El pasado viernes 8 de abril se nos adelantó hacia el territorio de la luz Frank Abel Dopico. Poeta de nacimiento, y también de nacimiento niño. Niño siempre, como cuando regaló a aquel muchachito contemporáneo de su barrio el único dulce que él, Dopico, tenía.
Luego, ya mayor de edad, continuó regalando dulces y flores y extendiendo ramos de olivo. Continuó siendo niño, decía.
Lo vi por última vez hace más de 20 años. Físicamente, digo. Hace 12 o 15 años —calculo— me escribía a cada rato, desde muy lejos en la geografía, unos mensajes electrónicos que parecían pedir auxilio, o abrigo, o un poquito de bondad, o cordura para sí.









