

Por el día las frases comunes, el miedo, el cansancio, las alegrías banales; de noche en el silencio... alguien que no era yo, y al mismo tiempo, era mi propio yo, empezaba a escribir. La certeza queda entre paréntesis en la escritura, incluso la certeza de quién es el que escribe.
Lo anterior es una paráfrasis de Kafka, es una actualización de la escritura cuando ya no busca solamente narrar, cuando intenta entreabrir una puerta a lo absoluto. Pero qué absoluto; si lo absoluto es, no puede escribir, no puede decir, no puede siquiera conocer. No obstante, en la escritura, en esa escritura que se aboca al vacío, de alguna manera aletea un llamado a lo absoluto, a cerrar la fisura del mundo.
Acaso es un intento vano, o al menos siempre inconcluso, ciertamente conduce al vacío, conlleva el abandono de la seguridad común, de las normas, de las creencias, de lo mundano, y más que el simple abandono en aras de una superación de cualquier índole, ya sea estética o social o incluso religiosa, es el descubrimiento de su esencial construcción mental, abre pues las puertas al vacío. Pero ese vacío llama, es quizás rostro de lo absoluto.
Roberto Calazzo, en su magistral ensayo sobre Kafka toca lo que para mí es lo más cercano al propio Kafka, no sólo el absurdo del mundo moderno, no la previsión del totalitarismo, sino el otro absurdo, el otro totalitarismo: el de la separación del sujeto de la totalidad y por tanto, su radical orfandad. Cito a Calazzo: “vivimos en el pecado no por haber sido expulsados del paraíso, sino porque esa expulsión nos ha vuelto incapaces de cumplir un acto: comer del Árbol de la vida.”
Pero la escritura, esa escritura que se hurga en sí misma, que retuerce el alma, y liberándola la abrasa, es justo la consecuencia del conocimiento, o quizás es mejor decir, es aquello que permite a todo conocer articularse. Es justo, haber comido del árbol del conocimiento.
¿Cómo entonces puede devolver el sentido? Siguiendo con la magnífica exposición de Calazzo: “He aquí el terrible equívoco en torno al conocimiento. Aun si ésta es una verdad que pertenece al carácter «desesperado» del bien. Pero enseguida nos damos cuenta de que esa verdad implica algo que nadie osaría esperar: si la expulsión del paraíso es un «proceso eterno» —al menos en su oscura «parte principal»—, entonces ello «hace posible no sólo que hubiéramos podido quedarnos permanentemente en el paraíso, sino que de hecho estamos siempre allí, lo sepamos o no». Como lo indestructible, también el paraíso puede permanecer escondido, puede ser invisible. Tal es la condición normal de la vida. Acaso sólo así es posible la vida. Sin embargo, recordamos que «fuimos creados para vivir en el paraíso» —y en ningún lugar se afirma que el paraíso haya cambiado su función. Por eso todo lo que sucede, «en su parte principal» sucede en el paraíso, aunque sea en el instante mismo en que somos expulsados de él”.
La escritura es una superación del habla en sí misma, su negación por la afirmación de un más allá del hablar. La perennidad del llamado, del impulso que sustenta esa escritura (por cierto escasa, se necesita valor, abocarse al absurdo, enfrentarse a la desesperación, a la nada, retar a la trivialidad consustancial a la mayoría de los seres humanos, y tan cara a la sociedad actual; afrontar la soledad, soportar, y a veces sucumbir a la tentación del suicidio) está sin embargo ahí. Cito a Blanchot: “Como si hubiera resonado, ahogadamente, esa llamada, una llamada no obstante alegre, el griterío de unos niños jugando en el jardín: «¿Hoy quién es mí?». «¿Quién hace las veces de mí?» Y la respuesta alegre, infinita: él, él, él.”
El “él” de la escritura es precisamente la puerta del sentido. Porque el sentido se da siempre como puerta a un otro, y en última instancia al Otro; aun cuando al fin pretenda la disolución de toda otredad y subjetividad, es aquello que les permite afirmarse, volverse a lo que podemos llamar la diferencia, y al mismo tiempo, comunión, desde que la diferencia, cuando no es simplemente egoísmo disfrazado, trampa del yo para dominar al otro, incluye en sí el Sentido, guía, ilumina, salva.
La afirmación de este sentido, radical sentido, apertura a todo sentido posible, es pues siempre actual, y la vez, nostalgia y premonición. Vivimos inmersos en el ruido de la historia; para nosotros, cubanos, en ese limbo de nuestras circunstancias que nos dejan al margen del tiempo, como dice un querido amigo escritor, fuera del tiempo. La escritura, la actualidad de la escritura que proclama el Sentido, es una débil llama entre las corrientes del odio y la división, entre la trivialidad de la modernidad y la mentalidad totalitaria, entre la vulgaridad y la desesperanza. Pero es, para mí, una llama que se impone como una tozudez última. No se reduce al sujeto, no se reduce a la voluntad, sostiene lo que las palabras verdad y sentido pueden expresar; y no una verdad entre otras, no un sentido entre otros, sino aquello que permite a la palabra verdad formularse en un sentido dado, actualizarse pese a todo como una llamada de salvación, como un recordatorio del paraíso del que no hemos salido aun cuando vivir sea siempre expulsión del paraíso, aun cuando la desesperanza y el horror se enseñoreen amenazando con el nihilismo.
Es amor entonces, aun cuando se escriba desde la rabia; es belleza, pero belleza sumada a piedad. Es una defensa del espíritu aun cuando no mencione la palabra, aun cuando esté en constante rebeldía ante el silencio del espíritu. Sabe de su combate en todos los frentes, el de la mentira oficial, el del mercado banal y prostituido de la modernidad; sabe también de su derrota última ante el tiempo, ante los límites del lenguaje, ante la incomprensión, pero más allá queda un oscuro saber que le sostiene desde la precariedad y el miedo, pasión de cierto, desesperación de cierto, mas también afirmación de que algo habla, algo devuelve el sentido, y ese sentido incluye en su soledad al otro.
El diálogo de la escritura con el silencio, la soledad y el temor, la desesperación que a menudo sobreviene, no apagan del todo ese sentido, al contrario, son como su necesaria compañía. Kafka no era un hombre religioso en la acepción convencional del término, pero sí era un hombre de fe, de la fe que es capaz de nadar en las aguas de la locura, que no se reduce a las convenciones y fórmulas. En Kafka la escritura es una fe. Como la verdadera grandeza no se conforma con la parte, pretende el todo aun sabiendo que el todo quema, se oculta, se escamotea en la totalidades parciales que como añagazas del mundo seducen desde las ideologías, desde los esquemas mentales, desde la pequeñez del sujeto.
La escritura a la que me refiero, la que proclama el sentido sin reducirlo a un sentido limitado a convención, a esquema, a sistema, está siempre presente como una fe última, como voz del espíritu desde el más pleno silencio del espíritu, desde los signos y claves que constituyen la grandeza de la aventura humana. De igual modo que al leer a Kafka mis propias circunstancias se iluminan y mi fe renace, en el acto de esa escritura solitaria, rabiosa, quizás por exceso de amor, sonríe la fe en que no todo está perdido, que siempre, aunque oculto, el paraíso aguarda y seduce, está aquí aun cuando no pueda verlo; desde ella, desde la fe que la sostiene y me abre a mí mismo, a mis compatriotas, y a la humanidad, la acción recobra su sentido y las palabras verdad y belleza siguen iluminando el hecho de ser humanos en la infinitud del tiempo.
Puede escribirle al autor a: artusgolden@yahoo.com
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