago de Cuba y posteriormente a La Habana.
La literatura infanto juvenil cubana de la década de los 80 le debe a Joel el reconocimiento de haber sido su más constante, sagaz y abarcador crítico de cuanto se publicó en Cuba. Larga sería la lista de artículos, reseñas y comentarios aparecidos bajo su firma, o la de su seudónimo: Leo J. Sorell, en toda la prensa, especializada o no, que existía en esa época en la isla. Y cuando de nuevo el amor, esta vez bajo el nombre de Francoise, se lo llevó a un periplo que dura hasta hoy en día por Brasil, Dinamarca, Argentina, España y Francia, Joel se convirtió también en el ojo avizor de la literatura que se hacía en los países por donde pasaba; y su nombre comienza a aparecer en otras muchas publicaciones de diferentes latitudes, su verbo en frecuentes congresos internacionales.
Su labor teórica y crítica, no ha sido mensurada aún en su verdadera valía por los circuitos de poder literario ni creo que agradecida como merece en el plano personal por parte de los autores cuyas obras han sido objeto de sus análisis.
Parejo a esta tarea de teorización, nunca abandonó su labor creativa, la que lo ha convertido en el autor cubano de literatura infantil y juvenil más traducido y publicado por editoriales fuera de Cuba.
Los numerosos textos suyos, siempre llenos de acción y fantasía, se caracterizan no por los asuntos abordados, pues estos se han movido desde lo policiaco, lo histórico, lo social, lo folclórico o lo alegórico; ni por el modo realista o fantástico del abordaje de las tramas, ni por el género narrativo utilizado, ni por la extensión de los mismos. Independientemente de la edad de los presuntos lectores para los que Joel escribe, y él es de los autores que conscientemente crea para niños y jóvenes, su escritura es modelo de exquisitez lingüística y precisión sintáctica de las ideas, lenguaje preciso y bello, todo lo cual enmarcan sus libros en la zona de la verdadera literatura artística.