

José María Lima entró un día a mi oficina con su caminar lánguido, el peso de los años entre los dobleces de la piel, y la cabeza inclinada como si buscara en todo momento el camino por donde cruzaba. Le acompañaba Jan Martínez, entonces director de la Revista La Torre y coordinador de la colección Sinsonte, publicada por la editorial de la Universidad de Puerto Rico, y de la cual yo era editor en jefe. Traía en sus manos el texto original de Rendijas, titulado así por Jan, y era el cuarto título de la serie destinada a rescatar poetas de poca representación en la literatura puertorriqueña. Entonces, luego de la presentación de rigor y las necesarias palabras de admiración por su trabajo, procedí, como mandaba la responsabilidad de mi cargo, a indicarle dónde debía estampar la consecuente firma que validaría el acuerdo de publicación. «Aquí, Lima», le dije. «Debe escribir sus iniciales al margen». El poeta sonrió y me regaló una mirada a medias, que inmediatamente acompaño de su improvisada genialidad: «Yo siempre he escrito al margen».
José María Lima, como ha dicho el poeta y amigo Noel Luna, persevera como “uno de los secretos mejores guardados de la poesía en castellano”.
La figura de Lima goza de una particularidad muy propia de las cualidades inherentes de sus textos: es una presencia que si bien por una parte convocó el rechazo, por otra generó un avivado culto de aprecio por su trabajo poético. Conocido profesor de lógica matemática, trabajo por muchos años en el principal recinto de enseñanza universitaria en Puerto Rico en donde fue presa de una persistente represión por sus ideales políticos durante la década de los años sesenta, cuando la palabra “comunista” negociaba con implicaciones criminales. Poco a poco, Lima se las fue jugando entre las fronteras núbiles de la razón y la sinrazón; y su poesía, por tanto, se fue modelando más que surrealistamente, suprarrealistamente, porque es una poética que se erige sobre las revoluciones y las vanguardias dentro del amplio espectro de la dialéctica Hegeliana. Y sobre todo, porque las significaciones literales son dislocadas o, en última instancia, desplazadas con el fin de pronunciar una manera alterna y arbitraria de percibir la realidad y su último mediador, el lenguaje. La memoria de las palabras en la poesía de Lima se localiza en lo liminar, donde el sentido de identidad se encuentra en lo errante: «Del distanciado grano a la ceniza/ al ser que me alimenta y me consume/ voy, vengo, descifro las raíces/ ocupo mi lugar con entusiasmo/ digo la savia, el conexo desorden/ que me anuncia». En este contexto, la poesía de Lima exhuma la humildad de un orden paralelo al de la poesía de Whitman o Martí.
En su liminalidad, Lima es siempre un poeta en tránsito, porque los poetas como Lima nunca llegan y, por tanto, tampoco se van; siempre modulan, nunca mueren. «José María Lima, es usted un verdadero poeta», le suscribió una vez Juan Ramón Jiménez durante su estadía en Puerto Rico. «Y me alegro de haberlo sabido por mí mismo», añadió en lo que se convirtió en uno de los epígrafes de la compilación poética La sílaba en la piel, editada por Joserramón Meléndes en su editorial de libros artesanales QeAse, y la cual recoge una suma sustancial de escritos elaborados entre 1952 y 1982. Y no obstante, aparte de los poemas publicados en Homenaje al ombligo junto a su esposa de entonces, Ángelamaría Dávila, la obra de Lima se dispersa errabunda por revistas literarias, periódicos y antologías de poca divulgación, gestas que la poeta y estudiosa Aurea María Sotomayor ha leído, según dicta en su libro Hilo de Aracne, como “intentos para prevenir el olvido” que desafortunadamente no avanzan su intención. Y aunque más tarde, en el 2001, aparece Rendijas, que no deja de ser una colección de su colección poético, José María Lima es ese caso donde el mito precede al poema y prueba de ello es que es, hoy por hoy, nuestro más leído poeta desconocido.
A mi entender, la poesía emergente en Puerto Rico se configura en torno a cuatro figuras fundamentales, entre las que la presencia de Lima se suma a las de Manuel Ramos Otero, Angelamaría Dávila y Edwin Reyes, todos ellos mitos vivientes de una escena cultural donde se vive mucho de los mitos. Un hecho interesante es la gran cantidad de versos de Lima que aparecen como epígrafes en los libros de otros poetas contemporáneos. El dato pudiese no tener más consecuencia más allá de significar una reverberación factual de la presencia del poeta entre las literaturas más recientes, hasta que consideramos que tanto Homenaje al ombligo como La sílaba en la piel son libros de escasa o ninguna circulación. Indica la popularidad del poeta que, en efecto, si no es a través de bibliotecas o alguna copia fotostática prostituida en incontables reproducciones, Lima no se lee más allá de las pocas bibliotecas existentes en el país y sus esferas culturales codependientes. No existe un solo curso académico que se dedique enteramente al estudio de la poesía de uno de los más grandes poetas del siglo XX –ahí, junto a Palés y Corretjer– en Puerto Rico. Y es así como el mito poeta se vuelve abstracción en el poeta mito.
En el caso de Lima, todavía queda por estudiarse la extensión relativa de su obra forjada toda, a mi parecer, como una unidad de texto recurrente y fragmentario que se torna especular («en el comienzo de los tiempos hubo una lluvia de espejos»), que se repite, se disuelve y se rehace en sí mismo («hoy le diré a mi sombra: muere»); es una poesía que, aparte de las subdivisiones editoriales que ordenan y titulan las partes de la muestra que ha llegado a prensas, carece de títulos específicos u otros artificios paratextuales que no sean el título del libro, el epígrafe y/o el asterisco que separa un poema del otro. La poesía de Lima es, en otras palabras, todo un hipertexto, un universo de imágenes donde se tritura la subjetividad y la unicidad en pos de una disolución en el dolor existencial del poeta hablante y el de los que le rodean.
Fue hace unos dos años atrás cuando Lima hizo otra aparición particular en mi oficina. Esta vez entró fumando, en buen ánimo y custodiado por Margarita Rodríguez Freire. «Vine aquí porque tengo un librito, a ver si lo quieres publicar». Se trataba de sus Poemas de la muerte, algunos de los cuales se habían adelantado en Rendijas. Pero ya la salud de Lima estaba bastante deteriorada. Ya una vez le había confesado al escritor Rafah Acevedo que no se admitía como poeta surrealista, sino como bipolar y maniaco-depresivo. Las conversaciones que sostuve con Lima, en sus días de lucidez, eran interminables, muchas de ellas intransferibles, pero todas iluminadoras. Se conocía sus poemas al dedillo y cuando yo le hacía preguntas en cuanto a versos específicos en Poemas de la muerte –los cuales simplemente fueron enumerados–, Lima podía ir, así, como de oído, a la estrofa y verso exacto sin ayuda del original. Me convencí que su poesía provenía de algún orden superior y lejano al cual él, evidentemente, pocos como Lima tienen acceso.
El 24 de abril de 2009, José María Lima se devolvió al manantial de donde bebía y pescaba sus poemas. Poemas de la muerte –que con insistencia me decía que era el primer libro del cual él había participado como autor, puesto que no era otra compilación o antología, sino un libro conceptual– son para mí los poemas de su nueva vida. Y de su poesía confirmamos que, sin duda, todo lo que somos es memoria.
Aquí comienza a vivir de nuevo para constatarlo.
Puede escribirle al autor a: elidiolatorre@otrolunes.com
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