Después de leer La Nube uno agradece al autor y al ilustrador por obsequiarnos una bella pintura en imágenes y palabras. Por enseñarnos a observar, remirar y mirar bien el mundo cotidiano que tanto interesa y conviene a los niños pequeños. La historia en sí misma me ha invitado a poner los ojos de cara al cielo y redescubrir junto a los niños que, detrás de una aparente mota de algodón celestial, existen otros matices. El contrapunto armónico que establecen el texto y las ilustraciones en todo álbum, resulta en un juego particularmente divertido y seductor para los preleectores al producirse también dentro del “texto”, pues en el caso de este libro, se alternan conceptos representadas mediante palabras escritas con los signos convencionales y conceptos representados mediante iconos. Así se invita a los chicos a jugar a que “saben leer” si les preguntamos: “¿y aquí qué dice?”, mostrándoles los iconos. Ellos darán respuestas que nos permitirán decirles: “¿ves como ya sabes leer?” y esta broma desdramatizará el aprendizaje de la lectura al tiempo que les enseña a leer entre líneas.
El libro enfatiza en la necesidad de comunicación y la importancia de la inversión del tiempo, como elementos importantes y complejos del ser humano. Al interior de sus páginas uno agradece que esta nube exista, tan profunda y solidaria que nos llena el corazón de alegría y esperanza. Los chicos ríen y sufren con ella. Es una historia que a pequeños y a grandes no nos agota ni se agota; sus páginas son una suerte de magia en la que todo parece dicho y, sin embargo, descubrimos elementos de interés en relecturas subsecuentes. La nube protagonista va más allá de dos posibilidades evidentes: quedarse en el mismo sitio en que habita o dar el gran salto, porque le interesa más lo que desconoce. La nube se lleva algunos raspones, pese a su frescura y transparencia, mientras convive con nuestro mundo. La propuesta de Joel Franz Rosell y Juan Deleau constituye una alternativa básica para los chicos de preescolar por su aportación educativa. Los niños se identificarán con una protagonista tan humana y tan cercana a ellos; que deja de ser observadora para ser observada, ante la necesidad de diálogo y orientación en ese proceso de aprendizaje y conocimiento que es también el del lector. Cuando termine de acompañarla en su aventura por las páginas multicolores del álbum, el chico se habrá encariñado con ella (no cabe duda que el compartir hace el cariño y que el conocimiento alumbra).
En un libro como éste, el trabajo del editor y del diseñador ha sido tan creativo o casi como el del escritor y el ilustrador. La Nube pertenece a una colección de la editorial argentina Sudamericana que retoma el ya tradicional estilo de libros con pictogramas. Lo que diferencia a esta propuesta de otras de su tipo es que las ilustraciones son aquí de gran calidad y los pictogramas pertenecen al mismo universo artístico que las ilustraciones de mayor tamaño.
El “pequeño diccionario de imágenes” incluido en las páginas finales del volumen está presentado con el mismo gusto plástico que el resto del libro y propone más de una palabra para cada icono. De esta manera se le está mostrando al niño, desde temprano, que existen diversos matices para un mismo concepto (sinónimos) y que, por otra parte, a veces la misma idea se expresa en otros países de habla española con palabras distintas, lo que constituye una primera lección de multiculturalismo. Es por el esmero en su elaboración que este libro recibió el premio La Rosa Blanca, de la Unión de Escritores de Cuba, en la categoría “edición”.
La Nube nos ofrece una historia sin trucos espectaculares, pero poseedora de una dosis espléndida de horizonte y paisaje.