

Casi todos los años regreso a Costa Rica para navidades: el viaje anual, el rito de corroborar si los padres se han envejecido tanto como me lo hacen sospechar sus voces en el teléfono, o de enterarme si mi gente querida es aún mi cómplice. Hago un paseo por los restos de mi pasado para sentir si esa Costa Rica que sobrevive tan bien sin mí puede, aunque sea por caridad, mandarme alguna señal de que aún me necesita.
Usualmente permanezco en mi país unos 20 días, casi nada si se le quiere tomar el pulso a una obsesión que no cesa, y que en cada viaje me revuelve todo lo que tengo dentro, desde las entrañas hasta mis certezas. Hay cierto esquema que se ha ido repitiendo desde hace unas cuantas visitas: el estupor inicial, el saberme fuera de lugar, la progresiva respuesta de los amigos—nuevos y viejos—, los viajes espontáneos, los rencuentros, la maravilla de creerse en casa, la carrera contra el tiempo, el día del regreso a los Estados Unidos. Luego viene una resaca muy larga en la que trato de poner en orden los pensamientos y de atemperar las experiencias, compruebo que me he vuelto ciudadano de ninguna parte y que aún he de seguir mi viaje quién sabe hasta dónde y hasta cuándo.
Durante esos veinte días en el que aún es mi país—porto documentos para quien lo dude—recibo alegrías de todo tipo, pero también golpes, al punto que he llegado a creer que mi relación con el lugar donde nací, crecí y hasta ahora he vivido la mayor parte de mi vida es un intenso match de boxeo, no pactado a 12 asaltos como sería una contienda usual sino a 20 o lo que sea el número de días que permanezco en suelo costarricense. Me encuentro un espacio social, político y cultural en efervescencia, una amalgama de contradicciones que no me deja tranquilo ni cuando decido protegerme en la distancia.
Mis amigos son parte central de la experiencia: los ganadores, los perdedores, aquéllos a los que los procesos de apertura comercial les ha arruinado y ahora intentan reinventarse; los que han logrado subirse en la ola y se muestran más duros, más conservadores y, como una lógica que sustenta su día a día, más pragmáticos. El pragmatismo, sin embargo, es para mí una forma de adecuarse a los términos del poder vigente, de apropiarse de las oportunidades mientras se cede en las luchas que fueron importantes o los ideales de cuando éramos más jóvenes. No hablo de cinismo porque el cínico es a la vez un creyente decepcionado; me refiero más bien a reacomodar el sistema de creencias, a reconocerse en los privilegios, a desautorizar las disidencias.
Me voy también a los márgenes, a mi querida gente loca, los soñadores que insisten en mundos alternativos cuando todo parece estar pensado y medido de antemano. Desde hace bastante tiempo la actitud de los soñadores se ha vuelto más gris, más desencantada. Por mi propia experiencia puedo decir que soñar es un ejercicio ingrato, en constante conflicto con el medio. Se sueña por el simple ejercicio de hacerlo, de no abandonar algo muy privado e importante, pero como una vez dijo Mercedes Sosa, “antes, los sueños eran más radicales, perfectos. Ahora, se hace lo que se puede”. Ese hacer cuanto sea posible implica abandonar cosas, sumirse en espacios cada vez más pequeños y al final, no sin cierta amargura, ver pasar no lo que queda de los sueños sino la poderosa e indiferente realidad.
En mi último viaje, además, se me presentó la oportunidad de rencontrarme con mis compañeros de secundaria. Fue el 31 de diciembre, apenas por unas horas. No todos asistieron, pero quienes estuvieron en ese café querían verse y querían verme. Yo, con ellos alrededor, me sentí parte de un retrato generacional. Curiosamente no se habló mucho de la vida transcurrida—los fallecimientos, los divorcios, por ejemplo—, ni se repitieron las evocaciones usuales de la época de colegio. Los temas fueron las familias, las forma en que algunos se han recuperado de enfermedades serias, los negocios. Unos han sido exitosos en la función pública, otros tienen empresas o acaban de cumplir más de veinte años en la misma oficina.
Como en todos los grupos, hay gente que toma las riendas de la conversación. Unos cuantos nos dedicamos a escuchar, pues así como hay gente que necesita relatar los pormenores de su vida, otros preferimos nutrirnos de esas historias.
Al escuchar me quedé reflexionando en varios detalles. Aunque nosotros somos producto del sistema educativo público costarricense, casi todos mis compañeros han enviado a sus hijos a escuelas privadas. Todavía algunos de mis viejos amigos viven en el centro de la ciudad, pero ya desde mi generación empezó la emigración hacia las afueras, y los jóvenes de ahora enfrentan el problema de ciudades sin espacio residencial y optan por irse más lejos, aunque ni antes ni ahora el espacio urbano está debidamente planificado. En general mis compañeros se han vuelto más religiosos y su diálogo está salpicado de invocaciones a Dios. Sus hijos están dejando la adolescencia. Cala Piedra, por ejemplo, tiene un varón de 18, uno de 15 y una niña de 13. De los tres, la más pequeña es la más parecida físicamente a mi amigo. Cala me enseño una foto y le hice notar que ese momento su hija tenía la misma edad de cuando nosotros nos conocimos en 1975. Casi de inmediato se me ocurrió pensar en un misterio: el camino que a esa chiquilla de 13 años le esperaba seguir. Ella ha crecido con la computadora, Internet y Facebook, los malls, los teléfonos celulares, el mundo los ejes rotundos del capitalismo y el comunismo. Está más expuesta que su padre a la violencia criminal, pero quizás tenga la ventaja de que no le asuste como a sus mayores; de hecho la violencia se integra a la vida a fuerza de presencia y las personas van desarrollando niveles de tolerancia y estrategias de supervivencia. Ella y sus congéneres han crecido con el narcotráfico como fenómeno político, con algo llamado terrorismo islámico, con guerras interminables en Medio Oriente. Es muy probable que para cuando cumpla la mayoría de edad no le sea necesario asistir a la universidad, pues las clases se ofrecerán en línea. Costa Rica se creerá integrada al mundo, con sendos tratados de libre comercio ya antiguos: Estados Unidos, China, La Unión Europea. Su sentido de posibilidad será distinto al de su padre, pues habrá ocupaciones y preocupaciones desconocidas en este momento. Vivirá en un país probablemente más rico, pero más desigual.
Décadas después, sea cara a cara o por medios virtuales, volverá a encontrarse con esos amigos que a los 13 apenas se estaban conociendo. Me gustaría pensar que tendrá, como su padre, la oportunidad de hacer balance: ¿Hemos ganado? ¿Hemos perdido? ¿Ha sido buena la vida?
Puede escribirle al autor a: urielquesada@otrolunes.com
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Uriel
Quesada
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